Vértices

Carlos Ulanovsky: “No pienso que hoy los medios tengan un poder omnímodo”

El periodista, el hincha de Rácing, el hombre de radio, el historiador del teatro y la TV, el que formó y vio pasar generaciones de laburantes de prensa. Una charla por los nuevos y viejos tiempos periodísticos.


Por Marvel Aguilera.

Ulanovsky es un archivo andante del periodismo. Un rastreador de los procesos históricos ligados a la comunicación, a nuestra construcción cultural; que ilustra nuestra manera de ver y entender los medios. Un astuto analista de la moral argentina: con elegancia, con un ojo crítico que guarda la compostura pero que desprende humor, sagacidad y honor para con el oficio.

Ulanosvky es un hombre de radio, se siente a gusto con ella, ha indagado en su historia. Dio cuenta su época de oro, con radio El Mundo, con Radio Belgrano, con la Splendid. La que llegaba a los hogares en la primera mitad del siglo pasado, la que daba cobijo a las familias con ansias de informarse. La que parece hoy desplazada por magazines superficiales y editorialistas sesgados que multiplican resentimientos políticos con banderas transnacionales de fondo. Ulanovsky transmitió teatro desde los teatros con Nora Perlé. Dio cuenta de su magia, aún persevera en mostrar parte de ella los sábados al mediodía, para despuntar el vicio.

Ulanovsky escribe libros, todo el tiempo.

Ulanovsky se metió en los engranajes de la televisíón. En su fundación. En el ensayo y el error. Lo que empezó como espectáculo y luego, en los noventa, se convirtió en la espectacularización de la realidad social y política. La que ofreció al inolvidable Tato, a Biondi y hoy subsiste con realitys de pastelería que trazan una contienda nacional y realitys de periodismo que ansían un poder de manipulación hecho agua.

Ulanovsky es trayectoria. Es hombre de Humor y Satiricón. Es también el exiliado que escribió crónicas desde México. El que abrió un puente larguísimo entre los quince kilómetros que separan ambos territorios. El hombre que pasó por incontables redacciones. Es el que estuvo en Confirmado y La Opinión. El que intercaló investigación con ficción, entre hechos irrefutables y falsedades poéticas. El que presta su voz en tiempos de precariedades del oficio, el que marca posición en épocas de cierres abruptos y estafas silenciadas.

Ulanovsky enseñó a hacer periodismo.

Ulanovsky vio pasar generaciones de laburantes de prensa. Recuerda con gloria algunas. También impulsa a las nuevas. Ulanovsky no quiere ser pope ni vaca sagrada. Ulanovsky es un periodista que valora a los laburantes de la tinta. Ulanosvky conserva un archivo selecto, como piedras preciosas. Ulanovsky no le debe nada a nadie. Es quien todavía tiene mucho para decir. Ulanovsky es un apasionado hincha de racing. Ulanosvky es “Ula” para los amigos.

¿Qué significa para vos a esta altura de tu carrera “Reunión Cumbre”, el programa semanal de la AM750?

Sigue siendo algo tan importante como lo fue en 1999 (cuando empecé bajo el título de La vida me engañó), como lo fue en 2002 (con el nombre de El disfrute de la semana) o en el 2006 hasta ahora con la marca de Reunión Cumbre. Es mi lugar de expresión, mi espacio de libertad, mi rato de expresión y creatividad y, en este momento – entonces ¿cómo no defenderlo? ¿Cómo no hacerlo lo mejor posible? ¿Cómo restarle importancia?- es mi único trabajo rentado.

¿Cuál dirías que fue en tus inicios el primer gran desafío en el oficio?

El gran desafío fue, y por suerte sigue siendo, la exigencia, el compromiso de hacerlo como si fuera la primera vez y, a la par, la última vez, tomar riesgos, innovar en lo que se pueda.

¿El teatro te interesó desde chico?

No. Aunque de chico me llevaban al teatro, muy de vez en cuando, la afición llegó estimulada por el trabajo periodístico. Te empiezan a invitar, como cuando empecé a trabajar en el diario La Opinión. Allí comencé, incluso a hacer críticas. Y a descubrir el gusto. Un día me di cuenta que el teatro era como un libro hablado y en movimiento. En la década reciente calculo que fui a ver tres o cuatro obras por semana. Es una de las cosas que extraño actualmente. Espero que vuelva pronto, pero estoy seguro que no será igual. ¿Te parece ir al teatro con barbijo?

“En ese entonces, con cierta candidez, pensábamos que los medios tenían un poder omnímodo y, en tal sentido, le atribuíamos responsabilidad a la TV en casi todos los males. Hoy no pienso igual.”


Contaste mucho sobre tu exilio en México, del que escribiste en “Seamos Felices”, también del último retorno y la incursión en Radio Belgrano. ¿Qué aire periodístico se respiraba en esa incipiente democracia?

Fue un lindo momento, no exento de dificultades. Había una fuerte necesidad de dejar atrás el oscuro y cruento momento de la dictadura, vocación por recuperar la libertad de expresión pero (y eso se notaba en todos los medios) también había temor porque los militares no se habían ido del todo, porque sectores civiles seguían nostálgicos de la mano dura y campeaba la necesidad de “no irritar” a los poderosos de siempre. El aire que se respiraba era estimulante, esperanzado, de cambio de época.

Hace poco intercambié impresiones con Abrasha Rotenberg y me recordó el lema del diario La Opinión, “la inmensa minoría”. Siempre se habla de esa redacción como un emblema del buen periodismo. ¿Vos cómo la recordás?

La recuerdo como uno de mis momentos periodísticos que me generaron mayor felicidad. Cuando entré, en 1971, tenía 28 años y seguía pensando que sería inmortal. Yo trabajaba en las secciones no ” duras” del diario, ni política nacional, economía o política internacional. Esas secciones estaban en el tercer piso del edificio de Tucumán y Reconquista. Nosotros trabajábamos en el noveno. El diario no aparecía los lunes. Nuestro trabajo de la semana se terminaba el viernes cuando entregábamos el material para el domingo. Pero igual íbamos los sábados a la tarde, en donde esa redacción se convertía en una auténtica tertulia cultural. Allí Osvaldo Soriano nos compartió los primeros capítulos de su novela Triste, solitario y final; Juan Gelman escribía poemas personalizados que regalaba a sus compañeros. Pero también abundaban los expertos. Agustín Mahieu en cine, Kive Staif en teatro, Jorge Andrés en música popular, Pompeyo Camps en música clásica, Ricardo Halac en literatura, Felisa Pinto, la primera feminista que conocí, muy anticipada a su tiempo y así muchos más. Gente divina. Una redacción inolvidable.

¿Se podía vivir solo del periodismo en ese entonces? ¿Qué pasó en el medio?

Había que trabajar duro, pero se vivía perfectamente. Le cuento como era una jornada mía en 1972: A la mañana, temprano, trabajaba en LR2 Radio Argentina (no existe más) en un programa con Mario Mactas y Alejandro Dolina. De ocho menos cuarto a ocho y media hacíamos un espacio de actualidad con humor llamado “Mañanitas nocturnas”, dentro de un programa largo llamado Clin Caja. Antes de irnos, dejábamos grabadas unas entradas para la tarde. De ahí a Satiricón, en donde Mario (Mactas) y yo éramos subdirectores. Después del almuerzo La Opinión hasta la noche. Y a la noche, algún espectáculo y visita nocturna a la confitería La Paz. La vida era una fiesta. ¿Quién quería irse a dormir? Yo no.

Durante la grabación del programa "Negro sobre blanco", Canal Encuentro, 2013
Durante la grabación del programa “Negro sobre blanco”, Canal Encuentro, 2013

Me llamó la atención la nota que conservás en tu archivo sobre las críticas de Hugo Guerrero Marthineitz a la televisión y las intervenciones que él sufrió. Hubiera creído que la decadencia de la televisión venía en los años noventa o incluso en los 2000 (la era de los reality) que vos analizás en “¡Qué desastre la TV!”, pero ¿ya desde ese entonces la televisión tenía mala prensa?

No era “mala prensa”, recibía justicieras críticas. yo era uno de los que arremetía contra ella, en esa época muy influído por Umberto Eco, a partir de su libro Apocalípticos e integrados.En ese entonces, con cierta candidez, pensábamos que los medios tenían un poder omnímodo y, en tal sentido, le atribuíamos responsabilidad a la TV en casi todos los males. Hoy no pienso igual.

¿Seguís rescatando algo de ella (la TV) en la actualidad?

Miro televisión un ratito casi todos los días, con el mismo sentido crítico, pero sin ganas de ni de destruirla ni de hacerme enemistades. Sigo con atención las notas de Emanuel Respighi en Página 12, de Julián Gorodischer allí donde publique y de Florencia Monfort en Las Doce. Jóvenes muy inteligentes, críticos y que entienden las limitaciones del medio.

¿Cómo analizás el paradigma Netflix como creador y distribuidor de contenidos audiovisuales por encima de la TV en audiencia?

Soy usuario de Netflix. Me parece muy práctico ver lo que quiera, cuando quiera. El dilema es que tampoco el menú de cosas interesantes no es tan grande.

Alguien del ambiente que siempre recordás es Adolfo Castello. Has dicho que era un “ironista”. ¿Cómo lo conociste y qué tipo de periodismo hacía?

Castelo – como Bonardo, como Dolina, como Osvaldo Príncipi , como Antonio Carrizo, como Hugo Paredero- son esas raras avis de los medios a los que les tirás una palabra y te devuelven el mundo y sus alrededores. En el tiempo en que en las radios tallaban los partenaires (los que dialogaban con los grandes cómicos y los llenaban de pies y pases para que la estrella solo tuviera que meterla y aguardar la ovación); de ellos, de los partenaires, se decía: son tipos a los que les tirás un hueso y te devuelven un puchero.

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