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El arranque | La importancia de los sueños mínimos

La obra de Pablo Viollaz recorre el derrotero de tres hombres que, en medio de la ruta litoraleña, buscan la oportunidad de torcer el rumbo implacable de una vida sumergida en la desdicha.


Por Marvel Aguilera.

Cuando hablamos del “interior”, solemos hacernos la idea de un lugar que cruza entre las raíces más arraigadas de nuestra tradición y la braveza de un campo donde se camina a pasos soporíferos. Una Argentina en que los rasgos criollos parecieran estar más marcados, el eco de nuestras voces perderse dentro del vacío de las rutas, y las guitarras rasgarse para levantar los ánimos cuando cae la tarde y la yerba del mate se renueva.

Pero ese interior, es también el síntoma de un país que niega a mirarse al espejo. Uno que crece de forma irregular, que tambalea entre geografías que cada vez se conectan menos. Un territorio complejo, donde las oportunidades escasean, los paisajes se tornan laberintos de los que no parece encontrase salida, y los malestares se magnifican entre rostros que se repiten a diario. Un interior en que uno debe dirimir entre partir a esa idealizada capital o encontrar la forma de reconvertir sus sueños con aquello que el territorio y los suyos pueden ofrecerle.

En El arranque, la obra escrita y dirigida por Pablo Viollaz, la esperanza de tres amigos está puesta en reconstruir las ruinas de una existencia herida por el sentimiento de pérdida que han sufrido. Un dolor que puede seguir ensanchando su soledad y desamparo ante un mundo que parece no acordarse de ellos o reconocerse entre sí para forjar los lazos que les permitan recuperar el sentido de pertenencia al territorio, y también de su propia identidad.

“Todo parece inacabado, desperfecto, con gusto a poco; un ritual en que los chistes y el mate caliente sirven para olvidar las penas, y hacerle frente a esa pausa existencial que parece sumergirlos en una pecera invisible”.


Tres hombres (Fabio Herrera, Mario Riccio y Lucas Ranzani) pasan sus horas al costado de una ruta del litoral, buscando activar sus vidas a través de una vieja estación de servicio heredada. Un pueblo donde pasa poco, las rutas desiertas se ensanchan en el horizonte, las noticias corren de boca en boca, y la espera de un acontecimiento fortuito se hace infinita.

Un puesto sin provisiones, un antiguo auto sin burro de arranque, un hombre adulto sin fuerzas y expectante de su final. Todo parece inacabado, desperfecto, con gusto a poco; un ritual en que los chistes y el mate caliente sirven para olvidar las penas, y hacerle frente a esa pausa existencial que parece sumergirlos en una pecera invisible.

En ese trance, el recuerdo de los que no están hace mella en su presente. Los remordimientos se mezclan con la nostalgia, y las sensibilidades cruzan la frontera del enfado. ¿Cuál es el legado de nuestros padres? ¿Se pueden heredar las formas de ver el mundo? ¿Cómo construir un camino distinto sin sentir que se traiciona el que nuestros padres pensaron para nosotros?

Con una escenografía sencilla, donde la atmósfera rural está asentada sobre la interpretación de los tres actores: en su dialecto, en los tonos, en los hábitos propios de una vida donde el tiempo corre más lento, en el canto desgarrado; El arranque se construye como una obra en que los diálogos terminan de construir las imágenes que se proyectan hacia el espectador. Un ensueño capturado que se mece entre el humor, la tragedia y la melancolía.

La paternidad, aparece como un concepto que debe constantemente resignificarse. Está presente pero a su vez debe rearmarse, pensarse desde el consejo, el cuidado, los valores que transitan el espíritu de cada uno. Principalmente, en las elecciones personales. Es que, como casi todo en la obra, parece pender de un hilo, pero uno que se fortalece a medida que la quietud se transforma en un nueva ilusión, en una arenga colectiva para enfrentar a ese destino que parece inexorable.

Un texto que nos habla de aquellos pequeños sueños en una era donde todo es exitismo grandilocuente; de un auto que pueda funcionar de remis para ganarse la vida, de un puesto de ruta que vuelva a recibir a los clientes con un sanguche de milanesa. Porque buena parte de lo que somos, está impulsado por esas ínfimas victorias, los triunfos de la cotidianidad, la resistencia contra los achaques de un tiempo que busca marchitarnos.

El arranque no es solo una obra sobre la gente del interior, es un retrato de las dificultades de la vida y lo qué estamos dispuestos a hacer para torcer el rumbo de ella. Un canto a la amistad, a pesar de las diferencias, de edades e ideologías, porque es a través del reflejo de los amigos que podemos encontrarnos con la esencia de lo que somos y queremos hacer.

Ficha técnico / artística:

Actúan: Fabio Herrera, Mario Riccio, Lucas Ranzani
Diseño de escenografía y vestuario: Pablo Viollaz
Realización de escenografía y vestuario: La Matricería teatral
Diseño de iluminación: NT Litoral, Pablo Viollaz
Operación de luces: Damián Janza
Fotografía: Federico Jacobi
Diseño gráfico: El Surubí DG
Prensa: Valeria Franchi
Comunity manager: La Kari & Julito 
Asistencia de dirección: Noelia Galera
Dramaturgia y Dirección: Pablo Viollaz

Teatro El TingladoMario Bravo 948, CABA.
Funciones: Viernes 20:00 hs.

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