Literaturas

Héctor Prahim: “De nada sirve que los intelectuales hablen de los pobres de Latinoamérica desde un hotel de lujo en Punta del Este”

El autor de El pabellón de los animales domésticos desmenuza los métodos de creación de sus personajes y los entornos geográficos de sus textos, la relación con el amor y el odio en su vida y debate la ética del escritor moderno.


Por Marina Cavalletti. Foto Matías Grippo

“Cuando era chico solíamos pasar grandes temporadas en Tucumán, nos quedábamos en la casa de mi abuela o de mis tíos. En especial, en lo de mi tía Clarita, que vivía en el Barrio Sur, frente al Campo de las carreras, lugar mítico donde se libró una de las más heroicas batallas de la Independencia. El Ejército del Norte, al mando de Belgrano, derrotó a las tropas realistas del brigadier Juan Pío Tristán, que lo doblaban en número. Era feliz cuando mi madre me llevaba a visitar a mi tía y me hablaba de esa batalla, que junto a la de Salta permitió a los rioplatenses o argentinos confirmar los límites de la región bajo su control. Mi madre decía que el norte había sido abandonado a su suerte y, en plena retirada, Belgrano se encontró con gente que desoía la orden de Buenos Aires y estaba dispuesta a morir por su tierra. Belgrano no abandonó a ese pueblo valiente y presentaron batalla ahí, al frente de la casa de mi tía, donde mi madre me sacaba a la puerta después de la siesta y me decía que en las noches claras todavía se podía oír el trote de los caballos, el clamor de guerra, el lamento de los moribundos. Las versiones tradicionales refieren la providencial aparición de una enorme manga de langostas el día de la batalla, que se abatieron sobre los pajonales y que confundió a los soldados y oscureció la visión, acabando de descomponer el frente. Tal la confusión sembrada por aquel enjambre de langostas que hizo parecer a los ojos de las fuerzas realistas, un número muy superior de tropas patriotas, lo que habría provocado su retirada en la confusión. Jamás se lo conté a mi madre, a través de esta nota se va a enterar: de noche, en plena oscuridad de la casa, me levantaba y abría la ventana para seguir oyendo el fragor de la batalla”.

Ni bien se enciende el grabador, Héctor Prahim hilvana sucesos del pasado: los insectos, la oscuridad y el desconcierto se juntan al igual que en El Pabellón de los Animales Domésticos, un puñado de historias que, en 2018, obtuvo una mención en el Premio Casa de las Américas. El escritor, oriundo del NOA pero habitante del conurbano bonaerense, afirma que busca aproximarse a la belleza y que en su oficio disfruta de las estructuras fronterizas.


En tu libro, las geografías donde ocurren las historias (las playas, los hoteles, edificios que lindan con plantas de residuos) son tan potentes que podrían considerarse un personaje más en cada cuento. ¿Cómo las construiste? ¿Hay en esos espacios un hilo conductor?

Hay escritores que consiguen narrar a partir de una imagen, una frase, o suelen encontrarse en la calle, en el lavadero o en el ascensor con futuros personajes. En mi caso, necesito encontrar un teatro de operaciones, necesito un paisaje, un lugar certero que funcione como “no-lugar”, donde mis personajes puedan tener el anclaje necesario para fondear. Por eso, de tanto en tanto, salgo en busca de una geografía, o vuelvo a lugares donde crecí, donde sentí el amor o la desventura por primera o por última vez, da lo mismo el orden, todo está en función de la búsqueda, esa que va tejiendo el hilo conductor que mencionás de forma tan certera.   

“Intento que mi literatura hospede a todos, pero con mayor urgencia a los marginados, a los dolientes, a los afligidos.” 


Hay un contexto, por así decirlo, metálico: paneles solares, plataformas petroleras, autos perfectamente identificables. ¿Pensaste en la metáfora del metal como un signo de corte en los lazos de los personajes o fue simplemente un gusto personal?

En alguna entrevista me preguntaron por qué en todos los cuentos aparecen autos viejos o destartalados, y la respuesta fue simple: esos fueron mis autos o los autos de la gente que conocí. Gran parte de mi vida hice trabajos de los que nunca te llegaban a echar, porque nadie los quería hacer, y en la mayoría de esos trabajos lo metálico estaba presente, la aridez estaba presente, y lo rústico. Ni bien me casé tuve una entrevista en las oficinas de una petrolera, quería trabajar en una plataforma en el mar; tenía un familiar que había terminado su casa con la buena paga que te daban por enclaustrarte 14 o 21 días sin bajar a tierra. Uno de los trabajos más duros y peligrosos que vi. Mi pariente y sus compañeros pasaban todo un día tratando de cambiar una válvula gigante, soportando el viento y la vehemencia del mar. La oficina de recursos humanos de esa petrolera fue la mejor entrevista laboral que tuve: me abrieron un catálogo de comidas de diferentes países, me mostraron fotos a todo color de los módulos habitacionales presurizados donde iba a hospedarme, con paredes de aluminio y vidrios con láminas antiestallidos. Finalmente cuando me llamaron a trabajar, desistí; ya había conseguido un trabajo estable, estábamos esperando a Paloma, y en mi haber tenía una geografía más para contar. 

En uno de los cuentos, se lee “la tierra se había vuelto un gigantesco campo de desplazados”.  En algún punto ¿considerás que la literatura debe albergar a los marginados o cuál es el fin de escribir, más allá de lo puramente estético?

Partiendo de la base de que cada uno le da el fin que quiere o que puede a lo que escribe, en mi caso intento aproximarme a la belleza, que es más potente y sublime que el mero concepto de lo bueno o lo malo. Desde que el mundo es mundo, las revoluciones las hacen los obreros como mi padre, los campesinos como mis tíos, los maestros como mis amigos, los estudiantes como mis hijos, y las mujeres como mi madre o mis hermanas. Nosotros, los escritores tenemos nuestra parte acompañando, estando, poniendo el cuerpo y la voz, dando nuestras palabras como alimento, y a veces, tan solo a veces, poniéndonos al frente de esas luchas, ofrendando nuestras manos y nuestras miradas. Intento que mi literatura hospede a todos, pero con mayor urgencia a los marginados, a los dolientes, a los afligidos. De nada sirve que los intelectuales hablen de los pobres de Latinoamérica desde un hotel de lujo en Punta del Este, y después compartan su vino caro con los que desgarran y desguazan los países, rapiñan sus recursos, y en nombre del Dios de los cristianos, justifican el saqueo.  

En este volumen retomás palabras de la poeta estadounidense Anne Sexton, advertencias sobre el odio y sobre el amor. En principio, ¿pensás que son sentimientos de los que hay que cuidarse? 

El poema que cito se llama “Consejos para una persona especial”, y en una parte dice: “Cuidado con el amor (salvo que sea verdadero, y cada parte tuya, hasta los dedos de los pies, diga sí), porque te va a envolver como una momia y nadie va a oírte gritar.” Es hermoso lo que logra Sexton en ese poema, claro que hay que cuidarse, sobre todo cuando el amor no es verdadero, cuando es enfermizo y narcisista, cuando te recorta las alas o te encierra en el dolor, hay que salir de eso, no hay que perder el tiempo. Es lamentable cuando ves vidas echadas a la basura por una falsa sombra de amor. No te podés engañar, porque después de eso sigue esta otra frase memorable de Sexton: Cuidado con el odio, que puede abrir la boca y hacerte comer tu propia pierna como un leproso instantáneo. El odio te carcome, te lacera, te vuelve ciego. Mientras uno pueda elegir, y en lo posible, siempre hay que estar lejos del odio. Mientras escribía el libro, nunca faltó Anne Sexton y Sylvia Plath, las palabras de estas poetas enormes fueron fundamentales en mi escritura; en especial, las palabras de Sexton, están ahí, delante de mis textos, porque cumplieron una función, fueron una suerte de remolcador. Cuando vas al puerto ves barcos enormes siendo guiados en sus maniobras por remolcadores, que en comparación con el volumen de esas moles, son insignificantes. Cada vez que me trababa en la narración, iba a la poesía convincente de estas mujeres, expertas en naufragios de amor, en tormentas del alma y sus ciclones, y esperaba que el agua subiera, y sus palabras me remolcaran, me sacaran de esos momentos de incertidumbre y confusión y me dejaran seguir camino con un texto resuelto, y con un “Buen viento y buena mar”, de su parte, como saludo fraterno de viejos amantes

El odio te carcome, te lacera, te vuelve ciego. Mientras uno pueda elegir, y en lo posible, siempre hay que estar lejos del odio“.


¿Tenés un lazo con otros géneros, como la poesía o la novela, o te autopercibís como un cuentista “puro”? 

Siempre intenté que mis cuentos sean poesía novelada. Aunque tengo que reconocer que estoy atrapado en la intensidad de los cuentos, y eso que estoy hablando del grado de fuerza o de energía con que se realiza una acción, y no de la tensión, que es otra cosa. Son infinitas las formas de escribir un cuento, por eso hay tantos decálogos. Creo que se puede hacer todo mientras funcione, a mí me llevó mucho tiempo hacer que las historias funcionen. Cheever decía que las historias tenían que tener la misma intensidad que agarrar un cable pelado. Y esa sensación, hasta el momento,  solo me la dio el cuento, aunque sé bien que no estoy lejos de la novela. Federico Falco dice algo así como que a él le interesan las historias que todo el tiempo están al borde de dejar de ser un cuento. Me gusta eso, me gustan ciertas estructuras fronterizas, determinados grados de ser colono en la narrativa, aunque es verdad que la poesía está presente en mis textos. Cuando empecé a escribir quise ser poeta, por esa época escribía poesía a mansalva. En un momento mi madre me mandó a llamar, me dijo que mi hermano, jugando en las inferiores de Vélez, tuvo una lesión fuerte y quedó fuera de las canchas, dijo que venía todas las noches mal, en un estado lamentable, que yo tenía que hacer algo como hermano mayor. Lo primero que pensé fue en hacer un acto de amor. Lo llevé a tomar un café y sin juzgarlo ni reprocharle nada, le dije que le daba mi poesía, mis libros de poesía. Le dije que eso lo iba a mantener a flote mientras aclaraba la cabeza, él recibió los libros y empezó a escribir poesía. Yo empecé a escribir narrativa. Hoy mi hermano dirige las inferiores de Huracán y de otros clubes, todas sus categorías son campeonas. La vida tiene esas vueltas. Tantas veces compartimos el pan con mis hermanos. La poesía hizo eso, cuando la di se multiplicó, como el pan, y ahí está, en mi narrativa, en mi vida.



Héctor Prahim
El pabellón de los animales domésticos
Indómita Luz

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