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Eloísa Tarruella: “Mi trabajo es la resistencia a vivir en un mundo lineal, sin grietas”

La autora y directora presentó hace unos meses por streaming Haiku a la mujer pájaro, un proyecto audiovisual en donde se animó a cruzar el cine y la danza. Multifacética y constante, Tarruella habló sobre sus impulsos creativos, la puesta de sus obras y la carga conceptual que pone en ellas, y el contexto de un teatro que sufre, como tantas áreas de la cultura, los estragos de la vida en pandemia.


Por Pablo Pagés. Fotos: Julieta Bugacoff

Eloísa nació en el barrio de Barracas, rodeada de libros y de juegos al aire libre. En esos lapsos de esparcimiento es donde entró en contacto con su gran pasión hasta el día de hoy: el teatro. Cuenta que pasaba buena parte de su tiempo en el barrio de La Boca, tanto en la escuela como en el Teatro Catalinas Sur. Sus padres, Mercedes Pérez Sabbi y Alejandro Tarruella, desde muy temprano le trasladaron el amor por la lectura, por el arte. Ella reconoce esa influencia directa. Las horas en el teatro, en los museos, en el cine; en los mundos que se le manifestaban a partir de las distintas experiencias artísticas en las que se sumergía. Los recuerdo de la infancia afloran en ella: el de la niña que imaginaba, que recorría visualmente los árboles y a partir de ellos superponía las imágenes para recrear una historia. “Siempre estaba presente la narración: contar historias y que me las cuenten”, dice. Explica que ese hilo conductor que ya estaba presente en sus primeros años es un tejido que se ha ido hilvanando con el tiempo y que permanece aún con ella.

Para ella el arte es entrar a otras esferas y abrirse a nuevas sensaciones. Se hace eco de una cita de Sloterdijk para plasmar este concepto que es clave en su forma de ver no solo las expresiones artísticas sino los vínculos humanos: “la experiencia del espacio siempre es la experiencia primaria del existir. Siempre vivimos en espacios, en esferas, en atmósferas. Vivir es crear esferas”.

La autora y directora presentó hace unos meses por streaming Haiku a la mujer pájaro, un proyecto audiovisual en donde se animó a cruzar el cine y la danza. Una pieza que es parte de una idea más amplia y que surge en medio de las inquietudes que trae aparejada esta pandemia, el “Proyecto telares”, en el cual una palabra y un objeto señalado por la invitada sirve como disparador para el desarrollo de un texto. Multifacética y constante, Tarruella, que ha atravesado el cine y el teatro con obras notables que aún continúan teniendo vigencia, habló sobre sus impulsos creativos, la puesta de sus obras y la carga conceptual que pone en ellas, y el contexto de un teatro que sufre, como tantas áreas de la cultura, los estragos de la vida en pandemia.

Tenés varias aristas: cine, teatro, dramaturga y guionista. ¿Cómo fue dándose la sucesión de estas formas de ver el arte o lo narrativo?

Escribir lo hago desde que tengo memoria. A los 4 años escribí mi primer poema que decía: “El color del corazón, es del color que uno sueña”. A los 7 años, me animé a una novela. También recuerdo mi diario íntimo como una manera de estar en contacto con las emociones. Amaba escribir cartas también. Y hoy en día, el formato epistolar está muy presente en mis piezas teatrales. Con respecto al teatro, también empecé a los cinco años en el Grupo de Teatro Catalinas Sur al que iba mi madre, yo la acompañaba y ahí empecé a actuar. Me encanta el ritual del teatro, lo cooperativo, el escenario… El cine vino más tarde, en mi adolescencia cuando comencé a pensar qué iba a estudiar en la universidad, me dio ganas de hacer la carrera de Dirección. No era algo aislado para mí. Había visto mucho cine, desde mis seis años iba a la Sala Lugones. Era fánatica de Chaplin, Hitchcock. Siempre estuve enamorada del cine. Hice el examen de ingreso para entrar a la ENERC y lo logré. Ya en medio de los estudios, sentí la necesidad de saber más de guión, así que me preparé también en ese área. La dramaturgia vino un poco después, a mis 25 años, cuando escribí mi primera obra Amorar. Tenía deseos de hacer un proyecto propio, de escribirlo, actuarlo y dirigirlo. A partir de Amorar no paré de escribir teatro y cine. Fue la semilla de algo que ya venía procesando internamente. Y cada vez más, estoy abierta a nuevos formatos de escritura. Estoy escribiendo mucho poesía, que si bien era algo que hacía esporádicamente, ahora es continuo. Creo que está todo unido, hilvanado, me gusta usar la metáfora de Liliana Bodoc: “Pobre de nosotros si olvidamos que somos un telar”.

¿Dónde comienza tu búsqueda, desde lo visual o desde lo narrativo?

Creo que son ambos sucesos. Si empiezo por una imagen, pronto esta trae lo narrativo. Si comienzo por una historia, seguro conlleva las imágenes. Lo pienso como algo en conjunto, indisoluble. También puede ser una palabra que traiga la historia y la imagen o una persona que observo en la ciudad. Estoy abierta a todo tipo de disparadores. Y ando con un cuaderno anotando lo que me inspira. Por supuesto, también está lo que ya traigo conmigo. La llamo “Valija de Imágenes”. Son los recuerdos, objetos, fotos, escenas de la vida, aromas, texturas, libros, películas, etc. Y aparecen a la hora de escribir. Son como una huella. Octavio Paz dice: “Arrastrado por el río de imágenes, rozamos las orillas del puro existir y adivinamos un estado de unidad, de final reunión con nuestro ser y con el ser del mundo”.

“Hay algo maravilloso en el cine: es la conjunción de todas las artes. Lo pienso como una fusión. La posibilidad de indagar en los distintos aspectos y narrar. Porque ante todo contamos siempre una historia. Nos narramos a nosotros mismos para llegar a lxs otrxs, hacia el mundo”.


¿Entendés al cine como una fusión de estas cuestiones o son vías que pasan por distintos lugares y de pronto se cruzan?

Hay algo maravilloso en el cine: es la conjunción de todas las artes. Lo pienso como una fusión. La posibilidad de indagar en los distintos aspectos y narrar. Porque ante todo contamos siempre una historia. Nos narramos a nosotros mismos para llegar a lxs otrxs, hacia el mundo. Fellini decía que “Hablar de los sueños es como hablar de películas, ya que el cine utiliza el lenguaje de los sueños; los años pueden pasar en segundos y se puede saltar de un lugar a otro. Es un lenguaje hecho de imagen. Y en el verdadero cine, cada objeto y cada luz significa algo como en un sueño”.

¿Buscás ese cruce o dejás que aparezca?

Me dicen que mis obras de teatro parecen películas. Sobre todo porque juego mucho con la ruptura espacio-temporal. Recurso muy utilizado en el cine y no tanto en teatro. Eso me sale naturalmente, no lo busco. Está en mí y dejo que sea. Me gusta fluir como el agua en el río que pasa por lo intersticios, sin forzar. Mi búsqueda creativa pasa también por respetar eso que emerge. Confío mucho en lo que veo, despierta, dormida. Si aparece una acción, frase o imagen clara, indago por esa línea.

En tu obra Anaïs, sobre la escritora Anaïs Nin, ¿es donde pudiste volcar esa multiplicidad de formas? ¿Cómo fue esa experiencia?

Anaïs fue una experiencia huracanezca. No existe esta palabra pero creo que se entiende. El personaje era un huracán emocional. Una mujer que en el año 1930 escribía literatura erótica y vivía la sexualidad con total libertad, aún estando casada. Ya era seguidora de sus diarios íntimos y veía que su universo era interesantísimo para teatralizar. Cuando hice la puesta en escena de esta obra apareció lo audiovisual. Anaïs tenía una conexión fuerte con lo onírico, entonces le di forma a este aspecto a partir de momentos audiovisuales: como sueños, pensamientos, etc. Me pareció interesante trabajar lo teatral y lo audiovisual también. Nunca lo había fusionado de esta manera hasta Anaïs. Causó mucho impacto en su momento (la estrené en 2016) y fue recibida con críticas positivas y sobre todo el público que acompañaba. También trabajar lo erótico lo recuerdo como una aventura, jugando con lo sutil y a la vez animarse a ponerlo en escena porque era parte de cómo ella encaraba la vida. La sensualidad como una manera de ver el mundo. Anaïs decía: “Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma”.

Hace algunos años tuve la oportunidad de ver El mundo es mis zapatos, una dramaturgia interesante, con una enorme actriz. Allí vi un texto sobre el desamparo en las mujeres. ¿Cómo aparece esta obra y cómo fue el proceso para adaptarla a una comedia?

El mundo en mis zapatos es una obra muy especial para mí, la escribí junto a Brenda Fabregat que también es la actriz de este unipersonal y está inspirado en parte de su vida. Hay una frase de Chaplin que dice: “La vida es una tragedia cuando se ve en un primer plano, pero es una comedia de larga duración”. Si bien lo que se narra es dramático: una mujer que está recién separada del padre de sus dos hijos y a su vez está remando con el tema laboral, la idea fue revindicar el reírse del drama como forma de supervivencia. Si no hay humor en la vida, todo sería muy tremendo. Esto lo revindica nuestra obra. En la adaptación tomamos la decisión de incluir varios registros en la comedia: desde el gag, el stand up, el monólogo y hasta la comedia musical. Coqueteamos con distintos géneros dentro del humor y eso nos dio la libertad creativa de poder hacer una rayuela de la vida de Brenda (entre el pasado y el presente) y dar también una sensación de esperanza. Hay una metáfora en el andar, el caminar, los tropiezos y levantarse. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” dice la canción. Y Brenda representa también ese transcurrir de la mujer en un momento de deconstrucción, pero también de mucho desconcierto. Quiero contar que ya estamos terminando de escribir la segunda parte de El mundo en mis zapatos que tendrá estreno seguramente en el 2022/23.

“Pienso que lo que sucede siempre nos atraviesa. No somos burbujas aisladas los artistas. Creamos en un contexto y eso está presente en lo que escribimos”.


Por contrario, en Como el clavel del aire te centrás en la hermandad de las mujeres. ¿Cuál fue tu puesta en esta obra?

Esta obra habla de dos exilios: el de Olivia, una mujer mayor que en la actualidad debe abandonar forzosamente el hogar donde siempre vivió, y el de Sara, que en 1976 padece las consecuencias del golpe. Este diálogo entre la última dictadura cívico-militar y el neoliberalismo del presente también pone en primer plano “la fuerza femenina”. La puesta en escena fue un desafío. Eran cuatro actrices y un actor en escena interpretando dos tiempos históricos que se van fundiendo, como un entramado de telar. Esto requirió mucho trabajo de coordinación por parte del elenco. Como si fuera una orquesta. Esta obra también tiene la particularidad de tener un meta relato porque el personaje de Olivia (Julia Azar) está escribiendo una novela sobre dos amigas en el año ’76. Entonces esa narración se corporiza. Hay un momento muy bello donde el personaje de Chavela (Brenda Fabregat) recibe la carta de su hermana Sara (Julieta Puleo/Brenda Bonotto) que está exiliada. Y esa carta es leída/interpretada en dos tiempos: en la actualidad y en el pasado. Las actrices lo van diciendo y se resignifica. Como dice el personaje de Olivia: “somos el tiempo que nos toca vivir” pero también somos lo que hicieron de nosotros como decía Sartre. Me encantó también que la protagonista tenga más de 70 años. Mostrar otra representación de la vejez que no sea la publicitaria que muestran a lxs viejxs como tiernxs o esperando la muerte. Olivia escribe sin parar, cuida su jardín y entabla un vínculo de amistad con Paula (Brenda Bianchimano), habla de sexo y continúa dando batallas como el negarse a dejar su casa. Rompe con el estereotipo de Mujer-Anciana infantilizada. Fue muy fuerte lo que pasó con el público en la Sala Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación, una experiencia maravillosa.

En varias de tus obras trabajás sobre personajes fuertes de la historia de la cultura y le das una vuelta de tuerca. ¿Qué significa esa conexión para vos?

Me sucede que muchos de mis personajes están conectados con la escritura, es decir, son escritoras/es. Me interesa trabajar con un universo que me es propio y a su vez rico para explorar desde la narrativa y puesta en escena. En el caso de Anaïs (inspirada en Anaïs Nin) me siento hermanada en la búsqueda literaria donde navega en su propia historia. Era una mujer que se hacía preguntas, cuestionaba todo. En el caso de Como el clavel del aire, si bien es una historia ficcional, habla de momentos históricos reales y trascendentes. En ese aspecto, pienso que lo que sucede siempre nos atraviesa. No somos burbujas aisladas los artistas. Creamos en un contexto y eso está presente en lo que escribimos.

Pasaste por el ENERC y Artes audiovisuales del UNA. ¿Qué rol cumplen las instituciones en la formación de un artista? ¿Y como te han atravesado a vos a la hora de ponerte a pensar un texto o una puesta o un guión?

Tuve la alegría inmensa de entrar a la ENERC a estudiar Dirección a los 18 años. Y allí conocí a maestrxs inmensxs que me ayudaron a crecer. Entre ellos, nombro a Daniel Pires Mateus, quien posteriormente me convocó para que sea docente, a quien le estoy eternamente agradecida. También recuerdo en mi etapa por la ENERC el pasarme las tardes antes de entrar a las clases en la biblioteca donde estaba su director, Adrián Muoyo. Él me recomendaba películas y libros. Se respiraba una atmósfera hermosa. Hoy soy docente en la ENERC y me da mucha felicidad seguir conectada a un espacio que me significa mucho profesionalmente y en lo emocional (que creo que no se puede disociar). En la UNA continué mis estudios y me amplió la mirada. Los espacios académicos tienen esto, de interactuar, conocer también a otrxs artistas, expandir el horizonte.

¿Cómo crees que ha afectado esta pandemia global a la realización teatral y en particular a tu trabajo?

Esta pandemia fue muy dura para el sector cultural. Con los teatros cerrados muchísimas personas se quedaron sin trabajo. No solo lxs actorxs sino técnicos, directorxs, productores, las personas que hacen prensa, toda la cadena que hace posible una pieza teatral. Se evidenció que faltan políticas culturales que contengan no solamente en la pandemia. En cine, sucedió algo similar. Se pararon los rodajes por tema salud, pero hubo un lucro cesante desprotegido. En lo personal continué con mi trabajo como docente de manera virtual y también realicé algunos trabajos vía streaming. Extraño hacer teatro presencial, el escenario es insustituible.

¿Hay un nuevo teatro que surge después de esto?

No sé si me atrevería a decir que surge un nuevo teatro. Pienso que se abren nuevas formas como es la de hacer una pieza teatral para streaming. Pero el teatro es un hecho vivo y presente. Como decía el maestro Gené: “Ocurre una sola vez y es irrepetible”.

¿Cuáles son las políticas culturales que te parece están faltando?

No soy especialista en el tema para decirlo con precisión. Hablo desde mi lugar de artista y de lo que observo. En teatro los montos otorgados de los subsidios teatrales por lo general están por debajo del costo final de una obra y muchas veces se reciben una vez que ya se estrenó. Entonces el grupo independiente asume esa inversión previamente y es muy complejo de sostener. También los teatros independientes están en un momento crítico – muchos han cerrado – porque si bien no están haciendo funciones- continúan pagando alquileres, luz, gas, etc. Y en cine es muy complejo el panorama, cada vez cuesta más filmar por la cantidad de requisitos que se piden a nivel burocrático. También el cupo de género es algo a lograr. Si bien la mayoría de estudiantes de cine en Argentina son mujeres, ocupamos menos cargos dentro de las películas estrenadas. Lo mismo sucede con el cupo laboral en cine de personas trans/identidades diversas, es prácticamente nulo. Todas cuestiones fundamentales en las que pienso que es importante trabajar a nivel político y social.

El cine y el teatro, la noche y el día, el amor y el desamor, son pequeños huecos donde infiltrás tu arte, en un contexto arrasado por el neoliberalismo. ¿Funciona un poco así tu trabajo, como una forma de resistencia?

Pienso mi trabajo creativo como una forma de vida. Hay una frase que dice: “la literatura existe porque la vida no basta”. El arte existe porque la vida nos desborda. Tengo la necesidad de repensarme continuamente, de volcar en la escritura mis miedos, los deseos, una percepción de los días. En ese sentido mi trabajo es la resistencia a vivir en un mundo lineal, sin grietas. Somos hijxs de una herida. Y mis heridas, cicatrizan en el hacer creativo. En un escenario, en la pantalla del cine o en la servilleta de papel en la que escribo un poema. Ese es mi puente para llegar a lxs otrxs. Ese diálogo invisible que sucede con la persona que lo recibe, donde hay algo de lo interno que se moviliza.


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