El artista plástico y cineasta del conurbano construyó un universo donde el absurdo y la psicodelia funcionan como una forma de mirar el presente. Entre conejos ejecutivos, nostalgia noventera y humor corrosivo, su obra pone en jaque la mercantilización del arte, el consumo como lenguaje y las fisuras de una época que convirtió el espectáculo en norma.
Por Marvel Aguilera. Fotos: Eloy Rodríguez Tale.
Llueve y estamos en medio del patio del Monasterio Santa Catalinas, en el barrio de San Nicolás, donde ahora funciona un bistró. Damos vueltas para encontrar una suerte de espacio interno, pero todo parece desierto. Estamos solos, con frío, ante la inmensidad de unas paredes que todavía conservan los cuartos de oración de unas antiguas monjas. Rocke llegó a horario. Tiene esa suerte de perfil estilo Mark Twain, pero con el atisbo conurbanense que trasmite en cada palabra. Un cierto tono entre el humor, el cinismo y la franqueza más cruda de sus razones. Después de preguntar en un stand al lado de la cocina, nos acompañan a un espacio interior. Uno donde las palabras rebotan. Como si nuestros intercambios fueran suplicas, lamentos o algo cercano al perdón. Mientras nos acomodamos, pienso en Cuarto Oscuro, la obra de Rocke que a su vez se hizo película, y que estuvo expuesta en la casa de Cultura de Lanús. Allí los integrantes de la banda de rock Humano Querido se mimetizan en el mundo del pintor y director: un universo de absurdos, crítica al sistema, kitsch y un registro nostálgico y noventero, repleto de pixeles, antiguos videogames y personajes de la farándula caricaturizados. No obstante, detrás de todo ese mascarón casi de confeti: de brillos, conejos ejecutivos y drogas lisérgicas, hay un Rocke que asoma algo de sus angustias existenciales. El arte mercantilizado. La obsolescencia de la comunicación. La degradación humana. El individualismo como escape en la lógica del consumo.
De espalda a una ventana del convento café, Rocke nos habla de esa zona sur que mamó desde sus orígenes y que a pesar de hoy estar lejos -en zona norte- sigue alimentando su imaginario creativo. Cuarto Oscuro, la película que funciona como una especie de Yellow Submarine de la banda de Lanús, ya circula en los cines. En ese ínterin, uno puede comprender que el lugar de encuentro no fue tan fortuito. Hay una suerte de espiritualidad muy marcada en su presencia, la que nos habla de su madre, de su crianza, y también de su acercamiento a la pintura por medio del cristianismo. “Yo creo que soy un marginal”, nos dice. Incluso en más de una oportunidad. Parece un mantra. Y si uno piensa en el concepto de marginalidad, puede que en Rocke signifique algo más que la pobreza en la que se crio o la falta de acceso a determinados consumos que sus amigos del colegio poseían, hay algo de andar por el borde en él. Una postura. Silvestre. Indomesticada. Con las virtudes y carencias que aquello pudiera significar. En medio de esa fe casi intuitiva, Rocke caminó los barrios de Lanús, Burzaco, Adrogué, en busca de una creatividad que apenas aparecía a tientas, en los afiches para la banda de sus amigos, en los cuentos que hallaba en la pequeña biblioteca familiar, en las clases de guitarra con su stratocaster mexicana, en esos dibujos de iglesias y santos que empezaban a trazar a su cosmovisión como artista. “Iglesias, animales, cuentos. Tengo un dibujo muy lindo de El soldadito de plomo, muy ligado a la historia de Jonás. Mi vieja era muy religiosa o tenía inquietudes espirituales, y me conectaba con eso. Por eso tengo la suerte de conocer bastante la literatura bíblica, que es muy fundante en el asunto artístico en general. Cuando uno lee un libro clásico siempre se encuentra con referencias que si quizás no conoce te deja afuera. El arte plástico también. Si no conocés nada de cristianismo te quedás afuera de la pintura clásica”.
Mientras la tarde cae y la lluvia mengua de cara a nuestra vista, Rocke empieza a desgranar algunas de sus inquietudes sobre el arte plástico y las derivas de la cultura contemporánea. Y si bien suele objetarse a sí mismo desde lo técnico, la crudeza de muchas de sus palabras nos expone una genuinidad hoy en jaque dentro de este mundo de las apariencias. Puede que al elegir a una banda como Humano Querido para sus creaciones, que supo persistir a través de sostener su esencia barrial e inclasificable, Rocke nos esté hablando en espejo de su construcción, de una inercia que va más allá de etiquetas académicas y posmodernas. Una donde las historias de vida y los fracasos son los que marcan muchas veces nuestras representaciones como especie, como seres que transitan un derrotero efimero de tiempo, a veces escapando del letargo y otras dejando una huella cotidiana, un aroma del tiempo en común que nos hermana.

¿Cómo empieza tu relación con Humano Querido y cuando empezás a pensar ese universo estético alrededor de la banda?
A Humano Querido los vi en uno de los primeros recitales que fui. Yo soy de una clase social muy baja y no tenía la chance de ir a recitales. Sí me acuerdo de haber ido con mis amigos a ver Divididos. Había festivales en esos tiempos, como el Buenos Aires No Duerme. Pero a Humano Querido los vi hace veinte años en una plaza. Estábamos paseando con un amigo en un festival de Burzaco, con Pablo Kranzt y los Chicos-Búfalo. Me impactó. Es una banda que se entiende lo que cantan. La primera vez que los vi, no los olvidé. Me acuerdo que me dieron un suvenir con una especie de programa que repartía el cantante. Un show muy loco, con mucho color. Eran como Los Twist pero con más kitsch, con cosas teatrales. Había un tema donde una especie de superhéroe corría entre el público. Bailarinas con plumas. Por supuesto que después no los escuche más. No compré el disco y ellos no sonaban en la radio. Diez años después volví a pasar por un bar de Burzaco y estaba Humano Querido. Todavía me acordaba de ellos.
El cantante hace poco editó unos libros de poesía. Yo lo seguía en las redes y le dije de comprarle el libro. Es un escritor intuitivo. Un hombre muy culto con muchas inquietudes. Le dije del libro y lo encontré en una estación de tren, y de paso le pregunté –porque creo era la real intención de encontrarlo- si podía utilizar un tema de ellos para hacer una pequeña animación. Yo estaba practicando con animaciones, recién las descubría, y hay un tema que ellos habían grabado en el primer disco, donde cantaban Ricky Espinosa y El Mosca de Dos Minutos. Un tema desopilante: anti policía pero muy gracioso. Se llama Los problemas psíquicos del policía. Hay un policía que vigila en la esquina de mi casa/ Toca el silbato y saluda a la gente cuando pasa/ Yo lo estuve observando desde mi terraza/ Me di cuenta que mensajes satánicos manda.
Yo quería hacer unos dibujos sobre eso. Después se los mandé y les gustó. Me encargaron hacer un video clip para un EP que estaban sacando. Una alegría enorme que una banda que yo admiraba me lo pidiera, porque yo los iba a ir a ver. Aun cuando no había redes, solo desde el boca en boca. Bueno, hice un videoclip, les gustó. Me encargaron otro. Y cuando me quise acordar ya tenía como cinco. Cuando habíamos animado casi todo el EP yo ya venía planificando hacer una suerte de película loca, pero era difícil. Logré convencerlos y la hicimos.
¿Había una idea general detrás o se fue armando a medida que trabajabas en cada tema?
Empezó así, con el primer video clip. A medida que íbamos agregando videoclips llegó un momento en que yo ya continuaba una línea estética, para que sea todo lo mismo. Es una línea estética un poco accidental, que está dada por las capacidades técnicas que tengo.
Pero vos jugás con la estética de los viejos videojuegos y con el surrealismo.
Sí. Los videojuegos tienen una intención crítica. Con el asunto de las mass media y de la comunicación. Básicamente, me parece que la comunicación últimamente está viciada, es la decadencia. Fijate que nunca tuvimos tantos medios de comunicación: teléfonos, mails, redes sociales; y sin embargo así y todo cuesta comunicarse con la gente. Me refiero a la acción en sí: mirarse a los ojos, la palabra. Por ejemplo, yo estoy planificando con el distribuidor cuando se estrena la película, le mando un whatsapp y el tipo no lo ve, pero veo que está activo en Instagram, entonces le mando un mensaje por ahí: “che te escribí al whatsapp”. Ese es el nivel de hoy. Todo está tan fragmentado que a uno le cuesta encontrar el agujero. Es una alusión a la alienación del hombre urbano.

“La comunicación últimamente está viciada, es la decadencia de la comunicación (…) nunca tuvimos tantos medios de comunicación: teléfonos, mails, redes sociales; y sin embargo así y todo cuesta comunicarse con la gente. Me refiero a la acción en sí: mirarse a los ojos, la palabra”

El hecho de que Humano Querido sea una banda muy de barrio, vinculada a Lanús, y que durante tanto tiempo se haya movido más en ese territorio, ¿eso qué representaba para vos al momento de pensar la película?
Yo diría que Humano Querido es una banda de una ciudad. Tienen un barrio, pero es más ciudadana o incluso de zona sur: Burzaco, Temperley; un circuito de bares donde siempre tocan. Pero Humano Querido comenzó siendo una banda con proyección de estrellato. Tenía mucha proyección encima, grabaron un disco, una productora los llamó. Finalmente eso no sucedió, por ciertas desprolijidades y el devenir de la industria. Pero sus composiciones siempre fueron bastante pop. A mí me gustó la idea de la banda de fracasados. Cuando entrás a internet y ponés “Humano Querido” sale una suerte de biografía que redactó el cantante en uno de esos sitios de música, y es una biografía totalmente desopilante, donde cuentan esta trayectoria con pretensiones de estrellato y las consecuentes caídas en el fracaso. Los festivales en que participaron junto con Charly García, con Los auténticos decadentes, etc. Y mencionan que todo eso no sirvió de nada, porque siguen en la frialdad del anonimato. Me pareció romántico eso. A propósito de la literatura del siglo XIX, es muy literario. Incluso me parece que ahora se está volviendo paradigmático, que hay un auge del individualismo y el éxito, gente que quiere ser famosa porque sí, y que su imagen se vea en las redes. Y me pareció divertido hacer algo que sea todo lo contrario, un elogio del fracaso, del héroe trágico. Y por qué no decir que el éxito es una mierda, que el tipo al que le va bien haciendo lo que hace es porque en algo anda.

“Hay un auge del individualismo y el éxito, gente que quiere ser famosa porque sí, y que su imagen se vea en las redes. Y me pareció divertido hacer algo que sea todo lo contrario, un elogio del fracaso, del héroe trágico. Y por qué no decir que el éxito es una mierda, que el tipo al que le va bien haciendo lo que hace es porque en algo anda”
Pero si uno lo ve desde una mirada un poco más zen y menos comercial, el hecho de tener una banda y que perdure durante 20 años, teniendo un público aunque sea chico, me parece que puede ser una definición de éxito.
Sí, ellos lo ven así. Son tipos muy particulares. Creo que todo esto que estoy pensando, ellos ya lo pensaron por lo menos hace diez años atrás y ahora están en otra. Son reflexiones que sin duda ya hicieron. A propósito de esta banda, hay un colectivo de gente que está haciendo cosas permanentemente. Están en una especie de red de amigos, parejas, familiares vinculados entre ellos. Y capaz hay alguno que tiene un programa de radio, hay otro que escribe libros, otro que tiene una editorial. El trompetista tiene una librería en Lanús, donde en otras épocas –al menos- se juntaban.
Me hablás de que hay una comunidad.
Sí, y siempre estoy conociendo personajes. Últimamente estuve reflexionando mucho a propósito de la creatividad, de la creación, de por qué hacer algo. Imagino que es una pregunta recurrente en las personas que se dedican a hacer cosas pero que, inevitablemente, uno llega a un punto que dice, sobre todo ante esta falta de éxito, ¿por qué voy a pintar? Ves tu casa llena de cuadros, juntando telarañas, y te preguntás ¿por qué seguir? ¿Por qué hacer esto? En mi caso particular, me pongo a pintar cuando tengo ideas, y me doy cuenta de que tendría que tener prestigio o contactos o ser famoso cuando tengo que mostrar algo, y desesperadamente tengo que buscar salones, lugares. Ahí me doy cuenta que el otro 50% de lo creativo es lo administrativo.
Mirá, hemos hecho notas a diferentes artistas plásticos, de mayor renombre o de más recursos y menores recursos, más ideológicos o más comerciales. Lo que veo en tu caso es que sos un pintor silvestre, que busca un camino que no necesariamente está en la movida comercial ni en la alternativa más progresista. ¿Vos cómo te pensás?
Últimamente estuve paseando por las galerías de acá (porteñas), los salones, y estoy totalmente fuera de eso. Pero por incapacidad. Estoy pasado de asombro. Yo la verdad es que veo arte conceptual y me parece una porquería. Hace poco fui a la Fundación Klemm y vi cosas muy interesantes, pero en el hall central -que cuando entrabas era lo primero que veías- había una manguera enroscada que subía con un piquito que apuntaba para adelante. Yo estaba acompañado por unos amigos, uno de ellos nos guiaba porque ya conocía las galerías, “esta es la obra de tal que ganó el salón con el primer premio”. Sabía del asunto. Yo terminé de recorrer eso y con un poco de puro cinismo, y otro poco de verdad, le digo “déjate de joder esto es una manguera, que ni siquiera representa una serpiente”. No simbolizaba nada. Era como literal. El arte hoy por hoy llamado “conceptual”, no es solo por una costumbre vinculada a las vanguardias, tiene una manguera que es solamente una manguera o una mancha roja que es solo una mancha. No es una metáfora de algo.
Me parece que el arte contemporáneo no es más que una evidencia de la decadencia humana que estamos viviendo. Esto del hombre alienado por la comunicación, y la palabra que queda en el camino, y la carta que no encuentra el hueco del buzón para comunicarse con el otro. Tipos que matan a una chica mientras una señora desliza que era atorranta. El presidente insultando a viva voz. Es un nivel bajísimo de conciencia humana.

“El arte contemporáneo no es más que una evidencia de la decadencia humana que estamos viviendo (…) No simboliza nada. Es como literal”
¿Dentro de ese universo sentís que no hay lugar para contar historias? Porque me da la impresión de que tus cuadros cuentan historias.
Sabés que sí. Todo esto viene a cuento de una serie de reflexiones que vengo haciendo, donde uno se pregunta “y lo mío dónde entra”. Me parece que entre esta infancia en medio de esta biblioteca, que tenía los cuentos de Horacio Quiroga y algún que otro librito -mi formación- y este mundo de arte literal, yo estoy completamente afuera, porque ese arte que cuenta historias está completamente afuera de esos salones. Por eso a los contadores de historias les queda el cine, la literatura. Pero hay un terreno fértil, porque es tanto el avance de no decir nada, que si de repente uno escribe un libro o hace una película o una muestra y trata de producirla de forma tal que genere alguna trascendencia, me parece que puede llegar a ser algo importante.
Es paradójico que en ese mundo de miles de canales de comunicación no haya un resquicio para los que cuentan historias.
Está todo atomizado. Uno podría decir que la comunicación está democratizada, pero en esa democratización es como que todo está fragmentado en partes muy chiquitas que nada se alcanza a escuchar del todo. Seguramente se escucha mucho eso de “al fin tenemos todas las bibliotecas del mundo”. Una persona puede saberlo todo. Sin embargo, nunca fuimos tan ignorantes. Podemos hablar con una persona en Francia pero nunca estuvimos tan incomunicados.
Lo que se suele escuchar es que ya no hay tiempo para el arte. Hoy hay un burnout generalizado y las personas tienen dos laburos, van de la casa al trabajo y no hay mucho espacio para el ocio, la contemplación, la creación. El tema es que es una lógica algo falsa, si uno ve el tiempo que las personas pasan en un casino virtual mientras viajan en vez de leer un libro, si ves las horas que pasan en las redes sociales, cuando podrían juntarse a charlar o ir a una muestra. Lo que expone esto es una normalización de un esquema de vida, en donde el arte es obsoleto porque el único camino es ganar plata e invertir para ganar más plata.
Aun a pesar de todo esto, el arte en este país es muy importante. Con los problemas que quieras, que no hay bienales, que no se venden obras, pero de latinoamericana somos de los países en donde más se lee. Una persona medianamente educada lee unos tres libros por año. No en el caso de la pintura, es verdad, en esos países como Brasil o Bolivia están mucho mejor, es normal ver en cualquier casa particular obras originales. Acá ponen laminas, reproducciones. La pintura no está muy al alcance de la gente común. Pero sí somos un país culto.
Yo me acuerdo que en mis tiempos de la facultad se hablaba del esnobismo argentino de una manera crítica, como algo muy europeo, la París de Sudamérica, las vanguardias que miran Europa y tratan de imitar. Y un cierto miedo a parecerse a los otros latinos, a los vecinos. Y desde las cátedras lo veían con una mirada crítica: “nosotros somos sudamericanos”, nos decían. Ahora es todo lo contrario, nunca fuimos tan sudamericanos.

CUARTO OSCURO de Rocke Oviedo – Jueves 2 y Sábado 4 de Julio
Cine Gaumont, Av. Rivadavia 1635 – 20:00 hs.

