Literaturas

Alejandro Huberman: “La violencia que se ejerce sobre la sociedad es atroz”

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Médico y psiconalista de larga trayectoria, se animó a su primera novela a los 76 años. Un texto construido en la memoria viva sobre el terrorismo de Estado y las experiencias profesionales que sirvieron para ficcionalizar mecanismos de la condición humana.


Por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale

No hay forma de mirar el horizonte en cada tarde gris y desolada de Palermo y no representarse el cuadro de una época oscura e imborrable del país. Las hojas se acumulan como borlas en las canaletas: amarillas, secas, moribundas. Un pibe con la remera de Boca pasa con un changuito lleno de cartones mirando de costado los tachos de basura rebalsados. Esquivando camionetas, maniobrando su existencia, cruzando por torres en cuya entrada hace guardia un televisor con la cara de algún idiota desde un call center. La violencia está a la vista. Los setenta solo mutaron en formas amables de opresión, en cárceles mentales, en explotaciones voluntarias. En su primera novela, La sombra argentina (El Bien del Sauce), Alejandro Huberman habla del terrorismo de Estado, pero de una violencia no únicamente explícita, la de los cuerpos torturados y arrojados por la Armada en los llamados “vuelos de la muerte”, sino también de esa otra violencia solapada, silenciosa, reflejada en una sociedad temerosa, sin ánimos de acercarse a las rondas de las Madres; de una Iglesia enfrentada entre la propuesta social de los tercermundistas y el odio aristócrata de clase simbolizado en la aptitud monaguillesca de Jorge Rafael Videla, un exorcista de los pecados de una sociedad subversiva.

“Yo no había militado en nada”, recalca Huberman que explica cómo la construcción narrativa lo fue empujando a una época oscura, plagada de situaciones angustiantes que hasta el día de hoy siguen saliendo a la luz. “La idea surgió de una vez que iba con mi hija, que debía tener unos tres o cuatro años, a un shopping y en cierto momento ella desaparece de mi lado. El susto que me di y todo lo que pensé en segundos hasta que volví a verla a unos pocos metros hablándole a un guardia fue el disparador. Es increíble cómo el proceso creativo se da de la manera más insólita. A raíz de eso me surgió la idea de la lucha de un padre biológico con uno adoptivo. Después vino la necesidad de darle un entorno, un momento temporal”, explica respecto al curioso punto de partida de la novela.

“Era muy difícil de creer que en la ESMA funcionaba un campo de concentración, parecía de ciencia ficción”


Un relato que se centra en dos parejas, la de Juan y Cecilia, con ciertos problemas para concebir a un hijo; y otra de militantes, la de Griselda y Eduardo, acechada por un Estado sangriento cuya mano ejecutora corre por cuenta de Emilio Eduardo Massera, el jefe de la Marina con aspiraciones caudillescas y roce con el jet set. “Su ambición no tenía límites y no tenía ningún reparo en hacer lo que se tenía que hacer para conseguir su fin”, explica Huberman. En ese cruce de relaciones entrará en juego “Pepe”, el hijo bastardo del almirante. Un personaje que el autor, en su mecanismo de transformar lo real en ficción y la ficción en realidad histórica, reconoce basado en el paciente de una colega, un hombre que tenía a su madre embalsamada. Ese carácter complejo, hijo de un genocida y de una madre muerta a la que le escribe cartas en su bóveda, atravesará la frialdad de la matanza organizada hacia el arrepentimiento culposo, el mismo que nunca logró la cúpula, podrida en el cinismo de la “guerra interna”. “La violencia venía de antes, con el bombardeo a Plaza de Mayo en el ’55. Después siguió con López Rega y la triple A. Esa violencia hacía que se viviera un clima insoportable. Todos teníamos ganas de que se terminara el gobierno de ‘Isabelita’ porque era un caos total, aparecían cuerpos fusilados, tirados en las calles. Después todo se volvió más solapado”, recuerda Huberman.

Los setenta aparecieron después, en la realidad descarnarda: “Yo tenía una paciente que era periodista en TXT, ella me traía un ejemplar de regalo cada vez que venía. En uno de esos números apareció un trabajo acerca de los cadáveres que aparecían en Santa Teresita y el resto de la costa. Eso me impresionó mucho. Ahí es donde tomé contacto con los vuelos de la muerte y el libro de [Horacio] Verbitsky”, dice sobre ese armado del contexto narrativo que incluye un importante material historiográfico anexado al final del libro. El foco está puesto en el momento donde cientos de personas eran arrojadas desde los aviones de la Armada hacia el mar. Entre muchas de ellas estaba Azucena Villaflor, fundadora de Madres, enterrada como NN junto a Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco en el cementerio de General Lavalle. Los cuerpos, para diciembre de 1977 empezaban a aparecer sobre la costa bonaerense, como una evidencia al descubierto del terror sembrado en poco más de un año.

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Alejandro Huberman habla con una voz suave, lenta y educada, como un párroco de pueblo a punto de pedirte dos padrenuestros y un credo. Su consultorio está rodeado de estantes de libros: colecciones y enciclopedias. Pero no todo es científico: se destaca uno de Ennio Morricone apoyado entre las hileras. Hay algo que no deja de llamar la atención, su afán por el ajedrez, por el arte de la lógica. Él señala del otro lado de la sala, allí están los trofeos encima de un mueble, pedazos de su vida, del goce a tiempo reloj. Uno de los personajes periféricos de la novela es Miguel Najdorf, el Gran Maestro del tablero que escapó de Polonia, caída la Segunda Guerra, y llegó a tierras argentinas. “Él empezó su vida acá en la pobreza total. Cuando vio que no podía volver, ya que se había declarado la guerra en Polonia, consiguió ciertas mercaderías en el Once y recorrió toda la Avenida Rivadavia hasta Liniers vendiendo puerta por puerta. Así empezó. Era un tipo con una visión notable”, dice. Pero más allá de esa figura, la novela toma la forma del juego, se contrae por movimientos que van clarificando un relato de fondo, el del terror normalizado. El autor recuerda un viaje a Europa en el ’78 que le abrió los ojos respecto a la realidad política y social argentina. “Era muy difícil de creer e imaginar que en la ESMA funcionaba un campo de concentración, parecía de ciencia ficción”, dice Huberman.

Buena parte del relato atraviesa los hechos que transformaron al padre Carlos Mugica en una figura necesaria dentro de la memoria social. Huberman hace pie en el cambio de perspectiva que lo llevó de un linaje aristocrático a una labor sesuda y comprometida con los barrios populares. “Mugica apoyando a los tercermundistas mostraba todo su interés por defender al Cristo que se ocupaba de la gente necesitada. Eso lo hacía más entrañable todavía”, comenta. Su decisión de no tomar las armas, como requería Montoneros, no fue suficiente para que López Rega no viera en él una amenaza creciente contra los intereses del oscuro Ministerio de Bienestar Social que comandaba y por un afán de poder que, al igual que Massera, era a costa de la sangre del pueblo.

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Una digresión. En el intercambio de correspondencia entre George Orwell y Aldous Huxley, este último le confiere un presagio al autor de Rebelión en la granja: “la pesadilla de 1984 está destinada a modularse en la pesadilla de un mundo que tiene más parecidos con lo que imaginé en Un mundo feliz (…) el deseo de poder puede quedar tan completamente satisfecho si se sugestiona a la gente para que ame su servidumbre como si se le obliga a obedecer a base de latigazos y patadas”. ¿La violencia cesó o solo cambió su forma de ejecutarse? ¿Seguimos siendo violentados por armas modernas? ¿Afianzamos la intolerancia y la persecución política? Huberman reflexiona: “La violencia que se ejerce sobre la sociedad es atroz, la mentira, el ocultamiento. El gobierno todavía tiene el descaro de decir que las cosas andan bien y que la inflación está controlada. Es muy psicotizante, porque es como negar tu percepción. Uno ve todos los días que la gente se muere de hambre pero ellos te dicen que eso no pasa.” Es interesante repasar los hechos descriptos en La sombra argentina, el de los asesinatos en los campos de concentración, la tortura sistematizada, los Falcon verde patrullando las calles en busca de presas, entre muchas atrocidades, y pensar en el efecto que esas verdades causaban para gran parte de la sociedad: la negación, la duda, la imposibilidad de que actos de tamaño horror pudieran cometerse a metros de nuestras casas, a poco del estadio mundialista donde se gritaban los goles de Kempes. ¿Es posible que ese sometimiento continúe bajo mecanismos de menor percepción? La cotidianidad está plagada de terrores: presos políticos, mendigos prendidos fuego en la calle, empresas que hacen lockout y dejan a cientos de familias sin sustento, medios que arengan al purismo ideológico y exacerban los odios de clase. Vale rescatar una premisa de Carlos Mugica incoporada en la novela: no quedarnos “pasivos ante el maltrato institucionalizado”. Aquel terror tan cruento que solo era posible bajo las sombras, de a poco se permea bajo el sol del pueblo trabajador. Ricardo Forster decía a propósito de la tesis de Walter Benjamin, “la historia aparecía como el gran escenario del mal, como el terrible sitio donde se consumaba la opresión; pero también era el único lugar en que podía combatirse en nombre de los vencidos de ayer”. Esta novela es un empujon más en esa lucha.


alejandro huberman - la sombra argentina


Alejandro Huberman
La sombra argentina
El Bien del Sauce edita

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