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La Gesta Heroica | Los restos que no dejamos de ser

La obra escrita, dirigida y protagonizada por Ricardo Bartis transita el relato intimista de una familia cruzada por las memorias espectrales y el desborde de un presente colapsado de nostalgias.


Por Marvel Aguilera.

Jacques Derrida aborda en La difunta ceniza la idea de que existe una reflexión sobre el “ser” que se realiza en tanto deja de serlo. La idea de un “resto” que se desvanece, como un vaho, y oficia de tránsito entre lo que es y lo que muere. Un “dejo” que sobrevive al fuego que se aprecia en consumir todo lo que nos rodea, exponiendo las cenizas de lo que alguna vez supo ser.

El tiempo, nuestro tiempo, está marcado por ese punto intermedio entre lo que es y no es, entre lo que somos y dejamos de ser. Pero, ¿hasta dónde los restos nos implican una memoria viva y hasta dónde una melancolía espectral de lo que ya no está? ¿Es nuestro presente un escenario constante de confrontación con los espectros de lo no resuelto? ¿Somos acaso los restos de la imposibilidad de un pasado que no llegamos del todo a ser?

En La gesta heroica, la obra escrita, dirigida y protagonizada por Ricardo Bartis, un padre decide cederle a sus hijos los terrenos de un negocio en ruinas. Un parque de diversiones que alguna vez se tradujo en una ilusión colectiva, y ahora representa una herencia pesada: llena de cargas, culpas, remordimientos, nostalgias y frustraciones. Cada construcción encuentra su cauce en el derrumbe, cada vínculo parece tensarse hasta romperse. Lo que queda, es un interregno de añoranzas y nostalgias que remiten a un pasado que, en medio del colapso, bordea entre el recuerdo vivaz y el delirio senil.

“Cada construcción encuentra su cauce en el derrumbe, cada vínculo parece tensarse hasta romperse. Lo que queda, es un interregno de añoranzas y nostalgias que remiten a un pasado que, en medio del colapso, bordea entre el recuerdo vivaz y el delirio senil”.


Desde una remota casa en Santa Teresita, en la costa argentina, el padre (Bartis) pasa sus días frente a la tele mirando una y otra vez El Rey Lear protagonizada por Laurence Olivier. Hay una obsesión por captar ese recorte fílmico, por sostenerse allí, como si todo lo que transcurriera por fuera cayera en un inevitable abismo. ¿Hay en el padre una prueba similar a la del rey con sus hijas o es que acaso es víctima de un caos insubordinable que excede a su propio juicio?

Sus hijos, Elena, Lorenzo y Ernesto (Marina Carrasco, Facundo Cardosi y Martín Mir) están sumidos en una filiación inarmónica con él. Cada uno recrudece en sus memorias, en lo que pudieron haber sido, en las desvalorizaciones, en los puntos de fuga emocionales. En un pasado que persiste en sus identidades: que vuelve una y otra vez para atormentarlos, para hacerlos caer, para perderse entre sus inseguridades.

Lo que alguna vez fue elegante, resulta en el presente ridículo y decadente. Desde una vieja corbata roja, las luces navideñas para construir un clima cálido, o incluso las partes rotas y oxidadas de los autitos chocadores del parque. Nada es lo que fue, pero aún no deja de estar. Lo que parece persistir en los personajes es una desfachatez pírrica por superar un pasado que no terminan de aceptar. Por una madre que supo partir ante los maltratos, y vaga en las zozobras de la insanidad; por un hogar perdido en el recuerdo resquebrajado de una familia; por una Argentina que naufraga entre la memoria consciente y la indiferencia, entre el coraje popular y la pasividad.

Bartis escribe una obra compleja que cruza drama y comedia en la búsqueda de un efecto más tangencial. La condición humana ceñida a las contradicciones, al pulso imprevisible de los sentimientos, al cinismo de la perversidad, al enfermo deseo de correr los límites de nuestra tolerancia. En ella, las referencias proyectan un vuelo mayor en cada línea. Nos trasladan a otra zona del pensamiento, donde el ejercicio intelectual no se abstrae de la realidad, sino que la interpela, la somete al juicio de nuestras emociones, de nuestras miserias personales, de nuestros anhelos ocultos.

En una escenografía pintoresca, que raya entre el costumbrismo ochentero y el colapso de un tugurio yonqui, La gesta heroica se potencia a través de la compenetración entre los personajes y el texto. Hay en ellos una asimilación de las heridas; como si fueran personajes desgastados por el paso de los años, atrapados en un “corsé” identitario del que no logran zafarse.

Lejos de ser una mera traslación de la obra shakespereana, la pieza de Bartis tensa los resortes sociales y culturales de la Argentina para elevar algunos interrogantes acerca de las emancipaciones inconclusas, las épicas convertidas en burocracias, las revoluciones que devienen en negociados, y las gestas demonizadas por aquellos mismos que las enarbolaron años atrás.

La gesta heroica es una obra que nos habla de aquellas otras herencias con las que debemos lidiar para transitar un presente que se niega a mirar hacia atrás. Una pieza que desanda las potencialidades del teatro en pos de comprender las tensiones de las relaciones humanas y los efectos que, irremediablemente, construyen los horizontes de nuestro destino colectivo.

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

Autoría: Ricardo Bartís
Actúan: Ricardo Bartís, Facundo Cardosi, Marina Carrasco, Martín Mir
Vestuario: Paola Delgado
Escenografía: Paola Delgado
Iluminación: Pastorino
Diseño sonoro: Lolo Micucci
Fotografía: Matías Stella
Asesoramiento artístico: Domingo Romano
Asistencia de dirección: Paula Marrón
Prensa: Valeria Franchi
Dirección: Ricardo Bartís

Centro Cultural Thames: Thames 1426, CABA.
Funciones: Sábados 21:00 y Domingos 20:00 hs.

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