Vértices

Gonzalo León: “Lo interesante del estallido chileno es que hay un intento de cambiar las estructuras, la economía, una apuesta que va por todo”

El periodista y escritor chileno Gonzalo León estuvo en las semanas más álgidas del conflicto observando el reverbero de los oprimidos en los alrededores de la Plaza Dignidad. En La caída del Jaguar, el libro de crónicas que publicó recientemente por Hormigas Negras, se reúne un diario de testimonios y experiencias vívidas al calor de las marchas y el proceso mediante el cual se fueron desarrollando los sucesos acaecidos en el denominado estallido, pero que se remontan a conflictos pasados.


Por Marvel Aguilera. Fotos Eloy Rodríguez Tale

La militarización de la Araucanía es sin duda un factor clave para entender el estallido chileno de 2019. El latrocinio que una parte de la sociedad sufre allí desde hace décadas se vio reflejado como un espejo cubierto de pintura que de a poco empezó a descascararse hasta volverse parte del mismo universo, el de los marginados por la estructura económica de un Estado construido a la vera de los intereses de las grandes corporaciones, sostenido por medio de una filosofía represiva como elemento de mitigación. La obsesión de Piñera por controlar los focos de conflicto en la zona, con ridículos argumentos “sanitarios” en estos últimos meses, son parte de la inercia del poder chileno por restituir un statu quo que vuelve, como un eterno retorno, tras cada rebelión popular a lo largo de los años. El pueblo mapuche, así como vastos sectores sociales invisibilizados y ninguneados por una lógica que vende al resto del planeta un modelo liberal exitoso sobre el lomo de la opresión y la falta de oportunidades para todxs, ha sido el propulsor de un estallido que no solo implicó el impulso de la constituyente, que buscar romper ciertos engranajes, sino una mirada de desconfianza generalizada hacia el sistema democrático chileno, hacia las bases de la representación política.

El periodista y escritor chileno Gonzalo León estuvo en las semanas más álgidas del conflicto observando el reverbero de los oprimidos en los alrededores de la Plaza Dignidad. Él cuenta que su acercamiento al conflicto fue algo fortuito, producto de un curso literario a ofrecer en la fundación Neruda. “A principios de octubre me doy cuenta de que está pasando algo. Para ese momento había un típico descontento estudiantil, que yo pensé que no iba a pasar de eso”, dice.

En La caída del Jaguar, el libro de crónicas que publicó recientemente por Hormigas Negras, reúne, como un diario recolector de testimonios y experiencias vívidas al calor de las marchas, el proceso mediante el cual se fueron desarrollando los sucesos acaecidos en el denominado estallido, pero que se remontan a conflictos pasados (muchos de ellos extraídos por el autor en sus columnas del periódico chileno La Nación): revueltas de mecha corta, asesinatos impunes, amagues de transformaciones que sirvieron como caldo de cultivo en cada sector social, en los estudiantes, en el colectivo LGBT, en el movimiento feminista, en el pueblo mapuche, en los marginados económicos, y en una clase media abarrotada de impuestos que ve cómo su “sueño chileno” se cae a pedazos ante la sonrisa empalagosa de sus líderes.

¿Este estallido significó un reclamo de la juventud en pos de buscar un futuro que no avizoraban o es algo que comenzó así y atravesó a la sociedad en su conjunto?

Analizando algunas de las crónicas que hice y publiqué en Chile entre 2004 y 2010 (que eran muchas en primera persona) sobre política, aunque hay otras no tan políticas, pero que fueron alrededor de 300 y que incluyen estar con Piñera en un auto hasta estar en manifestaciones, una de esas me recordó -a posteriori- la estructura de la movilización. En 2007 fui a una movilización de lo que en ese entonces era el “Día de la Raza” y ya la estructura eran ramificaciones mapuches; había mucha gente sin partido, si bien estaban algunos representantes del Partido Comunista; estaban las barras de equipos de fútbol. La única diferencia si se quiere era que la marcha empezaba en Plaza Dignidad y de ahí avanzaba, y las de ahora finalizaban en la Plaza Dignidad. Pero la estructuración del conjunto de gente es la misma. Lo que demuestra que ya en 2007 había una estructura de marcha, no igual pero con rasgos similares y distinguibles, era un proceso de repolitización. Eso lo hablé con una historiadora en el libro, que hay procesos que son invisibles.

¿Cuánto puede haber influido, comparando este estallido con esas anteriores manifestaciones, la dinámica que aportó el feminismo en cuanto a organización en las calles?

Hubo muchos hitos. Pero hitos importantes fueron, por ejemplo, la revolución de los estudiantes en 2006, contra Bachelet, cuyo gobierno realizó una negociación con los estudiantes, algo que no se le hubiera ocurrido a Piñera nunca. Ella llevó a los representantes a la biblioteca de Santiago, que se construyó con los aportes de Bill Gates, y se sentaron ahí a discutir. Esa fue una fotografía, y allí se zanjó algo. Eso fue grande, y duró hasta el 2007. Yo fui a una toma de un Liceo secundario. Eso no quiere decir que la fotografía solucionó todo, siguió y siguieron esos jóvenes hasta que se transformaron en estudiantes universitarios, allí está Camila Vallejo, Boric, la gente que ahora es diputada y que crearon el Frente Amplio.

En el libro decís que la centro izquierda, la mayor oposición a Piñera, también es responsable de haber bloqueado nuevos liderazgos. ¿Estos jóvenes que vos nombrás, como Camila Vallejos, no supieron o aún no pudieron ser esos representantes nuevos de la política?

Lo que sucede es que la política es dinámica, hay cosas que no se manejan. Lo que pasó en 2011 fue un movimiento interesante que movilizó no solo a los estudiantes sino también a las familias, por así decirlo fueron “marchas burguesas”, que echaban a los violentistas. Los anarquistas allí no funcionaban. Era una cosa rara, performática. Sí era incómodo tener a 500 mil personas en la calle, pero el reclamo no era tan grave.

Un reclamo de gente que aún estaba en el sistema y no de marginados.

Claro. Gente que no hacía destrozos ni nada por el estilo. Era una ciudadanía de clase media, empoderada, que había vivido la dictadura en su mayoría o que era adolescente. A esos jóvenes se apuesta, y se los vota efectivamente, pero otra vez empieza a perderse esa posibilidad de cambiar el país. Hay una especie de decepción, se dice “no se pudo”, por más que había gente en la calle. Lo importante de todo eso fue el número, que por primera vez en mucho tiempo se hacían marchas multitudinarias en Santiago. Y eso es un hecho político que Piñera lo registró; él no pudo recuperar su popularidad, que habrá rozado el 20% en ese mandato. Después ocurre lo del feminismo, en 2018. Se toman las universidades con reclamos y demandas feministas, y ahí empieza otro vector, las mujeres. Eso sí le preocupó al sistema. Ya la gente se había cansado de reiterar que no podía vivir con el sistema universitario que se tenía. Es un sistema donde las familias se endeudan con un banco para acceder a la educación universitaria de sus hijos.

“Lo que pasó en 2011 fue un movimiento interesante que movilizó no solo a los estudiantes sino también a las familias, por así decirlo fueron ‘marchas burguesas’, que echaban a los violentistas. Los anarquistas allí no funcionaban. Era una cosa rara, performática”.


Como en Estados Unidos.

Sí, es un modelo casi calcado. Entonces empiezan a haber una serie de trabajos con la figura de los marginados, con la gente discriminada o incluso con los pobres que no tienen la posibilidad de endeudarse para acceder a la universidad, porque temen perder hasta su casa con el banco.

¿En esos grupos marginados claves en el estallido entran los mapuches?

El problema con los mapuches es un problema que inicia la Concertación, con la militarización de su zona. De eso habrán pasado veinte años, cuando estaba Ricardo Lagos. Estaba la militarización de La Araucanía o Wallmapu, en donde había un reclamo de un sector que estaba fuera del sistema, y dentro de ese grupo había gente que no había nacido en dictadura sino en democracia y que no entendía el modelo de no reclamar que se imponía desde la Constitución de Pinochet, la cual se decía no se podía cambiar. ¿Por qué no se podía cambiar? Eran jóvenes que no le tenían miedo a Carabineros. A mí me educaron con que había que tener un cuidado con Carabineros. Entonces, es una generación de 20, 18 años, que ve en el carabinero a un funcionario público.

¿Cuál dirías que es la diferencia entre Carabineros y otras fuerzas de seguridad?

El problema que hay en Chile -esto lo hablaba con un funcionario y que fue ministro de Trabajo- es que Carabineros tiene un protocolo de represión o de control de la protesta. Son protocolos internacionales. Y el jefe político de Carabineros es el Ministerio de Interior y Seguridad. Pero a la hora de reprimir y de causar muertos, el Ministerio del Interior no se hace cargo, responsabiliza a Carabineros. Y ellos dicen que tienen su protocolo. Hay muertos y casos, como por ejemplo cuando matan a mapuches, que terminan en montajes hechos para justificar su acción. Eso viene, según me cuenta este funcionario, de la herencia de la recuperación de la democracia, donde hay gente de la Concertación que trabajó respaldando a Carabineros para que sea la única fuerza armada de los gobiernos de la democracia, con el poder del gobierno. Fue como tratar de convertir a Carabineros.

Sin tener en cuenta que su filosofía estaba arraigada a un régimen dictatorial.

Es que Carabineros fue parte de la Junta Militar. Lo que hace la democracia es quitarlo del ministerio de Defensa y pasarlo al de Interior y Seguridad. Había que ser muy ingenuo para pensar que habían dejado de ser fachos.

¿Es posible que este rechazo generalizado hacia el sistema político, parecido a lo que acá ocurrió en el 2001, pueda traer un problema mayor con la aparición de algún outsider del tipo Trump o Bolsonaro?

Al principio estaba ese miedo. Se comentaba en redes sociales que se estaba sembrando el terreno para un liderazgo como el de Bolsonaro. De hecho hay un tipo llamado José Antonio Katz, del partido republicano, bien de derecha, del Opus Dei, algo parecido a Espert acá. Pero al final eso no pasó. El miedo quedó ahí. Y hay una gran diferencia entre el 2001 y lo que pasó en Chile, que es fundamental. En 2019 la economía chilena no fracasó, el problema no era económico, y quizás ese es el punto de por qué Piñera no cayó. De hecho todas las élites fueron cuestionadas: la política, el sistema de partidos, la cultura. Sí se cuestionaba la economía, pero la élite empresarial al empezar la pandemia, hace un año, le decía al gobierno lo que tenía que hacer, ellos fueron los que gestionaron la vacuna. Por eso el éxito. Es una asociación entre la cámara de los empresarios más poderosos con la Universidad Católica, en el diseño y la distribución. La vacunación la hizo gente con guita con la idea de que “hay que terminarlo, todos tienen que estar vacunados”, no porque sean buena gente sino porque quieren que se vuelva a producir.

“Había un gran sector totalmente desamparado, no tenía a nadie ni nada. Obviamente que lo que pasó a partir de ese 18 de octubre no cambió la situación drásticamente de esas personas, pero sí provocó un fortalecimiento en esas organizaciones sociales, que son las que participaban o las que nucleaban de algún modo las marchas que iban a Plaza Dignidad en el estallido”


¿Si bien hubo un crecimiento económico a nivel macro, no ha existido también un empobrecimiento de la clase media?

Sí, Chile estaba creciendo pero solo para un lado. El promedio de ingresos no aumentó. Chile era un país más rico pero había gente que no podía pagar un alquiler. Por alguna razón, a partir del 2013 y 2014, empieza a haber una especulación inmobiliaria, por lo que los alquileres empezaron a crecer y le metieron presión a la clase media, que ya no podía educar a sus hijos. En el fondo era que Chile había pasado a tener solo una cosa de país desarrollado, los precios. Bueno, para algunos sí hubo desarrollo. Pero si uno solo aumenta los precios, vas a empezar a acumular descontento y frustración. En el primer mandato, Piñera intentó conllevar el transporte público a un precio de 1,1 dólar. Ese era el promedio. En el gobierno de Bachelet se mantenía en 0,92. Uno dice ¿solo quince centavos? Pero es algo significativo. ¿Por qué para Piñera tenía que estar en uno a uno? Es el precio que al tipo se le ocurrió, y si uno analiza sus gobiernos solo ve alzas y alzas o ajustes siempre. Y en Bachelet hay una cosa más planchada.

Hablando de Bachelet, ¿cuál es su responsabilidad en este estallido?

Cuando Bachelet fue presidenta por segunda vez, organismos internacionales de Derechos Humanos le dijeron que tenía que garantizar la protesta pacífica. Eso le pasó en su segundo mandato. Después ella quedó al mando de la secretaría de Derechos Humanos de la ONU. Un amigo, que es observador para Naciones Unidas, me contó que fue un error de Piñera pedir la visita del organismo porque no había manera de que el informe fuera positivo. Si tu estabas mirando lo que pasaba, no había manera. Pero como Bachelet había condenado a Venezuela, fue como un “bueno, vengan”. Mi amigo me explicaba el modo de funcionamiento del observador, y Piñera creyó que Bachelet iba a visitar el país, pero no, hay observadores. Un chileno no puede hacer un informe de Chile, así como un mexicano no puede hacerlo de México, por más que conozca la situación. Lo que pasa es que Piñera se siente amigo de Bachelet y pensó que no iba a pasar nada.

En la época más fuerte del Mercosur, la de Lula, Chávez y Néstor, se atisbó a poner a Bachelet como una representante de ese sector, ¿pero realmente significó un gobierno de centro izquierda para Chile o es parte del mismo statu quo de Piñera?

Bueno, con ella la educación se terminó de privatizar, la universitaria. Y con ella se mató al mapuche Matías Catrileo. No es que no pasó nada. Ella fue responsable de muertes y de una cosa extraña, un ascenso en la violencia de Carabineros. Hay algo que no se entiende en un primer momento, y yo lo entendí después cuando me iba. Si tu entrenas a los Carabineros en Santiago y luego los mandas a la zona mapuche de conflicto, habilitados para usar armas de fuego y disparar, hay un momento en que eso se te va a desmadrar, y el actuar de Carabineros en la zona va a contaminar al resto del país. Y eso fue lo que pasó. En octubre los santiaguinos sintieron lo que era estar en la zona de conflicto mapuche, porque este actuar lo hemos tenido en la Wallmapu hace mucho tiempo.

Pareciera que en Chile no hay gobernabilidad sin esa élite.

En el libro uso un concepto de “élite” que no es la idea de la gente que tiene más dinero. Son los “más capacitados para conducir cada área”. Si uno ve lo que pasó con la élite política, eso se derrumbó. Los partidos están en el suelo. En diciembre de 2019 hubo una encuesta en que tenían una aprobación del 2%. Eso no quiere decir que la gente sea apolítica sino que hay una crítica a ese sistema de partidos. Hay una reprobación al sistema económico, pero la élite sigue intacta. Vi al líder de la cámara empresaria decir en marzo del año pasado que no había que hacer cuarentena como Argentina y que había que aguantar un poquito hasta que empezara el frío. Ese mismo tipo dice que hay que hacer un diseño de vacunación con la Católica y demás. Y lo que ves es que ahí está la conducción, la élite empresarial está viva. No es que la economía funciona sola. A mí me quedó en claro que los empresarios tienen empleados, los economistas. Los contratan para que vayan a programas y digan lo que tienen que decir. Pero básicamente lo que la élite quiere decir, y cuando esos economistas no lo pueden decir porque la situación es muy complicada, el empresario se da cuenta que lo puede hacer solo. Entonces esa élite es la única viva. Y si me preguntás, es la élite que permite que Chile siga funcionando, todo lo “bueno” y lo malo.

En Chile hay a su vez una división muy tajante por regiones, en las que en el sur hay un predominio grande de inmigrantes europeos y sus descendientes, que están inmersos en el conflicto mapuche.

Sí, lo tienen ahí. Tanto los mapuches como los descendientes de alemanes dicen “esos son usurpadores”.

Pero económicamente también es distinto, el planeamiento. Es muy distinta la infraestructura a nivel norte de las otras secciones, inclusive el comportamiento de los Carabineros cambia.

Lo que pasa es que hay algo más o menos comprobado. Hay manifestaciones en Chile fuertes. El 29 de marzo que es el Día del joven combatiente, que es cuando asesinaron a los hermanos Vergara en una villa cerca de Alameda. Ahí hay enfrentamientos. Pero después hay otras que suceden el 11 de septiembre, que es el aniversario del golpe de estado, en una población que se llama Lo Hermida. En televisión mostraban los enfrentamientos y había gente encapuchada, haciendo barricadas, de todo. La gran pregunta era ¿y está gente? ¿Qué organización había detrás? Pero lo que me dijeron es que los Carabineros que salían a reprimir a Lo Hermida después eran “ascendidos” y los llevaban al Wallmapu. Funcionaba esa población como una especie de entrenamiento. Eso demuestra el desprecio de los gobiernos, tanto de la derecha como de la concertación, contra los mapuches. Y por eso que la bandera de reivindicación siempre fue la mapuche y no la chilena en las manifestaciones de 2019.

En la última elección de Piñera hubo una participación electoral muy baja, ¿crees que a partir de este estallido la sociedad chilena en su mayoría se ha politizado?

Allá en Chile las organizaciones sociales no funcionan como acá en Argentina. Al menos hasta el 18 de octubre de 2019. Por lo tanto, esas funciones de contención social no estaban. Había un gran sector totalmente desamparado, no tenía a nadie ni nada. Obviamente que lo que pasó a partir de ese 18 de octubre no cambió la situación drásticamente de esas personas, pero sí provocó un fortalecimiento en esas organizaciones sociales, que son las que participaban o las que nucleaban de algún modo las marchas que iban a Plaza Dignidad en el estallido. Había una mesa de unidad social, que la congregaba la Central Comunitaria de Trabajadores, el equivalente a la CGT acá. Con el estallido surgieron muchos autoconvocadxs. Y hoy en día vos ves en las elecciones de la gente que va a estar en la Constituyente que no viene de los partidos, son gente que trabaja en los territorios. Por eso la victoria que hubo en octubre fue aplastante, un 78%, con una participación que fue alta, y no solo en Chile sino también afuera. Ahí hay algo que demuestra que no es que no haya interés en la política, lo hay, pero no con este sistema que ofrecen. En otras palabras, la oferta actual de partidos no es muy interesante.

Como el caso de Pedro Sánchez, que funciona como una continuación de Bachelet.

Lo que pasa es que Bachelet ha hecho dos cosas inteligentes, retirarse de la política de Chile cuando no ha sido presidenta hacia organismos internacionales, tanto en ONU Mujeres como en Derechos Humanos. Ahora, no sé si estuvo interesada en tener su segundo mandato, no lo tengo claro. Supuestamente iba a ser más de izquierda como no pudo en su primer mandato y gobernar con los jóvenes, pero después los empezó a echar y todo eso.

¿Hay algo más transversal que puede surgir políticamente, similar a lo que es el movimiento peronista? ¿Puede ser un representante de ello Enrique Ominami?

Conozco a Marco hace mucho tiempo, pero no me parece un dirigente político interesante. Sí es un buen tipo y muy agradable. Pero una cosa es que sea agradable para charlar y otra es que lo quieras para presidente. Cuando regresé hablaba con un amigo peronista que me decía que si lo que pasó en Chile hubiera pasado acá, el presidente ya no estaría en el poder. Yo le decía que “eso sería por el peronismo”. En Chile no hay algo como el peronismo. Lo interesante del proceso y de este estallido -muchos le dicen “revuelta” pero termina siendo algo para bajarle el precio- es que hay un intento de cambiar la estructura, de cambiar la economía, hay una apuesta que va por todo. El problema principal es que esa demanda no ha tenido una canalización económica. Es verdad que una desventaja del movimiento es que no hay líderes, una cabeza, un partido atrás. Eso mismo es la mayor debilidad del estallido, es la mayor fortaleza y la mayor debilidad. Son como esos fracasos que existen en la historia pero que son fracasos gloriosos, esas cosas de las que uno va a aprender, en el sentido de que pueden marcar un camino a recorrer a futuro. En pandemia empezaron a echar gente, y sin nada de indemnización, y así es todo. Hay una diferencia entre el empresariado argentino y el chileno. El argentino ahora, ahoga, ahoga y de repente se le muere el consumidor. El chileno ahora, ahoga, ahoga y cuando ve que el otro se va a morir, lo suelta.

¿Cuál es la lógica de los medio en Chile?

Los periodistas han sido educados en general, en política, como que existe la concertación y la derecha. Entonces, inconscientemente sus notas son binominales. Ocurrió ahora, había periodistas incapaces de dar cuenta de lo que estaba pasando y no creo que sea porque hubiera gente mala sino que le enseñaron en las escuelas de periodistas de que había dos fuentes. El asunto es que eso tenía sentido en un momento en que la política estaba repartida en dos bloques, pero a partir de 2019 hay otro bloque que no está alineado a esos bloques y en un futuro puede ser tan importante o más que ellos. Por eso decía, hoy en día es un fracaso glorioso pero en un futuro puede que no.

¿Qué dirías que queda en la sociedad chilena tras este estallido? ¿Es un punto y aparte en la democracia?

Se ha dicho que el 17 de octubre de 2019 terminó la transición hacia la democracia y que estaríamos en ciernes de una participación democrática más plena. Es raro eso. Como si los procesos históricos fueran una fecha y listo. Los procesos históricos llevan mucho tiempo o llevan más que un día; la sociedad chilena no cambió el 18 de octubre de 2019 y amaneció siendo otra, fue modificándose a lo largo del tiempo. Recuerdo que en marzo de 2010, cuando asumió Piñera su primer mandato, se dijo algo similar, que con ese presidente electo de la derecha no dictatorial se daba el fin de la transición hacia la democracia, y que se podía esperar otra democracia. Obviamente eso no sucedió, porque otra democracia implica otro sistema de partidos políticos y eso, desde la década del ’10 en Chile, no sucede. Hay creciente descontento, promesas, caídas, fracaso, desilusión y eso es lo que se empieza a incubar fuertemente en los días previos al 18 de octubre de 2019. Uno ve en el gobierno de Piñera alzas en el transporte público. Después en 2011 la demanda de los universitarios -ya la crisis del modelo educacional fracasa- con movilizaciones masivas, multitudinarias, pero burguesas. Hay un elemento lumpen, anárquico, que queda afuera, por parte de la misma gente que participa en esas movilizaciones. Y después está el segundo gobierno de Bachelet, que promete ser más progresista que el primero y trabajar con la gente joven. Y bueno, eso no sucedió. Ella empieza de esa forma pero rápidamente los despide y empieza a trabajar con la misma gente de la concertación, la de siempre. Es decir, el sistema político intuía que debía renovarse, pero en la práctica, cuando está en el poder, Bachelet no lo logra. Por otro lado, los mismos jóvenes que habían participado en las marchas multitudinarias y que las habían liderado, crean un referente, una reunión de partidos denominada Frente Amplio y consiguen una representación parlamentaria. Eso auguraba algo bueno, la renovación que no sucedió con Bachelet. Pero así como no ocurrió antes, volvió a no pasar. Entonces, hay ilusión y fracaso, ilusión y fracaso. Eso es una acumulación, la gente se da cuenta de que por la vía tradicional su vida cotidiana no va a cambiar en nada, va a ser la misma mierda de siempre. Eso es lo que empieza a eclosionar en 2019: el fracaso del Frente Amplio, de la derecha democrática de Piñera, del progresismo. Todo eso en vastas zonas de la población va quedando en palabras huecas y los deja sin alternativa. Esa falta de alternativas es lo que se expresa, primero a través de los estudiantes en 2019 y después de forma transversal.



Gonzalo León
La caída del Jaguar
Hormigas Negras
2020

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