Vértices

Encuentro: Formas de tejer la libertad

Crónica y reflexiones a dos voces en torno al 34° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No-Binaries.


Por Violeta Micheloni y Ayelén Rives. Fotos Juliana Miceli

Una forma de ser libres / violeta micheloni

Años y años escuchando sobre el Encuentro. Relatos de experiencias que de alguna manera no llegaban a trasmitirse solamente con palabras. “Tenés que ir”, era el consenso. En octubre de 2018 el encuentro en Trelew daba fin a un año que en muchos casos -como también en el mío- transformó nuestros feminismos en militancias. La sede y fecha del año siguiente estaba definida: La Plata, octubre 2019. Por primera vez asistir parecía realmente viable.

Como novata era un salto abismado porque no tenía muy claro a qué iba, qué iba a buscar, qué me iba a llevar de esa experiencia. Para colmo, el pronóstico del tiempo no era nada alentador y con el año laboral encima la idea de destinar tres días de preciado descanso en una experiencia incierta incomodaba bastante. Llegó el sábado y antes de llegar a La Plata ya tenía los pies mojados. En el camino nos enteramos que el evento de apertura que se preparaba en el Estadio Único quedaba suspendido porque la tormenta eléctrica en curso no permitía asegurar las condiciones necesarias. Una primera foto de la inauguración y la convocatoria récord ya estaba perdida.

A media mañana estábamos en la escuela en la que íbamos a dormir para dejar nuestras cosas y encarar hacia los talleres. Nadie se sorprendió cuando vimos que adentro llovía casi tanto como afuera. El abandono de la infraestructura en educación tantas veces escuchado era patente. Ya de lleno en el evento, la cantidad de talleres disponibles resultaba abrumadora. Sabía que convenía elegir uno y atravesarlo en sus tres etapas: sábado por la tarde, domingo por la mañana y redacción de conclusiones el domingo por la tarde. Pero, sin mucha claridad sobre qué criterio usar a la hora de elegir, opté por probar opciones y ver qué me pasaba. En el primero me aburrí bastante. Elegí “Mujeres, disidencias y arte y cultura” y no me llevé mucho, simplemente me sorprendió ver la cantidad de compañeres emprendiendo en el mundo del arte y la cultura y agrupándose para trabajar con otres, el colectivo como forma de acción. Volvimos a la calle. Por suerte llovía mucho menos y de a poco se empezaban a ver los grupos de mujeres circulando por las calles platenses entre las sedes y los distintos puntos de encuentro.

Un rato más tarde se convocaba un Pañuelazo por el Aborto Legal en una de las intersecciones del centro así que ahí fuimos. Y ya era muy claro: estábamos por todas partes y el aire que se respiraba era bastante especial. A la noche, en la fiesta en la que casi no entrábamos, muchas pibas estaban en tetas. Se notaba que era por el solo hecho de poder hacerlo, por estar viviendo por un rato en un mundo sin cuerpos censurados. Qué orgullo.

La cosa empezaba a tener sentido, pero para el domingo a la mañana, el cansancio de la fiesta y la primera noche durmiendo en el piso se notaban bastante. Llegué al segundo taller bostezando y desganada, sin muchas esperanzas de que esta vez fuera a ser más interesante que la primera. El elegido fue “Mujeres y feminismos”, éramos alrededor de treinta participantes. La palabra iba pasando y cada una contaba lo que pensaba del feminismo y de qué manera se expresaba en su vida. Al principio volví a aburrirme. Sentía que todo era muy vago e inútil, en mi cabeza sonaba algo como “así no nos va a salir la revolución, che”. Pero de repente, una chica de Santiago del Estero contó que gracias al feminismo había logrado romper con un historial de violencias que pesaba sobre su familia hacía mucho tiempo. Lo contaba alegre, como cuando se termina de procesar una experiencia y el relato deja de doler. La vi más tarde reírse nerviosa cuando una paleontóloga porteña contaba cómo para ella las iglesias eran edificios monumentales que debían volverse museos o escuelas, pero que al mismo tiempo le generaba mucho goce cuando las veía graffiteadas por las pibas. La santiagueña en su lugar de origen no puede decir que a ella también la parece bien esa pequeña venganza, pero en el Encuentro, rodeada de cómplices, algo de esa libertad se le contagiaba. Lo mismo pasó con muchas de las asistentes que venían de todas partes del país. Y lo pude ver. De repente entendí por qué estábamos ahí y vi cómo se derrumbaban todas mis exigencias y expectativas de pseudointelectual. No importaba la utilidad o qué íbamos a llevarnos de ese lugar. Lo importante era estar y compartir ese tiempo y ese espacio para contagiarnos entre todas una manera de ser libres. Suena grandilocuente y quizás lo sea, pero la sensación patente fue esa y ésta es una crónica intimista, así que seamos fieles al género (textual).

Salí del taller muy emocionada y en un silencio que no quería romper, como para guardar por más tiempo esa certeza adentro mío. De ahí en adelante, el cansancio, el hambre, las distancias que quedaban por recorrer: todo tenía un sentido claro. Incluso esa marcha que en más de un momento pareció imposible. Ochenta cuadras, más de cuatro horas caminando, cantando, gritando, soportando el frío que sobrevino a la lluvia. Los números son irrelevantes, la fuerza salía de alguna parte, éramos miles y miles y el grito era uno solo. Me fui del Encuentro agotada y con una contractura memorable, pero llena de una esperanza que todavía se está asentando y no termino de entender. Lo que sea, creo que sus efectos darán de qué hablar y que a San Luis 2020 tengo que ir sí o sí.


Una forma de tejernos / ayelén rives

El mediodía del domingo llegué a la Plaza San Martín, donde un Pasaje Dardo Rocha rodeado de vallas con pegatinas feministas, miraba cómo estiraban en el suelo una bandera de 200 metros de largo color verde, tejida al crochet con aquella técnica de las abuelas: los cuadrados de 30×30 cosidos entre sí. La Avenida 7 desplegaba en sus dos manos una feria. Dentro de aquella Plaza, junto a la glorieta, Liliana Daunes convocaba a unirse a esta reunión de voces indígenas, racializadas, travestis y trans que exigían un Encuentro Plurinacional y con las Disidencias: lesbianas, trans, travestis, intersex y bisexuales.

El diluvio del domingo y sus dificultades atrás había quedado y cientas levantaban los puños al cielo, siguiendo las palabras de Lolita Chávez, activista indígena de Guatemala, quien convocaba a las ancestras, al sol y a la luna, para acompañarnos en la lucha feminista en el territorio del Abya Yala. De pronto, desconocidas comenzaron a abrazarse, una de ellas me abrazó como si me conociera de siempre. Para mí, que me resulta incómodo esto de los abrazos con desconocidos, fue una invitación a la huida. Y luego pensé: ¿no estoy acá para escuchar a quienes son distintes a mí? ¿Para aprender lo que tengan para decirme? ¿Para hermanarnos y luchar juntes contra la opresión patriarcal? Así que acepté el abrazo y seguí escuchando, con mi puño en alto hacia el sol.

Apenas llegar entonces, perdí algo: la inocencia de la igualdad.

El Encuentro devuelve una sensación de hermandad, de abrazo con amigas y extrañas. Pero esa sensación no es un aire pasajero. Es una noción (una comprensión) política. Una pérdida de la inocencia. ¿Qué nos trae acá, a esta ciudad, cualquiera sea, hace treinta y cuatro años para debatir durante tres días en casi 90 mesas, los temas que nos preocupan e involucran? ¿De verdad creen en la igualdad? Hay varias maneras de comprobar que aún no es tangible: en cada taller y conversatorio se habló de la dificultad para acceder a espacios, de ser escuchadas, de hacer historia, de que nuestros cuerpos y nuestra diferencia valga. La calle en los Encuentros, como experiencia perceptiva, es distinta a la habitual: el aire presiona un poco menos, verte rodeada de otras que como vos van a debatir los mismos temas es saberte acompañada aún cuando fuiste por tu cuenta. Pero sabemos que no hay igualdad, ni en el mundo cotidiano, ni tampoco acá en el Encuentro. Esta comprobación es aún más dolorosa cuando las compañeras lesbianas, trans, travestis, disidentes, intersex y bisexuales, indígenas, afro, racializadas y migrantes no son escuchadas en su reclamo. Cuando se impone nuevamente la categoría biologicista de mujer, la categoría blanca, la categoría de clase.

Entonces no, la igualdad no existe, lo aprendimos desde chicas y lo confirmamos todo el tiempo. Precisamente por eso nos encontramos. Para debatir, para escuchar y hacer escuchar a quienes no tienen voz. Por eso nos encontramos, para pensar y poner en disputa lo dado. Porque el Encuentro no se va a venir abajo por un cambio de nombre, no se viene abajo por su diversidad y multiplicidad. Lo que se viene abajo cuando debatimos, cuando instalamos la diversidad, cuando disputamos sentidos, es y tiene que ser el patriarcado y su norma.


La política de la diferencia

Entonces, ¿alguien dijo que éramos iguales? ¿Que debíamos coincidir en todo? ¿Que nos poníamos de acuerdo? Esa es la potencia de los feminismos: que no estamos de acuerdo en todo, que somos diversidad, que a veces chocamos entre nosotres, que la marcha siempre se divide y no por ello hay escisiones a la organicidad de que el Encuentro es necesario.

Hubo una Comisión Plurinacional y Disidente que se abrió de la comisión organizadora en este 34° Encuentro para reclamar contra el racismo y la transfobia, hubo Marcha contra los Travesticidios, hubo Encontrolazo, hubo Feministas del Abya Yala, y más y más. Hubo performances, motoqueras, teatro, cantos, sindicalistas y anarcas, batucadas, raps, hubo fiesta y meditación, hubo tejido al crochet, niñes, verduras y flores de la mano de las compañeras de la UTT. El feminismo avanza y convoca cada año a más y más, y muchas temen que esa amplitud termine diluyendo la identidad y la solidez del espacio. ¿Es la identidad la que nos define? ¿No habíamos dicho, precisamente, que nuestro cuerpo no nos define? ¿No habíamos acordado que podíamos construir nuestra identidad, que podíamos sentirnos libres de vivir acorde a nuestro deseo? ¿No es esa la potencia de encontrarnos, que se abra el mundo?

¿No nos diluye también la imposición de normas y reglas, de organigramas estructurados e irrompibles, de luchas pequeñas por ir delante o detrás? ¿Por qué privilegiar a quien grita más fuerte en vez de seguir construyendo camino de reflexión juntas y juntes?

Pienso en la diferencia y en su potencia política. ¿Para qué si no, nos encontramos?

Lo que rescato siempre, lo que me devuelve a las calles del Encuentro, es precisamente la potencia de preguntarnos y mirarnos las caras, de salirnos por un rato del mundo tal cual es e intentar otras formas, otras maneras de habitar el espacio.

Pienso que somos como esa bandera tejida al crochet: miles de cuadraditos de diversos tonos, con diversas banderas y nombres, algunos más unidos que otros, algunos de punto firme, otros de punto suelto, algunos más grandes y otros más chicos, pero todos caminando por una causa justa: cambiar lo dado, construir un mundo más feminista.

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