Identidades

50 años del golpe: Cinco libros para pensar la memoria


Por Marina Cavalletti.

En el país donde se quemaron 24 toneladas de libros en un depósito editorial de Sarandí, donde se prohibió a Elsa Bornemman por relatar una huelga de animales en “Un elefante ocupa mucho espacio” o a Laura Devetach por sus obras de “fantasía ilimitada”; en ese país, nuestro país, donde se censuró primero y se desapareció después a Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y otros, los libros siguen resistiendo.

Es que, a medio siglo del inicio de la última dictadura cívico militar en Argentina, la literatura y su diversidad son escenarios fértiles para la preservación de la memoria y del reclamo de justicia. Este aniversario tan particular, de cinco décadas exactas no solo invita a la reflexión, también ha multiplicado de voces que, desde la ficción, el testimonio y el análisis se contraponen al silencio.

Aquí presentaremos entonces piezas publicadas con el final del verano, recién instaladas en los anaqueles de las librerías, para profundizar sobre las consecuencias de la masacre planificada más nefasta de nuestra historia, para decir con cada página: genocidio Nunca más.


Las formas de la Memoria

El primer punto del recorrido se da con “Materia de memoria: 13 relatos inéditos a 50 años del golpe” (Emecé) un volumen compilado por Victoria Torres y prologado por Claudia Piñeiro, que presenta una urdimbre de voces donde la ficción es además herramienta de indagación histórica. La obra reúne a autores que exploran los pliegues de lo cotidiano bajo el terrorismo de Estado, que trazan una literatura de sustantivos, de objetos diversos para reconstruir los tiempos del horror: un dibujo que le regaló a un niño su vecino mexicano, un par de pequeñas sandalias azules, dos triciclos, libros forrados con papel araña; son solo algunos ejemplos.

Los autores, hijos e hijas de desaparecidos o exiliados, rearman el pasado como quien ensambla un rompecabezas: Paula Bombara, Félix Bruzzone, Marta Dillon, Julián Funks, Mariana Eva Pérez, Mauro Libertella, Raquel Robles, entre otros, crean desde las ausencias, desde la evocación. Como señala Piñeiro en su prólogo, enumeran las cosas que quedaron, “no intentan completar la historia ni cerrar una herida. De eso debe ocuparse la justicia, no la literatura. Pero hacen algo que no es menor: se detienen en lo que quedó, para contarlo, como si cada objeto fuera una pregunta sin respuesta, pero también una forma de sostener un vínculo con lo que se perdió”. Tal vez porque lo que se nombra resiste al olvido, los trece relatos antologados son formas de resistencia, tan necesarias en los tiempos que corren.


Hija mía, Carlo Greppi

Por otro lado, “Hija mía” (Crítica), del historiador italiano Carlo Greppi, reconstruye con precisión la vida de Franca Jarach, secuestrada a los 18 años el 25 de junio de 1976. Allí, el historiador italiano no se limita a la cronología del secuestro: recupera la cotidianeidad de joven y de sus padres Vera y Giorgio. La obra utiliza fuentes inéditas y testimonios de sobrevivientes para retratar a Franca no como una cifra, sino como una militante con ideales claros.

Las primeras páginas describen el accionar reparatorio del Equipo Argentino de Antropología Forense y las características de los atroces “vuelos de la muerte”, destino final de Franca: “El mar es una enorme tumba donde acabaron miles de personas” dice su madre, que la nombra en presente mientras arroja flores al agua.

Greppi retrata, con rigor auténtico y hondura poética la historia de madres, padres, abuelas y abuelos desesperados por la suerte que corrieron sus seres queridos. “Esta es la historia de un crimen difícil de prever antes de que se cometiese y difícil de comprender después; y es la historia de su memoria, de la infinita e infatigable lucha para evitar que caiga en el olvido”, señala el escritor, que conoció a la madre de Franca en sus épocas de universidad.

En esa línea, las casi 400 páginas del libro también relatan las décadas de lucha encarnadas por Vera Jarach, y por extensión, en la figura de Vera, se remarca el rol de las Madres de Plaza de Mayo como faro en la búsqueda de memoria, verdad y justicia.


Para proseguir el trayecto, “Hubo una vez un patio” (Planeta, 2026), de los hermanos Ana Julia y Martín Bonetto, propone una reelaboración de la infancia y el espacio familiar que redefine el pasado de estos hermanos de manera íntima y visual. La obra funciona como un “libro-casa” donde las palabras de Ana Julia se entrelazan con el registro fotográfico de Martín. Buscan rescatar la historia de sus padres, Anna y Roberto, asesinados por la dictadura, a través de los objetos y los rincones de su hogar en La Plata.

“Hoy, este libro es nuestra casa. Nuestro patio. Ese lugar donde deberíamos haber charlado, dibujado, jugado, reído, caído, golpeado la cabeza, llorado… y donde, con un abrazo, se nos pasaba todo. Ese patio nos fue robado, esos abrazos también. El terrorismo de Estado nos arrebató la familia, la infancia, el tiempo compartido con mamá y papá. Nos robaron la vida juntos. Hoy, este libro es todo eso. Nuestro hogar. Nuestra familia. Nuestra historia”. Estas palabras se leen justo debajo del título, como prólogo, como manifiesto, como el reclamo de dos niños, ya adultos, que se encuentran entre las páginas con quienes los trajeron al mundo. Martín y Ana Julia tenían quince meses y cuarenta días, respectivamente, cuando secuestraron a sus padres Roberto Bonetto y Anna María Mobili el 1° de febrero de 1977. No los recuerdan desde experiencias propias, pero los abrazan en una conmovedora y necesaria labor de reconstrucción que combina imágenes, palabras en primera persona, cartas manuscritas y tipeadas a máquina, poemas, dibujos, mensajes recibidos en redes sociales. Desde esos fragmentos, los hermanos armar el hogar que la dictadura les arrebató y lo convierten en un refugio luminoso, en un álbum familiar, en testimonio sensible.

A ese patio invitan a los lectores, los invitan a conocer su historia, sus preguntas, sus impresiones. Así reafirman el amor de sus padres, que se multiplica en cada línea, en un libro que es un acto de justicia, de reconstrucción y de memoria.



Antologías digitales y la potencia colectiva

En el contexto del 50 aniversario del golpe, en formato ebook de descarga y distribución gratuita, se editaron recientemente distintas antologías, en una lógica que se popularizó durante la pandamia y a través de la cual el formato digital, democratiza el acceso a la palabra.

Memoreando se define como un “archivo vivo digital”. Es un homenaje explícito a la lucha de los organismos de derechos humanos, con gráficos que potencian palabras o consignas como “Hijos”, “Nunca Más” y “30.400 presentes, ahora y siempre”. Allí, la poesía se vuelve un acto de obstinación contra el olvido.

“Las voces que forman parte de este trabajo tejen, zurcen, construyen una trama viva y colectiva, que se resignifica punto a punto, verso a verso, poema a poema” explica Leandro Murciego, el gestor que reunió a 60 autorxs y que planea ir más allá del libro y realizar, con él, acciones en el territorio para “volver a reconstruir no sólo la memoria, sino también nuestra identidad”. Leopoldo “Teuco” Castilla, Jorge Boccanera, María Teresa Andruetto, Reynaldo Sietecase, Carlos Skliar, Adolfo Marino “Bebe” Ponti, Hugo Rivella, Verónica Parodi, Julian Axat, Juano Villafañe, Patricia Díaz Biallet, Carlos Aldazábal, Marta Miranda, Tina Elorriaga, Marcela Rosales, Estela Zanlungo, Gustavo Tisocco, Claudia Anchil y Mirta Venezia, son solo algunos de los nombres reunidos.

Y entonces, palabras en torno de la memoria, los sobrevivientes, los “niños del bando vencido”, los pañuelos blancos, el Nunca Más. Y entonces, versos dedicados a desaparecidxs, como Haroldo Conti o Alcira Fidalgo. Y entonces poemas sobre la complicidad entre empresarios y genocidas. Y entonces poemas de heridas sin curar y también de resurrecciones.

En todos ellos, el factor común es la resistencia contra el olvido, la fuerza de la memoria hecha verso, multiplicada en cada letra. Es que, como afirma Nora Strejilevich en el epílogo “Hacer memoria es, también, darle nuevos giros a la lengua para que siga contando eso que no se puede contar: lo que duele y no dejará de doler, lo que está presente como huella en muchos” Esos muchos dejan sus marcas en versos en una reunión de voces que recién inicia su camino.

En la misma línea, surge “Vivan Las Luchas Colectivas II” otra antología digital que combina poemas, relatos y obras visuales que conecta los recuerdos del golpe de 1976 con las luchas sociales contemporáneas. En sus palabras preliminares, Víctor Justino Orellana destaca que el libro recoge desde “testimonios muy crudos en primera persona hasta ficciones que se constituyen en metáforas de aquella época”. La obra no se limita al pasado, sino que integra banderas levantadas en este medio siglo, como la defensa de las universidades y los derechos de las infancias.

Entre sus textos destaca “Vacíos”, de Javier Serrano, que narra la historia de Lucía, una joven de 46 años nacida en cautiverio y apropiada, quien comparte con su padre biológico una “mirada idéntica… con un vacío inmenso, imposible de explicar”. Asimismo, poemas como “Letras que hablan” de Rosa Urso refuerzan lo invencible de la cultura: “Ellos fueron por las letras, por los lápices… pero no pudieron, no lo lograron y mal que les pese, los lápices siguen escribiendo”. Adriana García, Ana María Borja, Brian Flores, Diego Etcheverria, Elisa Mercedes Strinatti Gabriel Rodríguez, Laura Piombo, Patricia Suñer, Susana Dantas Tati Cabral y Víctor Hugo Ibáñez, entre muchos otros se encuentran entre páginas diversas que actualizan la lucha por los derechos humanos con heterogeneidad y persistencia

Así, entre libros y patios, marchas y palabras, la literatura se amplifica en sus diferentes manifestaciones, crece en este marzo y entre sus páginas se hace eco de las consignas de Memoria, Verdad y Justicia, al igual que el pueblo en cada plaza, en cada abrazo y en las lecturas que vendrán.


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