Poéticas

Liliana Lukin: “Yo soy mi cuerpo, y eso es lo que escribo”

La poeta y docente publicó en 2020 su más reciente libro, Como se lleva a un niño (Wolkowicz Editores). En esta nota recorre desde sus comienzos hasta los proyectos actuales.


Por Gabriela Lucatelli.

Liliana Lukin nació en Buenos Aires, en 1951. Es poeta, docente universitaria, curadora y ensayista. A lo largo de su extensa trayectoria literaria publicó hasta el momento dieciséis libros de poesía, fue asesora literaria del Centro Cultural General San Martín, coordinó clínicas de escritura en la Biblioteca Nacional y obtuvo diversos premios como la Beca del Fondo Nacional de las Artes y el Primer Premio “Ediciones Culturales Argentinas” de la Secretaría de Cultura de la Nación. Fue invitada a dar clases a universidades del exterior como la de Barcelona, Jerusalén y la Sorbonne. Revista Ruda conversó con la autora con motivo de la publicación de su último poemario “Como se lleva a un niño” realizando un recorrido desde sus comienzos hasta sus proyectos actuales.

¿Recordás tu primer acercamiento a la escritura?

A los 13 ya había leído mucha literatura de la época, desde narrativa soviética hasta la Colección Robin Hood completa, desde Corín Tellado a la revista Intervalo y El Tony, desde los libritos de detectives o de cowboys hasta las revistas Susy, secretos del corazón a escondidas. Pero también la colección de historia de la narrativa argentina de EUDEBA y los tres tomos de la Enciclopedia Sopena, donde me apasionaba la sección de Mitología Griega y Romana, además de mi pasión por la poesía, que retiraba de la biblioteca de la Escuela Normal Nacional, donde cursaba primer año…(en esa época se respetaba la ley de que las ediciones de todos los premios municipales, nacionales y provinciales se repartían en escuelas y bibliotecas públicas de todo el país). Me prestaban de a 10 libros por semana: leía y copiaba los poemas que me interesaban en cuadernos. Y a los 13 escribí ese, el primer poema, de amor.

¿Cómo llegaste a la primera publicación y cómo fue el proceso?

En tercer año tuve como profesora de la materia Ciencias de la Educación a Aurora Venturini, ella me “vió”, y me pedía poemas que llevaba al diario El Día, de La Plata: me publicaron varias veces poemas que hoy no soportan una lectura…. Esto en cuanto a lo que podría llamar una “iniciación”. En 1970, habiendo ya armado mi propia biblioteca, empecé la carrera de Letras, y eso fue una primera revelación: incorporé no sólo autores, sino modos de leer y por lo tanto, de escribir. El pasaje a la otra escritura, después de publicar en 1978 el primer libro, del que reniego, ya se había abierto para mí entre 1973 y 1974 (cuando se vuelve a cerrar la Universidad), con las cátedras de Noé Jitrik, Octavio Prenz, Josefina Ludmer, entre otros, y el acceso a Barthes, Jakobson, los formalistas rusos, conceptos de ruptura y espacialización, y el interés por la filosofía y el psicoanálisis, que modelaron otra forma de pensar lo literario. El siguiente libro, Malasartes, publicado por Galerna en 1981, fue radicalmente diferente: creo que me convierto ahí en mi propia contemporánea, escribo sobre los desaparecidos, la tortura, el silencio, y lo considero el primero, aunque esos temas fueron más radicalmente trabajados en el siguiente, Descomposición, escrito entre 1980-82.

“Si se trata del duelo por el compañero de vida, y esa experiencia no se ha vivido antes, es no solo diferente, sino un proceso de escritura que hay que inventar: cómo decir esa pérdida sin hacer un discurso ‘sentimentalmente convencional’, logrando transmitir la carnalidad de esas emociones”.


Una vida dedicada a la poesía y la docencia. Mirando en retrospectiva, ¿qué huellas dejó en vos la literatura?

He escrito “Yo soy mi cuerpo, y eso es lo que escribo”. Creo que esa frase, dicha al poeta Javier Adúriz en una entrevista que me hizo para Revista La Pecera, en el 2000, define la idea de huella, surco, marca: me he construido desde la relación vida-literatura, en esa trama, una mujer que lee-escribe y va haciendo “una poética de la experiencia”. Creo que es una definición de lo que hago y de lo que he devenido, pasando por el cuerpo, (desde el cuerpo de los desaparecidos, el de las Madres, el cuerpo de madre, el cuerpo erótico), cada palabra. La literatura alimenta mis “interseccionalidades” como sujeta. Al género, al sexo, al lugar atribuido por les otres: hija de inmigrantes, judía, iniciación “comunista”, mujer, divorciada ya en el 77, madre, escritora. Me ocupé, más o menos conscientemente, de no “encajar”, y eso deja huellas en mi literatura, reverso de cómo la literatura dejó huellas en mí.

Tu último libro, Como se lleva a un niño, es un recorrido a través de la pérdida. ¿Su proceso de escritura fue diferente al de los demás?

Es un libro de duelo, un libro sobre “su ausencia en mí”. Este libro está precedido por otro, Ensayo sobre la piel, escrito entre 2011 y 2016, donde se lee el vía crucis de una enfermedad mental, y mi acompañamiento amoroso al hermano, otra clase de duelo, y por el libro Cortar por lo sano, escrito en 1983, sobre un cuerpo amado que cae, conjeturando cómo habrá sido ese “caer”, esa muerte por mano propia que sin embargo remite a toda muerte.

Creo que hay un discurso amoroso en la escritura de todo duelo, que todo discurso amoroso es mutante, pero está marcado social y políticamente, y que las marcas acompañan lo que se ha dado en llamar “transformaciones de la intimidad”. De modo que el proceso de escritura, si es diferente de libro en libro, porque somos la misma y otra persona en ciertos momentos de quiebre, o de transformación, por motivos literarios o no literarios, a lo largo de nuestras historias, no puede no ser diferente. Y si se trata del duelo por el compañero de vida, y esa experiencia no se ha vivido antes, es no sólo diferente, sino un proceso de escritura que hay que inventar: cómo decir esa pérdida sin hacer un discurso “sentimentalmente convencional”, logrando transmitir la carnalidad de esas emociones.

El amor, los duelos y las pérdidas son temas universales de la poesía. ¿Qué hace que un poema sea tan identificable para los lectores?

Creo que hay un ritmo, un modo del texto que se escucharía como una música. También un uso de los procedimientos lingüísticos que sin repetirse necesariamente responderían a una especie de partitura conceptual. Y finalmente, una estructura total del poema que procede de un modo que, sin esperarse, se reconoce. Creo poder reconocer cuando un texto poético está escrito por una mujer, por ejemplo. Es una forma de intentar definir eso que llamaríamos “estilo”, Un modo de respirar de las palabras en las frases, una cadencia, en definitiva algo que llamo “pulmonación” y que es lo que hace tan difícil leer bien, por ejemplo, los silencios en el lugar necesario, o los encabalgamientos de frases, o el “tono”, en la poesía de ciertxs poetas.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Si bien en Como se lleva a un niño, el libro escrito entre 2018 y 2020, me propuse escribir sobre “su ausencia en mí”, y no sobre la muerte o la enfermedad (ya trabajados como dije en libros anteriores), un duelo es para siempre, y he continuado escribiendo poemas de duelo. Pero ahora son sobre “la vida sin él”. Esa escritura ya es otro libro casi terminado, o que podría continuar indefinidamente, todavía no lo sé… También tengo un libro que se llama El Museo de la Infancia escrito desde 2011, sobre madre-padre-hijos, que retomé después de haber publicado otros posteriores, y seguí corrigiendo hasta principios de 2020. Ahora está listo, creo, para publicarlo cuando se pueda.

Después de tantos libros publicados, premios y reconocimientos, ¿Cuál es ese sueño que queda por cumplir?

Nunca se sabe, porque siempre hay nuevos sueños por soñar… Pero podría jugar ese juego y decir que espero vivir aún en un mundo menos injusto, donde participo en algunos proyectos que quisiera ver crecer, donde deseo que me demanden más, y desearía seguir publicando otra clase de textos que me adeudo, crónicas ya escritas, más las que están apenas en notas y faltan escribir, textos sobre poetas amadxs que he trabajado, algunos ensayos, otros libros; finalmente, siempre escrituras.

¿Tres libros de poesía que desees recomendar y por qué?

Raúl Zurita, todos sus libros, porque está vivo y escribe desde la voz de los muertos. Anne Sexton, todos sus libros, porque la descubrí tarde y es necesaria para pensar. Marina Tsvietáieva: Indicios terrestres (diarios 1917-19), Carta a la Amazona y otros escritos franceses, y Cartas del verano de 1926 con Rilke y Pasternak, porque ahí es la gran poeta y despliega una ética y una sinceridad dolorosa como nadie.



Liliana Lukin
Como se lleva a un niño
Wolkowicz Editores
2020

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