El Pregonero

Marcha del Sí-se-puede: La historia nacional de la infamia


Editorial por Pablo Pagés. Fotos Dante Fernández

El sábado 26 por la tarde presenciamos un espectáculo majestuoso de nuestra derecha argenta. A la que, parece, cierto sector de la sociedad le sigue rindiendo culto, como si se tratase de una reunión de la Iglesia Universal. Es que algo de eso tienen. ¿Cómo se puede mantener semejante mentira si no es a través de la explotación de un inconsciente que expresa una fracción de la torta electoral? Allí no solo se vieron patrones de estancia, también gente que durante estos cuatro años quedó por debajo de los niveles de pobreza.

Vinieron en ómnibus de distintos lugares de esta patria que se mueve con la racionalidad temerosa de quien pone sobre sus espaldas el látigo del castigo. Ellos defienden a sus dueños a boca abierta, sin argumentos válidos, ejerciendo violencia contra un fantasma que les metieron en la cabeza los medios de comunicación hegemónicos, un fantasma que se llama peronismo.

Ellos defienden con vehemencia no solo la fusta que los castiga, también la imposibilidad de crecer, la no participación popular, el odio hacia los argentinos del interior que en algún momento de nuestra historia tuvieron que venir de las provincias escapando del hambre provocado por las políticas de la oligarquía. Ellos dicen, en definitiva, que no quieren mantener vagos, pero son los que legitiman las estafas al Estado más grandes de la historia. Ellos son la parte casi inexplicable de cualquier intento de análisis social sobre el asunto.

No es ninguna novedad ese 30% de la derecha dentro de nuestra formación social. Siempre queda a pesar de sus mutaciones. La derecha conservadora en toda su variopinta gama siempre anduvo alrededor de ese porcentaje. Ya la UCEDE de Alsogaray andaba en el 20%, y si ahora le agregamos lo que queda del radicalismo gorila y conservador el porcentaje llega con facilidad al 30 o 35%. No hay que olvidarse que Perón, en su vuelta, sacó el 62%. Es decir, hubo un 38% que no lo votó. Esos datos son suficientemente elocuentes para explicar el 30% de apoyo a Macri, junto al maquillaje que aporta Duran Barba, que roza lo grotesco.

La llegada de Néstor Kirchner al gobierno lo resignifica y actualiza, profundamente. Pone en valor lo mejor de la experiencia de la lucha del pueblo peronista expresada en la resistencia posterior al ’55.

Los documentos del movimiento obrero de La Falda y Huerta Grande, la creación de la CGT de los Argentinos, la lucha política y armada de los setenta, la CGT de Ubaldini en los ochenta al final de la Dictadura Militar. Experiencias de lucha que no tienen nada que ver con la “alvearización” del peronismo que llevó a cabo Carlos Menem y su gobierno neoliberal en alianza con los sectores de la derecha oligárquica y las multinacionales.

La disputa del kirchnerismo con los sectores de poder tradicionales y sus aliados externos se vio representada en la lucha por la 125 contra la Sociedad Rural, en el pago al FMI que nos libró de sus condicionalidades, en la mejora de los índices del empleo, la educación, la ciencia y la tecnología, la salud, la jubilación, la Asignación Universal por Hijo, el nivel de ingreso, y una política exterior que priorizó la alianza estratégica en el marco del Mercosur, la consolidación de la Unasur y el Bloque Latinoamericano.

Todos estos hechos llevaron a la incorporación de numerosos sectores de la juventud a las luchas políticas y sociales, y modificaron los esquemas tradicionales de construcción de los viejos partidos.

Con respecto a los vaivenes en la historia de ese 30%, creemos que tienen que ver con la disputa por el poder entre el bloque de poder oligárquico, cuya expresión ideológica se encuentra en los postulados de la Sociedad Rural y sus amigos: mentores del modelo agro-exportador de fines del siglo XIX y cómplices de todos los golpes militares desde el año ’30 en adelante. Si se observa con atención se notará la vinculación de estos sectores, que fueron conquistando la hegemonía del puerto de Buenos Aires y su Provincia, sobre el interior, después de la batalla de Pavón con Bartolomé Mitre a la cabeza. Son los que unificaron y consolidaron el bloque hegemónico compuesto en ese entonces por la oligarquía de la Pampa Húmeda en alianza con oligarquías provinciales como la mendocina, la tucumana, la cordobesa y la entrerriana.

Intereses que, en el plano internacional, se unen al Imperio Inglés en el siglo XIX y al imperialismo yanqui desde el siglo XX en adelante. Hoy se expresan en la alianza política y mediática entre la Sociedad Rural y los grupos mediáticos Clarín y La Nación (este último fundado por Bartolomé Mitre). Nada es casual en esta historia. El sector industrial ligado a las exportaciones, las multinacionales y los bancos solo son parte del decorado para irrumpir en este ispa y hacer el saqueo que tan bien conocemos y venimos padeciendo.

El otro bloque histórico es el que expresan los movimientos populares, que se muestran en el yrigoyenismo y en el peronismo a lo largo del siglo XX y hoy se identifican en el kirchnerismo y sus aliados del Frente de Todos.

Esta es la constante que marca la disputa por el poder en la Argentina desde el siglo XIX y que expresa los términos de una revolución inconclusa. Se dice que los EE.UU. se consolidaron como país cuando el norte industrialista venció al sur oligarca, feudal y esclavista. Acá se dio al revés, el sur venció al norte y ese núcleo duro de poder siempre saboteó la posibilidad de desarrollar un país industrial e inclusivo.

Para la memoria histórica queda como saldo positivo la experiencia yrigoyenista, el peronismo y, en un plano más cercano, la experiencia kirchnerista para intentar consolidar un modelo de Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política. Tres banderas que hoy conservan plena vigencia. Parece que las raíces del peronismo que se fueron en el 2015, en cierta manera, lavaron un poco la cara del movimiento que tanto ensució Menem en sus andanzas neoliberales. La jugada magistral de Cristina poniendo como candidato a presidente a quien en su momento, sin pelos en la lengua, supo decirle sus diferencias, puso al rancio y vetusto sector de “inexplicables” a mirar un peronismo que habla con simpleza y dice que en este momento histórico hay que abrirse a los mercados internacionales y conservar un Estado fuerte que haga crecer el país desde sus entrañas, fortaleciendo, ante todo, la cuestión económica interna, al mejor estilo keynesiano.

Gorilas, antiperonistas confundidos, radicales despechados, derechistas sin argumento, enfadados con el mundo, trabajadores impolutos, descreídos de la democracia, todos se juntan en esta recta final para cambiar el rumbo de la Argentina sumando una esperanza en el corazón secreto de las urnas. Como si estas fuesen un confesionario, sus contradicciones los llevan a pulular enardecidos buscando la realidad física que destronó sus mitos sobre los beneficios del neoliberalismo.

Creo que en estas elecciones se festeja el grado de madurez que hemos alcanzado como oposición. Sin arriesgar a los compañeros ni exponer un solo militante a la famélica necesidad de castigo y muerte con la que la derecha pretende aleccionar a un pueblo ya demasiado vapuleado.

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