Literaturas

Jorge Hardmeier: “Bustos era un tipo al que no podían encasillar”

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Entrevista al escritor Jorge Hardmeier acerca de su libro de 2018, Miguel Ángel Bustos: Biografía de un poeta militante.


Por Laura Bravo. Fotos Dante Fernández.

La microhistoria es una corriente historiográfica crítica e interpretativa que reconstruye el pasado desde lo particular, se vale de indicios para brindar una comprensión de lo general. Carlo Guinzburg lo aplica a la epistemología, Freud a los síntomas, Holmes a las huellas de arena, Morelli a los cuadros sin firma. Del mismo modo, Jorge Hardmeier junta las piezas de puzzle que le permiten rearmar la vida del poeta Miguel Ángel Bustos.

Culto, exquisito, singular, Bustos es secuestrado en mayo de 1976 por la dictadura cívico militar y asesinado en la Masacre de Sarandí. Luego, un silencio de décadas interrumpido por la persistencia de sus lectores, sobreviene sobre su obra. Hardmeier, el biógrafo, camina tras sus pasos y descubre el periplo del hombre, el detrás de escena de un artista circundado por la inmensidad de su talento, el infortunio económico y la propia angustia.

El libro tiene muchas lateralidades, muchas vías de acceso: la familia, el proceso de escritura, los viajes. ¿Lo pensaste de antemano?

Lo más difícil es encontrar una estructura. Cuando tenés eso, ya está. Lo de la decisión fue después de ese diálogo de bar con [Ricardo] Strafacce. Me dijo: pelotudo ponete a escribir. Cuando llegué a mi casa decidí que lo iba a hacer en primera persona, aunque para una biografía es raro. No sé si raro pero en mi mente, en un principio, no estaba esa opción.

En algún momento lo nombrás como si fuera una investigación detectivesca y en verdad también se asemeja a una de esas películas en las que el amante llega al lugar cuando el amado se fue.

Es que una vez que tomé la decisión de escribir en primera persona fluyó. Me desbordaba la cantidad de material que tenía. ¿Viste cuando se te llena de papeles la habitación y no sabés por dónde empezar? Era un escrito de trescientas páginas. Esas situaciones a lo Burroughs, se cae el manuscrito y no está numerado. Esa decisión me estructuró y ahí me lancé. Igual fue difícil, eran cincuenta entrevistas, en la búsqueda se te va la cabeza.

“Bustos es un conglomerado de situaciones, la mayoría pasionales y casi trágicas: las internaciones, su inestabilidad amorosa, su condición de viajante crónico”


Hablás de un primer encuentro con los poemas fotocopiados. ¿Qué puntos de contacto aparecieron entre Bustos y vos después de aquel primer abordaje?

En ese primer encuentro, el de las fotocopias, Bustos no circulaba, no estaba en libros ni nada. Después pasaron otras cosas, por ejemplo, empecé a escribir la biografía a la edad que tenía Bustos cuando lo desaparecieron, a nueve cuadras de donde nació. Los puntos de encuentro, más allá de esto que es anecdótico, son continuos. Yo me veo en el tipo a veces, inclusive en esta cosa border o ese límite tan difuso entre la locura y la cordura, en ciertas adicciones. Garamona por ejemplo, me ve por la calle y me dice: eh Bustos, me llama por el nombre del tipo, debe ser porque no recuerda mi nombre, entonces la asociación que hace es con Bustos.

¿Cómo Bustos deviene, más allá de la admiración literaria, en esta especie de objeto amoroso?

Sí, hay algo en el orden del amor. Primero me enamoré de su literatura. También influye haber conocido a Emiliano, el hijo de Miguel Ángel, cada tanto nos vemos, aunque con menos frecuencia. Recuerdo que una vez estábamos por Belgrano tomándonos un fernet. Le dije: tenés que hacer la biografía de tu viejo; él me respondió: ni en pedo. Ya había hecho la recopilación de la prosa que es un trabajo monumental. Nos despedimos, llegué a mi casa y dije: yo tengo que hacer esa biografía. Había escrito varias notas sobre Miguel Ángel y sentí esa relación de amor que se da con pocos autores. También me pasa con Macedonio Fernández, vuelvo cada tanto a lo que escribe. Después bueno, Miguel Ángel Bustos también tiene una infinidad de aristas que lo hacen rico: el militante, el poeta, el novio empedernido de varias mujeres. Hay tipos que son tremendos escritores pero tienen una vida quizás más mundana y Bustos es un conglomerado de situaciones, la mayoría pasionales y casi trágicas, por llamarlas de alguna forma: las internaciones de Bustos, su inestabilidad amorosa, su condición de viajante crónico.

Queda abierta la figura de Bustos, ¿fue una elección o fue el modo en que se presentó el personaje?

No es una figura abierta. Sí está abierto el libro. Más allá de su literatura, que es extraordinaria, hay situaciones que te van enamorando. Inclusive algunos planteos, esto da para otro escrito, encuentro puntos de contacto entre la lírica de Spinetta y la de Bustos, lo precolombino, cierta cuestión en torno a Dios, Spinetta lo tiene muy marcado y Bustos también. Eso da para otra investigación o para un ensayo.

Repaso el recorrido de entrevistas. A mí me gusta que Pino Solanas no haya contestado, también que hayas elegido volcar esas cuestiones, los hiatos.

Sí, es una elección la inclusión de las fallas, inclusive de ciertas torpezas. También es una narración de la investigación. Lo que pasa con Mattarollo, era subsecretario de Estado, nos encontramos en un bar, le fui a tocar la espalda y aparece un Mike Tyson de seguridad y casi… hasta que se dio vuelta el tipo y dijo: ¿vos sos Jorge? Bueno, uno no es de ese mundo.

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En ocasiones, cuando uno lee una bio, tiene la sensación de que el protagonista es un personaje para el autor del libro mientras que para su entorno es una persona más. En el caso de Bustos, también es un personaje para ese entorno, incluso por las irrupciones y salidas de escena en la vida de esos otros.

Era un tipo particular. Irrumpía en la vida de los otros y se retiraba. Tenía períodos, me fui asombrando en el transcurso de la investigación, por ejemplo tuvo una relación, no sé si amorosa, cierto amor platónico con Renata Schussheim. Cuando una de sus novias, que es dentista, me dice: ¿hablaste con Renata?, pregunto: ¿quién es Renata? Contesta: Schussheim. En mi cabeza Renata Schussheim era la coreógrafa de Piano Bar, el mundo de Bustos, para mí, era muy lejano. Creo que en esos movimientos, en las irrupciones y las salidas, jugaban bastante las internaciones, te deben correr de ciertos círculos. Él tuvo como diez internaciones. Inclusive hablé con el psiquiatra que lo atendió en el Borda, le tiene una admiración grande y lo vio dos años. Cuando terminó su función de psiquiatra no lo vio más, era así. El vínculo más constante fue con [Alberto] Szpunberg y, obviamente, con la mamá de Emiliano desde que la conoció hasta que lo secuestraron. Diana Bellessi lo vio una vez, después se carteaba. Estos personajes se encontraban de manera fortuita en la calle Corrientes, no había nada programado.

¿Cómo lograste construir ese grado de proximidad con los entrevistados?

Son casos particulares, con Szpunberg había cierto grado de intimidad. Estoy entrenado para las entrevistas, se cómo hacer para que empiecen a hablar, eso lo da la práctica. También depende del interlocutor, hay gente que dice: esto no lo cuento, gente que no quiere hablar. Está Mario Pellegrini que no me deja grabar. Mientras otros están esperando el momento y aseguran: este libro era necesario, entonces largan todo. Boccanera por ejemplo, estaba esperando, fue muy generoso. Otros son reticentes. Tuve al tanto a Emiliano del libro en todo su desarrollo, acordamos que había cosas que era innecesario que estén porque no agregaban nada. Otras sí como la dentista que fue su novia, uno de sus grandes amores. La mujer hace treinta años que no recordaba el tema entonces abrió la memoria y se explayó. Son situaciones diversas, personas distintas, locaciones distintas también.

“Empecé a escribir la biografía a la edad que tenía Bustos cuando lo desaparecieron, a nueve cuadras de donde nació. Los puntos de encuentro, más allá de esto que es anecdótico, son continuos”.


Boccanera dice que las rotulaciones van corriendo detrás de la escritura. ¿Lo corrieron las rotulaciones correctas? ¿O las rotulaciones llegan atrasadas?

No sé si llegan después, la literatura tiene tiempos raros. Una de las tesis del libro, una de las cosas que pienso es que la militancia no agrega nada a su poesía. Las rotulaciones… son medio para la crítica. También rotular, no sé si es necesario, solo sirven para tranquilizarse, uno está más tranquilo si rotula.

Esa falta de rótulo no lo favoreció, quizás si lo hubieran rotulado en su momento como poesía militante lo hubiera beneficiado el rescate post democracia de su poesía.

Era multifacético, cómo lo ibas a rotular. Eso no pasa con Santoro, que es fácilmente rotulable, es un poeta militante, un poeta de los llamados comprometidos. Con Bustos nos encontramos con un tipo al que no podían encasillar, entonces se lo reivindica más como periodista. ¿Viste que tradujeron dos libros de Bustos al inglés?

Leí entrevistas a Lucina Schell, la traductora, enfatiza en su calidad lectora.

Era un enorme lector, sabía seis idiomas. Estaba estudiando rumano cuando lo secuestraron. Otra faceta es esa condición de erudito, tiene una cultura vasta pero la pasa mal económicamente. Esa es otra arista, el padecimiento continuo de Bustos, el tema económico, sabe cosas que son inútiles en un mundo en el que funcionan otro tipo de saberes. Escribía como periodista comercial en La Opinión, no eran bajadas de línea mal sino con altura, con estilo.

La poesía es política pero no es de barricada.

No es: adelante compañeros, no es partidaria o de barricada, como vos decís. No es explícitamente militante pero en El Himalaya o la moral de los pájaros, por ejemplo, respecto a la conquista hay una visión política clara, un angular mayor.

También está esa búsqueda de lo espiritual.

Tuvo una relación espiritual, casi un místico a veces y milita en el PRT, la guerrilla marxista o guevarista.

El poeta no tiene prejuicios.

No, claro. Santucho cuando empezó era un movimiento indigenista y Bustos tenía una fascinación con todo lo precolombino, con los pueblos originarios. Creo que por eso se engancha un poco en el PRT.

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¿La búsqueda de lo espiritual se conecta con las búsquedas en el orden de lo precolombino? ¿O con la cuestión de la enfermedad mental? Lo pregunto porque a veces lo místico es recurrente en algunas patologías.

Bustos estaba en una búsqueda constante de Dios. Tiene una fascinación con todas las religiones justamente porque no era un dogmático. Inclusive en una parte de El Himalaya dice: “en el casamiento atroz del moño con ese traje azul, el primero de los tristes uniformes…”. En la prosa también aparece su fascinación con todo lo religioso, inclusive con lo oriental. También Viel Temperley tiene una búsqueda en ese orden pero Viel es mucho más dogmático, medio católico inclusive: Vengo de comulgar y estoy en éxtasis.

Los dibujos de Bustos también linkean, no sé si con el surrealismo, quizás con imágenes a lo Xul Solar aunque sin color. Esos lugares van hacia como zonas más sincréticas, incluso como el dios precolombino o como la variedad de dioses precolombinos.

Sí, viene por ahí, puede ser. En los dibujos también hay mucho de esta impronta precolombina. Emiliano dibuja también muy bien. En el dibujo son parecidos, en la poesía no, nada que ver con el padre.

¿Cómo progresa tu relación con Emiliano?

Cuando sacamos el número 1 de una revista que armamos a fines de los ’90 ya estaba la admiración por Bustos. Con la chica con la que la hacíamos coincidíamos en esa admiración entonces decidimos dedicarle la nota central. Empecé a buscar material, me topé con un libro de Emiliano, lo había editado Ediciones Tierra Firme, la editorial de Mangieri, él me pasó el teléfono de línea de Emiliano. Lo llamé y se sorprendió porque Miguel Ángel en esa época era leído en un círculo pequeño. Emiliano era joven, tenía 27 años, le hicimos una entrevista, salió un poema inédito de Bustos. Emiliano escribió durante varios números hasta que tuvo un par de choques con la directora, lo seguí viendo. Me parece que hubo cosas que no le gustaron del libro. Yo siempre le aclaré: no voy a hablar complacientemente, laudatoriamente, tené en cuenta que es una investigación hecha desde el amor. Pero no sé si no entendió o le molestó algo. No fue a ninguna presentación, tampoco me escribió para decirme: ché, qué cagada te mandaste. Es un pibe particular, tuvo muchos problemas, tuvo una vida compleja con lo del padre. Tampoco yo le escribí.

Y durante el proceso, ¿qué tipo de datos te aportó?

Cuando le dije que iba a empezar, me tiró tres o cuatro teléfonos entre ellos el de Szpunberg, no sé de quién más, no recuerdo. Lo que yo hacía era que estuviera al tanto de lo que estaba sucediendo o de lo que estaba investigando.

¿Cómo fue el encuentro con Szpunberg?

Szpunberg vivía en San Telmo en un departamentito de dos ambientes, ahora vive en Barcelona. Me recibió bárbaro, estuvimos un montón de tiempo tomando mates, fumando un cigarrillo tras otro. Tomamos un whisky, ya estaba enfermo, tenía cáncer, recuerdo que andaba con bastón y se atendía en el Hospital Italiano. Yo le ofrecía acompañarlo, se negaba, aseguraba que se había bancado cosas peores. Lo ví un par de veces más hasta que se fue a Barcelona porque sus hijas viven en Barcelona, acá no tenía nadie que lo cuidara. Un tipo entrañable.

¿Cómo describe su relación con Bustos?

En esa época se conocían todos en los bares, ni se acuerda cómo se conocieron, quizás en un bar o alguna librería. Se hicieron amigos y después se juntaron, como sucedía entonces, encuentros casuales, circulaban en los mismos espacios. Ahí empiezan a robar libros con Szpunberg, se juntaban mucho para eso. Eran los dos del PRT pero uno no sabía del otro, épocas raras. Szpunberg, aparte, era del ERP, Bustos no. Todo el PRT aparte era del ERP. Tenían una amistad grande, que te cuide al gato solo se lo pedís a un amigo. Hizo un ejercicio de memoria, al momento en que lo entrevisté tenía 80 años o más. ¿Viste cuando uno hace el esfuerzo por recordar algo que no intentó recordar en décadas?

“Santoro es la figura paradigmática de la poesía militante pero con Bustos se complica en ese sentido, desaparecieron el cuerpo y después desapareció la obra también.”


¿Qué tipo de vidas tenían los hermanos de Bustos?

Muy disímiles, uno murió hace poco, era pintor, muy buen pintor, fue con quien más relación tuve. Otro vive en Nordelta, un tipo de mucha guita, muy raro. El más chico tiene una ferretería, una vida, por lo poco que lo conozco, tranquila, familiar. El de Nordelta, yo que sé, ¿se puede decir garca? Empezó teniendo cabarets… ese tipo es un garca. Todos con cierto grado de incomprensión hacia su hermano, salvo el más chico.

Quizás tiene que ver con esto de lo patológico, produce fricciones, desgaste.

Sí, supongo habrán padecido en parte eso. No solo las internaciones, tuvo tres o cuatro intentos de suicidio, eso es fuerte.

¿Se conocen los detonantes?

Uno fue fortuito creo, antes dijimos que era un buscador. Szpunberg me contaba que el 24 de marzo, o esos días de marzo, estaba en Corrientes y Callao repartiendo Estrella roja, es una forma de suicidio también eso. Quizás me equivoco, lo pongo por el lado de la búsqueda que incluye la muerte, crear tu propia muerte. No sé, capaz estoy divagando pero tenía esa relación de amor-odio con la muerte.

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La militancia, por lo que cuenta tu libro, era acotada.

Escribía en el periódico.

¿Y la mujer que afirma que militaba en el mismo lugar que ella?

¿La que no nombro? Esa mujer, corresponsal de Clarín en la actualidad, pidió que no la nombre, fue la única que me dijo que Bustos intervino en acciones armadas. Estuvimos hablando por horas, después a los diez días recibo un mail diciéndome que no quería que ponga su nombre en el libro. Le pregunté: ¿puedo saber las razones? Contesta: no quiero que aparezca mi nombre. Por eso le puse un nombre macedoniano: la que no quiere ser nombrada, algo así. Es la única fuente, no sé la militancia que tenía. El periódico seguro, después no sé qué laburos haría: repartía diarios, ese tipo de cosas. Era acotada su militancia. Santoro es la figura paradigmática de la poesía militante pero con Bustos se complica en ese sentido, desaparecieron el cuerpo y después desapareció la obra también.

En este momento se vive un resurgimiento.

Un pequeño movimiento.

Lo bueno es que es desde lo poético.

Claro, en mi libro hubiera dejado: Miguel Ángel Bustos, poeta. Ahí tuve que negociar con la editorial porque querían otro título. Quedó así, ahí transé: poeta militante, empecé a justificarme, puede ser militante de la poesía.

Si volvemos al tema de tesis e hipótesis, lo de la militancia no está debidamente validado, lo de poeta sí.

También le pasó algo fuerte, de hecho lo mataron por eso. No sé quién lo dice pero los primeros que desaparecen no son los de fierro, van primero por otros. Inclusive Gleyzer desaparece el mismo día que Bustos. Fueron primero por ellos, no sé cuál era la estrategia. Pero para mí hablar de un poeta de los ’60 es una mera cuestión cronológica, solo eso. También es una reducción coloquial calificar a la poesía de los ’60 como militante. Debe haber otra cosa, quizás quedaron en el olvido. Como te dije, rotular tranquiliza, tipo manual de secundario: la Edad Media es de tal año a tal año. Nos quedamos tranquilos. Este era surrealista, aquel hace rock.

Si uno se corre de la poesía y mira el arte de los ’50, los ’60, era un cóctel heterogéneo, no necesariamente militante. Había como proximidad con el mundo particular. ¿Sabés qué música escuchaba?

Era fan de Los Beatles.


Hardmeier sonríe, termina su cerveza. La charla se vuelve heterogénea, diversa, rizomática como la bio del poeta, apoyada entre los vasos sobre la mesa de madera.


Miguel Angel Bustos Jorge Hardmeier

Jorge Hardmeier
Miguel Ángel Bustos: Biografía de un poeta militante
Ediciones Lamás Médula

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