Piedra Libre

El cruce epistolar | Con Martín Di Lisio

El género epistolar nunca perdió su magia, pero en medio de una pandemia, se revitaliza como una forma de conversación. Un fugaz encuentro entre escritores acerca de las sierras pampeanas, el poeta Dipi, la nostalgia.


Por Pablo Pagés.

Febrero 2021
Desde algún lugar en las islas del Delta Tigre

¿Cómo anda usted Martín Di Lisio?,

¿Cómo está Tandil?

Te comento que soy en parte tandilense. Si bien no nací por esos pagos, nací en Munro, y al año, por motivos extraoficiales, mis padres tuvieron que mudarse en una suerte de exilio interno.

Así fue mi niñez en Tandil, Di Lisio: preguntas y más preguntas, silencios que se componían de la más rara cacofonía a la hora de tapar o tergiversar una respuesta a un niño que le habían cambiado la cancha jugando el mismo partido. Pero en esa época la gente era aún más prejuiciosa y se me viene a la cabeza que los datos de las boca de urna se conocían rápido en cada elección. Eran como la punta de cierta hipérbole que sería, minutos más minutos menos, el resultado en todo el país. Eso recuerdo.

Tuvieron que pasar muchas cosas para que esa ciudad metida entre unos valles serranos se torne con el tiempo algo más amistosa y cosmopolita.

Claro, no puedo nunca dejar de pensar que la familia del mismo Macri proviene en parte de ahí.

La culpa. La historia y la indomable naturaleza del desarraigo. Mientras en las capitales federales se hablaba de los terratenientes y latifundistas y de cómo esta patria se convirtió con el tiempo en un prostíbulo inglés, Tandil siempre fue para unos pocos ricachones con mucho campo. Pero ya sabemos que esta historia hecha de máquinas y excremento multiplica sus ganancias con la precarización de una plusvalía trasnochada y tercermundista.

Minga. Me resuena el eco de esto como si fuese un espacio hecho para que las palabras y las cosas se manejen de forma saludable hacia un infinito histriónico.

Dipi -Di Paola- es un Capítulo aparte de toda esta urbanización que se atolondra entre algunos cerros y mucho campo.

Una vuelta en su casa, por la tarde, me dio una clase de botánica. El ventanal de la casa daba justo a la ladera del cerro que encierra el lago. Estábamos tomando unos tragos, yo era un pibe de dieciséis años. Dipi, tratando que no se vuelque el wiskhy que sostenía en su mano, me señalaba las partes verdes que componían al cerro. Sabía cada especie de conífera y arbusto.

Maldito, hermoso, obsesivo y sonámbulo. Por eso leía de todo. Le costaba apolillar y leía como un monje en un monasterio. Total, ambas partes sujetan la locura desde la pira demencial del conocimiento.

La música. Siempre tuvo grandes músicos Tandil. Sobre todo de jazz. Tandil era como una olla a presión. Había gente que para no volverse loca ni caer en letanías depresivas, se manejaba en grupos y esos grupos a la vez se interconectaban. Todos, al fin y al cabo, sabían dónde era la fiesta del momento.

Usted ahora entre los cerros y la extensa pampa. Usted viviendo una ciudad más cheta y menos bohemia. Presenciando cómo las hermosas laderas de los cerros se convirtieron en un mercado inmobiliario que ni siquiera nace de las fauces de la propiedad privada.

Conociendo los costados más abyectos de esa municipalidad y todos sus criados, intuyo la forma en que entregaron tierras sin concesión ni distinción alguna entre el Estado y lo que no es del mismo.

Cuando era pibe me fascinaba la pesca. En esos tiempos se hacían hasta concursos de pejerrey en el lago. Lentamente todo fue depredado. Me gustaban los arroyos, los bagres, las taruchas y alguna lisa. Pero los arroyos en la pampa ahí se quedan. Bajo la sombra de grandes arbustos que marcan su rumbo errático entre campos y campos.

Sabe usted Di Lisio que una de las cosas por las que me gusta el lugar donde vivo es precisamente lo que le faltaba a esas latitudes tan aburridas e inexorables.

El Delta tiene esa cosa tan litoraleña, me fascina. No solo hay bagres, hay bogas, carpas, sábalos, tortugas de río, pacú, dorados, cachorros de surubí y un montón de peces. Aparte, las aves, las pavas de monte y todas las variantes de martín-pescadores, caburés, de todo. Solo con cruzar el río Luján, que a esa altura del Tigre es anchísimo, te encontrás en otro mundo.

Estoy plantando en mi terreno cítricos, ciruelos y manzanos. Crecen como bacterias, como hongos, como lirios. Me encantan toda la variedad que hay de aves zancudas de pantano; veo en el fondo del terreno garzas, gallaretas, otras que no conozco, que son flacas pero tiene un grito fuertísimo. Hay veces que aparece un ave muy rara, no tiene tanto miedo como las otras ni conserva tanto la distancia, puedo acercarme bastante para contemplar sus colores mezclados, pequeños retazos de marrones con tintes blancos.

También hay cuises, anguilas, culebras, ratas. Nunca me molestaron las ratas, es un bicho con el que tengo cierta empatía. Lo que me causa una fobia tremenda son las arañas. Hay de todo tipo. Por la noche en los caminos pequeños hay que ir con una linterna para no morfarte en la jeta una tela enorme con una de éstas esperando famélica a que caiga algún insecto. No me gusta que las arañas me confundan con un insecto.

El monte no es muy alto. Se compone de arbustos y enredaderas y plantas de moras que tienen unas espinas bastante fastidiosas. Y entre todo este equilibrio que lucha por sobrevivir a pesar de toda la basura que le echamos, estamos nosotros. Animalitos de toda clase. Vivir en un barrio isleño es comprender que cada uno vive en su casa pero como si esta casa fuera solo la habitación de un gran conjunto.

Todo esto me fascinó. Estoy tan cerca de la inexorable pampa pero sin embargo vivo en un lugar completamente distinto con solo cruzar un río. Es magnífico.

Rugen las bestias por la noche.

El crimen los espera, embrutecidos por el alcohol.

El olor a sangre, la ira incomprensible y esas ganas remotas

de vengar su desgracia resentida.

Porque así pasa el ritual de la idiotez entre los tontos. Así también, igual que afuera, se muerden los labios por matarse en un descuido. Estimado Martín, no todo es olor a rosas. Se confunden, se lastiman y juran volver por más castigo. No son conscientes, ya no son hombres, apenas un recuerdo de alguien, solo eso, en esta vastedad que los retuerce hacia el punto de fuga que tampoco llegan a percibir.

Un barrio isleño es así. Así como la sinécdoque enloquecida del trastorno de las ciudades. Lo que ganamos acá es ver bien claro la diferencia entre unos y otros. Casi no hay grises. Son eufemismos baratos de la tragedia humana.

Pero como dijo el barbudo: “la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia”.

Este dualismo agota. Agotan las idas y venidas consentidas bajo la tutela de los agentes del orden. Sabemos muy bien de la oscuridad que se esconde en las ciudades organizadas.

A veces prefiero ver esta manga de monos con navaja que el sainete mediático con el que mandan a la pobreza más extrema a millones mientras unos pocos se roban por enésima vez este país tan generoso.

Quiero volver a un buen recuerdo. A Dipi, por supuesto.

No entiendo la incapacidad que tuvieron los intelectuales capitalinos para ver que ese bastión de brillantez se les iba. Se hicieron los boludos y nadie le dio una mano. Lo dejaron morir como un pobre diablo en Tandil. Si dos notas al mes lo podrían haber salvado de tanto olvido y tanta muerte, al fin. Toda la intelectualidad de los noventa le dio vuelta la cara.

¿Tan jodidos fueron todos? ¿Tan mediocres que necesitaban ocultar esa genialidad desbordada para poner su culito en algún medio con cierta crítica social o venderse por unos mangos más de la cuenta a los medios corporativos, haciendo entrevistas pelotudas, bancarse la ignominia o el espanto, que les arrebataba toda integridad, por comer tanta mierda?

Dejaron morir al discípulo de Witold Gombrowicz.

Pero llego el mesías. Tarde o temprano siempre llegaba. El que nunca olvida. Nuestro querido Ricardo Piglia, quien editó Minga en una genial colección armada por él que se llamaba algo así como la literatura para el recién venido.

No quiero distraerlo más con mis devaneos, amigo Di Lisio.

Espero que esta carta haya sido de su agrado.

Pablo Pagés


23 de febrero de 2021
Tandil, Buenos Aires

Querido Pablo, como aquél hermoso álbum de Milanés del 85

Si te pudieras parar en la intersección de San Martín y 9 de Julio, pleno centro de Tandil, de cara al ex bar Liverpool, encontrarías toda la esquina tapizada con una frase. Veredas y veredas con la frase, letras de dos metros de alto, blanco sobre fondo rojo: “Es poco el infinito para el deseo”. El verso como un tapiz de una obra en construcción, que se erige detrás de la cartelería que rememora, por fin, al gran Dipi:

Quien pudiera deshacer su cuerpo en rocío
Caer sobre tus hombros
Como una lluvia helada
Para estremecerte de otro modo

No puedo darte
El corazón apenas.
Ni apenas todo lo que quiero
Los astros, la Luna, el espacio vacío.

Es poco el infinito para el deseo

Qué rareza linda para esta ciudad, que tuvo su pizca de bohemia y que ahora se debate entre la indiferencia, los avances inmobiliarios sobre las laderas rocosas, lo poco que queda en pie de su pasado metalúrgico y picapedrero.

Qué digo en pie, son estructuras que resisten los embates del viento, crujen oxidadas y de tanto en tanto lagrimean una porción de fierro inútil que se desploma contra el piso. Las ex metalúrgicas son fábricas cerradas, en silencio, que poco a poco fueron muriéndose, apagando las conversaciones de los comedores donde los trabajadores almorzaban, el ruido rítmico de las máquinas, el zumbido de los hornos de fundición, el taconeo de los pasos durante los cambios de turno. Y las canteras son agujeros en la sierra, abandonados a la suerte, algunos llenos de agua formando lagos rodeados de paredes de roca, acantilados de varios metros de alto, agua calma donde crecen juncos y se asientan patos y benteveos. Otros están secos, allí podemos encontrar la maquinaria vieja con la que rompían la sierra para extraer la piedra labrada, los adoquines de las primeras calles empedradas de Tandil y de muchas otras ciudades. Picapedreros italianos, españoles, lituanos, croatas, portugueses y montenegrinos, linda mezcla. La explosión de los barrenos de dinamita que hacían temblar los vidrios de todas las casas.

Vuelvo al verso del Dipi, una sorpresa en esta ciudad con su presente informático, su campus universitario, sus edificios inteligentes, sus rotondas, sus barrios populares que crecen alejándose del valle, hacia la llanura donde las tierras valen un poco menos, sus escuelas fumigadas, rodeadas de plantaciones de soja, sus cabañas y sus hoteles. Su estación de tren devenida en escuela de arte, que espera hace más de cuatro años un nuevo retorno, uno más, del ferrocarril de pasajeros.

Qué mágico ese barrio de la estación, las casas viejas, los bares, las calles empedradas. Una identidad que se eleva por encima de las otras, un centro neurálgico que empieza en el boulevard de la avenida Colón, bajo el perfume de los tilos centenarios que llenan de sombra las veredas anchas. Avanzando en zig zag por el barrio podemos toparnos con el teatro de la Confraternidad, una sala recuperada hace poco más de una década, pero que tiene una historia de casi cien años. En el recorrido también nos cruzamos con la majestuosa esquina de la sede social del Club Atlético Ferro Carril Sud, con los negocios antiguos, bibliotecas populares, con los personajes que merodean en bicicleta por el barrio.

Escribo la carta y paseo por Tandil, por los lugares que me gustan de Tandil. Incluso mi barrio, el Metalúrgico, construido a la sombra de la fábrica Metán, devenida en ruinas entre pastizales. Este barrio tiene algo especial. Acá los chicos juegan en la calle o en el playón, aprovechan los desniveles de la sierra para tirarse en patineta, los vecinos se conocen y se conversan de vereda a vereda, florecen los comercios dentro de las casas: artículos de limpieza, viveros, empanadas donde alguna vez hubo un garaje. Desde este barrio vemos la sierra, el bochón y más allá, tenemos la panorámica de toda la ciudad desde la plaza del avión, donde siempre, siempre hay viento. A unos metros salen senderos para recorrer la sierra, y al fondo, a un par de cuadras, se ve la piedra Movediza, la falsa Movediza como le dicen, que custodia el valle entero.

Y qué distinto este Tandil, la vida entre las sierras y la llanura, con el pulso del delta, con tu casa. Ese laberinto de ríos, arroyos y riachos. Ese ritmo de orillas y muelles, de ver pasar la lancha pasajera, el ruido rítmico del oleaje golpeando la costa. Qué distinto esas viviendas sobre palafitos, por si acaso asoma la sudestada como un volcán bramando lava. Esa correntada que llega de pronto y se queda un rato, de visita, y obliga a los isleños a subir bien alto, a no salir o a escaparse antes del embiste. Qué distinta esa vida de litoral, de delta. Otros olores, otros ruidos, otros bichos, otra temporalidad. En la sierra mirás el horizonte, podés ver de un vistazo todo lo que el valle contiene. En cambio, en la maraña de islas de ese Tigre, cada uno está en su mundo, tranquilo, sopesando que será del resto del día y de los días siguientes, al vaivén del agua y bajo la sombra de los árboles.

Tandil tiene sus arroyos, y su dique artificial. Es toda el agua que puede ofrecer, más allá de alguna cascada débil que se alimenta de las lluvias. Los arroyos tienen nombres originarios, el Chapaleufú o río pantanoso en mapudungún, el Langueyú o sitio de la muerte, el Tandileufú o el arroyo de la piedra que late. La presencia ancestral impresa en la toponimia de los cursos de agua, para siempre marcados en los mapas, surcando la llanura, negándose a desaparecer.

Las últimas sequías atrajeron animales diversos a la ciudad. La sed y el hambre entre las sierras hizo aparecer lagartos y yararás en los galpones y en los patios de las casas dentro del casco urbano. Buscan algo de comer, algo de tomar, quieren sobrevivir. Esas apariciones me dieron qué pensar, ¿cómo será el futuro en estas latitudes? ¿Habrá vida? O incluso más allá: ¿qué pensarán los arqueólogos de los siglos posteriores de la vida en Tandil durante los siglos veinte y veintiuno, durante nuestra existencia? ¿Nos haremos entender como los originarios lo hicieron, denominando arroyos y cerros? ¿Serán suficientes nuestros carteles nombrando calles o nuestras pintadas en las paredes, los dibujos, los grafitis? ¿Alcanzarán esos mensajes para dar una idea más o menos acabada de lo que fuimos? ¿Sabemos acaso qué somos, qué representamos?

¿Qué habremos sido cuando nos intenten comprender en el futuro?

Voy a dejar una copia de esta carta, que ya habla demasiado del pasado, como una pista para que entiendan nuestra nostalgia.

Martín Di Lisio

Esquina de San Martín y 9 de Julio, Tandil. Foto: El Eco – Jeremías Vizcaíno
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