Literaturas

Leonardo Oyola: “La pandemia le dio visibilidad a las condiciones infrahumanas de hacinamiento que se viven en las cárceles de nuestro país”

El escritor publicó su última novela, Ultra/Tumba, con una trama carcelaria en un penal de mujeres: amores imposibles mezclados en la licuadora pop con rock & roll, zombies, vampiros y hasta el Sapo Pepe.


Por Luis Alexis Leiva. Fotos Alberto Zárate

En la tradición de literatura carcelaria podríamos nombrar a Oscar Wilde con De Profundis y La balada de la cárcel de Reading, al Marquéz de Sade, a Mijail Bajtin, a Dostoievski. Pero también incluso hay autores actuales que van en esa tradición. De “la tumba”, como se la llama en la jerga a la cárcel. Pienso en Enrique Medina que en su tiempo llamaba “las tumbas” —como su libro más conocido— a los orfanatos en los que había pasado su infancia. Y podemos pensar hoy en el poeta Camilo Blajaquis, quien aprendió de literatura en la cárcel.

Ahora, pienso en eso de que se le llame “tumba” ya que de ahí viene el término “tumbero” para nombrar al que vive ahí, en la tumba. Asociar la idea de la cárcel con la tumba excede al encierro. Habla de una muerte en vida, una muerte social. La muerte es lo que nos saca la humanidad, la que nos regresa a un estado de materialidad pura, sin personalidad, ni consciencia, sin alma —para usar un término religioso. Ser un tumbero es volverse inhumano para la sociedad que está afuera.

En la última novela de Leonardo Oyola, Ultra/Tumba, el autor tributa a varias tradiciones. Literatura carcelaria, películas de cárcel de mujeres, películas de zombies, de vampiros, películas de amor imposible, música pop y rock, y literatura barrial.

La cárcel es un mundo que Oyola bordeó en otros textos, que entró y salió, tanto en cuentos como en novelas. En este caso se mete de lleno sin mayores preámbulos.

La historia transcurre dentro de una cárcel de mujeres. Hay un amor entre una interna y una guardia. Tres facciones se pelean por el liderazgo de las presas. Una joven líder, una mujer mayor consagrada como actual líder y una anciana mística dotada de un ejército de zombies. La toma del poder del penal y de quién mandará es el motor del conflicto. Pero los personajes van contando sus vidas y vamos conociéndolas a todas.

“Empecé a dar talleres de rejas para adentro gracias a Kike Ferrari y a Juan Mattio —dice Leonardo Oyola— Ellos daban Kriptonita en el CRC Dr. Luis Agote. Les había parecido bueno que los alumnos me conocieran y que yo escuchara las cosas que ellos tenían para contar, sus historias. Empecé ahí en el 2012 y seguí en otros hasta el 2019, que fue la última vez que estuve en un penal, que fue en Ezeiza. Las experiencias fueron todas diferentes y todas iguales al mismo tiempo. Iguales en cuanto a lo terrible que es estar pagando un precio tan caro por haber cometido un error, la invisibilidad que se les da a las personas que están cumpliendo condena. Es como que se olvidan de que son personas. Les dan un trato tan denigrante. No se habla de seres humanos, se habla de carátulas de expediente. Y uno no es lo que hizo, uno es muchas cosas más, y vivencias, y contradicciones. Todo eso es lo que más me interesa de los personajes a la hora de escribir: poder contar que tienen sus momentos heroicos, sus momentos buenos como también que pueden ser los villanos invitados en la trama”.

“Es como que se olvidan de que son personas. Les dan un trato tan denigrante. No se habla de seres humanos, se habla de carátulas de expediente. Y uno no es lo que hizo, uno es muchas cosas más, y vivencias, y contradicciones”.


En la voz pausada y suave de Oyola se puede distinguir una calmada indignación, un reclamo sereno pero firme. Habla de sus personajes y de las personas con un amor transparente. Es hasta desconcertante escuchar a una persona que transmite tanta paciencia y amor, que escriba de violencias inauditas con una crudeza lacerante. Y esa tranquilidad en el reclamo, nos sonroja como sociedad, nos señala y nos desarma. Nadie que lo escuche hablar de estas cosas puede sentirse invitado a responderle con violencia, solo nos lleva a pensar y a aceptar con culpa lo que como sociedad generamos.

“Guiándome con las personas que coordinan esos espacios —continúa— aprendí que en un lugar cerrado como es un taller, lo que más vale es el intercambio. Uno tiene que estar ahí para escuchar y atender lo que tienen para compartir las y los compañeros privados de su libertad. De a poco ir asimilando cosas, sentimientos y el lenguaje corporal que se van manifestando en diferentes unidades. Todo eso hay que observar para darle vida a la ficción de uno. Pero también, como les decía, la palabra clave es el intercambio, escuchar, y poder dar una sugerencia que tiene que ver con la escritura en general. Pero sobre todo estar ahí para contener junto a los coordinadores y coordinadoras. Hay que alentar para sacar ese veneno que uno tiene adentro y escribir. Porque tanto leer como escribir es sumamente sanador”

¿Cómo consideramos cada uno al tema de las cárceles? ¿Cómo vemos a un preso, si es que acaso se nos ocurre pensar en ellos? ¿De verdad escondemos ese tema bajo la alfombra de nuestra indiferencia?

“Lo principal para mí —dice Leonardo Oyola— es que siempre nos hicieron creer desde un lado punitivista, la sociedad o el estado o lo que sea, que la persona que está cumpliendo una condena no merece ciertas cosas y que no sufre. Más de uno va a salir a decir no, no es así, se tiene en cuenta… No, para nada. Para nada, —reafirma y nos cierra la boca— y está visto con lo que pasó con los últimos cacerolazos, ante una fake news encima [se refiere a los eventos sucedidos a finales de abril y principios de mayo. La liberación de presos para evitar contagios en la población carcelaria provocó una serie de falsas informaciones que devinieron en protestas de la clase media]. Nadie se puso a buscar esa nota y descontextualizaron, hicieron una generalidad, una cosa que no es así y que es muy fulera que pase. Por otra parte, la pregunta que surgiría es que si no hubiéramos estado dentro de la pandemia ¿se estaría hablando de eso, de la precariedad del sistema de salud en las cárceles? No. La pandemia le dio visibilidad a cosas que permanecen invisibles como son las necesidades básicas que se les niegan a las personas que viven en barrios precarios, a las personas que viven en villas miseria. Y ni hablar de los derechos y las condiciones infrahumanas de hacinamiento que se viven en las cárceles de nuestro país, y que tiene que ver también con una superpoblación de gente que está cumpliendo condena”.

En Ultra/tumba se despliega sin ningún pudor ni remordimiento la ya conocida licuadora pop de Leonardo Oyola. Esa misma licuadora que en Kriptonita nos mezclaba a la Liga de la Justicia con Carozo y Narizota y el Hospital Paroissien, en esta ocasión nos une a Marco Antonio Solís, La Noche del Vampiro, zombies, sectas brasileras, El Sapo Pepe, y David Soul. Cosas que si lo intentara cualquier escritor quedaría ridículo, Leonardo Oyola lo hace con facilidad y solo a él le queda bien, solo él puede salir bien parado de semejante atrevimiento.

“Más allá de mis gustos personales —se defiende con pudor ante los halagos— lo que creo es que la referencia diaria uno la marca con lo que ve en la televisión, con lo que está escuchando. Y eso uno se lo da a los personajes, no es que sea un patrimonio de mi literatura, sino que es un sinceramiento de lo que van a estar diciendo ahí, en la novela, porque es lo que habla de la época. Hace poco volví a ver Amadeus (Miloš Forman, 1984). Es impresionante todas las partes en la que los sectores populares estaban hablando de los compositores de la época. Porque era lo que se escuchaba, lo que iba a buscar la gente, lo que iba a buscar el pueblo. Claro, de ahí quedan grandes nombres nada más. Pero es lo mismo que pasa con el rock: hablemos de los Beatles de los Rollings Stones, Pink Floyd, súmale a Led Zeppelin si querés, todo estará más que chévere. ¡Pero hablame del one hit wonder de Chesney Hawkes, The One and Only. Porque no es que todos nosotros nacimos y vivimos la época de los otros, eh. A mí, patear rock and roll me tocó con The One and Only. Me parece que eso es lo que trato de rescatar y no por hacerme el loco”.

Ante un estilo tan personal, tan marcado, frente a las temáticas que ya conocemos de su obra, nos preguntamos si hay algún plan de salirse de eso o si ya está afianzado y prefiere seguir por esa senda.

“Estoy en un momento de la vida en que ya no me da ni hacerme el otro, ni hacerme el loco, y me parece que eso tiene que traducirse en la escritura. Si jugué toda la vida de defensor y gracias que estoy ahí, bueno, gracias a la vida si pude alguna vez cabecear y hacer un gol. No voy a empezar a ser delantero cuando la gran parte de la carrera la hice de un determinado lado. Igualmente, antes que pensarme como escritor, prefiero pensarme como alguien que escribe. Por eso uno tiene que saber qué está pidiendo la historia para contarla. Creo que son preguntas que nos malacostumbraron a hacernos: qué es lo que querés contar. Uno puede también pensar de otra manera esta historia es así y bueno, vamos a contarla. Y después, cuando ya conviviste lo suficiente con la historia, y ya avanzaste un par de páginas como para respetarla, ahí empezar a hacer un orden, cuáles son las decisiones a futuro para tomar para llegar al desenlace, para llegar a buen puerto, para llegar a contar eso que apareció”.

En Ultra/tumba hay una escena de la película (miniserie) La Hora del Vampiro (Salem’s Lot, Tobe Hooper, 1979) que es descripta al detalle por el recuerdo de una de las protagonistas.

“La escena de La Hora Del Vampiro me explicó lo que era la fe, encontrar la fe en un momento de desesperación —Y luego vuelve, casi inevitablemente al tema de los que cumplen condena— Me gustaría tener esa fe de pensar que para los que están cumpliendo una condena las cosas van a cambiar pronto. No veo que sea así desde lo legislativo, pero espero sobretodo que sea desde la sociedad. Es una letra escarlata, estuviste adentro y tenés la A de Adentro cuando salís. Es muy difícil poder reinsertarte en la sociedad después de haber cumplido condena. Por eso me era muy importante un personaje como Baldosa para mostrar lo triste de muchas personas que se institucionalizan y que no ven en el afuera un futuro, cuando debería ser así. Estos son los momentos en los que, los que nos dedicamos a escribir, nos quedamos sin palabras, ¿Cuáles serían las mejores palabras? No lo sé”.

Y como volvimos a las experiencias personales, continuó:

“Recuerdo la historia de un chico que se crió en el barrio de ahí donde yo vengo, del barrio Los Pinos, y la tristeza de que le tocara transitar por lo que le tocaba vivir en ese momento. Después se me pierden las cuentas. Fueron muchas unidades durante más de ocho años. Pero con los que repetí mucho fueron con Fernanda Petit, Ignacio Benítez, sobre todo Lucas Adur. Todos ellos son gente que tiene un compromiso enorme con su trabajo y con difundir literatura, y también con asistir en la escritura. Fue lindo tener la oportunidad de poder leerles Ultra/tumba, escuchar las reacciones ante lo que yo proponía, sobre todo en la ficción. Una chica me dijo que por más que le gustara, por más enamorada que estuviera, jamás concretaría con la gorra. Y otra le retrucó que había sentido mucho amor de forma inesperada de parte de una oficial del servicio penitenciario cuando a ella le tocó tener una operación, y el miedo que tuvo cuando supo que le daban anestesia total. Y que ahí había estado la penitenciaria tanto antes como después cuando se levantó haciéndole el aguante y dándole mucho cariño, que ella estaba muy agradecida por eso. Eso me movilizó mucho. También otra chica en otra unidad, cuando leí el segundo flashback de Córdoba, ella me dijo algo del personaje y yo me dije: “Se lo tengo que poner al personaje”. Justo al otro día leía en un evento literario, en un bar y frente a muchos colegas narradores. Leí el texto con esa modificación, sentí que funcionaba mucho por la respuesta que tuvo el público. Y así, básicamente Ultra/tumba fue la novela con la que más anduve de gira”.

Reflejar historias cotidianas y sentimentales de las mujeres privadas de su libertad nos llevó a preguntarnos, como para finalizar la charla, si había alguna esperanza de que el trato hacia esta población llegara a cambiar algún día, a humanizarse más.

“No creo que se dé de forma colectiva en la sociedad, algo inmediato, hacia la gente que está privada de su libertad. —acá la voz se le volvió un poco más amarga, algo atragantado de dolor y tristeza—. Esto es algo que se arrastra desde hace un montón. Me parece que se suma de a uno y que se canta victoria por cada jugada individual, cada gol de una persona que deja de pensar de forma punitivista. Por una persona que deja de mirar la carátula de un expediente sino que ve en quién está privado de su libertad también a un par, también a otro ser humano. Parece mentira que lo tuviéramos que decir así, algo que es tan obvio y algo que es tan de don de gente. Pero no, lamentablemente no se da de esa manera”.

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