Literaturas

Cristian Vitale: “Reactivar la trilogía de San Martín, Rosas y Perón es una bandera de lucha y resistencia”

El docente y periodista Cristian Vitale expone en su libro San Martín, Rosas, Perón, editado por Octubre Editorial, una lectura y análisis sobre la trilogía nacional, sus orígenes, persistencias y mutaciones.


Por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale

El sable corvo era el arma que usaban típicamente los moros en Oriente medio. José de San Martín lo adquirió en Londres en 1811, usado, poco antes de dejar España y emprender una campaña gloriosa que culminaría con la independencia de Argentina, Chile y el Alto Perú. A su muerte, desolada, junto a Don Mariano Balcarce llorando en su lecho, tras haber sido acusado de traición a la patria por Rivadavia, le siguió su testamento. El hombre que había escrito las páginas más importantes de la historia americana fue claro en su legado: el sable corvo sería destinado a las manos de Juan Manuel de Rosas, el Colorado del Monte, “como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. La postura detrás de ese gesto es la que compartieron San Martín y Rosas a través de una extendida correspondencia, la defensa de la patria ante la amenaza extranjera, y la lealtad infranqueable para con su pueblo libre.

La historia argentina es siempre cíclica. Cuando las sociedades son azotadas por políticas de ajuste orientadas a la teoría del derrame, se empieza a hablar de independencia económica, de volver a revisar los cimientos de la soberanía nacional, la que construyeron los libertadores y líderes sociales a merced de la voluntad popular. ¿Se puede volver a hablar de independencia regido por las condiciones del Fondo Monetario Internacional? ¿Se puede hablar de soberanía cuando las prioridades son el mercado y los agentes foráneos?¿Cómo pensarnos independientes hoy? Las opciones son acotadas. Nos movemos en una caja de Pandora, entre prejuicios y fantasmas. Pero una de las posibilidades es revisar nuestra historia, ahondar, desde la perspectiva nacional, en las ideas que nos llevaron a construir una identidad propia: alejada de las categorías europeizantes, de la historiografía liberal que propuso desde el poder el mitrismo. Cristian Vitale escribió San Martín, Rosas, Perón (Octubre), un ensayo que rescata la preponderancia de las tres figuras más importantes del campo nacional y popular. En él destaca los puentes que se han tendido a través de sus políticas a lo largo de los años, políticas que fueron claves para que en la década pasada se recuperara un espíritu patrio, renovado, perdido entre los terrores de la última dictadura y las zozobras ideológicas del gobierno menemista.

“Cuando pierde el rosismo y el proyecto federal ingresa el proyecto de Mitre y Sarmiento, que es absolutamente represor, racista y positivista. Todo eso está legitimado porque construyen un Rosas violento. Con Perón pasa lo mismo.”


“Empecé cuando era muy pendejo, a los 12 años. Mi viejo me llevaba a una unidad básica que había a la vuelta de mi casa que se llamaba Justa, Libre y Soberana. Estaba por ganar Alfonsín”, dice Cristian Vitale en la vereda de El Banderín, sobre la esquina de Guardia Vieja y Billinghurst. Es una tarde nublada y el Abasto parece eyectado de una vieja Polaroid. Los autos ladran a un costado y Vitale almuerza un sánguche de miga con gasesosa. Ofrece un pucho. Agarra su libro sobre la mesa y repasa las frases marcadas con lápiz. Su ensayo empieza con esa anécdota, la del cantito que se repetía desde la militancia en esa incipiente democracia y que tenía una paradoja. “Me llamaba la atención porque los tipos terminaban de cantar ‘se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar’ y empezaban con el otro. Yo de pendejo me preguntaba, cómo puede ser que putearan a los milicos y después cantaran una a favor de ellos”. Una de las claves del libro es entender el punto de enlace de las tres figuras: los tres eran militares nacionales.

Rosas y Perón eran considerados tiranos porque habían osado combatir a la oligarquía, cada uno en su tiempo, forma y contexto.”
(Vitale, 2019)

Vitale dice que a partir de los dos golpes de Estado, tanto el del ’55 y como el del ’76, se abrió una dicotomía entre la sociedad argentina respecto a la noción de “lo militar”. Una grieta propia de la cultura occidental incapaz de salir de los escenarios ideológicos binarios. Sin embargo, el campo popular siempre estuvo consustanciado por las figuras de los tres generales, en cada época y contexto, con sus diversos matices. “Cuando el peronismo sintetiza las tres banderas: soberanía nacional, independencia económica y justicia social; está sintetizando en estos tres hombres el lazo militar de esa triada. Para atrás se puede leer a San Martín como liberador del continente: con esa visión de la Patria Grande, sobre los pueblos originarios, sobre lo popular. También se puede encontrar en Rosas – depende el Rosas que construyas -, como el amigo de los gauchos que conoce al hombre de campo, el que permite las festividades negras, quien lucha en Obligado, el que tiene un ahijado ranquel que incluso le pone su apellido. Hay un Rosas muy popular, que tiene que ver con la identidad fuerte del campo popular. Y hay otro Rosas del que se apropia el nacionalismo de los años treinta”.

La honda raíz de la tragedia de la historia argentina se encuentra en la sanguinaria lucha que se entabla entre los que creían que “el progreso y la civilización” tenían que venirnos de afuera, entregando al país espiritual y materialmente al signo foráneo, y los que proclamaban, cual “santa causa”, la actitud contraria, procurando la emancipación mediante la integridad del acervo territorial heredado de España por los individuos y la masa. (Molinari, 1962)

Las mayores complejidades surgen a partir de conciliar la figura de Rosas con la de Perón, desde lo fáctico, ya que el tres veces presidente evitó nombrarlo en los discursos durante sus mandatos, aunque las alusiones tanto en sus decisiones políticas como en la militancia rosista de sus allegados -John William Cooke, Diego Molinari, Vicente Aloé – hacía pensar que había una razón meramente pragmática detrás, la de sortear las acusaciones de “caudillismo” y “tiranía” de parte de los liberales, por sobre el apoyo historiográfico en que creía. Ese vínculo, a partir de sus enemigos, encuentra asidero en un interrogante, ¿por qué los liberales dicen que Perón es el Rosas de siglo XX o que Rosas es el Perón del XIX? Vitale certifica: “Es una discusión interesante en el seno del peronismo, que te habla de cómo es éste: un movimiento muy heterogéneo e inclusivo, que permite que haya tendencias que se enfrenten. Esto pasó con la reivindicación de Rosas. Ya en la época de la resistencia yo constato que una gran parte del Movimiento Nacional Justicialista se pliega a la triada San Martín, Rosas, Perón. De hecho empieza a ser ese un cántico que dura hasta la dictadura. Luego se retoma a principios de los ochenta, en la vuelta a la democracia. Se oscurece en el peronismo liberal de Menem, y reverdece con los gobiernos de Néstor y de Cristina. Es una línea política histórica que los Kirchner reivindicaron fuertemente”.


En esa construcción que la oligarquía sostuvo durante buena parte de la historia argentina, asentada bajo la dicotomía sarmientina de “civilización y barbarie”, hubo una necesidad práctica de los poderes concentrados: alentar una y otra vez el golpe de Estado cuando veían en peligro la llamada libertad de mercado. “Uno de los elementos similares en el tratamiento político es que a esa construcción violenta de los “caudillos bárbaros” solamente les cabía una violencia mayor. Eso justifica las represiones del siglo XIX y los golpes de Estado del siglo XX. Cuando pierde el rosismo y el proyecto federal – en su versión provinciana o en su versión rosista – ingresa el proyecto de Mitre y Sarmiento, que es absolutamente represor, racista y positivista. Todo eso está legitimado porque construyen un Rosas violento. Con Perón pasa lo mismo, se agarran de dos o tres hechos que inevitablemente se ejercen como violencia estatal (porque el Estado siempre ejerce un máximo o un mínimo de violencia). Y yo creo que la violencia estatal que ejercieron Perón y Rosas es ínfima al lado de la violencia estatal que ejercieron sus enemigos”.

Todo lo que nos rodea es falso e irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo, es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera”
(Scalabrini Ortiz, 1936).

En el último año de su gobierno, Cristina Fernández propició la exhibición del sable corvo de San Martín en el Museo Histórico Nacional, el mismo que se encontraba en el Regimiento de Granaderos a Caballo desde 1965. El gesto, lejos de ser una anécdota en la agenda presidencial, reafirmaba una línea de continuidad que se había abierto tras la reposición del Día de la Soberanía en honor a la Vuelta de Obligado y el recuerdo de Néstor Kirchner por militares nacionales del talante de Mosconi, Savio y Valle. Para Vitale, Néstor y Cristina, representantes del peronismo del siglo XXI, son los continuadores del legado de aquella triada, de las ideas del campo nacional y popular, tanto en lo económico, en lo social y cultural, y que son sintetizadas en una característica central, la identidad de lucha. “Cuando parece caerse la identidad nacional con el muro de Berlín, parecía que la trilogía se caía. Era el ‘fin de la historia’ y por lo tanto el fin de cualquier mirada sobre ella. Ahí se caen un montón de significaciones. Y yo creo que los Kirchner recuperan esa mirada histórica, una mirada política, la que tanto hablaba Jauretche, que decía que no había una historia política sino una política de la historia. Cada sector se apropiaba de ella según sus intereses políticos.”

No queremos la democracia liberal de antes, donde el que tenía era todo, y el que no tenía, era nada. Queremos una democracia social. Queremos producir, consumir, disfrutar o sufrir, pero todos por igual, sin preferencias para nadie
(Perón, J., 1950)

Detrás de toda posición de soberanía nacional hay una contraofensiva de los sectores liberales, la necesidad de apropiarse de la historia, de crear un pasado conveniente, donde la democracia lleve su marca impregnada. A diferencia del liberalismo mitrista, que tenía intenciones de fundamentar una visión de la historia y en cuya sociedad había elementos vastos desde lo educativo y cultural para ejercer un pensamiento crítico sobre ellas, el liberalismo actual elude la argumentación en pos de una estrategia comunicativa orientada al marketing y a la negación de la realidad, la del presente y la del pasado. “Cuanto menos pasado mejor, porque una sociedad que no conoce su pasado está en el horno, no entiende ni su presente ni puede pensar ningún tipo de futuro. Aunque parezca una verdad de perogrullo es así. Si no hay una sociedad con una posición frente a su historia y con un conocimiento, es una sociedad perdida, le entran todos los goles”.



Cristian Vitale
San Martín, Rosas, Perón. Orígenes, mutaciones y persistencias de una trilogía nacional
Octubre Editorial

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