El autor consolidó en las últimas décadas una de las voces más punzantes de nuestra literatura argentina, con novelas atravesadas por el realismo, la violencia y una mirada incómoda sobre lo que se suele evitar. Radicado desde hace más de 30 años en Villa Gesell, ese paisaje costero vuelve a ser escenario de Arderá el viento, novela ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2025, donde un inquietante “nosotros” narra la llegada de una pareja a un pueblo y deja al descubierto las tensiones latentes de la vida en comunidad.
Por Julieta Bugacoff y Lorena Di Scala
Hace varios años que Guillermo Saccomanno ocupa un centro en la literatura argentina. Tanto por sus novelas cargadas de realismo y violencia, como por el tono certero y punzante de su voz, el autor logró construir una retórica de la verdad, el desnudo y la denuncia de lo que está frente a todos pero es, sin embargo, silente. Con frecuencia, es recordado por su discurso inaugural que dio en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en mayo de 2022. Durante la exposición, el autor señaló la histórica tensión entre el trabajo no remunerado del escritor y el prestigio con el que intenta retribuírsele por su labor.
Saccomano vive en Villa Gesell desde hace más de 30 años. Teniendo en cuenta esto, no resulta extraño que La mayor parte de su obra haya sido escrita cerca del mar y del bosque, embebida por la atmósfera del pueblo. En las últimas décadas, otros escritores -como Juan Forn- optaron por hacer lo mismo. De esta forma, lo que mucho tiempo atrás fue la empresa obstinada de un -así llamado- “loco de los médanos”, se consagró como tierra elegida para un grupo de artistas que, aún sin abandonar del todo Buenos Aires, eligió una vida fuera de la metrópoli.
Este escenario continúa presente en su última novela Arderá el viento, ganadora del Premio Alfaguara de novela 2025. La narración se caracteriza por una voz en primera persona del plural, un nosotros que narra los hechos desde adentro, y a la vez, con una mirada que por momentos toma rasgos cinematográficos e incluye a las lectoras y lectores dentro de la escena. Los sucesos involucran la compra y restauración de un hotel abandonado por parte de una pareja que llega al pueblo con intenciones de establecerse, formar una familia y un negocio, al igual que muchas de las historias vinculadas a la fundación de Villa Gesell. Los capítulos breves y los diálogos escritos de manera indirecta aceleran el flujo de la narración de modo que se torna muy difícil escapar de ella. Según el autor, la extensión de los capítulos tuvo relación estrictamente con su situación de salud. La escritura de Arderá el viento fue una tabla en la que el autor se apoyó para respirar en un momento de ahogo, algo así como un “salvavidas” hecho de palabras.
En uno de sus frecuentes vaivenes entre Buenos Aires y Villa Gesell, conversamos con él acerca de la novela y la actualidad del mundo literario. Fue en el bar Florida Garden, durante una tarde lluviosa de principios de febrero.

Al inicio de Arderá el viento decís: “No será necesario hurgar mucho entre sábanas arrugadas para comprobar que los chismes de pueblo, como toda mitología, disponen de una resaca de verdad”. ¿Dónde está el límite entre ficción y mito en tu obra?
Nada de lo que cuento es demasiada ficción. Si vos tomás un chisme y tensás la cuerda, te da. El problema es que algunos habitantes, cuando me leen, piensan que estoy escribiendo sobre ellos. En Gesell se mantiene el mito de que el escritor es aquel que mira la realidad y copia. Por eso mucha gente se me acerca a contarme historias de lo que está pasando, o lo que le pasa al vecino. Yo no escribo lo que me cuentan. Sin embargo, ocurre algo fascinante cuando todas las relaciones son endogámicas y están cruzadas entre sí. Hay veces en las que no sé cómo resolver una situación en la ficción, y de golpe me cae la información.
Me putearon mucho cuando salió El Viejo Gesell. Lo mismo pasó con Cámara Gesell. Pasado el tiempo, la Municipalidad de Villa Gesell me declaró personalidad destacada de la cultura local. Si bien es un material con el que trabajo con frecuencia, nunca me pensé como el escritor de Gesell. No me hago el distraído. En todo caso, hay una retroalimentación.
En tus textos aparece mucho la idea de un mito fundacional en torno a Gesell. ¿Cómo pensás ese origen y qué lugar ocupa hoy en el imaginario de los habitantes?
En todo pueblo chico siempre hay un mito fundacional. En el caso de Gesell, el mito del origen alemán ya está casi borrado. Incluso algunos habitantes lo definen como un “Lanús con mar”. Es cierto que en un comienzo hubo una importante comunidad alemana que circuló por el balneario. Sin embargo, cuando se realizaron las primeras construcciones, Carlos Gesell contrató a trabajadores criollos. Fueron ellos los que carpían la tierra y levantaban las casas.
Si bien los pueblos de la costa están muy habitados son, por momentos, pueblos fantasma. Durante dos meses -que es lo que dura la temporada- se produce un pensamiento mítico que consiste en suponer que la temporada nos va a salvar. Y en realidad el verano no salva a nadie, y mucho menos en la coyuntura actual. El país se fue a la mierda, y también la idea del paraíso ideal.

En otra entrevista comentabas que los pueblos funcionan como una radiografía de lo que ocurre en una determinada sociedad, ¿Cómo funciona este esquema?
No hay nada más fascinante que un pueblo. Muchas de las personas que viven allí se consideran pioneras, pero en ese relato nunca se cuenta lo que pasó antes. Es como si a partir de ahí se pudiera partir de cero sin que te lleve el pasado a cuestas. En Gesell se conocen todos, pero nadie sabe demasiado sobre su origen. Tampoco hay una consciencia respecto al pasado. Por eso circula la idea que cada uno tiene sobre sí mismo como pionero o gesellino. No creo en la patria, menos voy a creer en la idea de pueblo.
A diferencia de otros lugares, un pueblo se autoabastece con sus propias historias. Todos se revuelven en el mismo barro y se sienten más puros porque se fueron a vivir al costado del mar. Eso también es falso. Los gesellinos tampoco van tanto al mar. Incluso conozco gente que está orgullosa de no haber pisado la playa en cinco años. Muchas veces aparece la idea de la vida nueva, como una especie de remanente berreta del pensamiento hippie. Creen que viven en la naturaleza, pero están a cuatro kilómetros de una ruta repleta de autos destartalados.

“En Gesell se mantiene el mito de que el escritor es aquel que mira la realidad y copia. Por eso mucha gente se me acerca a contarme historias de lo que está pasando, o lo que le pasa al vecino. Yo no escribo lo que me cuentan”
Sin embargo, mucha gente se va a Gesell con la idea de hacer una “limpieza”. ¿Esto también es un mito?
Viviendo en Gesell me dí cuenta de que en la ciudad, si te agarra angustia, te tomás un clonazepam. En cambio, en el pueblo bajás a la playa y caminás con el viento en contra. Al volver a casa no querés tomar vodka, sino café o té.
Ese espacio me resultaba mucho más propicio para la escritura. Cuando me mudé me levantaba al amanecer, escribía hasta las 11 de la mañana, salía a caminar y a la tarde corregía, y así. En total laburaba 12 horas por día. Es un buen ritmo de trabajo en términos de profundidad. Casi toda mi producción viene de ahí. De cualquier forma, no creo que uno pueda limpiarse de una sociedad que está sucia.
En los 70 estuviste presente en el auge de las disputas literarias y las contiendas políticas. En el último tiempo mencionás con frecuencia que hay determinadas discusiones pendientes en el terreno literario que no están sucediendo. ¿A qué se lo atribuís?
En primer lugar, no hay un espacio para la crítica literaria. Las reseñas en los diarios no cuentan porque son elogios. En todo caso, la crítica se produce a través de lo que no se nombra o se desecha. Por otro lado, tampoco hay suplementos literarios. Ya no existen las revistas literarias en las que se discuten programas literarios con otros. La realidad se piensa en términos de márketing y pareciera que los escritores tienen la necesidad de figurar en la pantalla.
Me parece que los textos discuten y se complementan con otros textos, pero eso no siempre es visible. En el último tiempo estuve leyendo mucho a Henry Miller, un escritor que está desaparecido del canon del circuito de prestigio en Estados Unidos. Yo creo que él no figura en este espacio porque fue una figura incómoda. Era marxista, pionero de la revolución sexual y de la generación beat, pero no se lo reconoce como tal. En cambio, figura Bukowski, su discípulo pelotudo.
Algo similar ocurre con David Viñas, que continúa siendo una figura incómoda dentro de la historia de la literatura argentina. Él tomaba al crítico Terry Eagleton, y decía que la crítica literaria es crítica política. Yo estoy convencido de que es así. Un texto no sólo discute con el pasado, sino también con el futuro.

“La crítica se produce a través de lo que no se nombra o se desecha. Por otro lado, tampoco hay suplementos literarios. Ya no existen las revistas literarias en las que se discuten programas literarios con otros. La realidad se piensa en términos de márketing y pareciera que los escritores tienen la necesidad de figurar en la pantalla”
¿Hay alguna instancia para discutir o revisar los textos antes de que se publiquen?
Los interlocutores válidos, es decir, aquellos que pueden criticar y hacer marcas sobre la última versión de un texto, funcionan como guardaespaldas. Porque una vez que publicaste, te arrojaste a los perros que están esperando en la esquina. No es que yo sea paranoico, pero un escritor que no es paranoico no es serio. Los auténticos escritores son una raza maldita. Son los que miran a ver dónde está el moco debajo de la mesa, o el pelo en la sopa. Yo aspiro a una literatura que incomode, que cuestione, y que sea molesta. Esto no implica perder de vista que también tiene que haber algo del orden de contar una historia.
En 2022 diste un discurso en la Feria del Libro de Buenos Aires que generó un debate muy grande en torno a los derechos de autor y el trabajo remunerado de los escritores. Si hoy tuvieran que repetir la exposición, ¿Dirías lo mismo?
Sí, porque la situación no cambió. Las industrias de papel siguen estando en manos de monopolios, así como los derechos de autor siguen sin ser reconocidos. Los editores, incluso los independientes, son unos chantas. No hay nada por fuera de la plusvalía. El productor se gana su vida con el trabajo de los otros. Mientras tanto, los que escriben los libros son los boludos que no quieren hablar de dinero.
Cuando yo digo estas cosas después se arma escandalete durante dos o tres días. Mucha gente no habla por miedo a no ser editada. Yo participé en juicios editoriales, fui testigo de demandas, y acá estoy. Sigo escribiendo. No es que yo sea “el príncipe valiente”. Hay mucha cobardía en una sociedad reprimida.

Guillermo Saccomanno
Arderá el viento
Alfaguara
2025

