Entre las paredes de Parque Patricios, donde la figura de Ringo Bonavena todavía dialoga con la memoria popular, Lean Frizzera traza un recorrido que va del Teatro Colón al arte callejero. En un díalogo casi en movimiento, el artista repasa su universo visual —entre escenografía, graffiti y cultura punk— y reflexiona sobre el desafío de sostener una mirada social del arte en un barrio que cambia de piel.
Por Marvel Aguilera y Eloy Rodríguez Tale.
En la esquina de Caseros y Jujuy se erige más que un mural a gran escala. Hay en la figura de Oscar “Ringo” Bonavena una conexión directa con el barrio de Parque Patricios. El boxeo es deporte y comunidad, pero además es la historia de un pueblo: de aquellas generaciones que han inmortalizado en su memoria los golpes que arriba del cuadrilatero Ringo intercambió aquel frío 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden de Nueva York. Golpes que conectan historias de familia. Golpes que conectan recuerdos de hogares. Golpes que conectan, todavía, el imaginario de un barrio de laburantes que en el ultimo tiempo viene transformando su identidad social de casas bajas por torres, de clubes por grandes cadenas deportivas, de bodegones por franquicias de comidas rápidas. La estampa del pugil porteño, resistiendo sobre el ring ante el colosal porte de Ali casi victorioso, en cierta forma, expresa algo de todo ese empuje argentino: el picaresco, el guapo, el que se pone de pie frente a una adversidad que parece infraqueable por el noble honor de sentirse orgulloso de ser quien es.
En esa misma esquina, Leandro Frizzera cruza hacia la calle contraria ante nuestra seña. Junto a él está Guillermo Lopresti, el arquitecto oriundo del barrio que ideó el mural y elevó el proyecto. Son poco más de la cinco de la tarde y, entre algunas disquisiciones y fotos frente a la gran obra del boxeador popular, terminamos caminando en la búsqueda de un café que parece nunca terminar de vislumbrarse. Guillermo, de improvisto, toma la iniciativa y cruza la calle para ingresar a un gimnasio. Desde ahí nos hace señas. Sentados ya en una suerte de lugar de refrigerio de los clientes, de cara a Caseros, Lean nos habla de un recorrido singular. Uno que fue del Teatro Colón a las calles. Uno donde el arte fue tomando derivas e influencias directas, algunas silvestres y otras más técnicas. La escenografía, el graffiti, el punk y lo social cruzan en sintonía con buena parte de su formación. Sus enormes recreaciones de pulpos, robots, dragones y personajes populares emanan señales de ese micro universo que gira en torno a sus creaciones: una suerte de desborde material, como si la realidad franquera sus límites en cada representación.
Lejos del ruido de las calles, nos trasladamos en auto a su casa. Desde la terraza, de cara a un sol que se esconde, en medio de pequeñas esculturas, cuadros, máscaras y objetos familiares, Lean nos muestra un pequeño cuarto con las obras de sus alumnos. En esas pinturas, lejos de las obras a gran escala, vemos un Frizzera que nos habla desde esa conexión más social con la pintura, en un contexto político que pareciera achicar las vías de acceso a la cultura a un sector cada vez más privilegiado. En esa lucha por abrir los atisbos creativos, el horizonte de la juventud en las calles siembra las semillas, en las paredes silvestres de los barrios, de una inevitable fuerza que reniega de los silencios sistémicos de una industria cultural adormecida.

Estuve leyendo un poco de tus laburos. ¿Vos venís del mundo de la escenografía?
Estudié plástica toda la vida, porque tengo la fortuna de que mi padre arquitecto me llevó a estudiar a la escuela de Carlos Garaycochea, que era un humorista. Y ahí me vinculé con la plástica. Terminé cursando con Osvaldo Viola, el creador de Sónoman, que era un artista plástico que hacía historieta. Un tipo muy genial. Y terminé estudiando en el Colón gran formato para hacer telones.
Cuando salí del Colón, abrí un taller con un grupo de pibes de mi edad en ese momento. Y era un era una época de mucha publicidad en Argentina por el cambio de dólar. Bueno, era el polo de la publicidad argentina. Los años entre el 2003 y el 2008, había tres acciones publicitarias por semana. Y nosotros vivíamos ese ritmo. Así que por la plástica caí en el Colón y en el Colón conocí a Franco Fasoli JAZ, que es un artista de la puta madre de acá. Él me dijo, “vos tenés que pintar en la calle”. El pibe era grafitero. Yo decía “no, esa gilada del graffiti”. Y la primera vez que salí a pintar con el chabón, me transformó el punto de vista de lo que era exponer pintura.
¿Eso fue cuándo fue?
Eso fue en el 2004. Y ahí arranqué, así, tipo moto, a salir a pintar todos los fines de semana. Graffiti o una fusión, pero siempre cosas grandes, como que logré sacar un producto que terminé vendiendo. Lo sacaba al barrio, que era donde tenía mi taller, pero los mismos vecinos de la zona me compraban murales privados. Entonces, empezó a ser una actividad paralela a la escenografía. Ambas son de escala, ambas son proyectos chiquititos para el mural grande o el decorado grande.
¿Por qué te interesan tanto los grandes proyectos?
Porque a mí me parece que tiene un impacto, que no tiene nada que ver con la galería y con el museo. Los museos son excluyentes y el arte público es inclusivo, en el mejor sentido de la palabra. Inclusive desde ese lugar de que la gente va a pasar por acá -Parque Patricios- a ver a Ringo y va a entender que es una estilización de Ringo y que alguien la pintó, pero se pregunta un montón de cosas. Mientras que los museos siguen siendo para ciertos afortunados. Bueno, yo fui uno de esos, mi viejo me llevó un museo. No es el común de todos los pibes.

¿Y qué encontraste en Buenos Aires como ciudad que conecta tanto con eso?
Y hay una aceptación por el arte en el espacio público que no está en ningún lugar del mundo. No solo desde lo legal, que hasta el 2017 no había ningún problema de sacar y usar una lata contra una pared. Sino que digo desde lo barrial, la aceptación pública, no lo legal.
Eso es Argentina, es así, a la gente le copa, hay una cuestión de lo que pasa con la pintura urbana y la pintura de gran formato que está dentro del chip de la gente en los barrios. Me gusta. O sea, es un 85% contra un 15, gente que le gusta y gente que no le simpatiza o no le da bola. Pero así es la proporción.

“Los museos son excluyentes y el arte público es inclusivo, en el mejor sentido de la palabra. Inclusive desde ese lugar de que la gente va a pasar por acá -Parque Patricios- a ver a Ringo y va a entender que es una estilización de Ringo y que alguien la pintó, pero se pregunta un montón de cosas”
El tema de los murales a gran escala, eso fue algo que tuvo un boom hace algunos años. ¿Cómo explicás eso?
Y con la aparición de lo que se llama el street art. O sea, el graffiti mutó mundialmente a unas disciplinas un poquito más abiertas. El graffiti es muy de nicho, es muy de banda, es muy de crew y de gang, que a mí me gusta, pero bueno, entiendo que es para un sector más chico. El street art se abrió con el stencil, con el muralismo, con otro tipo de lenguaje y se fusionó. Entonces, vamos a decir que se puso más de moda. Y también la llegada de las marcas y la utilización del street art como una herramienta publicitaria. Eso lo puso definitivamente de moda y en el vocabulario de todas las personas.
¿Sentís que también en ese arte callejero hay una disputa de la identidad real respecto de lo otro que quiere mostrar el mercado a través de las marcas o las publicidades gubernamentales?
Intenta rescatar un poco eso el street art y me parece que eso sería un análisis de la famosa gentrificación. Yo creo que todos pintamos y todos dibujamos. Entonces, la pintura está más cerca que ciertas cosas, está más cerca de la gente. No sé cómo explicarlo. Está siempre bien visto que un tipo esté pintado.
Entonces, ahí puede ser que el street art conserve cierta armonía dentro de estas cosas más gentrificadas. O sea, te viene una marca, como Vans, me contrata a mí, hacemos un mural. Y a la vecina le gustó, quizás le gusta más que una publicidad de Tini de Mercado Libre. Entonces, claro, hay una cuestión ahí. Pero le gustó porque es una pintura, no sabe lo que es Vans. Vio a un pibe que “no se está falopeando”, me dijeron eso mil veces, no una. Un tachero te dice, “andá a laburar.” y después viene otra señora y te dice, “qué bueno que no te estás falopeando y estás pintando.” ¿Me entendés? Hay una cuestión ahí de tradición de la pintura que hace que llegue de otra manera a la gente.
En una nota vos hablabas de la necesidad o que tenías esa búsqueda de generar un impacto a través de los murales. ¿Cómo se sigue sosteniendo eso en este contexto -del que estamos hablando- de la disputa por la identidad? ¿Cómo haces para que ese impacto sea bien recibido y no contraproducente?
A mí me parece que es como lo mismo. Para mí la publicidad cada vez se aleja más de las personas y el arte está cada vez más cerca de las personas. Entonces, hay una cuestión ahí. No competimos con la publicidad nosotros.
Me pasó infinidad de veces que clavé un muro en una pared y a los 2 meses había un un soporte de Viacard, que es una marca que hace publicidad. Evidentemente, no estamos compitiendo, estamos en dos canales diferentes. Más allá de que después las marcas nos tomen. Digo, para mí el muro de ringo no compite con una publicidad. Vos puedes venir con el banner más hiperrealista de la tierra y clavarlo ahí que no pega la mitad de esto que por más que sea una imagen gigante con colores y estridencia. No pega igual que el trabajo mancomunado para lograr una obra gigante.
¿Y qué significa para vos haber hecho un mural de Ringo Bonavena, qué crees representa esa figura para el barrio?
Mirá, yo soy docente de Plástica y de Pintura hace miles de años y me pasa algo con el tema de la representación, que es que no recurro directamente a al retratismo o no al retratismo solamente. Yo pinto dragones, pinto imágenes gigantes de medusas, mutantes, todo. Pero hay ciertos personajes que sé que van a funcionar como canal para llegar a más gente.
Entonces, utilizo el medio de la representación pictórica y más de estilización para llegar a más personas eligiendo estos personajes. Acá fue una convocatoria de un privado que me dijo, “quiero un Ringo.” Pero yo elegí una foto bien jugada: está en un décimo quinto round contra Mohammed Ali. De hecho, nos lo explicaron, “¿che por qué está que es una foto tan mocho”, y porque tiene otro impacto más visceral, no es lindo. Porque yo me peleo con el arte lindo, para mí el arte no es lindo A mí el arte es una manifestación de un artista es la manifestación o es el resultado de una tamización o sea pasa por un cerebro, unos ojos y termina representado de una manera.
Por eso cuando elijo o me convocan para estos personajes, intento alejarme lo que más pueda del hiperrealismo, sino acercarme más a lo gestual, a la pintura de gesto, a Lucian Freud, a Alonso, a Roux. Acercarme, no significa que esté a 400 millones de kilómetros. Pero vino un chico acá, cuando estábamos terminando el Ringo y me dijo, “pensé que era una pintura de Alonso.” Y yo me puse a llorar.
O sea, yo veo a Alonso con mi viejo desde que tengo 5 años. Entonces, que a que un tipo x que conozco, alguien, me diga, “yo pensé que era una pintura de Alonso.” Y yo me dije, “bueno, lo hicimos bien.” ¿Entendés? Porque el hiperrealismo es una fórmula. Yo agarro una foto, la copio y queda igual. Ahora, encontrarle un gesto y que llegue, y que llegue el color a la gente, es todo un laburo. Bueno, acá lo logramos, y yo siempre estoy en esa búsqueda cuando hago retratismo. Que la foto no sea linda, pero que la pintura llame mucho la atención.

Lo que también te preguntaba es -en el caso de Ringo en particular- que era un personaje además de un gran boxeador, alguien picaresco, muy de la representación del argentino. ¿Eso también se tiene en cuenta, el poder transmitirlo de alguna forma?
Totalmente, hace dos décadas atrás con otro artista hicimos una serie de santos de los barrios populares.
Entonces, marcábamos estos personajes de barrio, o sea, personajes groseros como figuras sacralizadas o santificadas. Y tenía otra llegada. Si yo me ponía a pintar, si lo comparaba con pintar un dragón de 30 metros o un Tévez, pues llegaba más con Tévez que con dragón. Sí. Llegás de otra manera, porque es una figura que la gente tiene ya incorporada, que lo conoce, esto que dijiste vos: mística. Están en la misma salsa que que esos personajes. O algunos crecieron con ellos, entonces pega de otra manera.
¿Cómo se charla, cómo se dialoga eso respecto de puedo mantener tu esencia, tu impronta y a su vez la de la demanda del privado de lo que está buscando.
Primero, cada caso es muy particular, porque hay gente que te llama sabiendo lo que es una pintura y hay gente que no entiende nada y le dijeron “pintá un mural que va a quedar lindo”.
En ese caso, tenés un par de combates. Después, en el caso de clientes que ya saben lo que quieren sentir con el muro, bueno, tenés que estar abierto. Si en la imagen viene una cuestión de retrato, tenés que estar abierto a tirar muchas opciones. A mí me pasa eso. Yo veo el edificio o veo la pared, veo el soporte y digo, “yo sé qué va a funcionar acá.” Sé perfectamente lo que va a funcionar ahí por cuestiones compositivas, y busco una cantidad de imágenes para acompañar al cliente a que eso le guste. Y aparte, realizo montajes digitales, o sea, terminan viendo una previa de lo que se va a ver. No la pintura final, porque la pintura final es una pintura. Pero sí ven una imagen y una descripción de lo que va a pasar con su pared.
Volviendo a esa identidad de la que hablamos, esta disputa, y que el arte trata de representar. ¿No hay también un aspiracional del barrio, de la comunidad, que por ahí debate respecto de cómo se quiere mostrar?
Un millón, eso es así, lo estás diciendo. Mirá, yo participo y doy talleres en Isla Maciel, una movida del museo comunitario en la que doy hace tres años talleres. Y nos pasó infinidad de veces, que plantamos imágenes neutrales para ver el taller. No son ni retratos, no son imágenes de San Telmo, no están los jugadores, no hay fútbol.
Puede ser un pulpo gigante con elementos de arte. Y muchas veces el barrio nos viene a preguntar por qué no pintamos al Gauchito Gil, ¿me entendés? ¿Por qué no pintamos a San la Muerte? Y nosotros le explicamos: esto es un canal para acercarnos, por ejemplo, a los pibes. No a los grandes. Si los grandes no quieren, que no lo vean. Pero si un pibe de Isla Maciel se pregunta por qué un chabón están dando el curso y quiere estudiar pintura, y bueno, algo hiciste con ese mural. ¿Entendés lo que te digo? Me parece que también hay un combate ahí entre lo que puede pasar con el street art y la gentrificación.

“Muchas veces el barrio nos viene a preguntar por qué no pintamos al Gauchito Gil, por qué no pintamos a San la Muerte. Y nosotros le explicamos: esto es un canal para acercarnos, por ejemplo, a los pibes. No a los grandes. Si los grandes no quieren, que no lo vean. Pero si un pibe de Isla Maciel se pregunta por qué un chabón están dando el curso y quiere estudiar pintura, y bueno, algo hiciste con ese mural”
¿Cómo llegaste a ese taller?
Yo llegué a Isla Maciel porque Gerardo Montes De Oca, que es un maestro, de Isla Maciel, un maestro de escuela, se puso como objetivo hacer un programa para desestigmatizar al barrio. Él ve a los pibitos, se le mueren al lado, tiene historias terribles, pero cosas terribles de verdad. No pavadas. Y él ve que son buenos pibes, que tienen todo el mundo por delante y están aislados. Entonces desde hace 10 años me convoca para ir a pintar un primer mural, en este proyecto que arma a pulmón. Sin ayuda de nadie. Yo nunca pude, porque en ese momento viajaba mucho a Alemania, Francia, laburaba mucho y nunca pude ir a pintar.
Hace tres años me dijo, “tenés que dar un taller, te tenés que copar, el proyecto caminó un montón.” Llegaron a hacer 600 murales, que es un montón. Y empecé a dar talleres donde beco a los pibes de Isla Maciel y de un par de barrios del sur, y después otras personas vienen y pagan el curso. Entonces, hacemos una imagen gigante con un ejercicio de ocho clases y hay un montón de pibes que participan, se van con una herramienta, y a la vez viene gente que toma el taller de manera privada.
O sea, hay alumnos que bancan que otros pibes tomen el taller, esa sería la movida. Eso con sponsor, con marcas. Así llegué, y ahora hay una peli que se estrenó que se llama Pintó la isla. Y ahí se vincula todo esto que pasa, de la gente que quiere quizás estudiar muralismo porque lo ve como una herramienta para vender imagen y se encuentra con un barrio que tiene una actividad de clubes de boxeo, que tiene a San Telmo, que tiene una escuela de cerámica. El street art termina funcionando de alguna manera.
¿Hay como un muralismo silvestre que no necesariamente surja de alguna planificación?
Cien por cien. Totalmente. Hay gente que está detrás de eso, digamos.
¿Qué significa “detrás”?
Que hay gente que planifica una cosa más suelta, o sea, medio como el espíritu del graffiti. Si nos juntamos nosotros cuatro hay una pared, vamos y la escrachamos. No de los trenes, de los grafitti, y de ir y pintar un muro. Sigue estando esa organicidad.

Siempre tomo cosas de otras notas para una pregunta nueva y me acordé de Marcia Schwartz, que hablaba sobre el academicismo del público y la pérdida del ejercicio de la contemplación, de visualizar algo y que no haya siempre una exigencia de analizar. ¿Cómo ves vos esa situación con tu obra?
Coincido cuatrocientas veces con Marcia Schwartz, en todo. En su arte y en lo que está diciendo. Es lo que está pasando ahora con todos los muralistas, suben un mural y hacen que acompañe al mural un texto. ¿Por qué? ¿Por qué yo tengo que saber escribir si estudié pintura de 20 años? Yo no tengo que saber escribir. O hablar. Podría hablar mal y pintar bien. O pintar como se me antoje, pero digo, hay una cuestión aspiracional. No sé si la palabra es “snob”, porque snob enmarca otras cosas, pero sí hay una cuestión de elite. Vos sos artista si tenés un buen brochure, o si tenés una buena presentación de carpeta y si acompañan tus obras unos textos muy copados que no entiende nadie. Y para mí el arte tiene un impacto directo. Vos llegás al Prado y ves el Guernica y aunque no leas nada, sabés lo que pasó ahí. Está pasando algo. Lo que pasa con Lucian Freud, que nadie me tiene que explicar ningún cuadro de Lucian Freud. Ni textualizarlo. Digo, ¿por qué hay que ponerle un adorno textual si es un cuadro que ya tiene un impacto, que es una víscera viviente?

“Vos sos artista si tenés un buen brochure, o si tenés una buena presentación de carpeta y si acompañan tus obras unos textos muy copados que no entiende nadie. Y para mí el arte tiene un impacto directo. Vos llegás al Prado y ves el Guernica y aunque no leas nada, sabés lo que pasó ahí. Está pasando algo”
Eso no quiere decir que el artista no tenga nada que decir, el hecho de que no tenga un texto…
Sí, pero está pasando y yo lo veo hasta en los modismos de estas personas que vos mencionabas, que se termina en nada, son lugares de exclusión. Marina Cisneros también levanta muchas notas con eso, que es una fotógrafa. Dice, ¿qué está pasando que nos aislamos tanto en los modismos de cómo tiene que ser un artista? ¿Tiene que ser así? Yo puedo ser botellero y pintar bien, o carnicero.
Ahí entran en juego, no por señalarlos, los curadores.
Sí, yo creo que entra en juego que todos queremos ir al Malba. Mi anhelo no es pintar bien ni que me quiera mi hija. Quiero que me quiera Constantini. Te celebro si Constantini te compra un cuadro de dos palos, pero no puede ser tu última instancia del camino de la serpiente, boludo, porque te volviste algo muy trucho y muy para un público que en realidad decías que detestabas. Que ahí es bien jodido eso, porque yo crecí con gente que se decía punk, pero que su aspiración máxima de la vida es estar en el Malba. Y me preocupa eso.
¿Por la salida económica es eso?
Sí, que aparte eso es una gran mentira, porque para vender pinturas no es el Malba una oportunidad. Tenés miles de canales: el nuestro, que es el gran formato; la autogestión, el do it yourself, o sea, acá existe desde la dictadura, un grupo de personas que quieren exponer pintura. Pero bueno, evidentemente lo que se comunica es eso. Si vos ves todos los días notas de Constantini… Y a mí me gusta el Malba. Pero no es mi aspiración. Y ahí terminó mi carrera o ahí se culminó. Me coroné porque Constatini me compró un cuadro. Quiero decir, es complicado. Es otra forma de gentrificación.
No con un barrio, no con un pueblo, no con una población, pero sí con una disciplina y el estilo que tenías. Nosotros somos la herencia de Quinquela, que era un gestor que iba a Nueva York, vendía cuadros y te ponía un lactario. O iba a Nueva York, vendía cuadros, y te abría una estación de bomberos. Ojo, ¿cómo vamos a perder eso? Y el chabón dejó todo eso porque estaba enamorado del sur y de La Boca. Quizás dejó de comprar cosas, bueno, mascarones de proa se compró un montón. Pero digo, dejó de hacer algunas cosas para pelear por lo que más lo representaba, que era la Vuelta de Rocha.
¿Es un error creer que un pibx de bajos recursos sin apoyo privado puede transformarse en un artista plástico? Porque uno piensa mucho en la autogestión de los músicos ahora, que encontraron una especie de beta aspiracional de salir adelante con la música de sus carencias sociales.
Creo que cada vez es más excluyente, entonces, si no lo popularizamos termina siendo eso: la reunión de 10 personas con pilcha buena. Está todo bien, a mí me gusta la campera Alpha, voy y me la compro. Yo no discuto eso.
Pero para que siga siendo popular y esa piba o ese pibe que pintan bien tengan oportunidades, lo tenemos que abrir. Por eso me parece que esto de los personajes de barrio termina acercando gente a la pintura. O sea, si hay 1000 murales de Maradona, entonces Maradona hizo más por la gente que lo que creíamos que había hecho. Si hay 1000 murales de Maradona, hay gente hablando de pintura. Y hay un pibe que creía que no iba a hacer nada por la pintura y ve un chabón laburando de pintor.
Yo -de nuevo- tuve la suerte que mi viejo arquitecto, fanático del arte plástico, me bancó 10 años una carrera privada en una escuela de plástica. Ahora, esa no es la suerte de todos los pibes que yo conocí que dibujaban. A uno el papá le dijo que era maricón, a otro le dijo que se iba a cagar de hambre. Mira dónde estamos. O sea, por eso, esos pibes van a tener la oportunidad si seguimos popularizando los canales de exposición y de instrucción artística. Si los cerramos al Malba, esos pibes pierden. De nuevo, no significa que van a hacerse millonarios ni va a cambiar mucho su vida. Yo pienso que un pibe nace pobre y se muere pobre y un chabón nace rico y se muere rico o más o menos, pero digo, es probable que la viva mejor si se encuentra con la pintura.
Vuelvo a los murales. Pienso si el hecho de esa representación artística y estética salvaguarda o rompe un poco cierta lógica actual de que muchas cosas de lo artístico pasen a través de las redes sociales. Y el mural, el hecho de que esté en medio de la calle, genera una suerte de resistencia a eso.
Sí, hay un encuentro complicado ahí porque yo hasta los mejores pintores que conozco contemplan que el mural hasta que no está en las redes no golpea. Es muy loco. Con los que crecís pintando en la calle que pintan de la puta madre y vos decís, “no le importan las redes”. No, sí le importan las redes.
Las redes importan. El canal de ventas es por ahí, el canal de exposiciones es por ahí, y no hay con qué darle. Yo pienso igual que vos, que para mí golpea más si yo pinto un pulpo en mi barrio, que golpea solo porque lo estoy pintando en mi barrio, y me ve la china, me ve el verdulero, me ven todos, y me llevo mejor. Les caigo mejor desde que saben que soy pintor, te lo juro por dios. Ahora, llega más ese pulpo en Instagram. Llega más, se mueve más, se comparte más. Hay una especie de subnicho de la pintura que se mueve por todos lados.

“Te celebro si Constantini te compra un cuadro de dos palos, pero no puede ser tu última instancia del camino de la serpiente (…) porque yo crecí con gente que se decía punk, pero que su aspiración máxima de la vida es estar en el Malba. Y me preocupa eso”
¿Qué pasa con el muralismo, una cosa así tan grande como un mural, que tiene que ver con con la artesanía de pintura a mano, respecto de todo lo del medio emergente del arte NFT?
Yo trabajo con realidad virtual. Trabajo con un programa llamado MultiBrush. De hecho, vengo recién de una reunión en el CCK por un curso de realidad virtual que doy de plástica, en realidad virtual.
Entonces, están en este momento vinculados, de hecho hay programas para plantar un mural con la cuadrícula que yo hice el Ringo. Mientras que la visualizás, la croqueas en la pared y vas dibujando. O sea, ahí hay un vínculo. Después el mercado NFT fue algo que en su momento explotó bastante y hay un par de kioscos de NFT con muralismo. Yo participo en un par. Pero están vinculados más con animar un muro. Entonces, te doy un NFT de un mural mío animado. O sea, creo que son cosas que se retroalimentan. No me parece que alguna vaya contra la otra. Después, bueno, hay que ver qué guita real hay detrás del NFT. Pero es divertido por un lado.
¿Qué pasa con la gente que vandaliza? ¿Cómo te pega a vos el vandalismo artístico? No en una pared virgen. En La Plata hace unos días bardearon un mural de Rocambole, por ejemplo.
Mirá, hay una cuestión que me pasó a mí siempre desde que salgo a pintar. Mi objetivo es pintar el muro. Entonces, cualquier pelea o debate con un vecino o algo así, me parece como una gran boludez. Si me quiero agarrar a piñas con uno, me agarro a piñas. Digo, y la verdad que molestar a un vecino por algo que tenés ganas de hacer vos, de tirar un par de líneas de aerosol, me parece un montón. Nunca lo banqué y no me cabe. No me parece que esté siendo rebelde contra ninguna ley eso. Todo lo contrario.
O sea, gastaste una lata de 20 lucas en vez de comprarte un vinacho para ir y bardearle la puerta a un vecino, ¿en serio, boludo? Eso me parece que no. Menos un mural de Rocambole, que es un icono de la gráfica del rock, un maestro, un tipo noble. No es un forro, porque si fuera un forro, te banco, andá y escrachalo. Pero justo Rocambole, me dio pena.
¿Cómo ves el tema de los cursos de muralismo orientados a gente que no quiere una profundización en el arte, sino poder acceder a la “experiencia” de hacerlo, y después cuando se encuentran con eso, no les sucede?
Yo doy talleres con una metodología de un paso a paso, que es la misma que usás para pintar cualquier cuadro. Lo que pasa que yo lo doy para hacer gran formato, y cualquier persona que tenga disponibilidad de sus dos manos, su cerebro y la atención y esté abierta a aprender, viene y se va pintando un mural en cuatro clases. No hay vuelta. No hay experimentación. No te pido que sepas dibujar. No tenés que saber nada. Tenés que venir con voluntad, yo te doy un paso a paso, y pintas un mural.
Y después, hay cursos de experimentación tipo safari y salir a la calle. Que a mí me parece que la calle no es un safari, es el lugar donde vivimos. Digo, esa experiencia de salgo a pintar porque es reloco y me voy sin nada, no la banco, y me parece que son maneras de sacar un mango y no vuelven. No vuelve, sacaste el mango y nada más.
Llévaste a 10 a pintar ahí a un costado, en vez de hacer colectivo un mega mural enseñándole a la gente a que se vaya con una data, o sea, eso es la mochila de cada uno. Yo sé que de cada curso que doy con 50 alumnos, me quedo 10 amigos, ya está. Los otros, por diferentes situaciones, no, pero con 10 amigos me quedé siempre. Entonces, hay algo que pasa que sé que funciona, que ven en el trabajo colectivo, que ven que funciona el paso a paso, que entienden el lenguaje, ¿viste? No es venir a experimentar ser un grafitero.
¿El mural es un trabajo colectivo?
Sí, cuando yo doy las clases es un trabajo colectivo, porque yo te traigo un plan que entra en esta mesa, pero después pintás un mural de 30 metros de largo. Y es un paso a paso colectivo, lo bajo de esa manera. O sea, sino no existiría Siqueiros. No podés verlo de otra manera. Vos haciéndo el mural de Ringo no podés trabajar cerrado. Está bien, yo voy con un ayudante, pero el otro ayudante es mi mano derecha. Está ahí laburando, sabe todo el plan de lo que tiene que hacer. Está compartida la información. Si lo grabó, sabe hacer el mismo mural que hago yo. Con más o menos resto, pero sabe.


