El Pregonero

Transición, tracción y fricción

Foto: Mauricio Macri (Facebook)


Editorial por Alan Ojeda

El panorama de los próximos dos años es clave. Nadie ignora que el país pasará por una tormenta constituida por aumento del dólar, ausencia total de reservas, hiperinflación, un número de pobreza e indigencia alarmante, Banco Nación y Provincia descapitalizados, y una deuda impagable. Es decir, la fórmula Fernández-Fernández tendrá que surfear las olas de las desgracias para no perder su capital político mientras intenta organizar un país en estado crítico en el que lo más urgente es desendeudar a la clase media y ayudar a los perdedores absolutos de estos últimos cuatro años: desempleados, nuevos pobres y nuevos indigentes. Para poder hacer esto la alianza electoral tendrá que mantenerse sólida y necesitará, como era de esperarse, del sector que encabeza Lavagna, un hombre de estado con una trayectoria respetable para un amplio sector no peronista.

No es demasiado pronto para pensar en las legislativas. ¿Por qué? Porque ese 40% del electorado está ahí, acechando. El odio que se logró gestar en las marchas está lejos de diluirse. Ellos parecen tener un único fin (la destrucción total de ese otro imaginario compuesto por morochos, inmigrantes y, sobre todo, peronistas), y su potencia podría no mermar en los próximos dos años. Lo fundamental es evitar que sumen más votos. Los que podrían migrar del electorado no-peronista que votó coyunturalmente a la fórmula del Frente de Todos.

El margen para cometer errores es mínimo, tanto en lo político como en lo económico. Cualquier acción que huela al último kirchnerismo podría desembocar en una reacción de desencanto y rechazo de parte de la clase media menos inmersa en las disputas ideológicas de base. Sin embargo, ¿no son los momentos de crisis los que requieren de liderazgos fuertes? ¿Cómo organizar un país tan propenso a la bipolaridad que, al mismo tiempo, exige “libertad”, “república” y “democracia”, pero que se come vivo a cualquier político que muestre una mínima duda? Recuerdo haber leído un texto de Guillermo O’Donnell del año 1984, que se llama ¿Y a mí qué mierda me importa?, y que me parece clave para entender este problema. O’Donnell señala que el porteño, frente a la pregunta “¿Usted sabe quién soy yo?”, típica del jerarca que se siente irrespetado, tiende a responder “¿Y a mí qué mierda me importa?”. Esa respuesta tiene un doble filo: al mismo tiempo que deshace la jerarquía, se impone con un autoritarismo no menor. Podríamos extender eso al país todo, no sólo al ámbito porteño. Esto implica que la fórmula F-F deberá gobernar no tanto en la grieta como en la contradicción esencial de la sociedad argentina: un autoritarismo igualitario o un igualitarismo autoritario.

Las medidas que deberá tomar el gobierno distan de ser simpáticas. Reformas seguramente habrá, impulsadas por el contexto de crisis. También habrá que sacar dinero de sectores poco dispuestos, históricamente, a ceder algún privilegio. Habrá que poner sobre la mesa a los responsables de la crisis financiera, del endeudamiento a mansalva, de las persecuciones políticas y judiciales de los últimos cuatro años, y todo eso deberá ser hecho sin que la oposición considere inaugurado el “Ministerio de la venganza”. Con un 40% de oposición firme compuesta de un núcleo duro de alrededor de un 30% anti-peronista, y un 10% de la sociedad convencida por absolutamente todo lo que dijo el periodismo los últimos 8 años, será difícil. Ese 40% es el mismo que siempre se ha adjudicado la idea de “libertad” y “democracia”, incluso durante las dictaduras. ¿No se llamó “La Libertadora” a la de 1955? ¿Libertadora de qué? ¿De un presidente democráticamente elegido? Cito un fragmento de Walsh que rescató mi amigo Miguel Marconi hace unas semanas:

Estaba Alfredo B pelado y viejo y dolorido, o más bien rabioso. Sólo su antiguo y profundo gorilismo (no) le permite admitir del todo lo que ya admiten los demás, que el gobierno de Perón fue mejor que los que siguieron. “Menos malo”, califica. “Pero ahora por lo menos se puede hablar”. Como yo lo puse en duda, dijo: “Te invito que cuando salimos, gritemos Muera Lanusse”.

El “poder hablar” es un mito sagrado para esta clase media. Le da una importancia tal a su palabra, que le resulta más grave que se atente contra ella que contra cualquier otro aspecto de su libertad. La clase media se idealiza a sí misma como portadora de las conquistas liberales; si “poder hablar” es (en teoría) más importante que “poder comer”, es porque la clase simula dar prioridad a las “necesidades espirituales”.
(Ese hombre y otros papeles, La Flor 2007)


Los que creemos que la Justicia Social es un objetivo irrenunciable, también entendemos que no somos libres hasta que el resto lo es. ¿Qué implica eso? La desgracia de los demás nos toca, directa o indirectamente. Cuando afirmamos que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza, no proponemos una utopía socialista, proponemos una comunidad solidaria. El colectivo intelectual Tiqqun habla de “Guerra civil” cuando hace referencia a este estado de cosas. Nadie es libre si no es capaz de ver otra cosa que enemigos, si mi fracaso es el éxito de otro. Trascender ese estado, construir las alianzas necesarias para la comunidad que viene, para la Argentina que otra vez se verá en la tarea alquímica de transmutar sus ruinas en una nueva Nación (justa, libre y soberana), es una tarea fundamental para los próximos 4 años.

El aparato político y militante tendrá que actuar como nunca antes lo ha hecho. Habitar los barrios, ponerse al servicio de la gente, colaborar en la construcción de un proyecto colectivo y subordinarse a la necesidad de la gente es clave. Sólo ese trabajo podrá renovar la confianza del electorado y establecerla de manera firme. No bastarán los discursos y las medidas. Se terminó la política de los focus group, de las encuestas al celular o teléfono fijo. Ningún Laclau y su significante vacío salvará la realidad material. Chile y Ecuador nos están mostrando que “lo real” atravesó toda muralla discursiva. Latinoamérica comienza a reclamar que la materia sea transformada, y no aceptará las tibias pruebas de “compromiso” de cambio. Si ese 40% decide no cambiar su posición, al menos podremos evitar que su evangelio del odio se propague.

Con suerte y viento a favor, la derecha latinoamericana no habrá durado más que un período presidenciable en los países vecinos. La transformación ahora es un imperativo. El tránsito de “libertad” como fenómeno de mercado a “libertad” como sinónimo de soberanía se nos presenta como una tarea ardua y extensa. No hay lugar para errores, no hay lugar para manchar la victoria. Tendremos que trabajar como orfebres de la realidad y francotiradores de la palabra.

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