El Pregonero

El huracán político y económico que asola Cuba


Por Nicolás Cancellieri. Foto: Antena 3

En las últimas semanas, los titulares y medios de todo el mundo se vieron copados por las movilizaciones en Cuba. Dependiendo del punto de vista con que se lo mire, cada uno ponía el foco en las sanciones y la desestabilización del régimen por parte de fuerzas externas o en la epopeya de los ciudadanos en busca de la libertad.

Se suele visualizar este tipo de fenómenos desde una perspectiva simplificada, pero, parafraseando a la inversa el principio de la navaja de Ockham, la explicación más simple raramente es la correcta.

Las presiones y las manipulaciones se mezclan con un legítimo descontento producto de una situación límite que el país no vive desde la década del ’90.

Comencemos con un repaso superficial de la economía cubana. Esta se fundamenta en tres variables, a saber: el turismo, las remesas, que los cubanos estadounidenses envían a sus familias (cerca del 65% de la población recibe ingresos por este medio), y el apoyo de sus aliados (la URSS hasta los ’90 y luego Venezuela).

El Estado cubano requiere de estos elementos, no solo para financiarse, sino también para hacerse con productos de consumo básicos que luego provee a la población. Es importante remarcar que entre el 70% y el 80% de los alimentos que se consumen hoy en Cuba son importados.

Hoy la economía de la isla se encuentra en medio de una tormenta perfecta. Su principal aliado, Venezuela, ya no tiene recursos para asistirla. Las sanciones de EE. UU. se recrudecieron alcanzando a todos los sectores productivos y el coronavirus dejó a su paso un desastre sanitario y barrió por completo a la industria turística.

En resumen, las tres fuentes de divisas de la isla quedaron fuera de servicio. Venezuela está asfixiada por la letal combinación de la caída en los precios del crudo y las sanciones de Washington, entre otros factores. La famélica República Bolivariana ya no puede contribuir ni suministrando combustible ni con dinero.

Aquí entra en escena Washington. La política de Trump respecto al pequeño país caribeño fue muy clara. Prácticamente se despidió de la Casa Blanca aplicando sanciones a Cuba (fueron cerca de 200 durante su mandato). Solo por dar algunos ejemplos, se restringió el envío de remesas limitándolo a U$D1000, se limitó el turismo, prohibiendo los cruceros entre los dos países, y, en el campo comercial, redujeron las importaciones de alcohol y tabaco cubanos, ambos productos estrella de la isla.

La esperanza de que Biden retomara el sendero dialoguista iniciado por Obama se desvaneció rápidamente, cuando la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, aclaró que no es prioridad de su administración revisar la política hacia Cuba.

Si las sanciones estadounidenses pusieron a la economía caribeña en estado de coma, el coronavirus vino a darle el golpe de gracia. La pandemia eliminó de llano el turismo. En el 2020, el flujo de turistas cayó un 74% (de los pocos que fueron, la mayoría llegó antes de que se agravara la pandemia).

Reformas, recalibración e inflación

El presidente Diaz Canel impulsó una serie de medidas, la mayoría polémicas, dirigidas a dinamizar la economía y la sociedad. La llamada “tarea de ordenamiento” comenzó en enero del 2020, y abarcaba prácticamente todos los ámbitos productivos.

Pretendía impulsar pequeñas y medianas empresas privadas, otorgar una mayor autonomía a las empresas estatales para mejorar su eficiencia y recortar los subsidios a las consideradas ineficientes. De todos los puntos que tocó la reforma, el talón de Aquiles estuvo en las medidas monetarias.

El problema es que las arcas del país, desfinanciadas por el tándem sanciones-coronavirus, no cuentan con la robustez necesaria para hacerle frente a la reestructuración. Cuba es un país altamente dependiente de la importación de alimentos, cerca del 80% del total, y el Estado compra los productos afuera para luego venderlos a la población. La devaluación, sumada al desfinanciamiento, produjo un severo desabastecimiento y una corrida inflacionaria.

Esto no se limita a los alimentos. Los medicamentos están sufriendo una situación similar. Hasta comenzaron a escasear las jeringas, lo que retrasa el proceso de vacunación mientras la población se enfrenta a un repunte de casos y el colapso del sistema sanitario.

Si la cosa ya venía mal, la situación se tornó insostenible cuando el gobierno prohibió las transacciones con dólares en efectivo, en un esfuerzo por detener el sangrado financiero. La moneda estadounidense no es solo una fuente de ahorro para los isleños, más de la mitad de la población recibe alguna remesa de un familiar en EEUU y constituyen un monto importante de sus gastos cotidianos. Es fácil deducir que no están nada contentos con la medida.

“La moneda estadounidense no es solo una fuente de ahorro para los isleños, más de la mitad de la población recibe alguna remesa de un familiar en EEUU y constituyen un monto importante de sus gastos cotidianos. Es fácil deducir que no están nada contentos con la medida”.


Las redes sociales, la calle y el palacio

Otro factor que contribuye a las movilizaciones, tanto a favor como en contra del gobierno, es el acceso a internet, que se encontraba restringido hasta el 2018, excepto para algunos pocos profesionales.

A partir de ese año, el entonces Jefe de Estado Raúl Castro comenzó a liberar su uso. Cuba cerró el año 2019 con 7 millones de usuarios de internet, es decir el 63% de la población, según datos del gobierno.

La difusión de videos, información y desinformación por redes sociales es algo inédito en la historia del país y exalta tanto el sentido de descontento de unos, como el orgullo de otros. En un intento de cortar con el flujo de las protestas, Diaz Canel optó por interrumpir el servicio. Veremos cómo le resulta.

Haciendo un paralelismo con el libro de Miguel Bonasso El Palacio y la Calle, desde ya muy recomendable, debemos poner en perspectiva otros factores, más allá de las manifestaciones que llaman la atención de los medios de comunicación.

La pregunta abierta es si el gobierno puede llegar a ser derrocado. Por un lado, las movilizaciones se dan de ambos lados, con lo que se ve que todavía cuentan con apoyo popular. Pero más allá de lo que ocurra en la calle, el factor decisivo estará en el palacio.

En Cuba el poder político partidario está subordinado a un grupo de poder concentrado, tal vez demasiado concentrado, las Fuerzas Armadas. Las mismas no solo gozan del monopolio de la fuerza, también controlan la mayor parte de la economía.

La figura representativa de este sector es el general López-Calleja, presidente del consorcio Grupo de Administración Empresarial S.A. Un grupo de militares y empresarios que controla el 80% de la actividad comercial y financiera de Cuba. Desde el turismo y el comercio minorista hasta los servicios portuarios.

De momento, no le han dado la espalda a Diaz Canel. El problema para él radica en que parecer blando no le dará buena imagen frente a sus allegados castrenses, mientras que ser demasiado duro podía enardecer a la oposición interna y externa.

Por último, pero no menos importante

En lo que respecta a Washington, a pesar de toda la diversidad de intereses involucrados, el principal valor de la nación insular no reside tanto en lo comercial, ni lo financiero, ni siquiera en lo geoestratégico. El quid de la cuestión está en otro lugar.

Aquí aparece la palabra clave: Votos. Cuba puede ser el país del mundo que más influye en las elecciones estadounidenses (exagero, pero no tanto). De los votantes de origen hispano a nivel nacional, los cubanos representan solo el 3% del total, nada impresionante. Pero el escenario cambia cuando ponemos la lupa en uno de los Estados clave para definir a los inquilinos de la Casa Blanca, Florida. Allí representan a cerca del 50% del electorado latino, casi todos furiosamente anticastristas. En un distrito que se define voto a voto y en el que el ganador se lleva todo, su apoyo puede resultar decisivo.

Se convierten, así, en uno de los grupos a los que más atención recibe. Esto ayuda a explicar la batería de sanciones que Trump lanzó previo a las elecciones, así como las propias aplicadas antes de dejar la presidencia, tratando de fidelizar a sus seguidores.

¿Le funcionó? Veamos algunos números: En Florida, Trump se impuso tanto en el 2016 como en el 2020, la diferencia es que en la primera aventajó a Hilary Clinton por 112.000 votos, mientras que, cuatro años después, superó a Biden por 384.000.

Más allá de los números, también hay que ver el nivel de intensidad del apoyo, y el de los cubanos estadounidenses es realmente intenso. Tanto que mostraron su peso en las manifestaciones a favor de Trump durante el largo y polémico recuento de votos, denunciando fraude y manipulaciones.

Aquí tiene Biden una buena razón para expropiar la política de Trump respecto a Cuba. Su desempeño en Florida fue bastante deficiente, por lo que deberá redoblar esfuerzos si quiere hacerse con unos cuantos votantes extra.

De ahí que la continuidad de algunas de las políticas de Trump pueda traducirse como un mensaje electoral. Todo por la reelección.


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