Literaturas

Marcelo Rubio: “Se notó durante los doce años pasados que las políticas de un gobierno determinan el peso de la cultura”

El periodista y autor de las novelas “El Cristo roto” y “Lo que trae la niebla” conversó con Pablo Pagés acerca del presente, el pasado, el fútbol y la literatura.


Por Pablo Pagés. Fotos Dante Fernández

Creo que comenzamos hablando de Ruda. Me preguntó quiénes estaban en esta movida. Yo dije algo como: “Es una revista digital con un compromiso muy copado en el tratado de los contenidos”. También consideré importante aclarar que Camilo Sánchez suele escribir en la misma. Comenté algo de mi salud, le dije a Marcelo que estaba muy congestionado, que tomaba Desalergin y Nafasolex Plus, unas gotitas mágicas que te destapaban la cañería de inmediato. Al toque enfatizó su experiencia con el Desalergin. Me dijo que lo probó una vuelta y que le dio mucho sueño. Justo estaba sacando la bolsita de plástico donde guardaba también mi medicación psiquiátrica y le mostré todo el contenido. Me respondió: “uuh, no dije nada entonces, olvidate”, soltando una risita con cierto sesgo de asombro. De alguna manera que no recuerdo hizo referencia a sus hijos: “La más grande ya es casi independiente”, y sobre el final de este comentario se le clavó una sonrisa discreta entre sus labios. Aprovechando que venía el mozo tiré una reflexión un tanto torpe sobre cómo se modifica la lengua con el paso del tiempo. Creo que no fue entendida y me contestó: “aja, sí, claro”. En este preciso instante fue donde tuve que comenzar con la entrevista para no dejar que un silencio incómodo ganara el momento.


Contame algo de vos, Marcelo.

Yo nací en San Martín en el ’66. Una familia de laburantes. Mi vieja era maestra y a mí me gustaba el fútbol. Jugué en las selecciones de los colegios, pero nada más que eso. No tenía intenciones de convertirme en un futbolista profesional. Sólo me apasionaba. Es más, yo siempre cuento que entre ir a leer y salir a jugar al fútbol yo elijo siempre el potrero.

A mí me pasa lo mismo con las ferreterías.

Bueno, ves, te gustan esas cosas.

Es más posible que me lleve algo de una ferretería que de una librería.

Ves, ahí está, no quiere decir que a uno no le guste la literatura. A mí me gusta el fútbol, me pongo de muy mal humor cuando veo un partido de fútbol malo, cuando le pifian a los pases en la cancha. A ver, es como decir, uno le puede errar a un acento, pero no le podés errar a todos los acentos; hay algunos jugadores que tiran un pase y te preguntás ¿qué hay, un hombre invisible en ese lugar? ¿¡A quién carajo le tiran esa pelota!? Son tipos que viven para eso, no son jugadores que juegan en la C o en la D o un tipo que está laburando y de pronto sale a jugar. Siempre me gustó el fútbol y obviamente la literatura. Yo de chico leí, me gustaba leer y en algún momento empecé a garabatear algunas cosas. Tenía una banda de rock y escribía la letra de las canciones y cuando estaba en la facultad me llamaron de una editorial que se llamaba Abril (yo tenía 20 años) para hacer una pasantía en lo que era TV Guía y Antena, eran dos revistas de porquería, de chismes, y me pagaban dos mangos. Una vuelta el director de Antena me dijo: “Yo te voy a dar dos páginas para que hagas una publicación de mitos de Argentina”. Eso me permitió ir a los archivos, armas historias de la nada. Me llegaban tres informaciones; por ejemplo X sale con A pero no podemos decir mucho, solo que fueron a cenar y algún que otro comentario. Ahí me dí cuenta que estaba haciendo ficción. Podía hacer otras cosas que no fueran periodismo dentro de una rama del periodismo. Esos fueron los puntapiés iniciales. Mi viejo era futbolero y te contaba historias de pueblos chicos que nunca conocí pero que con el pasar del tiempo me los fui imaginando y teniendo una versión propia de todo ese relato que manejaba mi padre.

“Somos de desmerecer o destruir todo lo que sea argentino. A los autores extranjeros se los pone allá arriba y a los argentinos se los ningunea. Tenemos que valorar mucho más lo que tenemos, que por cierto, es muy bueno.”


¿Te gusta Soriano?

Amo Soriano. A mí me parece que A sus plantas rendido un león es un libro magnífico, una novela tremendamente genial y los cuentos de los años felices también.

¿Fueron los años felices de Página/12, me parece?

¡Claro! Uno esperaba las contratapas de los domingos para leerlo a Soriano, que fue casi maltratado en el exterior, tomado como un salame que escribía sobre fútbol. Bueno, hoy es más respetado. Fue brillante en su forma de pensar y de contar, a mí me gusta Soriano y me acerco con gusto. Es más, cuando estoy perdido y no sé como enganchar un cuento salgo a buscarlo rumbo a la biblioteca.

¿Te acercás en tu prosa también?

Sí, claro. Yo no me reconozco en él pero hay mucha gente que me dice lo contrario. Y claro, es así, uno tiene hábitos como la lectura y algo de todo eso pasa por ósmosis. A mí Soriano me marcó como escritor: su puntuación, sus guiños. Esas cosas te quedan, luego ves qué se hace con eso. Los americanos me gustaron mucho: Henry Miller, Ernest Hemingway, Raymond Carver, John Cheever. Los que tenemos más de cincuenta sabemos que era difícil conseguir algún libro de estos. Uno tenía que insistir en la búsqueda.

Levanto la mano y elevo la voz lo suficiente para que dentro del colchón sonoro del lugar, mi voz no tenga la menor chance de desatención. –¡Mozo!-. El tipo pegó media vuelta, dejó una bandeja sobre una de las mesas, caminó unos pasos hasta nosotros sin dirigir una palabra, hizo un gesto afirmativo con su cabeza, agarró de una mesa una carta y me la dio en la mano. Soportó un par de minutos hasta que eligiera un tostado – consejo que vino de su parte – y se fue sin decir una palabra. Lo miré a Marcelo y le dije: “Me parece que no le gustó que le haya dicho ‘mozo’”. Rubio, atento a la jugada, observó con cierto desinterés y poniendo una mueca irónica me dijo: “¡Seguro que no le gustó nada!”. Cuando retomamos la charla Marcelo comenzó desde el lugar preciso donde habíamos cortado.


— Era jodido conseguir literatura o un disco. Tenías que ir a la Galería Lavalle y otros lugares más. Hoy por Internet tenes la posibilidad de conseguir hasta un fragmento de lo que estás buscando. A mí me parece que la lectura o la escritura tienen que pasar primero por un papel. El otro día estaba corrigiendo una novela en la PC y te digo que me terminaron llorando los ojos, tuve que parar y descansar la vista, una locura. Y esto justamente no te pasa en el papel.

Me comentabas cómo habías entrado a laburar en esta revista y el laburo que hacías te permitía manejarte con una cuota de ficción bastante amplia.

Sí, hasta que vino la hiperinflación del “Turco” y ahí la editorial creo que cerró y me cortaron la beca que tenía. Me puse a hacer radio con unos amigos de la facultad y así empezó Kriminal Mambo. La radio siempre me gustó, hacíamos los guiones para los programas y todo eso. Pero hubo un momento que la vida me exigió tener guita para otras cosas y el periodismo pasó a ser una diversión y la literatura murió por un tiempo. Fue en el ’99 que una gente de España me dio una plata para publicar un libro acá y editamos lo que se llamó Fútbol apócrifos y luego pasaron diez años que, si bien escribí bastante, no publiqué nada. Hasta que una amiga me recomienda una editorial chiquita que se llama Textos Intrusos. Ahí publiqué tres o cuatro libritos.

¿Qué año?

Eso ya era en el 2010, creo.

Estábamos respirando otro aire político.

Sí, claro. Pará que me acuerde… fue para la elección de Cristina del 55%.

Ojalá suceda en estas elecciones que el pueblo elija la alternativa de Fernández-Fernández y podamos construir un país sin sobresaltos y con tiempo.

Sí, sí. Tenemos que entender que nuestro país no puede más girar de un lado hacia el otro con tanta locura. El Estado tiene que estar presente y no permitir que las cosas se vayan de golpe y porrazo como si nada de lo que se venía construyendo y valió la pena.

“Creo que las editoriales pequeñas se tienen que hacer responsables de los libros que publican: que los difundan, que estén presentes con el autor, que laburen ese contenido y no que publiquen cualquier cosa que se les aparezca”.


— Bueno, volvamos a lo literario, yo estaba conectado con un mundo literario y un día me la cruzo a Silvina Gruppo, quien me presentó a Martín Sancia [Kawamichi], que lo considero un escritor tremendo y bueno, nos hicimos amigos, amigotes hasta el día de hoy que hablamos casi todos los días. En un momento a Martín lo llamaron de Indómita Luz y le pidieron algo de mi autoría para leer. Entonces yo les mandé a los chicos de la editorial dos cuentos y la novela Lo que trae la niebla. Les dije que si no les gustaban los cuentos que pasaran de largo y se enfoquen en la novela. A los dos meses me llaman para decirme que están interesados en publicar. Por ese tiempo yo había tenido un quilombo con una editorial chica de Córdoba que también les había pasado la novela y ni siquiera la habían leído y la rechazaron. O sea, uno está preparado para que alguien piense distinto y te rechace un material, pero por lo menos que lo lean.

¿Cuál es tu mirada del mundo editorial?

Yo creo que hay gente que juega en primera, en las editoriales grandes y después hay una suerte de semillero que son las editoriales independientes que no siempre se pueden hacer conocer. Si esta instancia no existiera, ni vos ni yo estaríamos publicando. Y de ahí, cada tanto alguno pega el salto y llega a una editorial grande y eso está genial. Pero también creo que las editoriales pequeñas se tienen que hacer responsables de los libros que publican, esto es: que los difundan, que estén presentes, presentes con el autor, el contenido, que laburen ese contenido y no que cualquier cosa que se les aparezca la publiquen. Está bueno que las editoriales se dediquen a un género o a temáticas claras, por ejemplo el terror, el policial negro, el suspenso y otras editoriales que sean más amplias en sus contenidos pero que los trabajos sean buenos. Y ahí pienso que está la clave del asunto, cuando una persona te dice: “yo ya leí algo de este sello y verdaderamente publican cosas buenas, voy a comprar”.

Pienso que en el terreno donde estamos nosotros hay libros que verdaderamente podrían jugar en primera. Claro, la pregunta sería: ¿las editoriales grandes están publicando siempre a los mejores?

Sí, claro y creo que también hay que tener un poco de respeto por autores como por ejemplo Stephen King. El mundo más intelectual siempre mira estos trabajos con ciertos prejuicios y creo que en verdad tienen un oficio y un trabajo que son admirables. Hay que respetar que ese tipo también se sentó durante un año, cinco o dos meses a laburar una obra. En tal caso en vez de saltar con una batería de prejuicios sería interesante plantear en qué puntos nos parecen flojas esas novelas que salen de las grandes editoriales al mercado. Y uno adoptar la crítica, saber que la misma es para construir, para mejorar. Mirá esto que está pasando ahora con los stock de libros que no se han vendido y los llevan a la quema, previo aviso al escritor. Es una verdadera lástima.

Creo que hubo un momento en la Argentina donde había una crítica muy pelotuda.

Sí, de acuerdo. Hay críticos que agarran un libro y lo destrozan con una alegría extraña y eso no está bueno. Eso está muy mal, quién dice que la opinión subjetiva del tipo es la correcta, hay personas que les gusta cómo juega Mascherano y a otros Messi. Somos de desmerecer o destruir todo lo que sea argentino. A los autores extranjeros se los pone allá arriba y a los argentinos se los ningunea. Tenemos que valorar mucho más lo que tenemos, que por cierto, es muy bueno.

Sí, veo ahora en esta contemporaneidad que nos involucra, una serie de mujeres haciendo una literatura extraordinaria.

Totalmente de acuerdo, solo por mencionar las autoras que se me vienen a la cabeza: Gabriela Cabezón Cámara, [Selva] Almada, Samanta Schweblin, Agustina Bazterrica, Dolores Reyes, Valentina Vidal, Malena Travacio y después escritores como Mariano Quirós, Horacio Convertini, Martín Sancia, Eduardo Goldman; podría estar todo el día, son tipos brillantes para escribir; Kohan, Consiglio, Camilo Sánchez: un animal literario que vive de la literatura y que te la hace vivir, lo lees y te quedás enganchado; Daniel Ares. Estamos hablando de tipos con los que uno se puede sentar a tomar un café y que te van a hablar tranquilamente sin tirarte la camiseta encima, podrían hacerlo, pero no lo hacen. Otra, vos me decías que se publican muchas mujeres y yo te digo que se está publicando muy buena gente, escritores de primera, gente maravillosa que debería tener una oportunidad de publicar en las grandes editoriales. Está bueno entender que toda esta gente apareció durante el kirchnerismo y fue instalando la escritura como algo importante y eso es genial, porque vos una vez que pusiste en marcha la máquina, la máquina sigue funcionando. Estos muchachos que están ahora creen que van a desenchufar esto pero ya es imposible. Alguien sube y empieza a dar vueltas a la manivela y la rueda comienza a arrancar lento y despacio pero sigue. El error de estos muñecos chetos es creer que porque ellos tienen el cable en la mano detienen la máquina pero los procesos culturales comenzaron muy fuerte en el gobierno pasado y esto ya forma parte de la cultura. Y en eso tenemos una obligación que es la de mostrar a la gente que hay otro mundo que el que se está viviendo. No quedaron las cosas sólo con Andahazi, si la literatura argentina piensa eso estamos muy mal. Este muñeco juega para la derecha. Mejor está poner la mirada en la cantidad de voces femeninas que comenzaron a hacer literatura con una fuerza de talento y de laburo increíbles. Se notó durante los doce años pasados que las políticas de un gobierno determinaron el peso de la cultura. Hubo un reconocimiento de igualdad que fue necesario y hubo un pacto social que de alguna manera se instalaba con políticas inclusivas. Yo hoy no lo veo, más bien todo lo contrario. El capitalismo es insensible. Está exacerbado a un límite que no se tolera ningún tipo de inclusión. La economía sólo está puesta en los números y vos y yo para ellos somos eso, un número. Pero ese número tiene un atenuante que es la sensibilidad. Si cuatro millones de personas no tienen laburo, hay seis millones de pibes que no comen y eso implica una sensibilidad social que tiene la impotencia de no poder hacer nada. O al menos, eso es lo que te quieren hacer creer.

Contame algo de tu presente, Marcelo.

Toda esta crisis también me jodió laboralmente. Estoy haciendo corrección de textos en Indómita Luz. Estoy haciendo colaboraciones en novelas para guiar un poco cómo se puede ir llegando a una idea. Y por supuesto trabajos míos. También estoy aprovechando para laburar dos novelitas; una que se llama Cuatro versos, la otra sobre un hecho que sucedió hace tiempo en nuestras pampas, es sobre un hombre que podía traer las lluvias.

Me interesa saber un poco de la novela que estás por publicar.

El Cristo roto es una novela que transcurre en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. A mí me interesan mucho estos pueblos que quedaron al margen de las vías por las que ya no pasa ningún tren, porque hay gente que vive ahí, gente que no ha podido salir de ahí. En este caso llega un tipo a restaurar un Cristo, una imagen de un Cristo que está rota. Cuando llega se entera que además de estar rota, esa imagen tiene que hacer un milagro y el cura es el único que sabe todo lo que pasó y está todo pueblo pendiente de este asunto de los milagros. Este tipo se pone a arreglar este Cristo y va a descubrir una serie de cosas. En medio de eso hay de todo un poco; mitología griega y una chica que está en el pueblo muy jovencita, muy bonita, que aparece y desaparece todo el tiempo. De eso va la novela, de los abusos y mentiras de la religión, que tienen pendiente a la gente viviendo de la fe en algunos casos y un poco el juego de la trama es eso, la ironía. Y de paso, involuntariamente, se muestra la historia argentina, porque los personajes se acercan a momentos de críticos de nuestra historia. Espero que guste. Uno escribe y cuando sale al mundo, a veces, hasta te da miedo. A principios de agosto se publica. Algunos les puede gustar y a otros no, bueno, uno está sometido a eso. Un poco acostumbrado.


Levanto mi mano en busca del mozo pero no lo encuentro. Aprovecho para sacar de la mochila mi libro Cuesta Abajo, se lo paso y garabateo una dedicatoria con mi firma. Odio hacer estas cosas. Veo al mozo cruzando rápido de una mesa a la otra y no me queda otra idea que llamarlo. Se detiene como quien ha escuchado una sentencia. Corrige sus pasos y viene. Me escribe en un papel la cuenta. Mientras juntamos la guita con Marcelo, le digo: “Te deseo mucha suerte con tu nueva novela, El Cristo roto”. Para vos lo mismo Pablo, me dice Rubio.

Dejo sobre la mesa propinas de más, como una forma rara de disculparme. Hoy es sábado. Pienso. Los de tránsito no te llevan el auto. Me tranquilizo. Salimos del bar.




Marcelo Rubio
El Cristo roto
También el caracol

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