Vértices

Alejandro Cervera: “No hay mejor lugar donde se pueda estar que en los teatros”

Alejandro Cervera - Eloy Rodríguez Tale

El músico, régisseur y coreógrafo narra sus procesos de transformación durante la pandemia y la vuelta a la presencialidad en el Teatro Colón, mientras reflexiona sobre el desprendimiento a los apegos.


Texto y Fotos Eloy Rodríguez Tale

Añoro mucho la presencialidad, principalmente en los teatros, porque lo mío no es solo dirigir a los bailarines”, expresa Alejandro Cervera, músico, régisseur y uno de los coreógrafos argentinos más destacados y reconocidos de su generación. A finales de 2019 el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín presentó Macbeth bajo su dirección, y el futuro estaba repleto de nuevos proyectos. La pandemia anuló casi todos los aspectos de su actividad. Luego de un breve resurgir en el verano, otra vez llegó la quietud, mientras el desplazamiento de sus ideas van de uno en uno por los rincones de su departamento, en el barrio de Abasto.

Pese al frío, Cervera abre la ventana de su living para ventilar, se abriga y prepara té. Toma asiento junto al piano y acaricia suavemente a su perra Katrina.

Revista ruda

¿Cómo ha sido tu experiencia desde que comenzó la pandemia? ¿El trabajo?

El año pasado fue horrible, personalmente lo pasé muy mal. Lloré mucho porque tuve una gran tristeza por todo. No podía trabajar, me sentía aislado, sentía que estaba solo, leía el diario a la mañana y no soportaba las cifras de muertos, de acá y del mundo. Todo eso me produjo una gran tristeza. Todos los proyectos que tenía para hacer se fueron, no se pudo materializar prácticamente nada. Después se sumaron unos problemas de salud y también lo pasé muy feo.

En lo laboral lo único que pude realizar fueron unos encuentros por Zoom, para hablar de mi hacer digamos, y nada más. Era un curso organizado por el Teatro San Martín donde se anotaban distintas personas, pero ninguna sabía nada de teatro. Entonces terminé explicando lo que era la bambalina, los contraluces, el tapete de danza, el telón, el teatro a la italiana, los espacios no convencionales. Hablé de cosas muy generales, de cómo se hacía una obra y las cosas que intervienen en ella, y sobre todo en una obra de danza que es compleja, o una ópera que también lo es.

Si bien las clases gustaron y tuve una buena devolución, luego intenté escribir algunas cosas relativas a esto, a mi hacer, pero concretamente el trabajo para mí no existió. Yo en el 2020 tenía el Reñidero, que volvía en el Teatro San Martín; una producción nueva para el Teatro Colón, que era una Carmen; tenía un Pinocho para hacer con el Ballet de la Universidad de Mendoza; y una producción para realizar en Tucumán. Era un año muy bueno, con muchísimas cosas, y como a todo el mundo eso se convirtió en cero.

Alejandro Cervera - Eloy Rodríguez Tale

¿Cómo fue la relación con la virtualidad en tu hacer laboral?

No me llevé bien con eso, me sigo no llevando bien con eso. Si yo fuera escritor o pintor quizá no me hubiese pasado nada, pero mi trabajo tiene que ver con las personas, los cuerpos de las personas, con la cercanía de las personas. Pero también tiene que ver con lo que las personas me transmiten. Digamos, una obra yo la hago y la pienso, pero también la obra luego se realiza en el encuentro con los bailarines, con el espacio. Es muy difícil pensar en un trabajo donde la gente está lejos de mí. Me es muy difícil.

A principios de este año comenzaste a montar una obra con el ballet del Teatro Colón, ¿qué te produjo habitar nuevamente un teatro?

Volver a la presencialidad fue un poco como volver a la vida. Pisar nuevamente una sala de ensayo y ver una clase de danza, ver a los bailarines, aunque estén con los barbijos puestos, me inundó de alivio y satisfacción. La obra la monté en lo presencial, y cuando se puso feo se paró. Pasamos una semana sin hacer nada, y luego tuvimos unos encuentros por Zoom con los bailarines. La verdad no sabía para qué lado correr. Por suerte teníamos un video, y entre todos trabajábamos haciéndonos correcciones.

Añoro mucho la presencialidad, principalmente en los teatros, porque lo mío no es solo dirigir a los bailarines. Me gusta trabajar con los técnicos, disfruto de poner la luz y de armar lo que refiere a las cuestiones escenotécnicas. Me gusta, como dijiste, habitar el espacio. Para mí no hay mejor lugar donde se pueda estar. Es ahí. Inclusive cada vez que viajo, que he ido de vacaciones, si hay un teatro en ese lugar yo voy a ver qué están haciendo, cómo es. He visto cosas que no me interesaban mucho, pero igual entré.

Una obra yo la hago y la pienso, pero también la obra luego se realiza en el encuentro con los bailarines, con el espacio“.


Con el distanciamiento y lxs bailarines en sus casas, ¿qué formas encontraste para trabajar la danza frente a esta ausencia de espacialidad?

Yo no he encontrado una forma de resolver la espacialidad, sinceramente. Sin embargo hace dos semanas fui convocado, por docentes que son exalumnos míos, a dar unas charlas para la Escuela de las Artes del Teatro del Lago, en Frutillar, Chile. Lo que propuse fue que todos estuvieran en su casa con un objeto en el que pudieran confiar, una silla, un puff, una mesa. Durante una hora y media trabajaron con ese objeto, y redujeron drásticamente la distancia de los desplazamientos. Ahí el trabajo fue más noble en un punto porque partió desde su propia limitación, de una cierta verdad. No pretendió ser otra cosa que un chico en su dormitorio con una silla. Fue muy gratificante y enriquecedora la experiencia.

¿Qué pasó con tus vínculos? ¿Se modificó algo en tus relaciones? 

Durante la primera parte de la pandemia vi mucho cine y comenzó a sucederme algo muy curioso que es que empecé a conectarme con una persona que conozco hace mucho tiempo, pero que no sé si somos amigos, no sé si vamos a quedar amigos tampoco. Pero sí todos los días nos escribimos y hablamos de las películas que vimos.

El principio de la pandemia fue como un gran estreno, porque arrancó con bombos y platillos: cantidad de muertos, cantidad de contagios, las cosas que pasaban en Italia, etc. Fue muy impactante y muy espectacular, no quiero que se me entienda como frívolo, pero lo sentí así.

Ahora ya sabemos un poquito más, pero en aquel momento no se entendía nada, ni si nos íbamos a morir o qué. Eso hizo que estuviese en un estado de gran intensidad, hablaba y mandaba audios de diez minutos a personas, y después yo recibía otros diez minutos de lo que le había pasado a esa persona, y así. Eran amigos todos, y sucedía un cierto despliegue especulativo que era muy interesante. Porque nos preguntamos ¿Cómo era?, ¿Cuánto tiempo iba a durar? ¿Cuánto tiempo íbamos a soportar? Y en el caso de enfermarse, ¿qué nos sucedería al tener que enfrentar tan de cerca la posibilidad de morirnos? Porque además en ese momento se creía que solo afectaba a los mayores de 60 años. Y yo tengo 69 años, y obviamente muchos amigos grandes.

Resumiendo, el tema de las relaciones para mí fue un poco catastrófico, siento que con muchas personas nos alejamos. De ese primer encuentro, de esos audios de diez minutos, que sucedían cada dos o tres días, pasamos a no escribirnos, no llamarnos, y no mandarnos más audios. Eventualmente me junté con alguno en un bar a la tarde, pero hubo algo que se empezó a secar. Yo lo atribuyo quizá a la debilidad de las relaciones humanas que con esto se hizo más evidente. Esto también sucedió en mi relación de pareja. Yo no convivo, así que nos vimos mucho menos. Eso me afectó bastante. Y en particular lamento que ya casi no haya encuentros casuales, eso de coincidir fortuitamente con otro, esa especie de magia que había en los circuitos de las personas. Ahora las cosas han perdido espontaneidad y liviandad. Ese componente que existía antes en la vida desapareció.

¿Qué cosas percibís que se modificaron en vos?

Hay algo del desprendimiento. Por ejemplo en estos tiempos me pregunté mucho ¿Y si no puedo trabajar más? ¿Habrán sido mis últimas obras? ¿Ya está? Hice mucho trabajo en mi vida, hice montones de cosas, con muy buenas condiciones. Me di muchos gustos en mi vida profesional, y siento que fui afortunado. Entonces este tema de la pandemia me hace pensar si se terminó este momento del trabajo, de mi ser coreógrafo o de director de escena. Y si así es no está mal. Lo que sí me gustaría es poder seguir viajando. Yo soy un poco trágico, ¿viste? No soy muy alegre. Soy una persona absolutamente dramática, o muy desesperanzada. Nunca fui alegre, nunca. Siempre tuve este carácter un poco contemplativo de las cosas. Por ahí en este relato me escucho y siento cierto pesimismo. Creo que me hubiera gustado ser distinto, un poco más feliz, ser más liviano, a veces siento que me falta liviandad. No es que sea solemne tampoco, y si me siento así trato de cambiar el switch.

Alejandro Cervera - Eloy Rodríguez Tale

¿Estas características se te acentuaron?

Bueno, obvio que sí. También porque uno se plantea muchas cosas. De lo que uno es, de lo que uno cree. Entonces aparecen las dudas existenciales sobre el tiempo, la vida, si creo o no en Dios, de verdad.

¿Y qué resolviste?

Estoy en eso (ríe). Me parece que hay algo que al mismo tiempo se gestó dentro mío que es una cierta ironía sobre la situación. Un punto que dije: bueno, es así. Y esto de algún modo pone las cosas en su lugar. Hay que dimensionar lo que importa, o lo que a uno realmente le importa, y en este momento entiendo que es el amor. Por tu perro, tu amigo, tu pareja, por la familia, lo que quieras. Debemos desarrollar esos sentimientos, lo humano, y creo que uno se da cuenta lo estúpida que es la carrera dentro de la materialidad de forma más evidente. Porque todo se evapora, se desvanece frente a las verdaderas cuestiones de la muerte, la solidaridad, la presencia del otro, esos son los temas. Ahora si estás corriendo para cambiar el auto, medio que no aprendiste nada. Lo que digo es que no quiero que mi vida se vaya en un reclamo o en sentirme mal.

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