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Pacho O’Donnell: “Benedetti fue un ejemplo de intelectual ante las dictaduras en América Latina”

El reconocido dramaturgo tiene en cartelera A la izquierda del roble, en el Centro Cultural de la Cooperación. Un tierno y generoso recuerdo de su amigo Mario Benedetti.


Por Pablo Pagés. Foto de portada: Juan Tapia

Desde agosto 2021, el dramaturgo Pacho O’Donnell está presentando en el Centro Cultural de la Cooperación una puesta en escena que resulta ser un tierno y generoso recuerdo de quien fue su amigo: Mario Benedetti. A la izquierda del roble (dirigida por Daniel Marcove, con la interpretación poética de Alejandra Darín, la música de Sergio Vainikof y la voz de Marcelo Balsells) traza una pista de despegue donde aparecen entrañables recuerdos de una generación que luchó por sus ideales con la sangre que se derramaba, entre el olor a pólvora y los ruidos de las teclas de una vieja máquina de escribir.

En esta nota repasamos algunos apuntes de su vida y sus ideas, para que el tiempo las levante como un torbellino de otoño, como una brisa atrapada en el tiempo y su espacio definitivo.

Revista ruda

¿Dónde naciste y qué recordás de tu infancia?

Nací en Buenos Aires. Mi padre fue un médico pediatra reconocido, mi madre ama de casa. Una familia bastante normal, formal, donde la fachada era muy correcta. Había unas tormentas y dramas que se jugaban en la trastienda. Mi hermano Guillermo, destacado politólogo, de renombre internacional. Tan es así que, en la Argentina, el día que falleció se estableció como el Día del Politólogo y la Politóloga. Y Alejandro, el segundo -yo soy el tercero- fue un pionero de la nutrición infantil. Dos personas con las cuales me llevé siempre muy bien, generosas conmigo siempre. En mi casa se privilegiaba bastante lo intelectual. Se tenía presente que, de alguna manera, éramos descendientes de Lucio Mansilla, y La excursión a los indios ranqueles era mi libro de cabecera. Por supuesto, luego con los años, aprendí a tener un respeto y admiración por Lucio V. Mansilla y por su tío, Lucio M., el gran héroe de la epopeya de Obligado.

¿En tu juventud ya había aproximaciones al mundo de la cultura, ya sea a la escritura, la poesía o el teatro?

Mi primera obra fue un cuento que escribí cuando tenía siete años. Lo recuerdo. Alguna vez hace tiempo lo encontré y lo volví a perder. Era un chico al que se le había prohibido atravesar un puente porque tenía muchos agujeros. Por supuesto, como pasa con muchos cuentos infantiles, él desobedece, se cae por uno de los agujeros y la madre lo salva. Luego lo reta y le enseña que no debe desobedecer. Es interesante, porque es una metáfora que puedo reivindicar actualmente: la vida como un espacio lleno de agujeros por los cuales uno se puede caer e inevitablemente hay un agujero final por el cual uno se cae. Como alguien decía, todos nos vamos por un agujero. Y creo que es así.

Tu primer incursión conocida en el mundo del teatro es con la escritura de Escarabajos, una obra que se sigue representando al día de hoy. ¿Cómo surgió en vos esa necesidad de la dramaturgia y que recordás de ese momento creativo?

Mi incursión en el teatro creo que surge con mi padre. Tenía una relación difícil con él, era una persona muy ocupada, muy dedicada a su profesión, con poco tiempo para sus hijos, sobre todo para mí que era el más chico. Recuerdo muy vivamente una vez que estuvimos solos los dos, y por alguna razón maravillosa me llevó al teatro. Fuimos a ver una obra cómica que se llamaba “La tía de Carlos”, era actuada por un cómico de aquel tiempo que se llamaba Pablo Palitos, un cómico que ha sido olvidado pero que en aquellos tiempos era muy famoso. Recuerdo que me reí tanto que me caí de la butaca. En realidad, mi alegría no era tanto por la obra sino por estar al lado de mi padre.

“Mario Benedetti era una persona muy bondadosa, muy sencilla. Yo alguna vez dije que él tenía pudor de su inteligencia. No hacía ningún alarde de su conocimiento ni de su capacidad. Cuando estaba luego en confianza se soltaba, y solía tener un humor incisivo y muy penetrante. Fue capaz de ponerle humor a una tragedia”.


¿Cómo conociste a Mario Benedetti y qué fue lo primero que te impacto de él?

A Benedetti lo conocí en el despacho de Eduardo Galeano, en la revista Crisis, en la cual yo colaboré. Una revista muy valiente, que salía en tiempos duros de la Triple A y en tiempos de la dictadura cívico-militar. Era un lugar donde algunos nos reuníamos, sobre todo para sostenernos en momentos durísimos, sostener nuestros miedos. Porque cuando se habla de terrorismo de Estado, es terror. El terror es una vivencia muy particular, que no tiene que ver con el miedo. Es un pariente lejano, pero muy particular. Pero ahí nos encontrábamos un grupo de amigos, entre ellos Benedetti, nos contábamos los que estábamos y los que ya habían dejado de estar. Los tres nos exiliamos, y con Benedetti nos seguimos encontrando en nuestros exilios, porque él giró por distintos lados, pero terminó en España, creo que en Mallorca. Yo estaba en Madrid, pero él viajaba con mucha frecuencia a Madrid y solíamos encontrarnos.

¿Cómo era él en el sentido más humano de la palabra?

Él era una persona muy bondadosa, muy sencilla. Yo alguna vez dije que él tenía pudor de su inteligencia. No hacía ningún alarde de su conocimiento ni de su capacidad. Cuando estaba luego en confianza se soltaba, y solía tener un humor incisivo y muy penetrante. La obra cuenta una anécdota que lo pinta muy bien, cuando estábamos con Galeano, Benedetti y una persona más. Suena el teléfono, atiende Benedetti y escucha lo que le dicen del otro lado del tubo, y dice: “Por favor, las amenazas de 19 a 21 horas”. Es decir, fue capaz de ponerle humor a una tragedia.

Benedetti ha sido un tipo ejemplar de cómo un intelectual debe pararse ante las dictaduras que, en aquellos sesenta y setenta, pululaban en América Latina. Él formaba parte del Partido Comunista y luego fue uno de los fundadores del Frente Grande en Uruguay, es decir que tuvo una participación activa en la política, lo que le costó exilio, lista negra, persecución. También pobreza, vivió gran parte de su exilio en situación de mucha pobreza, que palió en buena medida con los espectáculos que hacía junto con su gran amigo Daniel Viglietti que se llamaba “A dos voces”, del cual hay algunos registros aun en YouTube, que son memorables realmente.

¿Qué función crees que tenía lo poético en esos tiempos donde lo político era un peligro?

Benedetti supo darle un valor total, en todo género. Creo que muy pocos le hablaron al amor como Mario. Y por otra parte, la poesía como un espacio de resistencia. Una poesía que no podía distraerse en abstracciones, sino que tenía que estar en función del combate contra las dictaduras.

¿A qué remite el título de la obra A la izquierda del roble?

Viene de uno de los más bellos poemas de Mario, que no hemos incluido en su totalidad porque es un poema muy largo, pero que coincidimos los que hacemos la obra que nos gustaba mucho. En todo caso, al final, después de los aplausos, cuando vienen y nos los merecemos, hay una imagen de Benedetti dibujada por ese gran dibujante que es Pablo Temes, del diario Perfil, y ahí se escucha la voz de Benedetti recitando las estrofas finales de A la izquierda del roble.

Tu recuerdo de Benedetti, las canciones, esos poemas tan bien recitados por Alejandra Darín, todo reconstruye el ideario de una época pero también habla del costado más afectivo de la misma. Una obra que mantiene el in crescendo hasta el final. ¿Crees que es así, que hay un ejercicio de reconstrucción de la memoria pero también un dejo de nostalgia que evocan los diferentes momentos de la obra?

La obra apunta a algo general y universal, pero también apunta al recuerdo de aquellos tiempos, de los sesenta y principios de los setenta, que algunos recordamos como una etapa realmente luminosa. Una etapa muy signada por la Guerra Fría, donde había una intensidad ideológica, de compromiso con las ideas, que desapareció en gran medida cuando cayó el sistema comunista. Esta obra ha crecido mucho más de lo que yo imaginaba, fue un decano armar de la manera más armónica posible poemas, canciones, textos; y creo que cala muy hondo en la sensibilidad de la gente. Cuando al final canta Marcelo [Balsells], y lo acompañamos Alejandra [Darín] y yo, por supuesto con la música de Sergio Vainikoff, cantamos “Por qué cantamos”, y es impresionante la conexión que tiene con los tiempos que pasan.

¿El amor qué significa hoy para vos?

El amor es una bella estafa, el amor promete completarnos. Cuando nacemos, somos incompletos. El psicoanálisis, sobre todo a partir de Lacan, se basa mucho en la falta, es decir, aquello que nos falta y que pone en marcha el deseo de completud. Pasamos la vida tratando de llenar ese espacio ausente. Y el amor es lo que más se parece a completar a la completud, sobre todo en el enamoramiento, que lamentablemente expira después de un tiempo. Por eso digo que es una estafa, porque el amor promete algo que luego finalmente no cumple. Bueno, es motivo de todas las dificultades, de un matrimonio que supuestamente está condenado a permanecer en nuestras vidas y que finalmente no es así. Excepcionalmente se transforma en ternura, respeto, pero en la mayoría de los casos deriva en tedio, en rutina sin sentido.

Atravesamos un momento de mucha incertidumbre. Apelando a tu vertiente historiadora: ¿cómo crees que la historia va a analizar esta pandemia y los cambios sociales y culturales que trajo aparejada?

La incertidumbre es uno de los elementos más dañinos que ha tenido esta pandemia. Además de la depresión, que tiene que ver con muchas de las pérdidas que hemos sufrido: pérdidas de trabajo, de empleo, de seres queridos, de ahorros; hemos perdido muchas cosas y eso se ha reducido en un gran trauma colectivo relacionado con la depresión, la angustia. ¿Quién no ha tenido angustia, etapas de insomnio? ¿Quién no ha vacilado o dudado? Creo que la pandemia deja una riestra, y todavía no se ha ido, creo que vamos a estar en ella un rato largo. Pero independientemente de eso, nos estamos acostumbrando a vivir una realidad pandémica, que nos contagiemos, nos volveremos a contagiar, pero no debemos dejar de vivir. Y eso es una realidad muy importante que tiene para mí el teatro, demostrarme a mí mismo que a pesar de mis 80 años y a pesar de la pandemia, estoy vivo. Y coinciden varios proyectos. La primera semana de octubre se estrena en El Andamio una obra mía que también dirige Daniel Marcove, que se llama Un papel en el viento. Traen ahora los cordobeses que hicieron una versión formidable de En la furia del viento, que es la obra que estaba ensayando y a punto de encarnar Lito Cruz cuando murió. Está Ricky Pashkus haciendo la versión musical de mi libro sobre Juana Azurduy. Como ves, hay varios proyectos, además de otros. Está la gira de mi obra La tentación en la provincia de Buenos Aires, que comienza ahora a fin de este mes (septiembre 2021). El teatro en este último tiempo ha ocupado una parte muy importante de mi vida.


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