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Mauricio Dayub: “Toda obra que encaro se transforma en una declaración de principios”

Conversamos con el actor y director teatral, ganador del ACE de Oro por El Equilibrista, obra que realiza junto a Mariano Saba y Patricio Abadi. Habló de su trayectoria, de su vínculo con Mauricio Kartun y de última obra, que espera la vuelta de los teatros para volver a escena.


Por Pablo Pagés. Fotos: Marcos Lopez

Mientras atravesamos esta inmovilidad que solo toleran unos pocos sentados sobre tanta valía robada en esa cosa que llamamos historia, algunas personas deciden poner en marcha proyectos con el ánimo fresco de quien ha permanecido en su lucha. Marcelo Dayub es una de esas personas que no para tan fácilmente su creación, hecha entre lo lúdico y lo digno, repensando el laburo en este contexto, desde los lugares más básicos de la existencia.

Contame un poco de tu origen. ¿Dónde naciste?

Nací en Paraná, en el barrio La alcantarilla. En el 378 de la calle Libertad. Una calle donde lo vi todo. Esa cuadra es mi Aleph. Con el tiempo he podido viajar y he visto cosas, pero siempre creo que todo ya lo había visto en la calle Libertad.

¿Tu infancia cómo la recordás?

A pura imaginación. Sin nada, pero sintiendo que lo tenía todo. Inventándonos todos los días, todo lo que no teníamos. Solo recuerdo extrañar de verdad que la ropa fuera de mi talle, que mis zapatos de mi número; porque era el cuarto hermano, y casi todo me llegaba de ellos.

¿Y tus viejos qué hacían?

Mi papá viajante, vendedor. Y mi mamá peluquera.

¿Cómo fue ese paso hacia la Capital Federal?

Sintiendo que venía con una gran responsabilidad: La de abandonar mi grupo teatral, la de justificar el pequeño vacío que dejaba. Con la convicción de que si no aprendía lo suficiente en Buenos Aires me volvía para que mi grupo, dónde éramos pocos, no se resintiera.

¿Qué cambios aparecieron en tu vida?

Muchos, los esenciales, te diría. Los que me permitieron adaptarme y ser aceptado en esta manera diferente de vivir. Me acuerdo lo difícil que me resultaba no poder encontrarme directamente con las personas cuando las necesitaba. Tener que hacer un llamado previo y combinar para tal día, me parecía tan desatinada … Esa organización de la gran ciudad: las distancias, la inseguridad, el miedo que sentía cuando volvía a dormir a las pensiones llenas de desconocidos, fueron grandes cambios. Estaba solo con 23 años, perseguía un sueño, tan poco probable como tangible, el de desear ser un gran actor.

“Lo que quería y lo que más me costó, en los comienzos, fue ser advertido como actor por el otro. Ser advertido como alguien posible en quién confiar. (…) Eso me ayudó. Me obligó a inventarme. Me veían como boletero, como pintor de departamentos, como vendedor en los colectivos, las actividades con las que me ganaba la vida, pero les costaba entender que, además, podía ser capaz de jugarme la vida por un papel”.


¿Ahí empezó tu acercamiento al teatro?

Yo me formé en el teatro santafecino, luego de probar mi histrionismo en Paraná, animando cumpleaños infantiles e intentando subirme a cuanto escenario me lo permitiera: actos en escuelas, festivales, lo que fuera. Sentía una fuerte, e irrefrenable, necesidad de desarrollar mi vocación.

¿Cómo te conectaste con Mauricio Kartun?

A Kartun tuve la enorme suerte de conocerlo a través de Mónica, su mujer, en un espectáculo que compartíamos: Compañero del alma, sobre la vida de Miguel Hernández, en el Teatro de la Campana. En etapas en las que no me ha ido bien y alguien me ha dicho que me faltaba suerte, yo consideraba que no, que suerte había tenido, porque tenía amistad con Kartun. Tal vez mi vida sin él no hubiera sido la misma profesionalmente. Él estuvo cuando más lo necesite, cuando me animé a escribir por primera vez, en ese momento su mirada fue invalorable; su seguimiento, un lujo total para un actor. Kartun es alguien imprescindible en el teatro de Argentina, de América, lo ha sido para mí. Tener acceso y confianza con él me acercó mucho a la concreción del tipo de artista que quería ser.

¿Qué proyecto nació de ese vínculo?

Todos mis espectáculos han sido supervisados por él desde el inicio. Siempre intercambiamos opiniones acerca de lo que escribo, le debo mucho por eso. Desde que fueron apuntes aislados, hasta que se transformaron en obras premiadas.

¿Te interesaba la fama o ser parte de la farándula en un principio?

Yo siempre hice todo lo posible para que me conozcan. Lo que quería y lo que más me costó, en los comienzos, fue ser advertido como actor por el otro. Ser advertido como alguien posible en quién confiar. Jorge Reynoso Aldao, un crítico del diario El Litoral, de Santa Fe, vio rápidamente condiciones en mí; Guillermo Alfieri, crítico de El Diario de Paraná, vio posibilidades en mí, pero ya en Buenos Aires, nadie veía futuro en mí. Eso me ayudó. Me obligó a inventarme. Me veían como boletero, como pintor de departamentos, como vendedor en los colectivos, las actividades con las que me ganaba la vida, pero les costaba entender que, además, podía ser capaz de jugarme la vida por un papel. Villanueva Cosse, fue uno de los primeros que apostó y me ofreció un protagónico. Un rol que me acercó la confianza de Alcón, de Cossa, de la crítica porteña, de los jurados del Premio María Guerrero…

¿Y cómo tomás hoy en día los reconocimientos?

Con gran felicidad. Siento que el Río de la Plata decidió bañar en oro una piedrita encontrada a orillas del Paraná.

Mauricio Dayub

La metáfora del ciclista es muy clara, parece ser vos.

Es la síntesis de mi vida, sí. La encontré porque esa epopeya me perseguía en los tiempos duros… Un día, me di cuenta que para cumplir mi sueño tenía que hacer un esfuerzo similar al que le había visto hacer al ciclista que batió el récord de permanencia en bicicleta, en mi infancia.

¿Cuánto hay que pedalear aún, Mauricio?

Siempre habrá que pedalear. Y está bien que así, sea. Para esforzarnos lo suficiente como para que los logros sean merecidos. Pero también, después de mucho trabajar, pensar, probar, reflexionar y ensayar, hay que animarse a saltar al vacío, e imaginar que en el aire, aparecerán las alas…

¿Ahora sentís que volviste a tu génesis?

Nunca me fui. Tuve esa suerte, o esa obsesión. Siempre, fui yo, aún trabajando en producciones de otros.

¿Por qué?

Porque me es más fácil ser yo que cambiar. Me inspiraron mucho los músicos, los pintores. Spinetta era él mismo cuando tocaba la guitarra en un barcito y cuando llenaba el Velódromo. Los pintores trabajan en su atelier, si la obra un día se vende en dólares en Nueva York ellos no cambian, siguen haciendo lo que les gusta, en su taller… Yo me identifico con eso. Solo en el mundo de los actores, o de los periodistas, o de los políticos, a veces vemos esos cambios bruscos, difíciles de entender. Yo para trabajar en esto necesito sentirme un principiante, sino, si me la creo, repito el personaje de la obra anterior, donde fui aceptado.

Un ciclista es otro equilibrista, todo tan asociado al cuerpo.

Siempre me identifiqué con esa definición que dice que el actor es un poeta que escribe con el cuerpo arriba del escenario. Me representa.

¿El Equilibrista es la reconstrucción nostálgica del pasado?

El Equilibrista es la historia que cualquiera de nosotros podría contar, acerca de su propia vida, si pudiera volver a ser niño. Soy un adulto al que el juego que le propone la vida de los adultos no le va bien. Y por eso me refugio en las formas de la niñez. Es una forma soñada de compartir mi historia, deleitando, ilusionando, sin nostalgia, sin tristeza. Con euforia y emoción.

Solo en el mundo de los actores, o de los periodistas, o de los políticos, a veces vemos esos cambios bruscos, difíciles de entender. Yo para trabajar en esto necesito sentirme un principiante, sino, si me la creo, repito el personaje de la obra anterior, donde fui aceptado”.


¿Dónde te sentís parado políticamente?

Del lado de la solidaridad: Para mí la política es el arte de hacer el bien común. Me siento muy representado por la forma de hacer política de Juan Carr. Estoy a favor de toda forma política que ayude, que une, que construye.

¿Tus proyectos son una forma de tomar posiciones?

Sí, toda obra que encaro, de algún modo, se transforma en una declaración de principios, indefectiblemente.

¿Cuáles son tus lecturas en este último tiempo?

La de los amigos que escriben, a muchos de ellos, les estoy debiendo la devolución, por falta de tiempo. En este momento tengo en mi mesa de luz algunos libros: 150 Cuentos Sufíes, Volver al Principio de Francisco Javier, sobre Ionesco; Filosofía en 11 frases de Darío Sztajnszrajber y Mala Letra de Julián Stopello, un gran periodista y escritor de Paraná.

Cuando pase esto, ¿querrías volver a lo anterior?

Sí, pero mejorado. Valorando, queriendo y mirando al otro.

¿No es terrible en algún punto querer volver a algo con tanta injusticia y desigualdad?

Por eso digo mejorado. El mundo en el que estábamos y estamos viviendo, es un mundo imposible. El Equilibrista en el final dice: “El mundo sigue avanzando desentendiéndose de nosotros, como si no se enterara de lo que nos pasa. Una de estas noches me animo, lo paro yo al mundo, y se lo grito a todos. Para que de una vez por todas, el mundo y yo seamos lo que tenemos que ser”.

¿Tu rosebud de infancia?

Yo vivo en mi rosebud, porque para mí la felicidad es ser de grande lo que uno se imaginó que iba a ser cuando era chico.

Gestión de Prensa: Caro Alfonso

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