El poeta, periodista y comunicador escribe desde un territorio donde la precariedad convive con la belleza y la solidaridad resiste al desgaste. En Consciencia y Clase, el autor de Villa Itatí convierte la crónica en un gesto de memoria y la poesía en una forma de disputar el sentido de lo cotidiano, allí donde las historias suelen ser contadas por otros.
Por Marvel Aguilera.
Es sábado por la mañana en Don Bosco y en la tele del café Cuyen rebota un resumen de los goles de la fecha del mundial. Es un garito diminuto. Levemente oscuro a pesar de la luz del día, con una larga barra donde hay dos tipos sentados devorando medialunas. Afuera, la calle está aquietada. Fluye serena. El frío se atenúa con un sol incipiente que se cuela entre nubes esquivas. Elvis llega unos minutos después. Trae consigo una calma natural. Una de esas paciencias curtidas por el paso de un tiempo áspero. Donde la tierra y el asfalto se entremezclan. Donde el barrio de Itatí se asienta en cada una de sus huellas. Salimos a la vereda, y la gente transita de un lado a otro, sin embargo el relato de Elvis por momentos nos abstrae, nos sumerge en una retrospectiva vívida. De los pasillos donde creció. De las esquinas en donde paró. Del almacen de su viejo en el que pasó buena parte de su infancia. Es que Elvis habla de una historia que sigue siendo presente: que se hace en sus palabras, en los recuerdos que circulan. En esa ascendencia guaraní en búsqueda de oportunidades representada por su abuela. En ese sureste porteño de su viejo, entre retórica, roce social y esa inquietud detectivesca que supo heredar Elvis. En su libro Consciencia y Clase (crónicas de un villero), el fundador de Itatí TV nos adentra en la cotidianidad de la villa desde una sensibilidad singular, una cercanía poética con sus vecinos, con los oficios en resistencia, con las vidas resilientes al dolor.
“Todo lo que pasé antes de que falleciera mi viejo era como una burbuja. Como un domo adentro de tu casa. Yo tenía 15 años y era un nene de 8. Salía, hasta ahí. Me veía él desde el almacén, en la silla. Adentro (en Itatí) es un poco diferente. Es más bullicioso. Todo el tiempo hay mucha gente caminando, autos yendo y viniendo. Mucho movimiento constantemente. Acá también (Don Bosco), pero allá no para en ningún momento. Y la realidad que vivía de la casa a la calle, era muy diferente a la que empiezo a tener cuando él fallece. Digamos que él era quien estaba en contacto, al que conocían todos“, comenta sobre ese quiebre central en su vida. Ese que lo impulsó a patear los pasillos. A mirar sin filtros en su retina. Las precariedades. Las juventudes en jaque por un horizonte renegrido, carente de oportunidades. Casi como a contraluz del camino marcado, Elvis pasaba más tiempo en el afuera del barrio. Mirando los contrastes, percibiendo diferencias que no solo dibujaban a los demás sino que daban un marco a su propia identidad.
En ese redescubrirse, la inusitada pandemia del covid-19 abrió un panorama distinto en sus días. La necesidad de surcar un nuevo sendero en un barrio que era hablado por los de afuera, pero no por los propios. El periodismo, la comunicación social y la poesía se transformaron en una red de contención para los vecinos a través de Comunicación y Reflexión Villera, un medio que tomó la posta en una situación de emergencia. Para Elvis, el estar cara a cara con sus vecinos, con la comunidad del barrio, terminó de orientar esa inquietud que cruza el arte, la solidaridad y el servicio. Un periodismo que retoma el viejo hábito del territorio, de consolidar lazos en medio de un clima individual, de acercar una escucha ante tanta demanda de opiniones y algoritmos.
Su libro es una invitación a esa otra forma de entender la comunicación. Donde lo sensible no se esconde, sino que se expone, se deja enredar entre relatos que retratan un barrio difícil, donde el consumo y la precariedad están a la orden del día, pero que liberan espacio a las manifestaciones de belleza y esperanza: a historias de oficios, a expresiones emergentes de la calle. Allí Elvis oficia como un interlocutor cercano, un vecino más, pero que sabe conectar miradas, escuchas, palabras que reflejan algo mucho más profundo que la mera información; que vinculan afectos y añoranzas, que unen necesidades y solidaridades. La poesía, en ese sentido, aflora como una suerte de hondura, una oda de claridad entre penumbras que resignifica las luchas. Tanto las históricas como aquellas de todos los días, las cotidianas, las que buscan un soplo de dignidad ante el calor de las injusticias.

¿Cómo te despertó la pasión de la comunicación, de pensar esa manera de expresarte?
En primera instancia, porque era una persona que estaba muy negada al mundo por donde pasa todo, ¿no? El mundo familiar era de la puerta para dentro, y después la calle, lo social. Cuando yo empiezo a querer relacionarme con el mundo, a tener mi trabajo, mis relaciones personales y empezar a vincularme con distintos ámbitos, ahí como que empiezo a pensar, ¿qué carajo hago? Ya antes jodía con esto también, jugando. Era algo muy lúdico entre compañeros de escuela. Hacíamos o simulábamos que yo tenía un programa. Pero era muy tímido, muy retraído. Y creo que el empuje primero fue eso. Tuve una clase de orientación. Y me tiraron que posiblemente podía hacer marketing, comunicación o teatro, algo como para abrirme al mundo. Y decía: “bueno, debe ser por acá”.
Después, mi viejo era, aparte de albañil, comerciante y almacenero de barrio, era detective privado. Es chistoso. Los ’80 era una época en la Argentina que fueron un tanque comercial las películas norteamericanas, cómo se vendía un estereotipo de hombre: las películas policiales, el policial negro, de acción y todas esas cosas. El chabón flasheaba con los policías y todas esas cosas. Era un tipo que también le gustaban las artes marciales, el leer. Era un albañil fino, como un artesano, un constructor que lo podías ver no solamente levantar una pared y una puerta.
Tenía inquietudes.
Sí, era muy aventurero en ese sentido, y creo que la parte de investigación y todas esas cosas relacionadas a eso, las agarré de él. Y la parte más poética la agarré de mi vieja, porque ella escribía poesías. Así que va por ese lado la fusión del periodismo y la poesía. Que después va agarrando otro tono a medida que voy creciendo con el oficio y con la realidad. Pero primero que nada, para volver al tema, empezó por timidez. Después conocí el laburo de Rodolfo Walsh. Me empecé a vincular con organizaciones estudiantiles que venían al barrio de la UNQUI, como Hagamos lo Imposible, una organización estudiantil. Y me empecé a vincular con ellos, que eran todos estudiantes también de Comunicación. Yo estaba cursando el primer año de periodismo en ISEC, pero hice el primer año y después abandoné.
Mientras estuve ese tiempo, empecé a vincularme con esta gente y me pintó la oportunidad de hacer talleres de periodismo. Muy básico, muy ordinario, era lo que yo podía enseñar con el primer año. Estaba ahí acompañando al tutor, que él sí ya estaba con título. De paso, aprendía. Pero como yo tenía un poco más de experiencia en esto de hacer fotos, contar algo, haber escrito, fue como para romper un poco el cascarón. Empezar la primera rajadura. Eso fue el 2018. Después me surgió una oportunidad de hacer una beca en el 2020, 2019, en otro instituto privado católico para seguir estudiando comunicación.
Mientras estudiaba, pum que pam, viene y pasa lo del COVID. Ahí empieza verdaderamente el tema de cómo me puse en jaque, por así decirlo. No pensé que podía tener tanto poder la comunicación en un momento tan crucial, de peligro y de urgencia. Y bueno, nos juntamos con otro pibe que ya había militado, los dos habíamos militado en esta organización juvenil y que se terminó diluyendo en esa época. Quedamos nosotros y nos avivó algo, un fueguito. Él era siempre un pibe que le gustaba el arte y yo estaba siempre con el periodismo.
Nos juntábamos de vez en cuando y hablábamos de la sociedad, de la actualidad, de la política, de lo cultural, ¿qué le falta al barrio? Hasta que cayó una bomba, pum, lo del COVID. Siempre veníamos hablando de que estaría bueno hacer algo, nunca sabíamos qué, pero la idea era crear un medio de comunicación para el barrio.
Viene el tema del COVID y se mediatizó que en Villa Azul iba a haber un requilombo, que iban a cercar Villa Itatí. Todos los medios, toda la nación se enteró de Villa Itatí y de Villa Azul. Yo estaba en mi casa y este pibe también en su casa. Vivimos a 200 metros de distancia. Estaba tomando mate con mi vieja y veo que estaban todos los medios, y empiezo a mirar la tele de repente y vi que estaban en la esquina.
Eran dos realidades. Uno era un recorte y lo otro era lo que estaba pasando en verdad. Lo llamo a mi vecino y le digo: “mirá lo que están haciendo, están agarrando a cualquiera”. Yo, por más que estaba estudiando comunicación, o este amigo también, ya teníamos alguna que otra experiencia en lo social, de relacionarse con gente. Y era como que estaba todo pensado, agarraban al estereotipo, al que estaba revolviendo la basura, a la señora que salió toda desfachatada a comprar el pan. Y por ahí le preguntaban qué opinaba del tema, cómo empezó. Y algunos opinaban cada fruta tirada…

Y dejando mal parado a todo el barrio.
No, de lo que desconocían ellos. ¿Cómo van a preguntarnos a nosotros eso? Nosotros no sabíamos de dónde carajo vino. Y nos estaban echando la culpa, estaban queriendo que la noticia sea: “Tengan cuidado con los villeros”. Porque de acá viene el COVID. Porque acá reina la insalubridad. Acá son todos crotos, acá están todos sucios, son ignorantes. Ellos no saben cómo cuidarse, ¿entendés? Y bueno, ahí le digo a mi amigo: “che, ¿qué hacemos? Vamos a abordar esto, tenemos que hacer algo.” Yo no pude hablar en esa oportunidad, porque tuve que ir a buscar medicamentos a capital para mi vieja, y mi amigo tenía un poco de vergüenza porque era la primera vez que iba a salir en un medio. Pero va y los aborda a los de C5N y Crónica. Encima, eran medios que en ese momento tiraban al oficialismo. Y de repente, no importa qué medio era. Nos censuraron. El chabón estaba contando lo que para nosotros era la oportunidad de decir que el problema del agua era algo histórico, una deuda que tenían con nosotros. Y que es un derecho básico tener agua y las condiciones aptas para que nosotros podamos sobrevivir. Y nada, cuando estaba hablando re piola, lo censuran. El chabón quedó re mal. Me contó todo lo que pasó, pero después quedó como medio golpeado.
Y habló con el hermano, que también es así como nosotros. Y nos pusimos de acuerdo y creamos un medio de comunicación. Se llamaba Comunicación y Reflexión Villera. Ese fue el primer medio que se podría decir con conciencia crítica, donde nosotros, a través de la fotografía, la poesía, las noticias y las reflexiones, compartíamos un espacio con los vecinos para poder problematizarnos sobre lo que estaba pasando. El agua, las cosas cotidianas que vivíamos. El agua, principalmente en ese momento que estaba el COVID, y cómo estaba llevándose el proceso sanitario en el barrio.
Yo fui el primero en Itatí en hacer un informe sobre la situación epidemiológica del barrio. Ellos en la tele no hablaban de la villa, eran estadísticas, números, sin nombre. Yo daba nombre de los vecinos que morían, cantidad de personas que morían, cantidad de personas que se recuperaban, que se hisopaban, que esto que lo otro. Y contaba historias de referentes que ayudaban. Los alzaba, los mostraba, los enaltecía. Explotó. Se puso en jaque todo el estado local, provincial y, bueno, en ese momento también nacional. Y ahí yo como que al territorio empecé a sentirlo, a tomar referencia, y a tomar también un poco protagonismo con ellos, con mis compañeros.
Empecé a trabajar en conjunto coordinado con la concejal, que también fue la primera concejala villera de Itatí, Naira Abat. Ella falleció de manera muy trágica hace dos o tres años. Y yo con ella trabajaba de par a par. Armamos en comunidad un comité de emergencia, en donde nos reuníamos cada 15 días y ahí hablábamos de cómo venía avanzando la situación epidemiológica en el barrio. ¿Qué necesitaba el barrio? Un comedor que no tenía abastecimiento alimentario, bueno, se hablaba con provincia para que bajara recursos, medicamentos, agua, un montón de cosas. Y bueno, así se puso en jaque a los vecinos, que empezaron a tomar protagonismo.

“Ellos en la tele no hablaban de la villa, eran estadísticas, números, sin nombre. Yo daba nombre de los vecinos que morían, cantidad de personas que morían, cantidad de personas que se recuperaban, que se hisopaban. Y contaba historias de referentes que ayudaban. Los alzaba, los mostraba, los enaltecía.”
Bueno, vos hacías esencialmente comunicación social, facilitar la comunicación entre las diferentes instancias: vecinos, instituciones. Hoy parece que se habla de comunicación y se trata de redes sociales, marketing, vender. Y la comunicación social queda como algo antiguo, que ya no se usa.
Imaginate que yo en ese momento tenía un pocket samsung, esos chiquititos, viejo. Para el momento que yo lo empecé a utilizar, me había quedado sin celular y me conseguí ese. Creo que no hay límite para comunicar, porque sabes lo que costó que la gente recurriera al medio. “No tengo agua, no tengo medicamento, necesitamos esto, lo otro”. Hicimos campañas solidarias, historias, fotos, grabación. Yo con el celular. Y en ese celular, una charla de 10 minutos ya era repesada. Se hablaba re lento, y me estresaba, pero logré un montón de cosas con ese aparato.
Y no se puede creer el aporte que hizo ese medio al barrio. Con el tiempo me distancié de Comunicación y Reflexión Villera y creé Itatí TV. Que ya tiene un enfoque más puro periodístico. Comunicación tenía un enfoque periodístico y un enfoque artístico. Muy poético era todo. Con la poesía bajo la tierra. La poesía es como volver a sentir el latido, por así decirlo, de la existencia. Como que me vuelvo muy místico en este sentido, porque fuera de joda me devolvió la vida la poesía.
Si bien el periodismo es una herramienta muy necesaria para el trabajo que yo hago con la comunicación popular, yo no me defino por si soy periodista o si soy poeta o si soy comunicador. Creo que, primero que nada, soy un vecino que trata de existir. Con todo lo que eso implica, con todo lo que estoy atravesado. Con las vivencias cotidianas de lo social, de lo político, de lo económico, lo cultural, de lo comunitario, todo. Yo creo que la poesía en sí, como herramienta, me embelleció de una manera tremenda, el tener la posibilidad de darle otra cara a las cosas.
Por lo general, el periodismo tradicional está perdiendo algo que es la mirada, que es escuchar, que es el contacto, el encuentro. Fíjate que hoy está muy en auge el tema de la poesía performática, la poesía en general en los ámbitos de encuentro social, en centros culturales o en eventos, circuitos, el under.
Y es maravilloso cómo uno se concentra. Fijate, presenté el libro en Quilmes en la Casa de la Cultura el 29 de mayo y fusioné el periodismo con la poesía. El primer bloque fue periodismo y territorio, fue un conversatorio sobre los roles de los comunicadores villeros dentro de su territorio. Y el segundo bloque traje a poetas del bajomundo, un proyecto mío para darle espacio a esos artistas, comunicadores, poetas o lo que sea, que tengan ganas de tener un lugar para poder expresarse. Muy copado. La segunda parte fue como bajar a tierra. Traje a un poeta, Nahuel Arrieta, que fue este pibe que la maestra le llevó el libro a Cristina Fernández. Lo traje a él. Y el chabón tiene una manera de hacer poesía que es inmersiva, como que trajo la denuncia social ahí. Se sentaba en el lugar, se bajó del escenario, se sentó como si estuviese en la esquina hablando con los vagos, era un relato. La gente estaba concentrada. Yo creo que la poesía le da una concentración muy específica a la realidad.
También, si uno piensa en los medios tradicionales, los diarios que uno conoce, ya no hay lugar para notas que tengan algún tipo de atisbo de literatura. Hace diez años te podría decir… Página/12 tenía alguna que otra columna, hoy ya casi no hay espacio.
Circula por otro lado. Por las redes sociales. Son los nuevos medios, de manera medio bastarda. Y es difícil porque en las redes sociales hay de todo, es complejo que alguien se detenga en un scroll a leer algo. Es muy vertiginoso, tiene una velocidad, y la gente ya no se para como el lector tradicional, de sentarse acá (un café) o en su casa y abrir el diario o una revista. Hoy tiene que ser corto todo. Palo y a la bolsa, corta la bocha. Porque si no se pierde, el lector se volvió muy superficial en ese sentido. Creo que la profundidad tiene que ser un cachetazo en el primer momento. El rol de la imagen que hoy estamos viendo.
Hoy tenés que mostrar una foto, pie de nota corto, sencillo. O si no, lo perdés al lector. El lector antes era horizontal, ahora es vertical, va bajando, bajando, bajando, tropezando, atrás. Y de repente se vuelve muy deshumanizante.

“Es difícil porque en las redes sociales hay de todo, es complejo que alguien se detenga en un scroll a leer algo. Es muy vertiginoso, tiene una velocidad, y la gente ya no se para como el lector tradicional, de sentarse acá (un café) o en su casa y abrir el diario o una revista. Hoy tiene que ser corto todo.”
¿De ahí lo de la poesía fusionada al periodismo?
Es esto, devolverle la humanidad que se merece el periodismo también. Porque el periodismo no era así. Esto de bajar a tierra. Uno quiere contar una historia y hay cosas que te perdés, ¿viste? Por no tener esa cadencia que tiene la poesía. La naturaleza propia de la poesía. Esto de volver a lo natural. De la descripción, de la mirada, de ser observador. Como que va a volver el periodismo a tener una actitud que se merece.
Por momentos, en esta sociedad que se está viviendo tan violentamente, es como que con la poesía el periodismo a mí me sacó lo más animal que tengo. No me importa nada. Estaba en el medio de la emergencia sanitaria a nivel nacional y era un riesgo. Yo asumí un riesgo. Estaba poniendo en peligro a mi familia.
Mi mamá estaba enferma y yo salía igual a ayudar a la gente, a conseguir medicamentos. De repente me convirtieron en un trabajador social. Ayudaba a los abuelos, a las infancias, a un montón de personas en ese momento. Y fue muy gratificante en el sentido humano. Y eso creo que también me sensibilizó un montón. Yo no escribía poesía. Cuando empiezo con Comunicación y Reflexión Villera había una forma de comunicar que nosotros estábamos problematizando.
Era tan frío lo que venían a mostrar del barrio desde afuera, que quedaba lo de adentro. ¿Cómo quedábamos nosotros? Y quedábamos dolidos. Entonces era como devolverle el amor a las cosas. Era muy violento que hicieran eso.
Como que si la noticia fuera esa cosa mala que puede pasar y no las otras diez cosas buenas que había. Obviamente, lo que se construye siempre es esa mirada negativa y lo otro queda relegado, sin posibilidad de comunicarse, porque no vende.

No sé si es porque no vende, también hay una decisión política.
Esa línea nosotros la rompimos, nuestro objetivo era que la gente no mirara la tele. Se cumplió. De repente participábamos de los comités con referentes, el Estado. Ahí estuvo muy presente el Estado en pandemia, después, bueno, fue otra cosa lo que pasó.
Me interesa esto que escuchaba en un reel tuyo: que no es lo mismo que vos te consideres un comunicador o un periodista villero, que el hecho de que alguien que está desde afuera te identifique y te señale como eso. Este es poeta pero villero, este es comunicador pero villero.
Es diferente que vos te asumas como villero por lo que representa, de lo que hacés respecto del barrio y de la cultura. Pero es como a veces una limitante de la gente que está fuera, como de señalar o etiquetar. Sí, es parte de lo que se construyó mucho tiempo.
Todo está clasificado, y yo creo que la gente que va a los medios principalmente romantizan. Es como una nota de color. Lo ven así para vender. Tristemente. Pero una cosa de verdad que yo me asumo un poeta villero porque es una posición política. ¿Desde qué lugar yo estoy comunicando? El libro se llama Consciencia y Clase. Consciencia es que hagamos una reflexión, que sirva de espejo a mi vecino.
Como para que pensemos toda nuestra historicidad pasada, actual. Y después también a la clase media opulenta, ¿no? Esa que desconoce por prejuicio. Yo estoy orgulloso de ser villero. A donde piso digo, yo soy de Villa Itatí. Antes tenía vergüenza. Ahora no, es como una batalla cultural. Si yo me presento en el lugar, ¿por qué me voy a ocultar? Si los que me ocultaron fueron los otros. Ya no hay momento para ocultarse. Entonces, habla de lo pujante que tiene mi identidad y de toda la historia que hay detrás y de todo lo que tengo para contar.
Cuando hablo de los otros en una poesía, estoy hablando de mí, porque, como decía antes, no dejo de ser vecino. Estoy atravesado por lo cotidiano. Lo cotidiano se transforma en algo extraordinario por un momento, porque contar la historia de un bicicletero, tan sencillo como eso, es revalorar y resignificar un montón de cosas. Primero, que el hombre tiene 75 años y sigue arreglando bicis a los pibes que tienen 10 años. Se les pincha la bici, la rueda y la cámara, y el chabón te lo arregla sin pedirte nada.
Entonces, esa tradición. Eso que se está deshumanizando, bueno, es un montón con que yo comparta esas historias. El oficio del bicicletero. El oficio del carpintero. Son todo cosas que se están muriendo. Bueno, yo estoy haciendo mi parte, acompañado también del oficio del periodismo de visibilizar esto. Estaría bueno que también hagan otros este periodismo comunitario. Que el periodismo tradicional haga el periodismo comunitario, que es volver a sentir las historias, ¿viste? Esto de involucrarse con la historia. Yo cuento desde adentro y estoy adentro. Pero también el haber pasado por La Garganta Poderosa o Mundo Villa me ayudó a salir de mi burbuja, ¿viste? Salir a otros barrios, contar otras historias.
No es solamente tomar nota o grabar y eso, sino profundizar en el vínculo, ¿viste? Hay un vínculo que yo tengo con las historias. Entonces, eso es lo que marca una diferencia entre que yo le ponga la etiqueta “periodismo villero”.

“Cuando hablo de los otros en una poesía, estoy hablando de mí, porque, como decía antes, no dejo de ser vecino. Estoy atravesado por lo cotidiano. Lo cotidiano se transforma en algo extraordinario por un momento, porque contar la historia de un bicicletero, tan sencillo como eso, es como revalorar y resignificar un montón de cosas.”
Claro, por ahí el periodismo al que llaman villero termina teniendo más herramientas de periodismo.
He hablado con algunos periodistas que trabajan en los medios grandes, tradicionales. Y te preguntan cómo ves la realidad. Y quieren que les cites un informe. Yo abro la heladera, y digo, “yo no como asado hace tres meses”. Y cuando como un asado es porque me junto con mis primos, me junto con mi familia. O cómo ves la inseguridad. Porque de repente ven que los delincuentes salen de las villas. Y como si fuera que a nosotros no nos roban nuestros mismos vecinos. Por ahí mi vecino es el que anda robando y está hecho fisura. Pero es mi vecino, yo lo vi crecer, jugamos a la bolita juntos, y por ahí me desconoce porque está pasado de falopa.
Trato de bajarlo a tierra, como puedo, y hay veces que no se puede. Hay otros vecinos que lamentablemente sufrieron. Y por ahí hay otro paso, que son las nuevas generaciones, que tienen 13 años, están en la esquina vendiendo falopa, andan robando. Por ahí no tuvieron un viejo, una vieja como vos, que les transmitió algún tipo de valores más allá de las precariedades.
Ahora no es lo mismo que en pandemia, obviamente. El Estado está hasta ahí nomás, pero bueno, yo trato de estar también porque tengo que vivir, pero no tengo el mismo ritmo que en pandemia. Porque también estoy tratando de salir. De visitar otros barrios, llevando el libro, llevando las historias. ¿Viste cuando una burbuja se está inflando y de repente hace pum? Bueno, está pasando eso. La mirada está muy porteño-centrista; de repente, todas las villas y todos los quilombos siempre pasan allá (CABA). ¿Y acá qué onda? Acá también hay villas. Está el conurbano. Entonces yo quiero correr el foco y ponerle luz acá, y esto que está pasando con Consciencia y Clase es la idea. De poner en una cartografía y ubicar en el mapa. Que acá también estamos, existimos. Que no somos esa estadística. Que tenemos cara y que acá también hay gente que estudia, que trabaja, que tiene sueños, que el hecho de que yo haya escrito un libro es revolucionario en este momento. Porque es, primero que nada, un acto de valentía lo que estoy haciendo, pero no estoy solo, hay gente que me acompaña. Es por el amor que le tengo a mi barrio, a lo que yo viví y a lo que vivo con mis vecinos.

Elvis Baez
Consciencia y Clase: Crónicas de un villero
Desde Adentro
2025

