Literaturas

Alejandro Horowicz: “El capitalismo sometido a su propia gramática es una marcha hacia la catástrofe”

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¿Por qué la Revolución termina siendo empujada hacia el abismo del mito cuando todas nuestras posibilidades de bienestar derivan de sus partos históricos? Esta es la pregunta que merodea la reciente edición de El Huracán Rojo de Alejandro Horowicz.


Por Cecilia Cechetto. Fotos Dante Fernández.

Quienes se entregan, el domingo a la tarde, al sopor de la siesta o le dedican tiempo a las plantas de los jardines del barrio de San Cristóbal, lejos están de imaginar que la ley de descanso dominical impulsada por el socialista Alfredo Palacios en 1904 fue aprobada luego de grandes huelgas, represión y la muerte de jóvenes obreros. El barrio descansa y en él también se adormece la historia. Bajando por Urquiza hacia la calle Constitución una escultura gigante nos mira con sonrisa lisérgica desde la vereda de enfrente, es el busto de Carlos Gardel. Su efigie custodia, en la Plaza Martín Fierro, los restos de los emblemáticos Talleres Vasena, protagonistas de la “Semana Trágica” ocurrida hace cien años, cuando corrieron ríos de sangre obrera en Buenos Aires por pedir la reducción de la jornada laboral y el pago de horas extras. El profesor Alejandro Horowicz nos recibe en su estudio, que está rodeado por una extensa biblioteca que forma las paredes del amplio espacio. Al entrar, un cuadro mongol antiguo de furioso rojinegro ejerce de peaje: la imagen reproduce la escena de un niño que le entrega la cabeza de una especie de Gengis Kan a un anciano. La juventud, la fuerza y la sabiduría en una extraña representación del tiempo. Llegamos cuando promediaba la tarde, a las four o’clock y por tanto fuimos recibidos con un té inglés que por su sabor floral se parecía más a algún exótico “licor” asiático. Mientras tanto un ejemplar de Bartleby, el escribiente de Herman Melville, gritaba desde la biblioteca su famoso “I’d prefer not to” (preferiría no hacerlo), frase que definió con simpleza el campo semántico del instrumento revolucionario de las masas obreras mundiales: la huelga.

Al inicio del libro, hablás sobre tu genealogía socialista y reconocés que en parte la obra se trata de un tributo a los héroes de tu familia. ¿Cómo te llegaron esas historias? ¿por transmisión ideológica o relatos más cercanos al mito?

Vos incluís una palabra muy compleja que es “mítico”. Hay una tensión evidente entre lo histórico y lo mítico. Es casi un lugar común desde que Mircea Eliade escribió sobre el problema del tiempo histórico y el tiempo mítico, la tensión entre ambas cosas y de cómo el mito se devora la historia. La primera cuestión es que mi aproximación a la Revolución Rusa es de carácter existencial. Es decir, yo escuché a testigos directos que participaron en ese proceso. Mi contacto existencial con el problema de la Revolución Rusa, mi idea de lo que había básicamente pasado en la Rusia Soviética: ¿qué significaba el estalinismo? ¿qué implicaba la IIGM?, no eran aproximaciones librescas. Yo tenía un contacto de primera mano con eso. Tengo muertos en prácticamente todas las grandes tragedias históricas del SXX. Tengo tíos que fueron oficiales del ejército rojo, parientes fundadores del movimiento kibutziano en Israel, una prima hermana de mi papá fue responsable militar de la guerrilla antifascista. El historiador del gueto de Varsovia, Emanuel Ringelblum, es mi tío abuelo. Es decir, tengo una relación de implicación con estos temas que no surge simplemente de una charla con mi editor para ver qué tema elegíamos para el próximo libro. El segundo asunto es que mi generación tuvo básicamente dos problemas centrales de su tiempo que eran el peronismo y la revolución socialista. Esos eran los temas que se estudiaban cuando yo tenía 17 ó 20 años. Había que entender qué cuerno era el peronismo, había que entender cómo se hacía una revolución socialista en esta parte de la tierra. Mientras el socialismo fue una bandera importada, por así decirlo (hasta que la revolución cubana nos muestra un camino latinoamericano particular para el socialismo), esto parecía una cosa que sucedía muy lejos: en China con Mao Tse Tung, o sucedía con el ejército rojo después de la IIGM o con los bolcheviques en 1917.

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En el libro identificás a la imagen del “traidor” como prototipo y programa político de cualquier revolución y lo conectas con el género femenino en el Génesis bíblico. Eva (la primera mujer, pero también podría ser Eva Perón a 100 años de su nacimiento) es el modelo del primer traidor y el programa de cualquier revolución. A su vez, luego serán otros traidores los que de alguna manera clausuran la revolución…

Es un tema que tiene una importancia enorme en la lógica y en la gramática de todos los procesos revolucionarios. Quien de un lado de la colina es el traidor, del otro lado de la colina es un héroe. Y viceversa. Entonces, el problema es traidor para qué y por qué aparece la traición. Para los bloques de la clase dominante, para el poder tradicional la revolución nunca es su responsabilidad. La revolución es siempre un acontecimiento exógeno. Sucede gracias a un conjunto de hombres y mujeres entrenados por una potencia extranjera, con dinero, cómplices, etc. Esta es una explicación clásica que tiene en la Revolución Francesa, si querés, su punto más claro. Allí se ve qué clase de relaciones mantiene Luis XVI con sus amigos, otras monarquías europeas, que tienen claro qué significa la Revolución Francesa: es una clarinada que anuncia el fin de un tiempo y ese final los incluye en primera persona del singular. Es decir, no lo pueden leer como un mensaje histórico general en un libro de texto sino como una catástrofe. Ahora bien, del otro lado del río, eso es ni más ni menos que la aceptación de que un orden arcaico, apolillado, descompuesto, inútil que de ninguna manera es maravilloso, ni mucho menos, llega a su fin. El período del “terror” de la Revolución Francesa se muestra como un ejercicio infantil al lado del terror sistemático anterior: el de la tortura como método y la inquisición como programa. Un orden horripilante que puede jactarse de lo bien que trató a un hombre como Galileo Galilei porque sólo le mostró los instrumentos de tortura y reconoció cuatro siglos más tarde que eso no estaba tan bien. El habeas corpus y todo el derecho universal se constituyen sobre esta base revolucionaria: garantizar el cuerpo de cada uno de los que están allí y entender que el Estado y la Ley están para garantizar eso en primer lugar. Esto es la gran novedad y lo que funda ni más ni menos la revolución. El problema de la traición, filiado hacia atrás, efectivamente nos lleva hacia Eva. Yo les hago a mis alumnos en la universidad la siguiente pregunta: ¿qué orden político supone el génesis? Y todos se quedan callados porque jamás pensaron que eso era un orden político. Y sí claro que es un orden político: la divinidad nunca puede ser cuestionada y cualquier cuestionamiento de la divinidad equivale a la muerte. La primera cuestión es entender que los que vivían en el paraíso, tanto Adán como Eva, eran hasta ese momento inmortales y comen del árbol del bien y del mal. El Dios de ese relato expulsa y condena a muerte a los otros dos porque no está dispuesto a discutir democráticamente con ninguna divinidad nada. Y Eva es “la responsable” de esto, si uno mira el orden del relato, es la que cuestiona la autocracia existente. Pues bien, la rebeldía de las mujeres si se quiere hilar finito viene desde allí, de que las hacen responsables de nuestra expulsión del paraíso, es decir, responsables de que nuestras condiciones de existencia idílicas, que de ninguna manera eran tales, pasen a ser este mundo horroroso. Y fijate cuál es la condena: parirás con dolor y además trabajarás el resto de tu vida. Estas son las dos condenas bíblicas. De modo que, simplemente, tenemos que entender que la defensa del orden establecido, de todos los órdenes establecidos, no es una defensa ni ingenua ni inocente. Es, en cambio, de un conservatismo sangriento y terrible.

“Los buenos argumentos tienen que conseguir masas sociales dispuestas a defenderlos. Porque a la cuarta vez que vos escuchas un buen argumento, deja de ser eficaz y pasa a ser un discurso”


Como metodología de análisis desarrollás la idea del “Doble Poder” que conduce a la guerra civil. ¿Se relaciona con la idea de la grieta social?

Cuando nosotros establecemos el conflicto social y los antagonismos sociales, estamos planteando implícitamente la posibilidad del doble poder. El secreto es que ningún poder real existente puede ser puesto en entredicho sin ser primero cuestionado en el mundo de las representaciones. Cuando uno mira la monarquía absolutista de Luis XVI, hay que recordar que antes cuando todavía el monarca no temblaba y nadie avizoraba una revolución tan próxima, se produce un fenómeno como el de la Enciclopedia. Al comienzo es una traducción del inglés al francés y pasa a ser luego el centro de una nueva sensibilidad que mira en el oscurantismo anterior y en el comportamiento de la iglesia una trivialidad. Y Voltaire, que no era un bolchevique ni mucho menos sino que se carteaba con Federico de Prusia y hasta con Catalina de Rusia, tenía la rara aptitud de poder formar parte al mismo tiempo del pensamiento más radical y tratar a los hombres del poder real sin menoscabo alguno. La Enciclopedia en ese entonces no es ni más ni menos que la idea burguesa de que el mundo entero puede ser alfabéticamente ordenado y dar cuenta de ello, ya no como en el aleph del texto bíblico en ninguna de sus versiones sino como un recuento riguroso hecho desde el punto de vista del conocimiento existente para el conjunto de los mortales. Y que el conjunto de los problemas tiene solución racional posible. No es casual que Hegel establezca la relación entre razón y revolución. No es un hecho que sucede simplemente en la cabeza de un alemán inteligente. Es el horizonte de todo un tiempo. Sin la puesta en crisis de las representaciones ninguna revolución es posible. Esto constituye una primera victoria en el terreno de las representaciones. Ahora bien, la idea de que un buen argumento por sí solo logra la transformación de las cosas es ingenuo. Los buenos argumentos tienen que conseguir masas sociales dispuestas a defenderlos. Porque a la cuarta vez que vos escuchas un buen argumento, deja de ser eficaz y pasa a ser un discurso del que el otro se puede reír amablemente.

En los ‘80 el neoliberalismo aplicado por el tándem Thatcher-Reagan hegemoniza la política mundial. El ciclo contrarrevolucionario que triunfa en 1989 ¿está llegando a su fin? ¿Se puede usar el método aplicado en tu libro para pensar el momento actual?

Es cierto que en 1991 hubo un vencedor global en el conflicto de la bipolaridad entre la Unión Soviética y los EEUU. Estos últimos derrotaron a la URSS y negarlo sería trivial y poco serio. Se trató de una victoria del capitalismo, sin ninguna clase de duda, y mostró por qué la visión estalinista del socialismo era una visión que podía dar cuenta de una revolución nacional pero de ninguna manera de la construcción del socialismo. Y lo que se denominó el socialismo real, no sólo era una caricatura de lo que se tenía que entender por socialismo, sino que era incapaz de derrotar el capitalismo. Porque el capitalismo no funcionó nunca a escala nacional, sino que lo hace a escala planetaria. Cuando Marx analiza el fenómeno capitalista en su tiempo, había un adentro y un afuera del mercado mundial. En ese adentro del mercado mundial, cuando Marx escribe El Capital con la situación económica de 1865, la porción que quedaba afuera era mucho más grande que el mercado mundial. En 1991 el mercado mundial y el planeta tierra se volvieron exactamente la misma cuestión. Ahora bien, hete aquí que en 1978 en China iniciaron un programa denominado “las cuatro modernizaciones”. Entre esa fecha y hasta la actualidad, a partir de este programa, se ha producido una transformación no muy pequeña en ese país. En números: en 1960 con 2000 millones de habitantes en el mundo, los chinos eran 700 millones y el ingreso a valor actual era de U$D100 per cápita; hoy con un total de 7000 millones de personas en el mundo, mientras que ellos son 1300 millones su PBI se multiplicó 8600 veces. En la historia del mundo esto no ha pasado ni una sola vez en ninguna parte. Al mismo tiempo, creer que en China rige el capitalismo de mercado es de un nivel de ingenuidad que ni siquiera sostiene el más trivial analista del FMI. Es evidente que el Comité Central del Partido Comunista Chino decide exactamente cada una de las cosas en el marco de una economía planificada. Al mismo tiempo que el resto del mundo no deja de estar más o menos en crisis, China ha crecido ininterrumpidamente a lo largo de casi cuarenta años. Y creer que lo que hoy pasa con China no tiene nada que ver con la Revolución Maoísta es, de nuevo, ser extraordinariamente simplote. Entonces, si Trump tiene que declarar la guerra comercial con China es por el déficit comercial que no es otra cosa que la incapacidad de competir a cielo abierto con la otra economía. Pues bien, el dato actual es que ninguna economía está en condiciones de competir con la economía china mientras la burguesía china no toma la más mínima decisión política de nada, ni le interesa ni lo intenta. Es decir, que la dirección del Partido Comunista determina el funcionamiento de todas las empresas públicas y privadas radicadas en territorio chino. Y Trump tiene que iniciar la guerra comercial con China y no al revés, y este dato nos da cuenta de quién va ganando. Además, tenemos que entender que la especialización del trabajo ha cambiado de tal manera que sólo una pequeña fracción de los que trabajan en este mundo está en condiciones de producir lo que consume el mundo entero, en consecuencia el capitalismo es un anacronismo absoluto. Las condiciones en las que vivimos no tienen demasiado que ver con que la productividad social es insuficiente, como en otros períodos de la historia, sino básicamente con que una clase decadente, inepta y económicamente incapaz rige del peor modo los destinos políticos sometida a la gramática del capital. Cuando miramos Europa, vemos exactamente eso: una unidad política y monetaria que no tiene unidad fiscal y con el cuentito de la soberanía se desfinancian los Estados. Entonces o en Europa se distribuye teniendo en cuenta que Grecia no es Escocia o que las necesidades sociales no son iguales en Irlanda que en Alemania o efectivamente eso va a estallar. Y un estallido de esto no va a ser un pequeño problema para el mercado mundial y sus posibilidades de continuidad. Mientras tanto, China no tiene ninguna de todas estas amenazas. La ventaja China empieza a ser decisiva. La etapa de desregulación financiera condujo a la derrota de EEUU. La crisis bancaria de 2008 es el resultado de esa desregulación. El capitalismo sometido a su propia gramática no es otra cosa que una marcha hacia la catástrofe.

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En la descripción de los debates del socialismo ruso destacás la importancia de una carta “perdida” de Marx a Vera Zásulich. De la mitología sobre el autor nos llega que él esperaba la revolución comunista de manos del proletariado inglés y que jamás hubiese esperado que la revolución estallara en Rusia, el país más retrasado del capitalismo europeo. Pero en esa carta Marx analiza el potencial revolucionario de las obschina (comunas campesinas rusas). Esa carta ¿conecta en nuestro presente con el comunalismo internacionalista (ecologista y feminista) que se practica, por ejemplo, en Rojava o con el movimiento katarista en Bolivia?

Esa carta fue encontrada a comienzos del SXX por David Riazanov, a quien le debemos la sobrevivencia de las obras completas de Marx. Hay dos repositorios de esa obra: uno es el instituto que él fundó en Moscú, el MEGA y el otro es el Instituto de Investigaciones Históricas de Amsterdam que también conserva todos los microfilms de las obras de Marx. Sin tratar de hacer una especie de ridículo autobombo, yo creo que pongo en valor esa carta porque muestro en mi trabajo qué importancia tiene en el debate político ruso y europeo. Por otro lado, Marx sabía perfectamente que la Revolución Rusa era una precondición de la revolución europea. Lo tenía muy claro por su propia lectura del ‘48. Cuando Marx entiende que el zar es el gendarme de Europa, él sabe que para vencer en Europa es preciso destruir al zar. Por eso, cuando en 1856 se produce la guerra de Crimea, Marx está muy contento porque tiene la esperanza de que la invasión franco-británica destroce al zar. Por otro lado, no comparto lo que decís acerca de que el comunalismo sea el mecanismo adecuado para la derrota del capital. El capitalismo en la época de Marx estaba en un punto y hoy está en otro punto y no es el comunalismo el que nos va a llevar a un socialismo del futuro, sino un gobierno democrático mundial. Desde el momento en que la riqueza existe y simplemente se trata de dar otras condiciones de existencia, podemos pensar que las necesidades humanas pueden ser satisfechas por una decisión política. La cuestión no es en qué momento del pasado la solidaridad alcanzaba otros niveles y garantizaba otras cosas, porque era todavía una socialización de la miseria. El socialismo no es la socialización de la miseria, eso es una visión de izquierda del cristianismo. Nosotros estamos por la socialización de la riqueza que es otra cosa. La riqueza existe y esa riqueza que existe es la que debe ser socializada. Se trata de entender que en las condiciones del SXXI, con la fábrica mundializada existente, podemos construir otro orden y satisfacer las necesidades de todos y transformar el tiempo en tiempo libre. Pero acá aparece un problema que Marx sólo podía imaginarse: ¿qué hace la especie humana si decretan el tiempo libre? Esto no parece ser una cuestión tan sencilla. Uno no ve a 6500 millones de personas pintando o escribiendo o yéndose a vivir a los lagos en medio de cantos florales, uno ve a 6500 millones de personas mirando pantallitas. Ese es otro asunto y para ese asunto hemos descubierto que la felicidad no es un programa político sino personal. Lo que nosotros podemos garantizar son ciertas condiciones político-materiales para todos, aunque eso no signifique en primera o en última instancia la felicidad.

“La revolución no es simplemente un problema del pasado sino que es un problema político que late en el presente.”


Lo atrapante del libro es que en lugar de proponer solamente una lectura historiográfica de los hechos, te metes de lleno en los acontecimientos y llevas al lector a la cocina misma de los procesos revolucionarios.

La historia es un género literario que por lo tanto tiene sus propios códigos, pero el recurso de todos los géneros literarios es el lenguaje. La idea de una historia mal contada puede ser una idea académica de gente que puede juntar datos más que explicarlos y que ha hecho del rigor de juntar papelitos un quiosco. Yo hace mucho sé que el problema no es juntar los papelitos sino explicarlos. El problema heurístico es lo importante. No se me escapa la importancia de los documentos pero tampoco se me escapa que la mayoría de los documentos realmente relevantes son públicos. Y la idea de que el descubrimiento de un papelito en un archivo cambia el mundo es una idea muy agradable para el especialista que quiere hacer valer el último papelito que encontró. Efectivamente, escribir historia supone saber escribir. Para hacer un buen poema no alcanza sólo con tener una buena idea poética. Es preciso ser capaz de ejecutar esta idea. El género histórico no tiene la más mínima diferencia con el género periodístico o con cualquier otro género. Estamos hablando de escribir, no de otra cosa. La ficción es un campo que permite pensar cosas, es un laboratorio de reflexión invaluable. Y sus recursos también lo son. A mí no me interesa dirigirme solamente a aquellos que se ocupan del mismo objeto de estudio que yo. Sino que aquellos que no comparten mi objeto de estudio tengan la posibilidad de considerarlo porque este es un problema político de primer orden. La revolución no es simplemente un problema del pasado sino que es un problema político que late en el presente. Y este elemento es el que más me interesa a mí que el lector sea capaz de percibir y registrar. Lo que intento construir con mis lectores es una cadena de sentido que permita entender qué nos pasa hoy en este mundo.

Sobre el final citás el mito de Edipo para decir que las revoluciones no fueron capaces de hacerse cargo del “precio de sus victorias”. ¿Se trata de analizar la circularidad de los ciclos históricos?

No es la idea del tiempo circular. El tiempo circular es la idea del tiempo campesino: la siembra, la cosecha, etc. El capitalismo construye otro tiempo que pone en valor solamente la productividad del trabajo, borrando toda especificidad. Para que Picasso pueda compararse a una computadora y para que una computadora pueda compararse a un par de zapatos y para que un par de zapatos pueda compararse a una actuación teatral hay que olvidarse de cada uno de esos elementos por separado. Estamos considerando unilateralmente un sólo elemento y borrando todos los demás. No es sólo una borradura contable, es una borradura existencial: perder de vista para qué sirve cada cosa y preguntarnos solamente cuánto vale cada cosa. Hay mucha gente que compra cuadros y uno se pregunta para qué los compra. Un hombre o una mujer muy ricos, ¿tienen derecho a comprar una obra maestra para guardarla en una caja fuerte y que nadie más la pueda mirar? Cuando uno ve un millonario que transforma su pinacoteca en un museo es que ese millonario entiende que él es el guardián privado de una propiedad pública. La idea de que el millonario sólo a voluntad puede plantearse hacer tal cosa, no parece ser una gran idea. Y la idea de que yo puedo negarle a otro las cosas básicas tampoco. Si todo tiene que ser un negocio, ¿el aire también se va a vender? La lógica de la propiedad privada supone que el aire también tiene que ser un negocio. Y si el aire tiene que ser un negocio, la vida no puede serlo. El disparate es obvio, solamente haciendo un enorme esfuerzo uno no se entera de lo obvio.


El huracán rojo - Alejandro Horowicz

Alejandro Horowicz
El Huracán Rojo. De Francia a Rusia 1789-1917
Crítica

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