El Pregonero

Modernizar la esclavitud


Por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale.

La escena ya es repetida. La vimos varias veces. El tablero electrónico marca el resultado y las manos se levantan. Festejan. Pero afuera, en la calle, no festeja nadie. La reforma laboral tuvo su sanción general en Diputados, como si fuera un trámite de rutina. Express. Repleto de operaciones mediáticas y promesas hilarantes. Un eslabón más en una cadena larga de degradación del trabajo en la Argentina de Milei.

Los cipayos del poder repiten el mismo speech, empleo joven, competitividad, inversiones. Hablan de flexibilidad como si significara algo sólido. Y no un derrotero de hombres y mujeres pendientes de una aplicación que los habilite a laburar, del algoritmo que los puntúe, del día que les alcance para pagar la nafta, el alquiler o el morfi. No muy distinto del jornalero que esperaba en la plaza a que alguien lo contratara por un par de horas.

El sociólogo italiano Antonio Casilli dice que la economía de plataformas no elimina el trabajo: lo fragmenta y lo invisibiliza. El patrón ya no grita órdenes; el algoritmo asigna viajes. No hay oficina ni fábrica, pero hay control en tiempo real. No hay recibo de sueldo, pero sí métricas. La subordinación se vuelve interfaz.

Esta reforma “modernizante” toma esa lógica y la expande hasta el ridículo. Convierte la estabilidad en excepción, la indemnización en un costo, la jornada en variables. El riesgo ahora es del laburante. Si no hay pedidos, no hay sueldo. Si el puntaje baja, la paga es menos. Si el mercado se cae, buscate otro laburo. Si te enfermás, te garpamos menos. Todo es flexible porque nada es seguro. Ni siquiera el salario, ni siquiera el horario. Vivimos una nueva morfología del trabajo, donde el capital externaliza responsabilidades y el trabajador se vuelve empresario nominal, sin capital, sin red y sin garantías. Una autonomía para la supervivencia.

Así, la vida cotidiana se vuelve un espiral de rendimiento y asfixia. Laburantes colapsados, con dos o tres trabajos para llegar a fin de mes; la mayoría precarizados, compitiendo entre sí en un mercado que los evalúa por estrellas y comentarios. El sentido común ya fue colonizado hace rato. Incluso antes de Milei. Lo colectivo es presentado como antiguo, estancado, violento, un obstáculo para el gran horizonte del capitalismo tecnológico. La solidaridad se vuelve sospechosa, kuka, violenta y obstaculizante.

En Diputados, la bufonería gris de los verdaderos privilegiados. Afuera, frente al Congreso, miles de trabajadores organizados defendiendo décadas de conquistas que hicieron posible la dignidad laboral. Nada bueno que salga se hace de espaldas al pueblo, entre bambalinas custodiadas por carros hidrantes y balas de goma listas para fabricar el caos distractor.

El fantasma de los noventa —esa pedagogía del ajuste celebrada en nombre de Washington— vuelve como un karma. A pocas horas del abrupto cierre de FATE, la histórica fábrica de neumáticos de la zona norte que dejó a casi mil trabajadores en la calle, la palabra “modernización” suena a ironía cruel. Modernizar, en este contexto, parece significar algo más simple y más brutal: abaratar la mano de obra, desarticular la defensa colectiva, naturalizar el desamparo.

Pero el trabajo no es una variable macroeconómica. No es solo ingreso. Es identidad, pertenencia, comunidad. Es el lugar donde el individuo se reconoce útil, necesario, parte de algo mayor que su propia supervivencia. Cuando el trabajo se degrada, no solo cae el salario, se rompe el lazo social. Y de eso es difícil volver.

Pan, paz y trabajo nunca fue una consigna nostálgica; era un programa de dignidad. Resignificar hoy esa tradición no implica repetir esloganes. Implica entender que el trabajo es fuente humana y espiritual del individuo. Que no hay modernización posible si se funda en la soledad y el miedo. Que la libertad sin derechos es apenas una intemperie elegante. Frente a la modernización de la esclavitud, la respuesta no puede ser la resignación individual. Tiene que ser, otra vez, organización. Porque cuando todo se vuelve oferta y demanda, cuando cada uno compite contra todos, lo verdaderamente transformador es volver a encontrarnos unidos. En la calle, en los gremios, en cada lugar de trabajo, hasta que la dignidad deje de ser una excepción y vuelva a ser la regla.


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