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Huellas de Elisa | La máquina del deseo

La obra, del grupo Pliegues con dirección de Silvina Katz, se presenta este sábado a las 19 hs en El Camarín de las Musas.


Por Pablo Pagés.

“Yo nací para eso
nací para robar rosas
de las avenidas de la muerte.”
Charles Bukowski

Huellas de Elisa está constantemente fabricando un deseo que se aparta de los medios que producen el mismo. Producen un deseo condicionado y sometido al vaivén de conocidas pulsiones y extravagantes formas de crearlo.

Para Elisa, el deseo es una bella forma de no olvidarse, una máquina de creaciones de imágenes que en su territorio crepuscular manejan la invención del mismo. ¿Pero qué pasa en esta obra? Pasa que estamos frente al teatro y sobre todo frente a los relatos que se vinieron cosechando a lo largo del tiempo para robar sus fragancias, parafraseando a Bukowski, de las avenidas de la muerte.

Una obra construida por los recuerdos de los espectadores, sutil y magnífica, maneja con suspiros las evanescencias de la fugacidad del amor entre las trincheras de este caos en peligro de serlo por la tristeza de lo que fue. Elisa es capaz de crear en imágenes y palabras ese momento casi mitológico del despertar del amor y sus infinitas maneras de revelarse.

Eso que para el sujeto es un punto estrictamente enigmático, para esta exquisita puesta en movimiento pareciera no serlo. Elisa muestra ese algo que produce el deseo en sus tantas variantes. Ella nos mantiene expectantes. Narra lo que significó un recuerdo cargado de pulsiones que van de lo erótico a la aceptación de ciertas marcas que deja la edad. En este punto me gustaría detenerme. Porque son las miradas que se crean en el patriarcado las que, de forma constante, Elisa pelea en su relato.

Decía Borges: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.”

Pasemos a una mirada más optimista del asunto. En cine por ejemplo puede generar deseo porque lo estoy mostrando, veo el objeto que arrastra mi imaginería hacia el mismo, pero en teatro es un tanto más complejo. Porque lo situacional se presenta como real, no hay artificios, solo la persona que está actuando lo hace frente a mí.

¿Cómo Elisa puede generar en su discurso y su forma de moverse cierta cuestión que le impregna su cuerpo de idas y vueltas generando una forma narrativa deseante? ¿Por qué necesitamos una historia actuada para evocar los frágiles contornos del mismo? Pienso que aquí se trata de una forma narrativa que se descubre sin cesar ante la mirada de los otros. La puesta escénica ayuda mucho. Ella está entre nosotros y no frente a nosotros. Recoge nuestras miradas y nos interpela. Ayuda el cello y su compañero a la hora de visitar las fantasías en las cuales está involucrado el deseo.

Pero en este juego claramente se acierta. Y lo hace porque convoca a un público que es conocedor de esta lúdica manera de ir y venir entre los fantasmas de lo que fue sin temer a los pasajes más añorados. Una máquina que produce nostalgias amorosas labradas por el recuerdo con ciertas acentuaciones melancólicas, por momentos.

Ese llanto silencioso. Esa sublime conspiración con la tristeza. Esa mágica forma de hacer del pasado una revelación del amor en todas sus vertientes. Eso es Elisa. Al límite del llanto, de lo perturbador, maneja una angustia que se fragua entre lo posible y lo que no. Para exhalar un aliento repentino que nos coloca al borde de la risa alejándonos rápidamente de la amargura.

Arqueología del deseo

Freud comprende que la pulsión por el deseo es fundamentalmente una experiencia de satisfacción, la cual está ligada a una imagen mimética que busca volver a provocar la satisfacción primera. Freud señala que el deseo también tiene una relación con la pulsión primera.

Por otra parte, lejos de lo que parece decirnos su título, no hay en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault un abordaje en el sentido de una historia de las prácticas sexuales. Tampoco se trata de una reflexión entre el sexo y la ley o el sexo y la represión, sino, más bien, sobre el modo en que el sexo se inscribe en lo que Foucault llama “régimen de verdad”. Vale decir, la obligación a decir la verdad por parte del sujeto y cómo este encuentra esa verdad en su deseo. Estableciendo un orden cronológico de esta genealogía de “el hombre y la mujer que desean”. Vale decir, que para el francés, el tema era muy importante. Entender el deseo sobre los diferentes espacios de poder a nivel cronológico para saber cómo funcionaron las religiones y lo que encierran las culturas desde un comienzo.

Todo preso es político

Por esto Huellas de Elisa me parece una magnífica apuesta. Porque la actriz vive su sexualidad sin importar las groseras pautas que la sociedad le marca para su edad. Pareciera que en este punto solo las formas que surgen de cierto régimen que marca la belleza aceptada y la edad en sí misma. Pareciera que los años sobre la carne y el cuerpo ejercen un tipo de celda monstruosa que define lo que sí y lo que no. Acá estamos frente a una clara cárcel subjetiva donde el consumo de los objetos del deseo solo pueden ser despertados en determinadas edades y formas del cuerpo que buscan la belleza, en determinadas etapas de la vida de una mujer, donde le son permitidas despertar pulsiones que puedan generar cierta oferta y demanda en este circo que se rige por las cantidades y las plusvalías. Y claro, sí, hay una plusvalía del cuerpo en absoluta evidencia, hay una política tenebrosa funcionando, hay celdas que coaccionan, los impulsos, la carne, el cuerpo y la edad, en sus producciones de verdades, como bellezas.

Esta es la política más abyecta del consumo sobre los cuerpos y sus deseos. Esta macabra forma de clasificación responde al capitalismo en su neo etapa y sus maneras de producir demencias y libertades, que no pueden ser.

Sigamos las huellas de Elisa que no son más que la titánica pelea entre la humanidad y su oponente. Sigamos contando a los actores nuestras huellas amorosas sin importar las perplejidades tremendas de quienes intentan día a día encorsetarnos con una vida que nunca nos perteneció.

Ficha técnica:

Actúan: Dana Basso y Lisandro Penelas
Cello en vivo: Fabio Loverso
Texto: grupo Los Pliegues 
Espacio: José Escobar
Vestuario: Ana Nieves Ventura
Fotografía: Akira Patiño y Micaela Perez Chapman
Asistencia de dirección: Vicky Brudny
Dirección: Silvina Katz

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