El Pregonero

Néstor, el hacedor de lo posible

Semblanza a 10 años del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner.


Por Marvel Aguilera.

Hay diversas formas de hacer política, de posicionamientos y medidas de coyuntura, pero difícil es cuando se transita una época que carece de sustento identitario, del nexo entre la representación de los intereses populares y un discurso político que funcione como marco de esos amplios sectores repletos de divergencias y disfuncionalidades. La aparición de Néstor Kichner fraguó en esas aguas, en las de un pos 2001 que arrojó a la sociedad a una suerte de limbo que congregó sus historias, aspiraciones, esperanzas y proyectos en una sensación de vacío irrefrenable, donde nada ya era posible, donde nada valía la pena.

La Argentina, herida desde las comisuras hasta sus sienes, era parte de una creciente deslegitimación de la cultura política y de los valores sociales que con ella traían sus representantes en los estamentos del Estado. Néstor, debía dar cuenta de esas carencias y formar un espacio que pudiera revalidar el campo popular contra los fantasmas del neoliberalismo menemista que acuciaban a un gobierno con poco margen electoral y cuyo apoyo popular era escaso, incipiente e incierto para propios y ajenos. En esa proeza denominada “transversalidad” es donde Kirchner pudo revalidar la historia amplia del peronismo y de la militancia de las últimas décadas, la de miles de pibxs que aun con sus desatinos y puerilidades llenaron a la política de ideales, de impulsos y fuerza en las calles; aquella que también renegó contra los ajustes y las privatizaciones liberales maquilladas por el escudo justicialista; la que aun tenía ganas de transformar la realidad, la que hace cotidianamente en los territorios, la que todavía camina las calles orgullosa de su patria.

Para poder proyectar un futuro es necesario dar cuenta de nuestra historia, de lo que fuimos y de lo que otros hicieron de nosotros. El acto de Néstor Kirchner en la inauguración del museo de la Ex ESMA fue un punto y aparte en el imaginario social, un ojo en la rendija del terror y la muerte que tantos querían y urgían por poner debajo de la alfombra. El peronismo, representando por Néstor, se hizo cargo de las atrocidades que el Estado hizo con su propio pueblo. Ese fue el punto inicial para otro comienzo, uno que emprendiera un camino de verdad y justicia, que abriera los juicios cerrados y pusiera a los genocidas tras las rejas, que convocara a la gente a conocer su pasado, a ser parte de una conciencia popular atenta al cumplimiento de los derechos, obligaciones y responsabilidades por parte de su Estado.

Néstor es el tipo de la columna vertebral, el que cosió los tejidos, el que unió las fuerzas dispersas con ansias de participación, a las voluntades políticas que trabajaban como hormigas desde las bases, en los barrios populares, en las calles exigiendo un plato de comida. Néstor es el tipo que vio en las contradicciones una identidad, el que vio en los marginados a los referentes de una nueva generación política, asentada en los movimientos populares, en las organizaciones sociales, en el pueblo trabajador que atisbaba una esperanza para con sus hijos.

Pensar en él a 10 años de su muerte es poder ver a un armador, un enganche -con las medias bajas- de los grandes interrogantes que traía la nueva década global; el político que supo interpretarlos para ponerlos en la agenda nacional, discutirlos, hacer parte a la sociedad de ellos: el capitalismo financiero; el boom de la soja; los monopolios mediáticos; la corporación judicial. El que los señaló, el que trató de ordenarlos políticamente, el que combatió con ellos, hasta el cansancio, hasta que no le dio más la vida.

Para recordarlo basta ver esas movilizaciones juveniles que se juntan en Plaza de Mayo, que flamean banderas orgullosos de su militancia, que pusieron el cuerpo contra los embates del macrismo durante cuatro años; esos pibxes un poco inconscientes, transgresores, frenéticos pero bastante vivos, pícaros, con una energía desbordante que parece nunca se fuera a acabar. Pensar en un legado de “El flaco” parece imprudente, él todavía vive en ellos. Porque Néstor es el tipo que les enseñó a saberse libres, a luchar contra lo que otros les decían que era imposible, que era en vano; porque fue también un compañero, un padre y un guía que con sensibilidad nos hizo parte de una identidad popular, latinoamericana y bien argentina.

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