El Pregonero

Horacio González y la puja por una filosofía mediática

Horacio González

A una semana de su fallecimiento, leemos el presente del periodismo desde su pensamiento y filosofía.


Por Marvel Aguilera.

El periodismo en las últimas décadas no informa, juzga. Y podría decirse que, en los últimos años, también moraliza. Se indigna frente a la condición humana, a las miserias propias de hombres y mujeres incapaces de coincidir con el relato elucubrado por las columnas de sus escribas mejores pagos. Informes de femicidios plagados de amarillismo y morbosidad, tratados en magazines de la tarde después de la sección de cocina. Grandes editoriales, larguísimas, de revistas progresistas que salpican corrección y “deber ser” en una sociedad plagada de injusticias, que pululan en el lado confortable de la crítica al sistema, de la política del dedo apuntador.

Tal vez todo eso parta de una resonancia, una que situó hace más de un siglo al periodismo como captador o catador de los hechos, en un intento forzado por posicionarlo como el reflejo impermeable de la realidad misma. Y no es menor. Las mismas escuelas de periodismo, las que aún sobreviven al paso arrollador de las redes sociales como catapultas de transmisores de información -esos puentes entre un oficio quirúrgico y el chusmerío de ágape- suelen partir de una pregunta retórica, pero no menos concreta: ¿hay objetividad en el periodismo? Una pregunta que en estos tiempos de militancia y guerra comunicacional podría pecar de ingenua pero que guarda un sentido de pertenencia al horizonte que aspiramos desde este periodismo comprometido con el pueblo.

Horacio González supo traer a colación una herramienta para abordar el periodismo, en su larga historia regada de tintas y de impunidades, de investigaciones arriesgadas y operaciones de berretín, la conjetura. Con la conjetura podemos derribar las grandes certezas no ciertas que forja en la actualidad el noble oficio periodístico.

Una conjetura es un acto de honestidad frente a los tribunales de enjuiciamiento que pregonan las redacciones de los medios masivos a diario, fogoneando señales de odio en pos de la libertad de prensa. Que niegan hacer política a través del periodismo, cuando las bases del periodismo están cimentadas en la propia política, así como Mariano Moreno forjó su identidad denuncista y agitadora. Y de la misma forma que Sarmiento y Mitre se hicieron de la herramienta periodística para consolidar un modelo de país liberal que aún hoy atisba con transformarnos culturalmente.

El paso del oficio periodístico de Walsh en Operación Masacre a la operación periodística practicada en infinidad de casos, como los “Cuadernos de Centeno” o “La Ruta del Dinero K”, demostraron que las empresas periodísticas pueden apropiarse del lenguaje y transformarlo en lo público, en un simulacro de objetividad, de sentido común, que sin embargo ha tenido sus heridas en el camino, sus fisuras que han dado pie a un periodismo nuevo, uno más cercano a sus protagonistas y a otra forma de entender la dinámica comunicacional y el nexo con la realidad. La pregunta es por cuánto tiempo.

González afirmó en su Historia Conjetural del Periodismo que estamos todavía en una disputa sobre esa condición de posibilidad de la objetividad. Pero en todo caso será otra, distinta de aquella que fuera apropiada por los escribas del poder. Una también lejana de esa neutralidad de cartulina que aflora en “Coreas del Centro”, plagada de clichés y buenos modales; por contrario, una que dé cuenta de esa imperfección comunicacional, que acepte lo subrepticio de las afirmaciones propias, que sea autoconsciente y crítica de su propia visión de la realidad. Una objetividad conflictuada, que conjeture antes de afirmar, y que reflexione sobre sus pasos.

Lo que queda en el fondo, como parangón de todas las disputas, es el lenguaje. Pero las intenciones de ponerlo en jaque escasean. Nadie quiere dubitar sobre sus discursos repletos de afirmaciones, de ligerezas demagógicas. Los grandes medios premian a los que reverberan el edicto favorito de Émile Zolá, parafraseado por Lilita Carrió y sus salieris de TN, el “Yo acuso”. Viralizado en los últimos años en los comentarios de las redes, premiados por lluvias de likes, y en el periodismo prime-time que, como una película de terror retro, azuza por las noches en la televisión.

González creía en algo más que una Ley de Medios que regule más o menos a un monopolio mediático, creía en una nueva filosofía de los medios, una que diera cuenta de esas significaciones históricas forjadas a la vera de intereses espurios, y que aleje al periodismo del acto de mercancía al que se lo somete constantemente: el periodismo del marketing.

Dice Horacio: “La ‘objetividad’ es una más de las verosimilitudes en juego, así como la narración puede ser la última instancia de la objetividad. Como un acto político colectivo, de carácter intelectual y moral, debe ser elaborada una objetividad que se constituya en pacto profundo entre el acontecimiento y su capacidad de transformarse en un lenguaje de conocimiento”.

Nuestra meta, corrernos de esas “verdades” de pacotilla propias del moralismo burgués. Un moralismo que fue capaz de apropiarse del lenguaje, capaz de crear un relato panicoso que todavía intenta desandar los avances de los movimientos populares. Conjeturar, romper para acercarnos un poco más a esa esencia del conocimiento que hay detrás del filtro de los hechos.

Mejorar las condiciones del periodismo será un paso, a su vez, para mejorar la política, aquella efectista que resume los acontecimientos en frases y eslóganes de campaña que en realidad son parte de un entramado histórico, uno demasiado profundo para simplificarlo en un textual victorioso de zócalo televisivo.

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