Vértices

Alejandra Conti: “Me emociona cuando en las escuelas realizan un video o un trabajo literario motivados por la obra de mi padre”

El 5 de mayo fue el 45° aniversario de la desaparición del escritor y docente Haroldo Conti. Reconocido por su trayectoria literaria desde la década del ’60 y comprometido con las causas sociales, también fue padre, hijo y amigo. Para traer su memoria al presente, conversamos con su hija Alejandra acerca de los recuerdos de su papá, sobre la obra que dejó y también sobre el largo duelo tras su desaparición.


Por Pablo Pagés. Fotos Dante Fernández

Por estas épocas la dictadura cívico militar se llevaba a Haroldo Conti. Se lo llevaron porque nunca pudieron dejar su brutalidad. Porque seguían las directivas de un plan macabro hacia Latinoamérica ideado en las entrañas del Pentágono. Haroldo, junto a Rodolfo, pescaban bogas en su muelle mientras se debatían en sus cabezas los próximos pasos de los militares, que ya se habían establecido en la prefectura de Río para no dejar ni uno de los jóvenes que solo hablaban de un mundo mejor. Al tiempo, la razón le da cierta claridad que el presente siembra de tinieblas.

Alejandra, su hija, nos brinda un pantallazo de su padre; poco antes y después de que la maldad del imperio lo matara. Un gran escritor, impertérrito y eterno como las leyendas que fundaron alguna vez nuestra sangrienta historia.

¿Cómo recordás a tu viejo como padre?

El viejo era una persona reservada, de hablar poco pero escuchar. Teníamos intereses en común que nos conectaban: el amor por los animales -él era un rescatador de perros empedernido, se trajo de Uruguay una perrita escondida en el baúl del auto y me dejó ponerle “Marimoña”-, la naturaleza y los carenciados -una vez me hizo llevarle comida caliente a un hombre de la calle-. Nuestro paseo era el zoológico y mirar con tristeza los animales en las jaulas. Fantaseábamos con liberarlos (de ahí salió Alrededor de la jaula). La otra salida era cuando íbamos al cine a ver dibujos animados. Le encantaban. Es más, creo que en realidad, me llevaba por él.

Has comentado en alguna oportunidad que cada tanto volvías a Chacabuco con él, ¿la ruralidad era algo que continuaba latente en la familia?

Volví pocas veces a Chacabuco. Fui para el acto de una escuela. El pueblo es muy afectuoso y recuerdo lindos momentos como cuando nos llevaba de vacaciones en invierno a lo de la Tía Maruca. Para Marcelo y para mí todo era mágico -chicos de ciudad… Mirar los caballos, las gallinas y el “caburé” en una jaula con su penetrante mirada amarilla. Marcelo siguió yendo más frecuentemente.

Se suele poner a Haroldo como un artista no expresamente militante, ¿qué podrías contar de sus nexos con la política y los movimientos revolucionarios de la época?

No tocaba el tema conmigo, aunque me dió libros sobre El Che que yo llevaba a mi secundario y leía en los recreos. Recuerdo que el rector del Cangallo Schule me “pidió” si Haroldo podía dar una charla. Se lo comenté y me dijo que sí. Pasaron los días y el rector quería saber sobre qué tema iba a tratar. Yo no me animaba a preguntarle y nunca me lo dijo. El día de la charla llegó y se puso a hablar sobre su experiencia en Cuba (mientras tanto yo, que estaba en la primera fila, quería meterme debajo de la silla).

¿Mascaró fue en algún punto la obra que lo puso en el radar de los militares?

Es uno de mis preferidos. El viejo no era de contar lo que escribía pero un día nos citó con Marcelo en un bar (ya no vivía con nosotros). Nunca voy a olvidar cómo le brillaban los ojos cuando empezó a contarnos sobre un circo ambulante con personajes increíbles y un león llamado Budinetto. Un hermoso momento, nos transmitió todo su entusiasmo. Fue el libro que los militares tomaron como un texto “subversivo y revolucionario”, aunque él nunca escribió sobre política.

“Junto con el Turco Asís y Sábato hicimos una conferencia de prensa en la SADE para leer el pedido a la Junta. Nunca hubo respuesta y no salió publicada en los medios. María Elena Walsh me recibió en su casa y cuando firmó me dijo: ‘¿Vos creés que está vivo?’. Me quedé paralizada”.


¿Tenía Haroldo una rutina para escribir? ¿Dónde lo hacía?

Era muy metódico y estricto con los horarios. Cuando se encerraba en su estudio no tenía que volar una mosca. Nosotros escuchábamos el ruido de las teclas de la máquina de escribir y hablábamos bajito.

Cuando creciste en una Argentina tremenda, ¿cómo lograste hacer un duelo por tu padre?

Fueron años difíciles… Mirando para todos lados, teniendo miedo. Recuerdo que salí a juntar firmas, llamar gente. Caminaba por Corrientes a la salida de los teatros esperando a los actores y pidiendo que me firmaran la carta, en ese momento dirigida a Viola. Conseguí la firma de algunas personalidades como Bernado Canal Feijóo, María Elena Walsh, Ernesto Sábato, entre otros. Borges me dijo que respetaba la obra de Haroldo pero no acordaba con sus ideas (le agradecí que me atendiera el teléfono). Antonio Berni me dijo que lamentablemente no podía firmar porque tenían retenidos sus cuadros en la aduana. Junto con el Turco Asís y Sábato hicimos una conferencia de prensa en la SADE para leer el pedido a la Junta. Nunca hubo respuesta y no salió publicada en los medios. María Elena Walsh me recibió en su casa y cuando firmó me dijo: “¿Vos creés que está vivo?”. Me quedé paralizada.

¿Qué tanto influyó tu padre en tu desarrollo artístico?

Mi viejo supo ver mi inclinación artística. Un día me dijo “vamos a conocer a un señor…”. De pronto me encontré en un living sentada en un sillón mientras él hablaba con un señor de barba y ademanes suaves. Empecé a tomar clases con él. Era Luis Felipe Noé.

¿Cómo lograste hacer un duelo por tu padre?

Me llevó muchos años aceptar su desaparición ya que mi manera de sobrevivir era pensar que lo iba a encontrar. Durante mucho tiempo no pude participar de los homenajes porque para mi eran un funeral que se repetía cada año.

Sudeste es magnífica. ¿estuviste en su creación?

Debo haber participado en su creación cuando nos íbamos por los arroyos del Tigre en el barco “Alejandra” que había terminado de construir con mucha dedicación.

¿Que representaba para Haroldo El Delta?

Era su lugar en el mundo. Todos los viernes nos íbamos en el bote por el Gambado hasta la casita, lloviera o con 40° de calor, era eso. Sobre la mesa del comedor, frente a la ventana, prendía un cigarrillo y comenzaba a escribir en la vieja Remington.

¿Walsh era en algun punto el compiche en ese amor por la isla?

Pienso que compartieron el mismo amor por la isla, territorio de libertad y creatividad.

¿Por qué elegiste la docencia?

Papá decía en broma “la docencia es un sacerdocio”. A veces me llevaba a escuchar sus clases en el secundario (me moría de vergüenza cuando todos me miraban) y nos tomábamos un café en Callao. En la mesa miraba el reloj y me decía: “Tengo que ir” (le veía la cara de pocas ganas). Yo entonces le decía: “Papá, tenés que ir” y salíamos del bar. Primero fui estudiante de Bellas Artes. Cuando fui profesora supe que me gustaba enseñar y fue maravilloso sentir que era mi vocación. Una tarea llena de satisfacción, con los alumnos que ya grandes te recuerdan. Semillas que vas plantando…

¿En cierta forma el recuerdo constante de él, a través de la reedición de sus libros, las muestras, el museo, el encuentro de su obra con nuevas generaciones, te ha hecho poder seguir teniéndolo presente a medida que pasan los años?

Los años no borran su recuerdo. El reconocimiento que tiene su obra me posibilitó poder rescatar lo mejor de mi padre y agradezco todo lo que las personas y entidades como el C.C. de la Memoria han desarrollado. Me emociona cuando los alumnos de las escuelas realizan un video o un trabajo literario motivados por su obra. Cuando en su casa museo de Tigre hay talleres y editan sus producciones y la Orquesta de Niños de Tigre que lleva su nombre. Ahora sé que Haroldo sigue vivo.

¡Presente!

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