El Pregonero

Enrique Symns | Un apologista del desquicio y la creatividad

El periodista, escritor, y fundador de la mítica Cerdos y Peces, dejó este mundo marcando un camino de irreverencia y transgresión, pero sobre todo de compromiso con los oprimidos. Una breve semblanza sobre quien ya es un ícono de la contracultura.


Por Pablo Pagés. Fotos: Télam

Lo conocí a Enrique Symns cuando estuvo por los años noventa Peter Hammill en la Argentina. Hammill es una suerte de poeta melancólico y brutal. Su potencia expresiva es desgarradora, como un profeta derrotado que ahonda en sus sórdidos laberintos las profundidades existenciales más bellas. Lindante en la tragedia y con una mirada pesimista del mundo. Eso también era Enrique Symns.

Nació en Lanús y creció estudiando esa agriedad que deja el paso del tiempo cuando uno es una suerte de filósofo, literato, dramaturgo, sin tener la menor preocupación por la guita y los intereses.

Fiel hasta la médula a sus principios, medio ácrata, medio reo, medio genio, siempre fugaz, probando puntería por los límites de la sociedad.

“Su verborrágica lengua nunca estuvo condicionada por quienes se mueven en el mundo de las apariencias. Un equilibrista de los bajo fondos de esta ciudad y su cultura”.


Cerdos y peces fue un ejemplo de periodismo independiente y subversivo. Quizá la mejor revista: algo punk, algo rockera, algo maldita y genial. Cerdos y peces fue un acontecimiento único en nuestra historia.

“Nuestra identidad yace sepultada bajo los rótulos con que una sociedad autoritaria pretende reprimir y contener experiencias que, supuestamente, desestructuran el orden comunitario. Porque, en todo caso, no son drogadictos. Son individuos que han decidido desestructurar las coordenadas de la estupidez que rige en los sistemas educativos, religiones, filosofías y éticas vigentes. O son desesperados que quieren ausentarse de un mundo al que no soportan. O, simplemente, son chicos jugando en la calesita de las imágenes y las sensaciones dislocadas.

(…) Porque, en todo caso, en ese grisado general que estampan las etiquetas sobre nuestras experiencias, también podríamos involucrar a todos los que se instalan ‘del otro lado’, los que protegen y custodian un estilo de vida público basado en la uniformidad y la restricción del deseo.

(…) No importa el papel que le haya tocado en esta obra insensata; los hombres sabios y humildes, estén donde estén, van tejiendo la invisible red de un nuevo intento por compartir este mundo sin emparcelarlo ni dañarlo”, decía en su primera editorial en la revista, como quien retrata toda una generación. A una porción de la sociedad que estaba en búsqueda de algo más que acomodarse a los subterfugios del orden y el progreso económico.

Poeta maldito, sí. Sexo, drogas y rock también. Pero demasiado exceso nunca es suficiente cuando se consiguen ganar las batallas contra esta cloaca que solemos llamar “civilización”.


Enrique Symns fue una leyenda viva. Su verborrágica lengua nunca estuvo condicionada por quienes se mueven en el mundo de las apariencias. Un equilibrista de los bajo fondos de esta ciudad y su cultura. Su producción más intensa estuvo desde fines de los ochenta y comienzos de los noventa. Sus libros, que hoy siguen rebotando en jóvenes lectores que los descubren en algún puesto del Parque Rivadavia o en la reedición que elaboraron con delicadeza los integrantes de Orsai.

Trabajó en el diario Crítica antes de que su salud comenzara a joderlo. Ya se lo veía como un fantasma que caminaba por el fin de la noche.

Siempre en la cornisa y sin temor a caerse. Un apologista del desquicio y la magnífica creatividad que conlleva eso.

En esta jungla dónde se busca sin escrúpulos el éxito, Symns fue en vida un enérgico vindicador del fracaso como una forma única de vivir una realidad que se sigue ocultando tras las bambalinas.

Maldito simulacro… Creo que Symns ha vivido destruyendo este teatro espantoso.

Nosotros, que tomamos o intentamos tomar esta noble profesión de escribir y dar la batalla cotidiana desde el periodismo político y cultural, lo despedimos y le damos las gracias por poner una estrella de luz en esta noche aterradora.



Vi por la ventana cómo el grandote se ponía de pie, se sacudía las ropas y, con el rostro ensangrentado, volvía a la puerta del bar e invitaba a su rival a seguir peleando. Afuera se había formado un pequeño tumulto, de hecho yo era el único que permanecía en el bar ya que el cajero y el mozo también habían salido a observar la pelea. El grandote volvió a recibir una terrible paliza y nuevamente regreso por más. No recuerdo exactamente si fueron tres o cuatro rounds lo de aquella despareja pelea, pero sí la expresión preocupada, casi con un poco de miedo del petiso cuando vio regresar al grandote una vez más. Confuso, se dejó rodear por sus amigos, que hablaban de la policía y de lo peligroso que significaba seguir con aquella riña. Finalmente el petiso se fue del bar. El grandote, medio destrozado, se sentó en la misma mesa en donde estaba su café ya frío y, mientras se limpiaba la sangre con la camisa, exigió que le sirvieran otra taza.


Me quedé mirándolo largamente y, cuando le trajeron el nuevo café, se dirigió al mozo, aunque yo siempre creí que hablaba conmigo, porque me miraba a los ojos con una expresión risueña, casi de alegría:


-Hay que volver –murmuró-, siempre hay que volver.


Aún hoy escucho a veces esa voz sin terminar de comprender qué es lo que quiso decir. Pero sé que esa frase seguirá resonando siempre, como un himno guerrero en mi memoria. “

Fragmento de El señor de los venenos – Symms

Buen viaje hacia el infinito, viejo hermoso. Siempre vas a volver.

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