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Cosa Hecha | El peso de las decisiones

La obra de Ignacio Torres nos habla de la importancia de pensar las decisiones, y de cómo éstas, más allá del paso del tiempo y las transformaciones tecnológicas que nos atraviesan, pueden marcar un destino colectivo.


Por Marvel Aguilera.

Los griegos siempre han puesto en tensión a las razones y las pasiones, y eso ha marcado en sobremanera la historia de nuestra humanidad. Decidir entre los placeres corporales o espirituales, preguntarnos acerca de la virtud de las decisiones, en cómo realmente encontrar un camino hacia la felicidad. Aristóteles halló en el término Eudaimonia una posible respuesta a esa disyuntiva tan marcada: la necesidad de lograr una armonización, una que pudiera conectar con las bondades propias, pero también con las ajenas. Hoy esa búsqueda parece más que un desafío. Porque de lo que se trata es de involucrarnos con algo más trascendente que nosotros mismos, pensar nuestro propósito como si fuéramos un equilibrista que bordea entre las arenas del narcisismo y las coerciones de una sociedad en buena parte automatizada.

Cosa Hecha de Ignacio Torres nos habla de la importancia de pensar las decisiones, y de cómo éstas, más allá del paso del tiempo y las transformaciones tecnológicas que nos atraviesan, pueden marcar un destino colectivo y hacernos dar cuenta de la tristeza que habita en nuestros interiores cuando optamos por desconocernos.

Una pareja de jóvenes, Gael y Lola (Francisco Bertín y María Canale), decide irse a vivir a El Bolsón. Él es un influencer en búsqueda de nuevos desafíos extremos que puedan sumarle seguidores. Ella una saxofonista que está pensando en adoptar un bebé mediante una app de celular y que lidia con la falta de intereses que le ofrece el territorio. Pese a los intentos de él por plantear contenidos que ponen en peligro su vida, lentamente empieza a perder popularidad. Ella, por otro lado, entre negativas y zozobras a sus deseos, decide entregarle su tiempo a un árbol de cerezas, el que cuidará recelosamente durante sus días en la casa.

Del otro del país, En Buenos Aires, la madre y el padre de Gael (Adriana Ferrer y Marcelo Pozzi) viven aquejados por su partida. Sin embargo, eso es un escollo más en una relación tirante marcada por el desgaste y las problemáticas que la función política del padre les trae aparejada. Entre la necesidad de ir a “rescatar” a su hijo de la aventura emprendida en la Patagonia, y los reproches entre ellos, optan por adoptar un perro que termina siendo la vía de canalización de la empatía y el amor mancillado.

“Las escenas de todos los personajes se viven simultáneamente, se cruzan, se observan unas a otras. Están pero no están. Son parte análoga de una sociedad que profundiza sus conectividades desde las más miserables soledades”.


El perro y el árbol de cerezas forman parte de una necesidad de alienación de las conflictividades por parte de ambas parejas. Un resguardo de un mundo que se empieza a derribar y que es difícil mirar de frente.

Las escenas de todos los personajes se viven simultáneamente, se cruzan, se observan unas a otras. Están pero no están. Son parte análoga de una sociedad que profundiza sus conectividades desde las más miserables soledades. El tiempo pasado recrudece en el presente, y el futuro siempre es viejo, porque muta una y otra vez convirtiendo a la sociedad en una especie de experimento permanente.

En ese sentido, la votación por una ley de adopción mediante aplicaciones pone en entredicho a la familia, entre la dinámica de una juventud articulada sobre lo digital, y el conservadurismo del padre anclado en una ideología burocratizada. Hay preguntas posibles. ¿Cuál es el límite entre la tradición y el progreso? ¿Estamos todos aptos para ser parte de las transformaciones sociales dictadas por el mercado? El discurso de rechazo del padre y el uso político de su hijo en el mismo, llevan a un escenario de disputa irremediable. El primer quiebre.

Con la familia disgregada, las ansiedades van in crescendo. La partida de la madre y los retos de peligro del hijo son consecuencia de una armonía perdida, entre el orgullo de unos y el narcisismo de otros, todo se vuelve líquido, fluye hacia un abismo sin retorno. Como la roca de Sísifo, los personajes cargan con el peso de haber tomado decisiones poco meditadas, impregnadas por lo que siempre han creído que los conformaba, pero que en ese declive parecen no tenerlo tan claro. Estamos condenados a elegir, está claro, pero ¿qué pasa cuándo no estamos seguros si lo que elegimos es realmente lo que queremos?

En la línea de los interrogantes, las preguntas retóricas de Ailín, la niña kolla fanática del k-pop, son fragmentos de esa humanidad aun no viciada por los mandatos, interrogantes ingenuos que guardan la esencia sobre lo que somos; seres que temen y buscan estar mejor, en cada una de sus decisiones. El problema es cuando se pierde el popio timón sobre ellas.

La puesta en escena de Cosa Hecha tiene matices cinematográficos que se potencian con la banda sonora elegida y los juegos de luminarias sobre los diferentes episodios de la obra. Las actuaciones están cargadas de emotividad, de multiplicidad de estados que van arremolinándose con los vaivenes que traza la vida misma: la ilusión y el desencanto, el deseo y la angustia, la esperanza y la pérdida.

Los pasillos y habitaciones de El Brío permiten mirar el transcurso de la obra desde un lugar tangible, terrenal, como si uno observara por la ventana el derrotero de una familia, de cualquier familia, incluso la propia.

El personaje de Lola, transmite ese cruce de sensaciones que bordean lo tragicómico, un ánimo desbordante, que ríe y llora, que cruza de un polo a otro y se mimetiza con las escenas que se van entreverando. Ailín, por otro lado, rompe con las solemnidades a partir de su sinceridad: baila, satiriza y también reflexiona. Porque cada uno de los personajes debe lidiar con lo que hace, y especialmente con lo que ha hecho, de sí mismo y también de los otros.

Es que Cosa Hecha es una obra que nos muestra que las distopías no son otra cosa que las problemáticas aún no problematizadas, pero que ya nos interpelan en cada acto. Una obra que nos habla de cuán importante es pensarnos a nosotros mismos para así evitar ser pensados por los demás, y de cómo nuestras elecciones pueden someternos cuando perdemos de vista nuestro horizonte identitario.

Ficha Artística y Técnica

Elenco: María Canale, Francisco Bertín, Adriana Ferrer, Marcelo Pozzi, Lourdes Varela.
Escenografía y Vestuario: Maricel Aguirre.
Iluminación: Ricardo Sica.
Producción Ejecutiva: Marina Kryzczuk
Prensa: Ati Zarate.
Fotografía, Video y Diseño Gráfico: Gastón Bejas.
Coreografía: Sofía Luna.
Asistente de Dirección: Tomás Torres Oviedo.
Dirección y Dramaturgia: Ignacio Torres.

El Brío TeatroÁlvarez Thomas 1582, CABA.
Funciones: Sábados 20:00 hs.

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