Poéticas

Pound en la transición democrática: Un contrapunto entre Fogwill y García Helder

Durante los años ochenta, en plena recuperación democrática, la obra del poeta norteamericano fue un punto de encuentro para algunos autores argentinos que tomaron su influencia directa como un esquema de manifestación epocal.


Por Martín Baigorria.

A principios de los ochenta Fogwill era un escritor que empezaba a publicar tardíamente, dueño de una editorial ‒Tierra Baldía‒ que dio a conocer a algunos autores claves (Perlongher, los Lamborghini). A mediados de los ochenta Daniel García Helder colaboraba en el Diario de Poesía. Los dos leyeron al autor de los Cantos casi en simultáneo y casi de la misma manera.

Pound y Fogwill tienen varias cosas en común. Primero, una política de promoción cultural que apostó a los nuevos escritores mediante la actividad de Tierra Baldía y la lectura de sus contemporáneos hasta llegar a la “poesía de los noventa”.1 Luego hay un estilo polémico que Fogwill toma de El ABC de la lectura: ausencia de eufemismos, preocupación formalista y, también, la conciencia de que todo arte es pasajero. “No existe –decía Pound– la buena poesía que se haya escrito con un estilo pasado en veinte años, porque hacerlo así revela (…) que un escritor piensa desde los libros, convenciones y clichés, y no a partir de la vida (…)”. Esa era también la agenda de Fogwill. Porque los textos sin innovaciones reproducen el sentido común, lo viejo. Y esto último es sinónimo de una cultura muerta, una expresión colectiva que se ve absorbida por sus automatismos. Es una concepción moderna de la escritura, anti-tradicionalista.

Se sabe también que García Helder cita a Pound en su ensayo “El neobarroco en Argentina”: “La gran literatura es idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades”. La frase tiene un sentido democrático no siempre percibido. Porque ¿qué significa “cargado de significado”? ¿Se trata de algún contenido trascendental o ahistórico? ¿Ese es el “máximo de sus posibilidades”? Incluso Fogwill parece haber entendido la cuestión así (particularmente en sus intervenciones tardías, cuando habla de la poesía de los sesenta). Pero el axioma apunta al poder referencial de la palabra ‒no tanto en el plano de las ideas, a fin de cuentas, abstracciones‒ sino de la experiencia social. Ahí se da un cambio de paradigma. Porque si aceptamos que la literatura supone alguna comunicación, el sentido de un texto puede ser pensado por cualquier lector, a partir de su propia experiencia, sin recurrir a una teoría o saber minoritario.

Y entonces ¿qué experiencia transmitían los neobarrocos? Esto se ha respondido de muchas maneras, pero en lo esencial García Helder apuntaba a una situación hegemónica: tanto la opacidad como la exuberancia lingüística del neobarroco evocaban nociones de pureza otra vez sacralizadas por la “inmanencia del significante”. Al menos implícitamente esto remitía a un ideal burgués de cultura en el cual la palabra poética no debía ser accesible sino todo lo contrario: ajena a la lengua vulgar, con un sentido solo descifrable a través de discursos muy específicos como la filosofía o la teoría literaria. Cuando García Helder afirma, vía Pound, que la poesía es un discurso tan comunicable como cualquier otro busca cuestionar esa concepción de la cultura. Su idea es la contraria: la poesía puede ser interesante sin volverse ajena al lector, puede asumir distintas experiencias y producir una estética novedosa, sin que su sentido caiga en la oscuridad o el virtuosismo baladí.

“Porque los textos sin innovaciones reproducen el sentido común, lo viejo. Y esto último -según entendía Fogwill- es sinónimo de una cultura muerta, una expresión colectiva que se ve absorbida por sus automatismos. Es una concepción moderna de la escritura, anti-tradicionalista”.


Por otro lado, no puede dejar de notarse el lugar incómodo que ocupa “El neobarroco en la Argentina” dentro de la academia. Aún hoy, más de tres décadas después, la crítica desearía relativizar sus planteos, como si la polémica hubiera sido un trámite innecesario que se podría haber resuelto sin armar tanto lío. A posteriori es fácil asegurar que las cualidades de los textos neobarrocos y objetivistas pueden convivir. ¿Por qué no? En literatura toda combinación es posible. Pero la utilidad de una polémica reside en su capacidad para debilitar algunos valores en favor de otros. Gracias a la discusión con el neobarroco perdieron peso muchos convencionalismos asociados al género ‒la idea de la poesía como discurso “especial”, culto o inaccesible, por mencionar uno de ellos‒.

Se sabe también que García Helder apostó a la novedad y, como Fogwill, asumió un rol activo en la promoción de los poetas jóvenes. Pero se recuerdan menos los pormenores de una actividad crítica que utilizó el juicio de valor como una herramienta del debate literario. Esta sería otra manera de poner en práctica otro aspecto de la lectura poundiana, basado en la observación formalista (o “materialista”) que concibe el poema como una “máquina hecha de palabras” (W. C. Williams dixit)2. El objetivismo de García Helder era un método de escritura y lectura crítica: la observación de la realidad iba acompañada por una observación empírica dirigida hacia aquello que acontece en el ámbito de la lengua.

A la influencia de Pound deben sumarse otras lecturas. En especial, La realidad y los papeles de César Fernández Moreno, libro clave de la crítica argentina hasta el momento nunca reimpreso. Como lo indica su título, se trata de leer la poesía desde la perspectiva de su realidad inmediata, preguntándose por el grado de afinidad que la escritura posee respecto de su presente. Es un libro que probablemente influyó mucho en el ensayo de Francisco Urondo, Veinte años de poesía argentina (ambos autores integraban Zona. Revista de poesía americana). Y aunque no haya menciones a Pound ni este haya sido una influencia, las preguntas que en los sesenta se hacía Fernández Moreno no eran tan lejanas a ciertas preocupaciones del modernismo anglosajón: al fin y al cabo se trata de reflexionar sobre el poder comunicativo de la poesía y cuál es el contexto histórico de esa transmisión (sus recursos lingüísticos, sus límites y rupturas, etc.).

La prosa de Fernández Moreno es directa y argumentativa, se sostiene en la observación formal y evita las peticiones de principio, el tecnicismo estéril o la jerga. No es difícil reconocer estas características en el crítico García Helder, quien desde muy temprano combinó las máximas poundianas con el tono de Fernández Moreno. Tal vez ésta fuera una manera de neutralizar a Borges, otra influencia inevitable que combinaba cultura anglosajona con el interés por lo local. Sea como fuere, García Helder reinventó un tipo de crítica proveniente de Fernández Moreno que luego halló una interesante continuidad en los artículos de la revista Planta y la antología La tendencia materialista (editada por Damián Selci, Violeta Kesselman y Ana Mazzoni).

En esas intervenciones surge una confluencia peculiar: novedad, juicio de valor y observación formalista serían tres aspectos interrelacionados. La potencia de la crítica reside en esa triple conexión. Si una de esas instancias se separa de la otra, el debate cultural se desactiva y se convierte en propaganda o digresión académica. Se puede hablar así de la novedad sin atender a los datos literarios concretos, promoviendo toda clase de interpretaciones basadas en la teoría de moda. O se puede hacer análisis formalista de la literatura del Siglo de Oro olvidándose de la novedad. O también se puede hablar de lo nuevo sin plantear ningún juicio de valor, tal como hacen el discurso publicitario y muchas reseñas actuales. A partir de ahí todo es devorado por los eufemismos: la innovación estética se vuelve un desiderátum, la observación es reemplazada por el comentario general y el valor de las obras ya no se discute.

Pero queda para otra oportunidad preguntarse por qué las cosas son así. Esta nota solo quería subrayar la influencia de Pound en Fogwill y García Helder, dos autores que pusieron en el centro del debate la cuestión de la novedad.


1 Véanse los comentarios de Martín Gambarotta en el homenaje organizado por la Biblioteca Nacional en 2013. “En otro orden de cosas. Jornadas Fogwill. Música y poesía”: https://www.youtube.com/watch?v=HLZNh35x1SQ

2 A poem is a small (or large) machine made of words”. Daniel Samoilovich usó la frase en un debate sobre el objetivismo.  

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