Piedra Libre

El cruce epistolar | Con María Insúa

El género epistolar nunca perdió su magia, pero en medio de una pandemia, se revitaliza como una forma de conversación. Un fugaz encuentro entre escritores atrapados por el viento.


Por Pablo Pagés.

Estimada María Insúa:


A propósito del viento y de las mareas… No soy porteño, eso lo consideré siempre como un calificativo que de alguna manera roza los costados espinosos de la alienación. Si realmente fuera porteño, de esta Capital imposible, ésta tendría que estar metida kilómetros adentro de nuestra húmeda e inexorable pampa.
Por ejemplo, cuando me levanto en mi humilde cabaña del Delta de Tigre y lo primero que veo, mate mediante, son las tablas de madera oscurecida por el aceite quemado que año tras año le pongo para evitar que se pudra; en esta última imagen se me viene un destello tierno sobre la condición humana. Veo, en ese momento, la naturaleza en todo su esplendor y poderío.

María, ya te habrás dado cuenta de mis lazos profundos con el universo.
Te comento que mi cuarentena transcurre entre arroyos y ese coro polifónico de las aves. Acá, la naturaleza es hermosa pero también cruda. En éste instante, cuando me cebo los primeros mates amargos, camino hacia la galería de adelante y mateo, leyendo algo, mientras observo en el arroyo que me circunda, cómo las mareas van y vienen.
Ésta pandemia que nos atraviesa, María, es terrible. ¡Dónde irá a parar éste mundo!

Tengo dos hogares. El primero, La República de La Boca, dónde vivo con mi madre y mi abuela. Además, ya es de público conocimiento, trabajo en Aeroparque, pegado al Río de la Plata. Toda mi vida transcurre sobre la rivera del Río de la Plata y una de sus afluentes, el Río Luján. En mi laburo puedo ver los tomadores de agua, que marcan la altura del río, que nos separa del Río Uruguay. Veo también la dirección del viento. Esto es importantísimo ya que siempre el viento sur provoca que el agua que viene río arriba drene con más dificultad y las mareas altas se mantengan durante más tiempo. Pero el peor viento es el sudeste. Ese jode. Un par de días de viento sudeste a una velocidad de 25 km por hora, nada más que éso y el agua llega a todos los terrenos del Delta, incluido el mío.

Hoy casi no hay viento.

Tengo que agradecerlo.

El agua se retiró dejando hasta el Luján seco y barroso. El de hoy fue un viento raro. Esas cosas extrañas que vienen pasando con la naturaleza. Vivir al costado del río implica tener un segundo reloj o una preocupación incorporada que nada tiene que ver con el mundo tal cual conocemos. De alguna manera, también, esto te hace perder la noción del tiempo. Por este motivo soy demasiado puntual. Es por eso. Me manejo con un gran margen de amplitud. (Esta palabra es magnífica. Es el mejor calificativo que encontré, por el momento, para ver con la distancia justa todos mis problemas).

En este asunto entra mi espacio de análisis pero ésto pertenece a otro relato que no sería para nada relevante en ésta carta que intento escribir, mientras pelo una jugosa naranja de la isla que un vecino me trajo. Es triste aceptar María Insúa, que la meteorología puede no tener retorno después de todo el daño que se ha hecho.

Orwell, 1984: siempre caemos en lo mismo. Vaya visión, casi como la de nuestro amigo el barbudo, que escribió, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Yo, María, me encuentro dilentando sobre el agua que transcurre. Ambos mirando un horizonte distinto. El tuyo se pierde en la lejanía pavorosa de la ciudad y el mío, en la negrura barrosa del río. Ambos sanadores, ambos introspectivos. Me dijo un vecino, que hay más pique porque el agua está más limpia, ya que no pasan muchas embarcaciones. Este vecino, que le dicen el Corcho, me pasó la receta para hacer una pasta de carnada para bogas, hecha de varias semillas y harina.

Me dió resultado.

Ésta semana María, murió un viejo isleño. Laburador. Amable y solidario. El viejo Armando siempre decía: ” para estar en la isla solo hace falta un machete, una pala y un rastrillo”.

Le dio de joven a la tierra. Casi en sus 80 pirulos seguía zanjeando.

Músico.

Cantante.

Guitarrero. Se juntaba por las noches en su cabaña y mientras uno le llevara el compás, cantaba y cantaba hasta el alba.
Se fue de viejo nomás.

Por el barrio se lo extraña mucho. Vecino. Amigo y confidente. Eso y más era Armando. Sus hijos son hombres laburantes y buena gente. Yo me quedo con su última imagen. Esa cara de loco, cuando cantaba cosas del pasado y repetía: “tengo una pala, un machete y un rastrillo”.

María, espero no ser aburrido. Mi organización de los libros en este lugar es algo complicado. Le estoy poniendo un interés mayor a los arreglos estructurales y eso conlleva tener una ferretería en algún día rincón de la casa o todo desperdigado según la tarea del día.

María, debo confesarte, amo el contacto con la madera. En otoño todo se vuelve tan transparente. Los troncos podridos alojan grandes cantidades de un musgo verde marihuana exquisito.

De Avellaneda al Tigre.

Pablo


De María Insúa a Pablo Pages.

Ey, Pablo!

Tu carta empieza con la universal y atemporal evocación al viento y a las mareas. Cómo no entender la pasión por estas manifestaciones de la naturaleza si son un misterio que en instancias decisivas dejamos a dioses o a demonios. Esta pandemia que sacude al mundo parece mostrarnos lo que es una instancia decisiva.

De mareas no tengo experiencia, sí un encanto bucólico por el río y los arroyos. Por eso me gusta ver las fotos de tu cabaña en Tigre. En cambio, el viento es de todas las geografías. También de los espacios menos considerados. Por ejemplo pasa por la cerradura de la puerta en este momento. Uno de estos días va a dejar en las macetas semillas de esas plantas que nadie sabe de dónde vienen.

El viento es siempre más y otra cosa.

Quizás me trajo el viento a vivir a una ciudad desconocida. Huí de un arraigo y me atrapó un destino, el aislamiento para salvar la vida. Una paradoja que no rechazo, porque nací en el siglo XX y fui educada para adaptarme. ¿Cómo es mi vida en aislamiento? Iba a decir, burguesa por esto de cómo mutó el término, pero alquilo y soy asalariada. La cuestión es que vivo cómoda en un departamento en el piso siete, todos los meses el Estado Nacional deposita dinero en mi cuenta; vivo sola, pero tengo familia. En la “nueva normalidad”, nada de qué quejarme. Bueno, sí, del viento.

Ay, Pablo, resulta que tu evocación del viento al final la hice mía.

Los primeros días miraba la vida de los vecinos. Todavía fumaba y eso se volvía excusa para no sentirme una chusma. Después se cumplió lo que dijo mi hija, en unos días te van a dejar de interesar. En mayo dejé de salir al balcón. Da al sur y el viento me enloquece. Estuve leyendo, en una revistai, sobre la historia natural y moral de los vientos y resulta que dice que hay un parentesco entre el ulular del viento y la locura. Te confieso, Pablo, desde que la leí, siento el viento hasta en los agujeritos donde se saltó el pegamento de los cerámicos. A veces el viento es traicionero, una se acomoda para un lado y después viene por el otro. También me pasa con los recuerdos.

Me mudé para olvidarme de los tipos que entraron a robar a la casa de allá y leyendo para escribir esta carta me acordé de los vientos de esa noche. Uno lo provocaba el ir y venir de ellos entre los muebles. Era fácil sentirlo porque tenía la cara contra el piso y la tela de sus pantalones me pasaban al ras. Vientito con sonido al batir de la tela de avión. En el momento que ya no encontraban plata, hubo calma chicha. Seguro que en Tigre, Pablo, la sentiste alguna vez y dijiste, hay calma chicha. En la revista que leí dice que esta falta de viento, esta quietud no trae sosiego, que no es bueno ni malo, que “es una quietud que huele a muerte”. Como el tiempo se diluyó, no sé en qué momento sentí en la espalda otro viento, al que le dicen chiflido.

Fue cuando tiraron la biblioteca. Los libros soltaron un viento fulminante. No llegaron a “bailar en los estantes” como los de la novela Tifón, de Conrad. Entonces, se hizo silencio. Ahora, vuelvo a la lectura sobre los vientos y aparece este verso, oportuno, de Pound que cita Luis Guzmán, que ya había citado Onetti: “Dejemos hablar al viento”.

Los días en este aislamiento los paso entre lecturas, pensamientos, trabajos cotidianos y alguna que otra escritura. Me siento acompañada por los libros que me quedaron. La poesía completa de Alejandra Pizarnik se salvó y en ese leo: “Todo cerrado y el viento adentro”.

Un abrazo, amigo.

i Revista Siwa, N°5, Buenos Aires, Club Burton.

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