Vértices

Julián Varsavsky | El hombre que vino del futuro

El cronista y periodista investigó en un viaje a Japón los símbolos y las reglas de una sociedad que, como él define en el prólogo de su libro Japón desde una cápsula (Adriana Hidalgo Editora, 2019), es una distopía tecnoconfuciana.


Por Mercurio Sosa. Fotos Julián Varsavsky

Un día llegó la peste, se esparció desde China y, en cuestión de meses, el mundo estuvo infectado. El sistema inmunológico de la humanidad no estuvo preparado para semejante afrenta, los protocolos de la OMS cambiaron como días en un calendario. Cuando la diseminación se hizo insostenible, la mayoría de los países cerraron sus fronteras y eligieron, en muchos casos, entrar en una cuarentena total. Por las calles rigieron horarios de salidas, un distanciamiento social de dos metros. Se dispararon las ventas de jabón y alcohol en gel. Los primeros días, la gente acudió a los supermercados y llenaron changuitos de productos de primera necesidad, el papel higiénico comenzó a faltar.

Al argentino promedio se le dificultó adecuarse a las nuevas reglas de la sociedad: prohibido compartir mate, basta de abrazos, suspendido el fútbol.

Así que acá me encuentro, encerrado en mi cápsula, desahuciado, confundido sobre qué hacer, cómo manejarme en esta situación. Por lo que decidí contactarme con Julián, quien también se encuentra en su cápsula hogareña en Buenos Aires, pero con una excepción, él ya estaba preparado: fue en un viaje a Japón donde investigó los símbolos y reglas de una sociedad que, como él define en el prólogo de Japón desde una cápsula, es una distopía tecnoconfuciana.


¿Qué tan difícil fue tu adaptación a los hoteles cápsula en Japón? ¿Qué sentiste al adaptarte a un espacio tan chico?

No sé si mi respuesta puede ser representativa porque mi relación con el hotel cápsula fue “privilegiada”: yo no soy un salaryman, ese oficinista de traje y corbata que trabajó 14 horas y va ahí a reponer energías para luego ir tempranito a trabajar y sumergirse en la sociedad de rendimiento, explotado y entregado a la autoexplotación sin necesidad de un látigo, dado que esa es su obligación en una sociedad confuciana y por lo tanto así, se está realizando. Aclarado esto, yo fui a observar al Otro, antes que a verme a mí mismo. Fue un experimento periodístico para hacer casi una etnografía de cómo se vive ahí dentro: y me resultó exitoso al permitirme observar una comunidad vertical, comprimida, con gente de paso. Yo fui precisamente a Japón a escribir una crónica y reportear, a empaparme, a tratar de ver lo que se ve a simple vista y a la vez interpretarlo. Intenté atravesar ese mundo físico para tratar de ver algo de lo que no se ve. En tanto logré al menos una parte del objetivo, estuve poco que menos en éxtasis. Estaba encontrando, registrando conductas, datos, la manera en que interactúa esa gente. A su vez, por las noches leía los libros de Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, En el enjambre y La sociedad del cansancio. E iba viendo cómo todo eso estaba reflejado en el hotel y en la sociedad japonesa en general. Aunque lo que ese filósofo plantea no es local sino global, en Japón esto está radicalizado. Pero hubo una contracara de eso en mis sensaciones más hacia el final del viaje: viajé solo y por trabajo, me autoexploté 14 horas al día, tenía poco más de un mes para reportear y hacer un libro bastante ambicioso. Esto me obligaba a moverme y moverme todo el día; a la noche planificaba las actividades del día siguiente… después de un tiempo empecé a sentirme, por supuesto, incomunicado y algo solo, como en una confortable cárcel ambulatoria. Pero así podría sentirme por igual en China o Mongolia sin estar en un hotel cápsula, dada la soledad y el exceso de reporteo. En lo estrictamente personal, yo estaba descubriendo un mundo ahí adentro. Existe un libro -una ficción basada en la realidad- llamado Viaje alrededor de mi cuarto escrito por Xavier De Maistre en 1794 sobre un hombre al que le dictaron una prisión domiciliaria de 42 días, donde él se encarga de viajar, de manera imaginaria, a través de los objetos de su cuarto para sobrellevar el encierro tomando distancia de lo cercano naturalizado para que lo volviese a sorprender. Mi “viaje en cápsula” tuvo algo de eso pero en un lugar remoto. No fue un viaje interior porque yo no viajaba adentro mío, fue un viaje a una microsociedad japonesa comprimida en un edificio donde vi algunas de sus formas de actuar en público. Porque no es solamente la cápsula: la gente no está todo el tiempo metida en ese “nicho de cementerio” en la pared. Ese es el espacio para dormir. A la mayoría no le queda mucho tiempo libre, pero a otros sí. Y aunque no lo creas, hay gente que va por placer al hotel cápsula. Porque ahí tiene un onsen, un spa tradicional. Una de las veces que fui a Japón coincidió con la floración de los cerezos, cuando los japoneses salen por millones a los parques a ver esa flor. Yo estaba en Nagoya y era fin de semana. Fui a un hotel cápsula con un marcado perfil de spa con variados servicios. Y muchos huéspedes, a pesar de que habían florecido los cerezos y era un domingo hermoso con cielo azul, se quedaron encerrados ahí. El mejor plan de fin de semana para mucha gente solitaria era ir a encerrarse al hotel cápsula. Además es el hotel más barato, el paso previo a ser homeless. El que va decayendo, antes de caer a la calle, pasa por el hotel cápsula.

“En países como Japón, el Estado ya no necesita reprimir porque los sujetos de rendimiento están autodisciplinados en la producción y la autoexplotación sin límites que logra imponer la lógica autosuperadora del neoliberalismo”.


¿Quién asiste a esos hoteles?

La mayoría son trabajadores de paso. Pero hay gente que va ahí porque es una forma de socializar, aunque pueda sonar paradójico: casi nadie habla con nadie. Hay espacios públicos de televisión, de jueguitos electrónicos, o comedor donde comprás comida en las vending machines. Y está la biblioteca de manga. Pero en general nadie habla. Todo eso lo vi y me lo contó una masajista que entrevisté, brasileña hija de japoneses. Y me dijo: “Vos venís acá un 31 de diciembre a la noche y es lo mismo que hoy; esto está lleno y nadie habla, ni nadie brinda. Habría que ver de todas formas cuánto se celebra fin de año en Japón. El hecho es que no pasa nada, están todos en su mundo. Además de las cápsulas, allí mismo hay una especie de dormitorios comunales, una sucesión de 50 reposeras, cada una con su monitorcito y auriculares. Algunos directamente duermen ahí: son como cápsulas pero sin paredes y están en hilera, una junto a la otra. Ahí tampoco hablan. En la cápsula tiene que reinar un silencio absoluto; lo mismo debe suceder en el vagón de metro, para mantener el Wa -la armonía-, un concepto taoísta ligado al símbolo del Yin y el Yang. Allí los opuestos complementarios están siempre en armonía, algo que el ser humano viene a romper. Y por eso se pone énfasis en mantener la armonía también en la tierra, lo cual forma parte del confucianismo. Esa búsqueda de la armonía y la obsesión por no molestar al otro, están presentes en todos los ámbitos japoneses: laborales, en el transporte público, en una plaza, en el hotel cápsula, en la escuela. Hablar alto o gritar es especialmente vulgar allá. Todo eso está omnipresente en el hotel cápsula.

¿Creés que esa gente está incomunicada allí?

Con una mirada cargada de cierto etnocentrismo, uno podría creer que están incomunicados. Pero es un tema para estudiar más a fondo: quizá esa es la manera que tienen de comunicarse, el mero estar en compañía en público y sin hablar. Se dice que una de las primeras cosas que tenés que aprender cuando estudiás japonés, es aprender a callar en japonés. El silencio es fundamental en esa sociedad, y el silencio también habla. En un hotel cápsula también se ve reflejado el shintoísmoreligión originaria animista- porque en el onsen hay una serie de piletas de muy frías a muy calientes donde la regla es bañarse desnudo -separados por género- y podés observar allí el ritual del baño cotidiano. En el Occidente secularizado, el baño no es un ritual sino un mero acto higiénico, y en segundo lugar puede ser un acto de relax. Pero no es un ritual: el baño no te purifica el alma. En el Japón de raíz shintoísta desde hace al menos dos milenios -al que se sumó luego el budismo llegado de China-, uno de los principales pudores es la pureza de tus actos y también la pureza física del mundo. De ahí viene la obsesión japonesa por la limpieza. Se suele creer que los japoneses fueron educados racionalmente en la necesidad de mantener la higiene y el orden por una cuestión estética y de salud. Pero esto tiene mucho que ver con ese pudor ancestral. El samurái tenía una obsesión por la imagen, la estética y la ética. Cualquier desprolijidad en ello te convertía en impuro. Toda impureza es lavable también, si estás sucio e impresentable, te purificás al limpiarte, te purificás al recuperar la elegancia: la armadura samurái era tremendamente elegante, pero cuando vos cometés un acto de traición, cobardía o desobediencia, cometés un acto impuro y te estás manchando. Esa mancha se puede limpiar con un acto de contrición cuya manifestación extrema es el harakiri o seppuku, la autoevisceración clavándote la espada en cruz en el estómago para limpiar tu honor, el de tus antepasados y descendientes. Esa cosmovisión shinto está presente -consciente o inconscientemente en todo japonés- mezclada con el confucianismo y el budismo y la podés ver en el onsen todas las mañanas frente a esos salaryman siempre apurados, salvo cuando se meten en las piletas. Pero antes tienen que bañarse para entrar limpios a la pileta. Y los ves que están media hora o cuarenta minutos bañándose, sentados en banquitos contra la pared donde tienen un espejo delante de cada uno, piedra pómez, jabón, shampoo, acondicionador, espuma y maquinita de afeitar, peine, esponja y un cepillo largo que se pasan hasta por la espalda, limpiándose con ahínco incluso la planta de los pies. Se pasan largo tiempo con la duchita de mano, una técnica que vista desde un preconcepto occidental, no parecería muy rápida en lo que hace a la funcionalidad del uso del tiempo, que uno tiende a considerar interiorizada en el Japón moderno. Yo como occidental, me bañaba en cinco minutos. Además lo hacía parado mientras ellos sentados. Al mirar eso te vas dando cuenta que, en alguna medida, hay un acto ritual de limpieza y purificación en ese baño cuyo énfasis y tiempo de dedicación, no condice a una mera necesidad práctica. Sino, no se entiende que estén tanto tiempo en eso, personas que tienen tan poco tiempo. Ahí estamos viendo un ritual de purificación, de limpieza corporal y mental, incorporado al inconsciente colectivo a lo largo de centenares de generaciones, y se lo sigue haciendo sin pensarlo, razonarlo ni considerarlo conscientemente un acto sagrado.

Una teoría del famoso conductista John B. Watson plantea la hipótesis de que la pérdida de espacio personal está directamente relacionada con la locura. En mi caso, hipoteticé, gracias a tu libro, que son quizás todos esos rituales de purificación, casi divinos, los que logran que se mantengan cuerdos siendo tantos en tan poco espacio, y por otro lado pensé en el Hikikomori (NdE: forma voluntaria de aislamiento social).

Yo creo que no. De hecho nunca tuve sensación de hacinamiento. Podemos mirarlo desde la Alegoría de la caverna de Platón, quien imagina unos presos encadenados desde su nacimiento en lo profundo de una cueva, siempre mirando hacia al fondo: no conocen el afuera porque tienen una pequeña pared detrás. La realidad que perciben es lo que ocurre frente a sus ojos: solo sombras, resultado de que a sus espaldas y por encima de la pared, hay una gran fogata. Justo delante de ese fuego hay hombres que, como titiriteros, pasan ocultos enarbolando objetos con formas humanas y animales: proyectan sus sombras al final de la caverna. Para los presidiarios, esos contornos son la pura realidad, la única que conocen. Desde el afuera entran las voces pero los engañados creen que son las sombras las que hablan. Platón reflexiona que si uno de los presos se desencadenara y saliese, descubriría que las cosas del mundo no son sombras sino materia. Y al volver a la caverna, lo tomarían por loco. Incluso lo podrían matar si insistiese en moverlos de su saber establecido de que la engañosa sombra es el objeto. Cada pueblo vive en su propia caverna. Lo mismo vale para los japoneses en relación al espacio: no podés perder algo que nunca tuviste en demasía. Ese país, desde el punto de vista demográfico, está sobrepoblado desde hace bastante más de 100 años. Antes de la Segunda Guerra Mundial empezó la ola inmigratoria hacia Brasil y Argentina a partir de políticas del Estado japonés por falta de espacio en esa isla pequeña y montañosa. Esto es una constante allí. Hoy en día no hay nadie que haya perdido algo: ya nacieron en esa situación. Allá los espacios son pequeños de por sí y no olvidemos que la pequeñez y la miniaturización son criterios estéticos japoneses que tienen varios siglos. En el este de Asia y especialmente en Japón, ha habido siempre un pensamiento poroso muy adaptable a los cambios y las circunstancias. Esto tiene que ver con la concepción del Tao que sobrevuela la cultura implicando una facilidad innata, a nivel del inconsciente colectivo, que propicia la adaptabilidad a la coyuntura. Eso conduce a una funcionalidad muy práctica. La habitación del cuarto japonés de la casa tradicional era un espacio vacío y minimalista, casi zen, sin una mesita, sin una silla, sin una decoración ni un cuadro, salvo un imperceptible tatami en el piso donde dormir. La habitación cápsula es casi esa habitación tradicional japonesa a la que le han recortado el borde del tatami en función de una necesidad espacial. Pero fijate que también hay “hoteles cápsula” estacionamiento de autos robotizado y cementerio cápsula en un edificio donde la urnita ocupa un espacio mínimo y te llega por ascensor. Los japoneses están hace mucho ya acostumbrados a que los espacios sean pequeños. Incluso los edificios históricos, los castillos, los palacios y los templos no son tan grandes ni altos. Allí cierta parte de la magnificencia pasa por la forma y el refinamiento antes que por el tamaño. Japón nunca hizo un culto por lo grandioso, que en todo caso no necesariamente tiene que ser espacioso o monumental al estilo soberbio de Occidente o incluso chino. ¿En qué cabeza cabe -desde una perspectiva occidental- dormir en un nicho de cementerio o un tomógrafo? Es “cosa de locos” aquí, está claro. Pero allá no, porque la habitación cápsula no es tan distinta a la tradicional japonesa. Yo estudié un poco la estructura tradicional de la casa japonesa bajo la premisa de que algo tan radicalmente distinto a nosotros como decidir dormir en una cápsula, no podría ser tan nuevo. Ellos están adaptados desde antes a esto. Por eso nadie se vuelve loco por dormir en cápsula -lo digo a partir de tu pregunta- ni veo una relación entre estrechez física y locura. De hecho la estrechez física que hay en una villa miseria porteña es un poco parecida y el hacinamiento, mayor. Y en Hong Kong diría que es peor: miles directamente viven en habitaciones apenas más grandes que una cápsula japonesa y sin onsen ni baños limpios. Hace 10 años viajé de paso a Hong Kong, reservé una habitación barata sin saber muy bien y era eso: entre la cama y la pared había 50 centímetros por dónde caminar. Otros viven en grandes espacios subdivididos en pajareras abarrotadas de cosas. Pero volviendo a Japón, vos a la cápsula no podés llevar nada y así estás cómodo.

¿Puede ser que el hikikomori se aísle para construir un espacio personal dónde esté lejos de la mirada del otro, donde pueda ser él mismo, estar sucio y ser todo aquello que la sociedad espera que ellos no sean?

El tema del hikikomori se toca solo un poco con el hotel cápsula, en el contexto de una sociedad con cierta tendencia al autoencierro. Porque también el monje budista zen tiende a encerrarse en un monasterio y a su vez en un cuarto a meditar y llevar una vida enclaustrada, haciendo a veces ejercicios de meditación de ocho días seguidos, sentados y sin dormir. Esa idea del sacrificio autoimpuesto que en Corea del Sur también lo ves mucho -eso lo estudié en mi libro Corea, dos caras extremas de una misma nación– pero el hikikomori se encierra con la estrategia del caracol, o de la tortuga, para protegerse de la agresión constante del mundo exterior. Y se encierran en edad escolar generalmente o en secundaria, resultado de procesos de bullying muy fuertes. Allí, cuando vos llamás la atención por alguna diferencia, defecto o debilidad, al ser una sociedad confuciana dónde estás muy sujeto al grupo, no podés muy fácilmente ser distinto: el precio es muy caro y el grupo se encarga de autorregular la situación, de regularte. Y el que no resiste esa presión, se retira, ya que no hay espacio para la rebelión. Se puede retirar para siempre con un suicidio o temporalmente meses o años en su cuarto, donde siguen sufriendo pero nadie los molesta. Ese encierro es facilitado al poder salir virtualmente, al teletrabajar en ciertos casos y al encargar comida, aunque son sus padres quienes los alimentan. El hikikomori es un sujeto encapsulado que encuentra en el cuarto, como vos decís, el único espacio posible de libertad. Pero lo logra en el ámbito de una cárcel autoimpuesta.

Por momentos pienso qué difícil debe ser vivir con tanta presión, por la autopresión que llega al nivel de que algunos mueren en la oficina de tanto trabajar. Pero por otro lado están llenos de libertades cuando están ellos solos consigo mismos. Aquel policía que colecciona figuras de Hello Kitty que citás en tu libro, o aquellos que compran ropa interior usada de colegialas, pareciera ser que encontraron en el fetiche una vía de escape a tanta presión.

Yo creo que, más allá de que sean conscientes o no de esto, en promedio se vive con relativamente poca libertad personal. Según las épocas y los países en esa zona de Asia, ha habido y hay Estados muy autoritarios. No es el caso de Japón hoy: no hay el nivel de autoritarismo estatal que tuvo Corea del Sur hasta hace pocos lustros y mucho menos el que tiene China hoy. Pero la libertad está condicionada a un nivel más sutil y capilar por la regulación social. En tanto modelo de pensamiento y organización social confucianos, el sujeto está subsumido al grupo como engranaje, lleno de obligaciones en función de respetar las jerarquías y se lo obliga a una serie de comportamientos en función del estatus social que hacen de la vida un stress permanente. Incluso en la universidad hay una serie de microestratos entre los alumnos según la edad. En el mundo confuciano, siempre te dicen cuáles son las reglas y te las enseñan muy bien desde chiquitito: se aprende a obedecer a la autoridad por sobre todas las cosas: esta es una de las claves de ese sistema. Creo que los espacios de libertad son limitados porque están acotados por tu vecino en el ámbito que sea. Cada un sujeto está siempre muy pendiente del grupo circundante: uno interioriza ese control y termina siendo su propio carcelero. Byung Chul-Han plantea que en la “sociedad de la transparencia” uno es su propio panóptico. En el caso de Japón, uno tiene incorporada desde temprano la obligación de estudiar mucho, de trabajar mucho, de darlo todo por la empresa, más allá de que ese modelo laboral se esté diluyendo un poco. Uno mismo termina autolimitando su libertad. En Japón la currícula estudiantil es rígida y estricta, los códigos de comportamiento en el hotel cápsula te los dan por escrito al entrar; en una fiesta cosplay de disfraces de anime te dan los códigos de comportamiento en un papel… siempre todo está reglado.

Hay una forma muy preestablecida de comportamiento, de comunicación y de respeto al otro. Así va quedando menos espacio para una individualidad. Por eso son tantos los hikikomoris y se habla de un millón o más. Es una cifra aberrante. Todo esto es el lado B de Japón, que se ve poco. En general se oculta a los hikikomoris, son negados por la propia familia: son pibes que desaparecen y nadie pregunta. Pero no lo desapareció nadie, él decidió encerrarse porque acaso sutilmente, se tomaba ciertas libertades que otros no, rompiendo un poco la norma. Una hikikomori que entrevisté era una chica a quien le gustaba comer lento. A la hora de la comida en el colegio, la presionaban los maestros y los alumnos: “apurate, apurate, apurate”. Pero a ella le gustaba saborear la comida lento y empezó no querer ir al colegio, somatizando a través de dolores de cabeza. Terminó dejando el colegio y encerrándose por las presiones que sufrió por tomarse la libertad de ser medianamente distinta en el simple acto de comer. Había otro chico que tenía rulos: nada más raro que un japonés con rulos. Fue tanto el bullying, que devino en hikikomori y tuvo intentos de suicidio y problemas de socialización. Imaginate el pequeño espacio de libertad que tenía esa niña al ni siquiera poder comer despacio, o el pibe a quien no lo dejaron aceptar en paz los rulos que le dio la naturaleza.

Byung-Chul Han en Topología de la violencia dice que en nuestras sociedades la violencia parece haber desaparecido, desde el momento que se la hace coincidir con la idea de libertad. En países como Japón, el Estado ya no necesita reprimir porque los sujetos de rendimiento están disciplinados, o mejor dicho, autodisciplinados en la producción y la autoexplotación sin límites que logra imponer la lógica autosuperadora del neoliberalismo. De allí vienen el síndrome de Burn Out, las pandemias de estrés y las tazas de suicidios estratosféricas. Entonces la violencia no ha desaparecido: se ha invisibilizado. La violencia estatal, efectivamente, no es necesaria, aunque la hubo tremendamente en el origen del modelo tigre-asiático y la sigue habiendo un poco en China. Pero ha desaparecido la violencia delincuencial. La autorregulación ha llevado a niveles de delito muy bajo. Además, las tasas de pobreza son bajas en comparación al resto del mundo. Pero dice Han que toda esa violencia sigue existiendo y operando fuertemente. La diferencia es que ahora pasó al interior de la psiquis. Uno actúa como su propio amo-explotador que se exige a sí mismo sin límites. En la sociedad del cansancio Han plantea que uno de los principales ardides del neoliberalismo fue lograr transferir al trabajador los procesos de control laboral, bajo la idea del progreso individual: de allí la idea del emprendedor que se controla a sí mismo para maximizar rendimiento y resultados. La salida nunca es rebelarse sino emprender. Esto sería una positivación de la idea del trabajo, en el sentido de borrarle todo rasgo consiente de explotación. Algo parecido sucede con la violencia: se la ha invisibilizado pero no ha desaparecido. Y si alguna duda cupiese, dos países paradigmáticos de la sociedad del cansancio -Corea del Sur y Japón- tienen muy altas tasas de suicidio. En ambos, la cifra de suicidas es increíblemente superior a la de asesinatos. En Argentina también hay más suicidios que asesinatos pero en Japón la diferencia es abismal.

¿La soledad moderna japonesa puede explicar cierta fetichización de la sexualidad?

Esto tiene varias aristas. Sobre coleccionar muñecos de manga o Hello Kitties y ser fanático de un personaje, esto implica también tener el póster, la ropa, el cuaderno, consumir todos sus programas, etcétera. En la entrevista que le hago al Lic. Gerardo Del Vigo en el libro, él habla de muletas afectivas en sociedades donde hay altos niveles de soledad e incomunicación, por más que esto no sea exclusivo de ellos. Y se vive en una cultura que tiene una relación animista con los objetos que viene del shintoísmo. Allí es más factible que un objeto te pueda a dar algún tipo de compañía. Del Vigo estudia lo que se llama waifuismo, ese fanatismo llevado al extremo que puede implicar “casarte” con un personaje, y eso lo hacen tanto hombres como mujeres. Este tipo de relaciones suplen una necesidad. Lo reprimido siempre vuelve dice Freud y la sexualidad no se puede reprimir del todo. Podrás reprimir ciertos impulsos y lo prohibido, pero la sexualidad vuelve de alguna forma. Ciertos señores que consumen bombachas sucias que podrán ser o no -porque no está demostrado- potencialmente pedófilos, están sublimando a través de objetos. Comprar bombachas usadas de adolescentes no es un acto pedófilo en sí mismo, pero son, digamos, estrategias de suplir lo que no tienen. En mi libro, el Lic. Mario Bogarín plantea que en tiempos más puritanos del Occidente, eso un poco existía cuando las parejas de novios muy jóvenes no podían consumar sus deseos y cada cual tenía un objeto de la amada o amado, que es “tuya” pero no será “tuya” hasta que no te cases. Esa era una manera de poseer al otro simbólicamente, transfiriendo ese deseo al objeto. El ausente está presente a través de ese objeto. Si sos un salaryman de 40, 50 o 60 años no podés tener una lolita, salvo de manera fetichista: la bombacha es “ella”, al menos en parte. Esta es la lógica de la fetichización y estos son los llamados misófilos, los que se excitan con la ropa o un objeto personal. Obviamente, esto no es exclusivo de Japón: lo raro sería acaso la cantidad, si es que realmente fuesen muchos comparados con otros países, algo imposible de determinar. La gran diferencia es que hay menos pudores. Ese negocio donde te venden ropa y bombachas de adolescentes y su pis en frasquito, es un negocio legal. No están en la planta baja sino en un quinto piso con cartel a la calle. Tampoco están en todos lados ni es algo masivo, pero está legalmente aceptado: eso te está diciendo algo, no sé bien qué, pero algo dice.

Es como si el capitalismo supliera cualquier tipo de demanda, está todo reglado, lo que uno quiere, de alguna manera lo puede conseguir, ya sea analógico o virtual. ¿Vos creés que ese orden social es exportable fuera de Oriente, que alguna vez occidente se va a orientalizar?

En mi libro el entrevistado Gerardo del Vigo dice que los japoneses han entendido mucho mejor que Occidente la lógica del capitalismo desde el lado de la producción, pero también desde el consumo: desarrollaron una microsegmentación de nichos de consumo con un nivel de sofisticación y diversificación que no es fácil encontrar en Occidente. Como uno de sus ejes, este confucianismo instala y naturaliza unos niveles de obediencia y sumisión muy altos en comparación al Occidente y moldea mucho mejor a una suerte de soldado corporativo que acepta darlo casi todo por la empresa. La idea es crear ejércitos productivos que golpeen firmemente, todos al mismo tiempo y bien coordinados, sin una sola disidencia. Se busca llevar todo esfuerzo al máximo posible con un nivel de compromiso casi sagrado con la empresa en tanto grupo social. Se alimenta una mentalidad colectiva que viene del campo de arroz, que es la raíz de la mentalidad confuciana. El trabajo en el campo solo puede ser colectivo y el sujeto es un engranaje que si falla, afecta a la totalidad. Todos te miran recordándote la obligación de no fallar nunca: sería una falta contra tus compañeros de trabajo y no solo contra la empresa. Esta mentalidad es el sueño de nuestros neoliberales occidentales que estimulan esto en las relaciones laborales, apelando quizá más al convencimiento que a la compulsión, pero el fin es el mismo (y creo yo que inalcanzable). Nuestra mentalidad, vista desde el este de Asia, es individualista: consideran que no tenemos el mismo espíritu de sacrificio por el otro. Occidente nunca iba a tener un kamikaze dispuesto a sacrificar su vida en una guerra. Nuestros soldados podrán arriesgar la vida por su país o alguna causa, pero no irían directamente a una misión suicida. Entonces las cosmovisiones culturales son imposibles de copiar: son resultado de un complejísimo proceso histórico varias veces milenario.

Hay un documental en Netflix llamado American Factory sobre una empresa China que adquiere otra americana que ha quebrado. Fabrican vidrio para autos en EE.UU: llegan gerentes y empleados chinos que se mezclan con norteamericanos y chocan en su cultura de trabajo. Y pensá lo siguiente: Estados Unidos es -dentro de Occidente- el reino neoliberal: mínimos derechos, baja tasa de sindicalización, pocos controles estatales… Sin embargo, cuando llegaron los gerentes chinos -y sus obedientes trabajadores traídos a mezclarlos con otros norteamericanos- se encontraron que EE.UU era poco menos que comunista al lado de China. Esos leves derechos sindicales que hay en Estados Unidos chocan con el autoritarismo confuciano que te obliga a una obediencia ciega a la empresa a la cual tenés que darle todo a cambio de lo poco que te ofrezcan. Incluso los trabajadores importados desde China -con bajos salarios- iban a trabajar con remeras que tenían estampado el mensaje “no te sindicalices”.

Hoy por hoy, creo que estos modelos no se pueden copiar ni tampoco lo veo deseable. En términos de políticas económicas, en cambio, creo que hay cosas imitables. Pero cuando nuestros neoliberales te ponen de ejemplo estos países, lo único que de verdad quieren copiar al llegar al poder es la relajación de la presencia del Estado en las relaciones laborales. Y hasta ahí llegan: los modelos económicos que aplican no son los del modelo tigre-asiático, los cuales se basan en una fuerte presencia del Estado direccionando el desarrollo de la economía. Los países del este de Asia -especialmente cuando comienzan a aplicar este modelo- tuvieron políticas muy proteccionistas. En Corea del Sur hasta podías ir preso por tener un cigarrillo norteamericano, para que te des una idea. Repito: en Corea del Sur, no en Corea del Norte.

Cuando Macri estuvo en Japón, twitteó un video de chicos en el colegio limpiando los baños: pero es eso lo que les interesa: la obediencia. Porque a la hora de gobernar, sus políticas económicas producen el efecto contrario al de esos países: generan desindustrailización por la apertura indiscriminada de importaciones y liberando el dólar tanto para la compra como para la fuga, algo que también estuvo fuertemente controlado al comienzo de esos modelos que se volvieron librecambistas –interna e internacionalmente- recién cuando adquirieron un poder económico dominante. La tercerización laboral, la falta de derechos y las jornadas laborales infinitas no son la causa principal del desarrollo industrial en esos países. Por otra parte, esos países tuvieron una relación privilegiada con EE.UU y la OTAN gracias al tablero de la Guerra Fría: se les permitió cierta independencia económica e inyecciones de dinero millonarias por razones geopolíticas. A Japón contra China; a Taiwán contra China, a Corea del Sur contra Corea del Norte. Se trata de privilegios que no tuvieron Indonesia, Tailandia, Malasia ni Filipinas.

“Cuando nuestros neoliberales te ponen de ejemplo estos países, lo único que de verdad quieren copiar al llegar al poder es la relajación de la presencia del Estado en las relaciones laborales. Y hasta ahí llegan: los modelos económicos que aplican no son los del modelo tigre-asiático, los cuales se basan en una fuerte presencia del Estado direccionando el desarrollo de la economía”.


Cuando hablamos de tecnocapitalismo, en el libro detallabas los avances de la robótica. ¿Ése es realmente el mundo que se viene? ¿Hordas de humanos desplazados por la tecnología, robots sexuales que no tienen la habilidad de negarse, humanoides peleando guerras y triunfando en los deportes de élite?

En relación a la robótica, el asunto no es si viene o no, sino ¿cuándo? Yo asistí a dos campeonatos de fútbol internacional de robots en Japón en los últimos años. Y están a años luz de jugar bien al fútbol. Esa competencia tiene 23 años y fue hecha con la finalidad de que en 2050, le ganen al campeón mundial de fútbol humano. Se inspiraron en la computadora de IBM que le ganó al campeón internacional de ajedrez Kasparov. Para un robot jugar al ajedrez es infinitamente más fácil que jugar al fútbol. Hay que ser mucho más inteligente para jugar al fútbol que al ajedrez desde el punto de vista del hardware, paradójicamente. Porque el ajedrez implica para una computadora hacer cálculos por adelantado: en segundos puede calcular millones de jugadas y posibles desarrollos en función de las posibles respuestas de cada jugador humano. Aún siguen estando algo parejas con los grandes maestros pero no va a faltar mucho para que esos campeones humanos pierdan toda chance con una máquina. No es esta la situación de los robots futbolistas: el ajedrez es solo cálculos, al fin de cuentas es mera matemática. La robótica que implica movilidad, en el fondo también, pero las decisiones para movernos nosotros las tenemos naturalizadas en tanto máquina humana. Pero cada simple acción nos implica un montón de operaciones eléctricas, mentales y físicas en toda clase de articulaciones y músculos, más saberes acumulados y cálculos exactos de la fuerza necesaria y exacta a aplicar, ni de menos ni de más. Los robots aprenden estas cosas más lento que nosotros. Son miles de cálculos que hemos aprendido en base a prueba y error -así también está aprendiendo la Inteligencia Artificial- para dar cada patada, girar la cabeza, parar la pelota… Para un robot todo esto es dificilísimo. Yo he visto en una universidad a un robot haciendo -mal y a duras penas- la sencilla tarea de abrir una heladera. No saben calcular bien cuál es la fuerza exacta a aplicar para no tirar la heladera abajo y para no caerse él hacia atrás o hacia ella. Este es uno de los problemas centrales: no tienen buen equilibrio. Los autómatas futbolistas se caen solos al menor roce, no hacen pases, su única capacidad es patear despacito hacia adelante cuando ven una esfera blanca. Para que un robot pueda suplantar a un humano en una cancha, creo que tendrán que pasar más de 100 años. Porque son millones de decisiones y cálculos que tiene que hacer para hacer movimientos muy simples, y ni que hablar si están en un equipo de 11. Pero la robótica no necesita crear un Messi para suplantarnos como mano de obra laboral: alcanza con un brazo robótico fuerte, muy preciso y efectivo que trabaje 24 horas sin sueldo. Y eso ya sucede en el sector de la economía que está más robotizado: el industrial.

Ahora la robótica empieza a avanzar en el sector de servicios, que es el que más mano de obra emplea en el mundo. El ejemplo emblemático son los locales de comida fast food, supermercados y el comercio minorista. En esta última rama avanzan Amazon, Mercado Libre y Alibabá. La robótica se está comiendo al mundo, a los humanos y a la materia misma. Esto se va a acelerar con la masificación del 5G que acelera la velocidad de transmisión y por lo tanto de conexión a bases de datos grandísimas en la nube, que es lo que realmente necesita un robot para tomar decisiones complejas como levantar la mesa en un restaurant: debe evaluar si el vaso es de plástico o de vidrio y calcular su dureza. Entonces tiene que comparar lo que está viendo con dos millones de fotos de vasos para determinar qué tipo de vaso es y cómo va a apretarlo, ni mucho ni poco, para que no se le caiga ni se le rompa. Quizás estemos a las puertas de la revolución robótica: esto no quiere decir que sea mañana, pero vos y yo vamos a ver el comienzo al menos. Estamos ante un problema sociológico y humanístico de grandes proporciones desde hace rato. Los optimistas de la tecnología consideran que el avance se va a dar en un contexto de destrucción creativa de oficios y profesiones. Hasta ahora siempre fue así pero sobran indicios para hipotetizar que esta vez podría ser distinto. Los oficios nuevos se están creando en las empresas unicornio como Google, creadores de software, Amazon y Apple, que son en gran medida compañías digitales y digitalizadas.

En su libro El auge de los robots, el periodista Martin Ford hace una comparación. Google generó ganancias por 1400 millones de dólares en 2012 con 38.000 empleados. Mientras que en 1979, General Motors produjo similares dividendos que Google, pero con 840.000 obreros. Es decir que los empleos nuevos se dan en empresas de tecnología digital e Inteligencia Artificial. Pero estas tienen un nivel de productividad y automatización inéditos: necesitan menos empleados. Por eso hay indicios de que esta vez podría ser distinto, generándose una lumpenización masiva de seres humanos con el agravante de que estas tecnologías han propiciado una acumulación de la riqueza nunca vista. Si la industria sigue expulsando mano de obra, si el sector servicios se robotiza, si el campo se sigue automatizando, si el comercio se virtualiza y monopoliza y si los nuevos tipos de empresa emplean poca gente, es claro que vamos a estar en problemas. Amazon está ya desmaterializándose desde el punto de vista humano: están planeando robotizar los almacenes y la logística mediante los autos sin chofer.

En Japón asistí al Amazon Challenge, una competencia que estimula el desarrollo del almacenamiento y la recogida de los productos en sus gigantescos almacenes. Van a surgir trabajos nuevos a la larga pero la ecuación parece no cerrar. Ya cantidad de filósofos y economistas lo vienen diciendo y la pandemia lo ha subrayado: necesitaremos una especie de asignación universal de desempleo crónico, un sueldo por el solo hecho de vivir para que todos al menos coman. Hacia ese mundo estamos yendo. No estoy haciendo profecías pero tarde o temprano vamos llegar a eso y sería bueno que vayamos pensando qué vamos hacer. Y hay un agravante: las grandes empresas digitales se han convertido en aspiradoras de riqueza fenomenales nunca vistas. El hombre más rico del mundo es Jeff Bezos y su empresa Amazon quebró a centenares de miles de pequeños negocios y tiendas. Eso se va a seguir profundizando y Google y Facebook se han apropiado de casi toda la venta publicitaria, quebrando diarios y revistas por todo el mundo. Estos grandes “ídolos” tecnológicos encontraron la algorítmica para absorber riqueza y hacer a todo el mundo trabajar gratis para ellos. Google gana dinero con los datos que nos absorbe por nuestras búsquedas y Facebook lucra con sus contenidos ¿quién los produce? Nosotros que trabajamos gratis para Zuckerberg sin saberlo. Así se volvió el séptimo hombre más rico del mundo. La riqueza se está concentrando de una forma inédita generando un mundo cada vez más desigual. Habrá un exproletariado que quedará fuera del sistema sin poder entrar jamás y ¿en este contexto hacia dónde podemos ir? Acaso una distopía al estilo Mad Max.

Me gustaría hacer un paralelismo: ¿el Tatemae sería como nuestro perfil de Instagram, donde solo mostramos lo bello, esa imagen calculada que le vendemos a la gente en la virtualidad y el Honne quien realmente somos?

Podríamos hacer un paralelismo con Instagram. El tatemae es esa “máscara” de formalidad perfeccionista e hiperrespetuosa que debe llevar en público todo japonés reprimiendo deseos, sentimientos y opiniones en función de mantener la armonía y respetar las jerarquías. Pero a Instagram yo lo veo más ligado a la alimentación del ego, mientras que el tatemae diría que lo aplasta. La máscara de perfección del tatemae aparece en toda la cultura a su manera, pero en Japón está más marcada y ha sido conceptualizada: es una garantía más para la mantención del wa, la armonía general. Esa máscara también tiene sus propias reglas y te las enseñan desde que estás en el kinder y se explicitan siempre para que no haya margen de error. Te las informan, te las enseñan y te las insertan. Por eso son tan perfectos los engranajes sociales. Y esas reglas no son iguales para todo el mundo sino en función de la jerarquía de cada quien. Tu lugar en la sociedad y el contexto define tu tatemae: esas reglas determinan el nivel de inclinación que harás al saludar al otro. Los usos pronominales que tenemos nosotros (vos y usted) son dos mientras que ellos tienen cinco. Eso te da la pauta de las jerarquías, protocolos y reglas que tenés que aprender. Esta es una metodología más que tiene esa sociedad autorregulada para evitar el conflicto: los japoneses están bien entrenados en evitar el conflicto, al que no se debe llegar nunca. Una de las técnicas principales para que no haya conflicto es justamente la obediencia confuciana. Si obedecés siempre al que está predestinado a mandar, no habrá conflicto. Si el que manda te hace algo que no te gusta, no te podés sacar la máscara del tatemae muy fácilmente: estás educado en agachar la cabeza y estar siempre sonriente.

Cuando dos personas se chocan por la calle, acá se insultan y allá se dicen “perdón, perdón, perdón”. Esta es una de las palabras que más se escucha por la calle. Pero son disculpas forzadas y actuadas que en el fondo no significan nada. Los sindicatos terminan negociando con las empresas antes de llegar al conflicto. Dicen “miren que vamos a hacer una huelga… mejor sentémonos y negociemos”. Y casi no se llega a la huelga. Cuando chocan dos autos, lo suelen arreglar entre ellos los conductores pagando la mitad cada uno, a menos que sea algo grave. Entonces el honne es el verdadero Yo: es lo que queda expuesto cuando te sacás la máscara, algo que solo debe suceder dentro de casa. En esa sociedad está mal visto demostrar debilidad y esto viene del samurái: debés estar siempre en pose, elegante, en posición de combate y dispuesto a pasar a la acción. Esto implica reaccionar de inmediato, hacer todo con el mayor nivel de perfección posible. El honne y el tatemae son una garantía más, un reaseguro de mantener la armonía. Toda las broncas que tengas contra tus jefes, contra tus padres, o contra los políticos, te las terminás dirigiendo hacia adentro. Como dice Byung Chul Han en Topología de la violencia: El proyecto de autosuperación se convierte en proyectil que da la vuelta y se vuelve hacia adentro como boomerang.


Como dijo Varsavsky al principio, cada pueblo vive en su propia caverna; las herramientas de regulación pueden ser distintas, las reglas también. En sociedades que tienen tantos códigos, cuyos símbolos hacen verosímil el universo interno, ¿somos realmente libres? Con espacios de mayor o menor maniobra parece haber una organización social que nos desea obedientes y dispuestos.

Quizás el futuro llegue en esa forma, alienados, autómatas yendo por una línea de ensamblaje donde en cada estación nos digan cómo actuar. Pienso en las imágenes de hace unos años de la reforma previsional: la batalla campal entre agrupaciones y policías, el Congreso vallado y el gas lacrimógeno flotando en el aire. Si sacáramos a un japonés de su caverna, esa situación le parecería irreal, como a nosotros nos parecen imposibles de entender muchos de sus conceptos. Pero hay una idea a defender, la del humanismo. Si la riqueza se va a concentrar de esa forma y ellos nos quieren doblegar y empujar a la marginalidad, habrá que ser creativos para rebelarse y mostrarles que sin consumidores sus productos se van a deteriorar en los hangares.

Sí ese es el futuro que viene, hay que estar preparados para hacer que el engranaje falle.

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