El Pregonero

Recuperemos los trapos


Editorial por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale


La fiesta fue importante. Lo sabemos y aún tenemos un dejo de euforia en el cuerpo. Un acontecimiento popular como hace años no se veía. Repleto de emociones: voces desgarradas que largaban gritos de alivio y liberación, abrazos repentinos en medio del sudor, plegarias silenciosas. Una plaza llena de colores, de banderas flameando y niños sonriendo sobre los hombros de sus viejos ante un sol estallado que no dejaba respiro. No hay con qué darle: el pueblo siempre acompaña cuando la política se pone al frente de lo primordial. Cuando nos deja ser parte. Pero hay que detenerse en las horas previas, en el discurso de asunción de Alberto Fernández. Allí está la esencia de lo que vendrá. La puesta de un país nuevo que buscará revalorizar aquello que fuera estigmatizado como “viejo”. Que no es otra cosa que hacer política. Eso nos va a salvar. Ahí tenemos que subirnos y no dejar de empujar. La resistencia en estos cuatro años fue vital. Muchos salimos duramente heridos, otros quedaron en el camino. Pero eso ahora tiene que ceder a una puesta nueva, una ofensiva creativa. Sin venganza. Eso sería funcional a una lógica en la que ellos se sienten cómodos. Se victimizan mejor que nadie. Es tiempo de volver a tomar la delantera, de ponernos a disputar los sentidos culturales y sociales perdidos y mancillados. El neoliberalismo está en nuestra cotidianidad, en el día a día. Ni en un partido republicano ni en un 40% del electorado. Cambiar nuestras prácticas y politizar las acciones es la tarea a realizar. Recuperar nuestra identidad de pueblo tiene que ver con ello.

El discurso de Alberto fue el discurso del peronismo. A pesar de hablar de las instituciones, a pesar de mencionar más a Alfonsín que a Perón, a pesar de las gentilezas con el gobierno saliente. Porque le habló a los argentinos. A cada uno de ellos. Ni a una barricada ni a una bandera particular. Fue el discurso peronista por excelencia porque fue el de los consensos, el de la distribución de la riqueza, el de la justicia social subrayada una y otra vez. Pero también fue el discurso que ve más allá de las fronteras ideológicas. El que entiende que es necesario dejar de hacer militancia para militantes; abrir la mirada, vernos las caras sin prejuicio, poner el foco en las grandes masas populares que sufrieron el yugo del poder financiero. Dejar de hablarle desde el púlpito a los pobres con el lunfardo progresista. El pueblo también son los que no consumen política a diario, los que miran Canal Trece, los que votaron a Macri desde el imaginario del mejor Boca de la historia. Para eso tenemos que dejar de señalar con el dedo, de repetir clichés del tipo “globoludos” a tipos que laburan de albañil y que no llegan a fin de mes, a los que no tenemos prurito en marcar como desclasados. No son desclasados. La clase popular es amplia y llena de contradicciones. Perón lo sabía. Por eso el peronismo no es de izquierda, porque no busca puritanismo y fieles impolutos. El peronismo está con todos, a pesar de las diferencias y de las contingentes traiciones. Las grandes sociedades populares se erigen con esas disputas internas, desde orígenes muy distintos, desde el Gauchito Gil a los Apostólicos Romanos, desde Jauretche a Maradona, desde Hurlingham a Martínez.

Poner al país de pie no es fácil. Por eso es imprescindible una militancia popular, recuperar el día a día, conformar grupos sociales y barriales: con los vecinos, con los amigos del laburo, con lxs pibxes de fútbol, en los talleres y centros culturales artísticos. Unir el tejido social. Poner en práctica el arte de la conversación, también en las redes. Tomar sus herramientas no es transformarnos en ellos sino tener en cuenta el cambio de contexto y la dinámica social que atraviesa hoy en día a gran parte de los sectores. Las audiencias cambiaron, los públicos también, pero la política sigue siendo materialidad, subjetividades que se erigen desde el lenguaje y el conocimiento. No lo dudemos.

Ha habido muchas lecturas, algunas insisten en ver una disputa por la dirección ideológica entre Alberto y Cristina, pero no ven lo obvio, o no quieren verlo: la puesta de Alberto como presidente es la explicitación del rumbo elegido. Que quede claro. Y ya no es el de la épica -que la hubo y fue importante- sino el de la construcción desde abajo, el de un camino renovado y amplio, el de volver a poner los cimientos de un país resquebrajado por la ignominia de una oligarquía saqueadora y voraz. Estamos llenos de promesas incumplidas, de frustraciones acumuladas en nuestra memoria. Pero los tiempos del enojo tienen que pasar, rápidamente. Secarnos los mocos del llanto y la rabia y ponernos a laburar. Volver a encontrarnos otra vez, pero ahora en la ofensiva, en la recuperación del estímulo de la política, de los espacios de debate. Recuperar los sentidos arrebatados por la maquinaria comunicacional. Recuperar los trapos: los de la República, de la Justicia, del Estado y del Progreso. Y eso ya no se logra en una lógica de confrontación antagonista. Volvamos a la vieja doctrina, a nuestras bases, al discurso positivo. Volvamos a ser argentinos, que no es otra cosa que volver a hacer peronismo.

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