Vértices

Abrasha Rotenberg: “El periodismo apareció en mi vida como una pasión generada por el azar”

Economista de formación, no se considera periodista pese a haber dirigido La Opinión, el mítico diario que impulsó junto a Jacobo Timerman, y cofundado el periódico Nueva Sion. Tampoco escritor, habiendo sido autor de varios libros, entre ellos, La amenaza, su última novela editada en el país por Obloshka. La historia de un joven judío que discute con su identidad en el contexto del terror acuciante que impuso el nacional socialismo durante los años cuarenta.


Por Marvel Aguilera. Foto: Martín Paez

Aníbal Ponce decía que la adolescencia es el momento transformador de la personalidad, pero no específicamente por las facultades del razonamiento, sino por las vinculaciones del individuo con la sociedad. No es casual que Moises Berel Travinsky (Travin) haga alusión a la obra del pensador argentino. Algo en él está en disputa a principios de 1942, una imagen ante el mundo que lo inquieta, y que también lo atemoriza sin que pueda reconocerlo, su condición judía. La amenaza, primera novela de Abrasha Rotenberg, traza un punto de encuentro entre el antisemitismo palpable durante buena parte de la Segunda Guerra y el terrorismo de Estado impuesto por la última dictadura militar. Pero la historia va más allá de la cuestión judía. Existe una amenaza latente en ambos planos, un odio germinado que puja por salir. No parece menor que la novela vea la luz en tiempos donde la sociedad norteamericana combate los demonios del racismo propugnado por Donald Trump, y en donde Europa ve crecer los fantasmas ultranacionalistas de la mano de Vox y Marine Le Pen. Rontenberg desentraña los demonios ocultos del llamado al “orden”, pone en palabras la vejación inexpresable, como supo marcar Primo Levi. Propone un respiro, y también una afrenta, contra las ansias de una élite inflexible, deseosa por suprimir los derechos individuales y colectivos de las grandes mayorías.

En regueros de tinta

Quien quiera repasar la historia de los medios en Argentina no podrá obviar la importancia del periódico La Opinión. El espacio de la “inmensa minoría” que funcionaba con la línea que Jacobo Timerman supo inmortalizar: “A la derecha en economía, centrista en política y a la izquierda en cultura”. Abrasha Rotenberg fue uno de sus máximos responsables. Fundador y director del matutino que ejerció una influencia central en la discusión pública de los años setenta: una sociedad plagada de golpes de Estado, proscripciones, censura y violencia política. Ucraniano de nacimiento, Abrasha llegó al país en 1934 tras haber conocido el comunismo en primera persona, previo paso por Rusia, y sin saber una sola palabra del idioma. Con Timerman trazó una temprana amistad. “Mi admiración por Jacobo era ilimitada”, supo comentarle a la periodista Graciela Mochkofsky. Esa conjunción los llevó años después a pensar un medio distinto para la época, uno que permitiera otra cadencia, dirigido a un público con ánimos de pensar la información y de analizar una realidad por encima de la coyuntura; el diario que arrancó en 1971 con una tirada de 16 mil ejemplares y en unos años llegó a más de 100 mil. Hay algo que se suele recordar con admiración de esa experiencia periodística, un ápice no menor en el oficio: la escritura. Un punto de inflexión en la calidad del tratamiento, en la prosa, en el lenguaje, en un decir que unió a personalidades tan diferentes como Juan Gelman, Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Terragno y Horacio Verbitsky. Pero en la historia argentina hay un vicio que se repite en el escenario mediático, un juego peligroso, la idea de que la influencia sobre una porción de la opinión pública exige una retribución por parte del poder político y económico. Muchos medios fueron derribados en ese fragor, otros crecieron, exponencialmente, y hoy siguen intentando marcarle una agenda a los gobiernos de turno. Abrasha vio el sueño esfumarse entre las botas militares y la sangre inundando las calles enmudecidas. Su exilio fue inevitable. De vuelta en el país que lo formó, tras un extenso derrotero creativo en Madrid, la ciudad donde pasó 37 años, recuerda los años dorados del periodismo y su ida y vuelta con la comunidad judia, a la que supo canalizar ficcionalmente.


¿Qué recuerda del barrio porteño al que llegó a los ochos años? ¿Qué tipo de sociedad era?

Llegué con mi madre a Buenos Aires en noviembre de 1933 para reunirnos con mi padre quien había salido de la Unión Soviética en 1926, el año en que nací, porque no tenía estudios, ni oficio, ni profesión, ni trabajo. En siete años, ganándose duramente la vida como vendedor ambulante, y asociado a su hermano ( hipoteca mediante) pudieron construir una casita en la esquina de Morelos y Vírgenes (que hoy curiosamente se llama Galicia) en el barrio La Paternal, a dos cuadras del arroyo Maldonado (hoy avenida Juan B. Justo) donde juntos convivimos las dos familias. La calle Morelos, y en especial nuestra cuadra, era un típico exponente de la inmigración europea. Los vecinos eran obreros, artesanos o modestos comerciantes de origen español, italiano y algunos judíos provenientes de la Europa Oriental, es decir gente de clase media bajísima con ansias de ascender y mejorar. La gente convivía en la calle y todos se conocían pero no siempre congeniaban. Aunque los italianos se enfrentaban entre fascistas y antifascistas, los españoles entre republicanos y monárquicos, había un tema en el cual estos contrincantes estaban de acuerdo: detestaban a los judíos. Consumí mi infancia en la Unión Soviética bajo el comunismo donde la religión era el “opio de los pueblos” y la discriminación racial estaba prohibida pero arraigada en la cultura popular aunque no se manifestaba abiertamente. En la calle Morelos me hicieron saber sin ambages que yo era judío y viví en carne propia lo que la palabra significaba para mis vecinos. Pero esa es otra historia.

¿Y el periodismo cómo apareció en su vida?

Como muchos acontecimientos el periodismo apareció en mi vida como una pasión generada por el azar. Cuando llegamos de la Unión Soviética yo hablaba ucraniano y ruso y, como también el azar nos condujo al Berlín de Hitler donde permanecimos tres meses, chapurreaba algunas frases en alemán. Aprendí el castellano en la calle y sobre todo en la radio. Con ocho años entré al primer grado inferior donde sobresalía en corpulencia sobre los niños de seis, pero pronto aprendí a hablar con fluidez mi nuevo idioma. A los diez años, en una revista, Leoplán, que resumía obras literarias de autores famosos, leí mi primera novela en castellano, El hombre que ríe, de Victor Hugo. Desde entonces nunca dejé de leer y de disfrutar muchas horas de mi adolescencia en las bibliotecas públicas. En una de ellas conocí al escritor Bernardo Verbitsky, director de la revista literaria Davar quien me incitó a escribir alguna crítica sobre novedades literarias. Irresponsablemente accedí y hoy me niego a acordarme de mis opiniones y de las arbitrariedades que habré perpetrado aunque los editores fueron tan magnánimos que incluso recibí algunos cheques por mis colaboraciones. En 1948 fui uno de los fundadores del periódico Nueva Sion, que aún se publica, y el encargado de la sección arte, seguramente por mi desconocimiento del tema. En 1950 viajé a Israel para continuar mis estudios de Economía y Sociología en la Universidad de Jerusalem. Me ganaba la vida produciendo y editando audiciones de radio en castellano. Después, por mi actividad profesional (economía), intervine en la fundación de Primera Plana, Confirmado y La Opinión, creaciones de mi amigo, el periodista y sobre todo gran emprendedor periodístico, Jacobo Timerman. También el azar me condujo a la dirección de La Opinión. Estas historias las pueden leer, si les interesa, en un libro de mi autoría: La opinión amordazada (editado por Muchnik en España) y con otro título (Historia Confidencial) por Editorial Sudamericana en la Argentina. Una confidencia: no soy periodista ni soy escritor, solo escribí artículos y varios libros. No es lo mismo. Si quieren entender por qué lo afirmo relean las Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke. Vale la pena.

“Ese lector, generalmente de clase media culta, interesado en literatura, política y arte, que llevaba La Opinión bajo la axila para identificarse como miembro de “una inmensa minoría” dedicaba mucho tiempo a la lectura de estos medios. Hoy ha cambiado, se ha vuelto más utilitario y todo lo que necesita en el mundo está contenido en su pequeño IPhone.”


¿Había un sentimiento de rechazo generalizado a los judíos en la década del cuarenta?

Cuando llegamos a Buenos Aires, yo con la cabeza rapada según los hábitos rusos y vestido con un ridículo trajecito marinero que mi madre compró en el puerto de Santos, a los pocos días salí a la calle y los chicos me miraban con curiosidad porque era diferente, algo intolerable en una sociedad convencional. A mi segunda o tercera salida un grupo de muchachitos, mayores que yo y vecinos de la cuadra, comenzaron a gritarme desde la vereda de enfrente. Yo no comprendía las palabras pero su actitud parecía hostil. En nuestra casa hablábamos varios idiomas pero yo me entendía con mi madre en ruso y ucraniano pero ella también conocía el idish, idioma que le servía para conversar con mi padre, mis tíos y primas, que hablaban ese idioma y además, castellano. Para ser breve: mi madre me explicó que en la calle me gritaban “judío, asesino de Cristo” una frase que me dejó perplejo. ¿Qué significaba judío, quién era Cristo y porqué era yo un asesino? En ese momento me enteré que, además de Rusia y Ukrania proveníamos de una antigua cultura originada en el Oriente Medio, cuyo conocimiento posterior (y hasta hoy) me enriqueció intelectual y éticamente. No fue mi primera experiencia: la calle Vírgenes estaba plagada de grafittis violentos. El más inocente decía: “haga patria, mate un judío”. La hostilidad contra los judíos se acentuó en los años 30 y 40 en Europa y América por influencia del nazismo, pero no se trataba de una novedad porque venía de muy lejos. El siglo primero de nuestra era dio origen a varios acontecimientos que marcaron a la humanidad: en el año 33 Jesús de Nazaret fue crucificado, en los años 35-40 , el filósofo griego Apión, residente en Alejandría donde convivían en la misma proporción egipcios, griegos y judíos, escribió un libro de contenido judeofóbico, el más destacado de los varios que se publicaron en esa época, cuyo contenido hubiese deleitado a Adolfo Hitler. La iglesia católica inspiró y fomentó el odio a los judíos desde sus orígenes hasta nuestros días. En el siglo XX, tras el Concilio Vaticano Segundo la actitud de la Iglesia cambió sustancialmente: ahora los judíos son considerados sus hermanos mayores. Evidentemente los vecinos de la calle Morelos, educados por la iglesia preconciliar, asumieron sus prejuicios en los años 40, y aunque muchos fueron visceralmente antisemitas con otros, a medida que crecimos logramos entendernos y convivir en paz (1).

¿Es practicable hoy el periodismo de Primera Plana o La Opinión, que contaba con figuras de porte intelectual?

No creo que Primera Plana o La Opinión atraigan hoy suficientes lectores como para recuperar una influencia similar a la que tuvieron entre los años 50 y 70 . En primer lugar porque los medios que se editan en papel padecen una crisis de consecuencias inquietantes. Una edición vía internet requiere estructuras complejas y enfrenta otros desafíos. En general prioriza la información al análisis, la multiplicidad de noticias a la selección y la brevedad de los textos como regla suprema. El lector de La Opinión, y antes de Primera Plana, disfrutaba esas publicaciones que daban pocas noticias, solo las que consideraban indispensables y las analizaba en profundidad para que el lector entendiera lo que estaba sucediendo, por qué sucedía, cuál era su significado y su intencionalidad y consecuencias. Ese lector, generalmente de clase media culta, interesado en literatura, política y arte, que llevaba La Opinión bajo la axila para identificarse como miembro de “una inmensa minoría” dedicaba mucho tiempo a la lectura de estos medios. Hoy ha cambiado, se ha vuelto más utilitario y todo lo que necesita en el mundo está contenido en su pequeño IPhone. No tiene tiempo para distraerse con más informaciones. Existe, además, un problema insalvable: la redacción. Imposible reunir en nuestro tiempo a un grupo de escritores, poetas y periodistas del nivel profesional, cultura y talento similar, o cercano, a aquellos que conformaron la redacción de ambas publicaciones. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” escribió Pablo Neruda en un poema juvenil y lo mismo sucede con Primera Plana y La Opinión. Estamos en otros tiempos y con otras necesidades pero los que nos entregamos apasionadamente a esas aventuras editoriales, yo como lector y también como partícipe, nunca las olvidaremos.

¿Qué recuerda de la detención y el posterior exilio de Timerman? Usted se quedó al frente del diario y luego partió a Madrid. ¿Cómo fueron esos momentos?

Estuve a cargo de la dirección de La Opinión desde julio de 1972 hasta marzo de 1973 bajo la dictadura del General Lanusse porque Jacobo Timerman, tras dos atentados, se radicó temporariamente en Israel. Volvió a la Argentina en marzo de 1973, un poco antes de las elecciones. Tu pregunta se refiere a otra dictadura militar, a la de Videla, que dio el golpe el 24 de marzo de 1976, nefasto para el país por su ineptitud como gobernante y su ilimitada crueldad. A mediados de julio de 1976 la represión del gobierno militar se había acrecentado. La censura a los medios era total. Además establecieron un sistema de autocensura cuyos límites, excepcionalmente y corriendo un enorme riesgo, La Opinión transgredía utilizando algunas tretas. Por ejemplo: informábamos sobre presentaciones de habeas corpus ante la justicia para identificar y al mismo tiempo denunciar algunas desapariciones. Cuando el gobierno descubría esas maniobras tomaba represalias o nos amenazaba con el cierre o, lo que era peor, secuestraba y hacía desaparecer a alguno de nuestros periodistas. Recibíamos constantemente amenazas telefónicas incluso en nuestras casas a las que yo, no por valentía, apenas prestaba atención sin medir sus consecuencias. Hasta que a fines de julio detuvieron en una comisaría a nuestro hijo Ariel junto a su amigo Alejo Stivel. Ambos venían de un concierto de rock y tenían pinta de rockeros inconformistas. Después de prolongados interrogatorios los hicieron salir de la comisaría, pero corriendo. Cuando Ariel me contó lo que le había sucedido lo asocié con la ley de fugas (la fuga, una excusa para asesinar) y entendí que mi familia y yo corríamos un grave peligro. El tres de agosto de 1976 Dina, mi mujer, y nuestros hijos Cecilia y Ariel partieron para Madrid y dos semanas más tarde, y para preservarme, comencé a vivir entre Buenos Aires, donde atendía mis obligaciones en La Opinión y Madrid donde me refugiaba de las amenazas. En febrero de 1977 iba a trasladarme a Buenos Aires cuando Jacobo Timerman me llamó por teléfono para pedirme que suspendiera el viaje porque al día siguiente él llegaría a Madrid para conversar conmigo. Jacobo traía malas noticias: el gobierno iba a clausurar La Opinión y a tomar represalias contra nosotros. Me pidió que no volviera a Buenos Aires porque a mí me iban a encarcelar o a eliminarme pero con él no se atreverían porque era una figura internacional e intocable. Le insistí que no volviera a Buenos Aires y esperara unas semanas en Madrid hasta que la situación se despejara pero rechazó mi propuesta. El resto es historia: Jacobo Timerman fue detenido, torturado y encarcelado durante varios años. Nuestro encuentro en Madrid inició la agonía de La Opinión que languideció unos meses en manos de periodistas y colaboradores cuyos nombres es mejor olvidar aunque algunos siguen en el candelero. El encarcelamiento de Jacobo Timerman y el destino del diario La Opinión fueron acontecimientos muy dolorosos en mi vida y en la de mi familia. En cambio tuvieron consecuencias muy alentadoras porque nos enfrentaron con nuevos desafíos y con una nueva vida durante los 37 años que Dina y yo permanecimos en España (2).

Usted comentó en varias oportunidades las semejanzas del personaje Travin con su propia experiencia. ¿En usted también radicaba una reticencia a reconocerse judío? ¿Por qué?

Descubrí que era judío a los ocho años, cuando llegué a Buenos Aires. Mis primas, con las que compartíamos la misma vivienda, además de estudiar a la mañana en una escuela argentina, concurrían a la tarde a una escuela judía. Me sumé a ellas. Aprendí idish y hebreo. Las historias de la Biblia y los cuentos de Sholem Aleijem (autor del relato que dio origen a El violinista sobre el tejado) me apasionaron tanto como las heroicas gestas del General San Martín. Por mi naturaleza (y en menor medida por mi educación soviética) la existencia de Dios y de sus milagros me parecían poco creíbles. En mi adolescencia la cultura judía, desde mi mirada laica, me apasionó, tanto la proveniente del Antiguo Testamento, del Talmud, al que apenas me asomé, y sobre todo las originadas durante la Ilustración en el sisglo XIX y desarrolladas en el Imperio austrohúngaro, con nombres que perduran como Walter Benjamin, Franz Kafka, Martin Buber, Sigmund Freud, Stefan Zweig, Gustav Mahler para nombrar algunos, pero también los provenientes de la Europa Oriental que se expresaban en idish y describían con humor y ternura la vida de las aldehuelas judías y también las urbanas como Scholem Asch o Isaac Bashevits Singer, Premio Nobel de Literatura. Me recibí y ejercí como maestro en una escuela judía de Parque Patricios, viví y estudié en Israel. Nada judío me es ajeno. Siempre me sentí muy cómodo con el judaísmo laico porque, a mi entender, es incluyente y convive, sin renunciar a su identidad, con otras culturas , como la argentina y por mi origen, la rusa. También, por curiosidad intelectual, siempre me interesó la literatura francesa, inglesa, americana y todas las que me aportan una visión del hombre desde diferentes perspectivas. Travin se parece mucho a mí excepto en lo referente al judaísmo. En ese sentido intenté describir a un arquetípico adolescente judío de la época que idealizaba al comunismo y soñaba con una sociedad igualitaria sin fronteras ni diferencias raciales o religiosas . Travin estaba mal informado: en 1913 Stalin ya había publicado su tesis sobre el marxismo y la cuestión nacional que cuestionaba esas utopías. La “nomenklatura”, es decir la burocracia ideada por Stalin, destruyó el ideario de una sociedad comunista igualitaria y en cambio rusificó a los pueblos que conformaban la Unión Soviética tal como sucedía bajo el reinado de los Zares. Los sueños de la gran revolución que iba a cambiar el mundo duraron formalmente solo setenta años pero en realidad se transformaron en una frustrante pesadilla desde sus comienzos.

El encarcelamiento de Jacobo Timerman y el destino del diario La Opinión fueron acontecimientos muy dolorosos en mi vida y en la de mi familia”. 


¿Por qué dice que lo decepcionó el socialismo? En la historia argentina se fueron “derechizando” cada vez más…

No estoy desilusionado del socialismo. Lo he visto evolucionar en los kibutzim (colonias colectivas) de Israel y en los países escandinavos donde la realidad los fue aggiornando: la práctica se impuso a la teoría, las necesidades a la ideología. La sociedad se ha vuelto más equitativa pero al mismo tiempo ha generado nuevos problemas e incógnitas. La palabra socialismo ha sido manipulada desde la fundación del nacionalsocialismo hitleriano y en la actualidad algunos gobiernos flamean las banderas del socialismo para imponer políticas reaccionarias, racistas y xenófobas. Estoy convencido de que el socialismo fue una excelente opción para equilibrar las iniquidades de la sociedad industrial, pero abramos los ojos porque estamos entrando a gran velocidad a una nueva era, tan compleja que la mente humana aún no logra comprender su significado. Creo que serán necesarios otros códigos para enfrentar los problemas de una sociedad dominada por la informática, la inteligencia artificial y la robótica, cuyas conformación y características desconocemos. Nos espera un gran desafío y, sin dudas, muchas incógnitas a superar. La concepción de la justicia, tal como la entendemos, corre un grave peligro.

Pensando en una Argentina más fuerte, ¿es posible recuperar el sentido de identidad nacional sin ser asociado a algún tipo de fascismo? ¿Existe un equilibrio?

Cuando me preguntas mi opinión sobre una “Argentina más fuerte” o “recuperar el sentido de identidad nacional sin ser asociado a un tipo de fascismo” siento que planteas un problema básico de nuestro tiempo. Hace cien años el conde Hermann Von Keiserlyng, un filósofo alemán invitado a conocernos e ilustrarnos, vaticinó que “la Argentina tiene un porvenir claro porque son los herederos de la cultura humanista de la civilización” , un concepto alentador que lamentablemente no se conjugaba con su escéptica concepción de que “la Argentina es un país que crece de noche, cuando los militares y los políticos duermen”. La Argentina dejó de ser el país que visitó el aristocrático pensador pero aún mantiene su singular personalidad, aunque cada vez más sudamericana y menos europeísta. Somos el fruto de una inmigración deseosa de enraizarse en estas tierras que, con trabajo y abnegación, plasmó un país plural y solidario a pesar de su mediocre clase política , sus mafias, sus desequilibrios poblacionales, sus gobiernos corruptos y otras falencias que no vale la pena enumerar. Somos una incógnita matemática: la mayoría de los argentinos merecen un signo positivo, un más, pero al sumarlos da un resultado negativo, un menos. Este misterioso y contradictorio resultado proviene de nuestra incapacidad de crear instituciones estables y políticas de Estado permanentes. Cada gobierno intenta refundar al país en función de sus propios intereses cuando en realidad necesita aplicar sin trampas las leyes que nos dimos y mejorarlas. Ante todo debemos respetar la división de los poderes para evitar las tentaciones autoritarias que siempre nos acechan. Solo con el ejercicio pleno de la democracia (aún con sus falencias) lograremos ese equilibrio que el país necesita. Ortega y Gasset, otro filósofo que conocía profundamente las inclinaciones verborrágicas de nuestra dirigencia política, clamaba: “argentinos, a las cosas”, una fórmula ideal para volver a crecer también de día pero ¿quién la recuerda?

¿Cómo vivió en este último tiempo las nuevas tramas del tema AMIA que incluyeron a un fiscal muerto y más uso político que otra cosa?

Cuando se produjo el atentado a la AMIA residíamos en España y aunque el suceso nos impresionó no estuvimos tan al tanto de los manejos que perpetró la justicia y otros poderes para complicar con buen éxito la investigación. Al volver a la Argentina, el asesinato del fiscal Alberto Nisman me confirmó la sensación de que jamás conoceríamos la verdad porque las autoridades se confabularon durante más de veinte años para evitarlo. Algo olía a podrido como en la Dinamarca de Hamlet y el hedor de estos crímenes clama justicia. Es imprescindible descubrir quiénes fueron y son los cómplices argentinos porque están entre nosotros, libres y protegidos. Es necesario juzgar a los iraníes o a quienes sean los responsables del atentado para que se haga justicia pero me parece tan o más importante identificar a los cómplices argentinos porque corremos el riesgo de que estos atentados se repitan…

Usted suele mencionar el Pacto de la Moncloa como un ejemplo que podría seguir Argentina en la consolidación democrática pero, ¿se puede solidificar el sistema político habiendo tantos grupos de poder enquistados que ejercen constante presión a todos los gobiernos?

Fuimos testigos del apasionante proceso de construcción democrática que se produjo en España tras la muerte de Franco, de sus altibajos y su consolidación mediante los Pactos de la Moncloa que se firmaron a pesar de la oposición de los grupos económicos y políticos que los rechazaban. Estos grupos no han desaparecido: saben mantenerse y crecer en la sombra hasta que las circunstancias les permiten sincerarse. Esto sucede ahora, donde la ultraderecha representativa de la España rancia comienza a afianzarse mediante la creación de un nuevo partido político, VOX, que aprovecha las debilidades de una izquierda respetuosa de la democracia para destruirla e imponer sus concepciones fascistas. Creo que es imprescindible un Pacto de la Moncloa en la Argentina apelando a las mayorías, a gente de buena voluntad que necesita vivir en paz para crecer y consolidarse como democracia representativa pese a la presencia de fanáticos incapaces de flexibilizar sus convicciones y compartir un programa de interés común. Siempre habrá grupos de presión, de todas las ideologías. Representan a minorías poderosas incrustadas en todos los gobiernos. Por ese motivo las mayorías democráticas deben ponerse de acuerdo y elaborar un plan de acción común para cumplirlo. Con la amenaza de la pandemia la necesidad de ese pacto urge. No corramos el riesgo de llegar tarde.

¿Qué le hubiera gustado tener de Travin?

Quisiera tener ideales como el Travin de dieciséis años para vivirlos con su pasión, coraje, energía y entrega , aunque sus inquietudes y su curiosidad por todo lo que sucede nunca la he perdido.

¿La pandemia puede ser una lección al capitalismo?

¿La pandemia una lección al capitalismo? No entiendo cómo la China comunista puede dar una lección al capitalismo enfermando a sus propios habitantes. Las únicas catástrofes originadas en una decisión divina para castigar la conducta perversa de los hombres provienen del Viejo Testamento. Recuerdo tres: las diez plagas de Egipto, el diluvio y la destrucción de Sodoma y Gomorra. Si el poder del Partido Comunista Chino se equipara al de Jehová su decisión fue torpe porque terminó castigando a su propio pueblo. Algunos científicos sostienen que la pandemia la inició un murciélago comunista chino, tal como sucedió con el sida, consecuencia del contacto con un mono infectado cuyas inclinaciones políticas desconozco. La peste proviene del reino animal y no tiene un origen ideológico, aunque puede ser combatido desde diferentes políticas, incluso antagónicas. La enfermedad como amenaza no ha dejado de estar presente en la vida del hombre y éste la ha padecido y superado casi siempre. Los virus no pertenecen a ideologías o partidos políticos y, en relación a la pandemia, todos los científicos del mundo, en el sentido más amplio de la palabra, buscan una fórmula para limitar sus daños y derrotarla definitivamente. Espero que pronto la encuentren.

1 – A quienes le interesa el tema ver: Historia del antisemitismo de León Poliav.

2 – Pueden leer más sobre el tema en mi libro Última carta de Moscú.



Abrasha Rotenberg
La Amenaza
Obloshka

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