Literaturas

Lucía Vargas: “Volver la mirada hacia el pasado añorado no necesariamente tiene que ser algo doloroso”

En su tercer libro, Lo que tarda algo en irse, la poeta argentina radicada en Bogotá reflexiona alrededor de la pérdida, la nostalgia y los recuerdos positivos de la memoria emotiva.


Por Ayelén Rives. Foto: Juan Sebastián Londoño

En mayo de este año, coincidí con Lucía en el ciclo de poesía “Las flores de Circe”. Hasta ese momento ninguna había escuchado jamás de la otra, y apenas si habíamos intercambiado un par de poemas. De mirada serena y actitud calma, la saludé esa tarde y ambas nos dimos cuenta que nuestras escrituras caminaban por los mismos senderos: la naturaleza, la pérdida y la reparación.

En su libro Lo que tarda algo en irse, los poemas abordan estos temas desde una mirada cotidiana e intimista, que rescata conversaciones, objetos y lugares de la memoria para reponer ahí una sensación, esa que tarda en irse, que permanece cuando lo vivido comienza a convertirse en recuerdo.

Lucía Vargas nació en Buenos Aires en 1987, pero creció en Caleta Olivia, Santa Cruz. En 2016 llegó a Bogotá, Colombia, y allí publicó su primer libro, Todo el tiempo nuevo. En 2019 presentó Por ser del Sur, un libro con sus diarios y crónicas de viaje por Latinoamérica. Ya en 2021 se publicó en Buenos Aires, de la mano de Tanta Ceniza, su tercer libro, enteramente de poesía, Lo que tarda algo en irse, con bellas ilustraciones en interior y tapa de la artista chubutense, Dani Arias. También se publicó en España y Colombia por Valparaíso Ediciones.

Vargas actualmente reside en Bogotá y es colaboradora en las revistas Bacánika y El Malpensante. Tras su breve visita a la Argentina, intercambiamos libros y correos para conocer más a fondo su trabajo, su recorrido y las ideas alrededor de su más reciente poemario.

Revista ruda

En el último tiempo la nostalgia parece como una sensación alineada con la lógica capitalista, pero en tu libro hay otro tipo de evocación, más intimista, construida en torno a los detalles de la propia historia. ¿Se puede establecer una diferencia entre la memoria emotiva y la nostalgia?

Es interesante que plantees la posibilidad de una diferencia entre estas dos nociones. Por un lado, está la memoria que condensa información que pasa a ser recuerdo perdurable justamente por las emociones que asociamos a ese recuerdo. Estos recuerdos elegidos, seleccionados, que serán evocados una y otra vez a lo largo de nuestra vida desde una fuerte carga emocional, me llevan a pensar inmediatamente en lo que evoca el sentimiento de nostalgia, este anhelo de tiempos pasados. Etimológicamente, la palabra nostalgia nos hace pensar en lo negativo de experimentarla: el regreso doloroso. Sin embargo, volver la mirada hacia el pasado añorado no necesariamente tiene que ser algo doloroso: pensemos en ese dicho de las abuelas que dice “todo tiempo pasado fue mejor”. Tengo la sensación de que la nostalgia es una emoción que nos acerca amorosamente a esos recuerdos positivos, propios de nuestra historia, y que va de la mano de la memoria emotiva.

¿En qué lugar como poeta te encuentra Lo que tarda algo en irse?

Creo que este primer poemario me encuentra habitando esta nostalgia de la que venimos hablando. Escribí estos poemas a lo largo de 10 años, por eso el libro se llama “Lo que tarda algo en irse”. Creo que me demoré en publicarlos porque necesitaba volver a esos lugares en la memoria, pero con esa distancia que da el proceso que implica revisar, reescribir, dejar reposar, volver a revisar. Cada relectura, cada nuevo encuentro, convocaba la nostalgia de esos momentos capturados porque, como habrás notado, todos los poemas tienen una fuerte conexión con sitios, personas, objetos o situaciones del pasado. Creo que ser consciente de ese proceso y del tiempo de espera que condensan estos versos se relaciona íntimamente con lo que implica soltarlos, pero ese ya es otro tema.

¿Considerás que es un poemario de reconocimiento, de hilvanar acontecimientos y sensaciones que han ido conformando una identidad? ¿O la búsqueda por retener un poco más eso que tarda en irse?

Es una gran propuesta de lectura. Sí, puedo percibir ese reconocimiento en el mundo que me interpela constantemente y que decido escuchar. Claramente, este volverse a conocer a través de la escritura se vincula a la construcción de la propia identidad: yo escribo para entender qué pasó y es inevitable no encontrarse con una misma en las elecciones y en los acontecimientos. Y creo que esta segunda pregunta me permite volver a ese otro tema que dejamos abierto en la pregunta anterior: existe una tensión entre el soltar y el retener que se vuelve absolutamente vital y necesaria, al menos para mí. Creo que por eso nunca me voy del todo de ningún lado. Hay un sentido que se construye desde esta tensión y siento que me interesa quedarme en el medio: anidar entre el reconocimiento de aquello que estoy dispuesta a dejar ir y lo que asumo conservar. En definitiva, aprender a convivir con la nostalgia.

¿El lenguaje poético es una manera de seguir habitando y permaneciendo en tiempos de tantas pérdidas y despedidas?

Siempre nos estamos despidiendo, siempre estamos perdiendo algo o a alguien. Ya lo dijo Elizabeth Bishop: “No, no es difícil adquirir el arte de perder:/ hay tantas cosas empeñadas en/ perderse, que su pérdida no importa./ Pierde algo cada día, acepta el río/ de llaves que se pierden, horas malgastadas./ No, no es difícil adquirir el arte de perder./ Practica entonces perder más, más rápido:/ nombres, lugares, ¿para adónde ibas?/ Ninguna de estas cosas es desastre”. Después de semejante poema que esta mujer sembró en el mundo, ¿podríamos dudar que el lenguaje es una manera de seguir habitando, permaneciendo e inclusive resistiendo?

¿Cómo influyó a tu “yo poético” el hecho de haberte ido a Bogotá y empezar a crear allá tu vida?

Creo que la distancia física me ha dado perspectiva. El caminante puede ver los kilómetros recorridos una vez que se detiene y pienso que algo así me sucedió cuando me senté a revisar los poemas con Aixa Rava, mi editora. No estoy segura de cómo influye Bogotá en lo que estoy escribiendo ahora porque vivir acá es tener la ciudad encima, es estar inmersa en su dinámica de ciudad, pero tal vez luego de unos años pueda decirlo.

“Existe una tensión entre el soltar y el retener que se vuelve absolutamente vital y necesaria, al menos para mí. Creo que por eso nunca me voy del todo de ningún lado”.


¿Qué es lo que más te sorprendió del circuito artístico de Bogotá?

Su diversidad. Existen propuestas muy variadas desde lo independiente y me emociona estar en contacto con este circuito lleno de nuevas voces e intercambios.

¿Hay un sentimiento de diáspora que inevitablemente te conecta con tus raíces en la distancia?

Mercedes Sosa interpretaba una composición bellísima de César Isella, llamada “Canción de las simples cosas”, que dice “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Creo que de eso se trata este poemario y este sentimiento de diáspora del que hablás: una nunca se va del todo porque siempre vuelve en la escritura. Escribir es hacer memoria, es dejar registro, y me interesa entender ese no irse del todo desde la rememoración como forma de habitar la literatura.

En tu visita a la Argentina en mayo de este año dejaste en unas pocas manos un sobre con fanzines del colectivo de mujeres que escriben sobre mujeres de Bogotá, Las Emergentes. En cada uno se aborda desde la poesía, la narrativa y las artes visuales a las mujeres urbanas, a las mujeres diversas o a las irreverentes. ¿Qué inquietudes ves, desde tu lugar, que atraviesa en este momento a la literatura con perspectiva feminista en Bogotá?

Honestamente, no creo que pueda hablar de la literatura con perspectiva feminista en Bogotá porque desconozco mucho lo que se está haciendo actualmente, pero sé que hay cada vez más espacios de diálogo y encuentro y considero que eso también es tejer redes para enunciarlas posteriormente en proyectos literarios o artísticos. Las inquietudes que veo desde mi lugar de enunciación son similares a las que plantean las chicas del colectivo Las Emergentes: coincidimos en que la literatura con perspectiva feminista debe interpelar a lxs lectorxs desde aquellos temas urgentes y necesarios de abordar.

VERTICALIDAD

Los juncos no nacen sabiéndose juncos:
hay un movimiento que los hace, los arma, los persuade.
Se piensan desde el peso que ejerce el afuera
y la tensión del adentro.
Doblegarse y recomponerse
es la danza que aprendo de estas plantas.
Primero, me dejo caer
sintiendo las vértebras aflojarse.
Después, me levanto
escalonando la postura
hueso por hueso.
Recupero la verticalidad
de plena cara al sol.

EL GESTO

El peine comenzó a hilvanar mi pelo
y tus palabras se mezclaron con el olor de la noche
y el calor del verano.
Hablabas y me peinabas con cuidado.
Una, dos veces, casi jugando.

Después te acercaste a nuestra hermana y
con una mano
agarraste un mechón de su pelo
largo, oscuro
una divina ola nocturna
durmiendo en el viento.

Y pasaste el peine una vez más,
un movimiento suave
como la marea que sube.



Lucía Vargas
Lo que tarda algo en irse
Tanta Ceniza Editora
2021

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