Literaturas

Fabián Martínez Siccardi: “Es impresionante lo atrasada que está la Argentina en su confrontación con el pasado colonial”

El escritor criado en la Patagonia despliega en Los hombres más altos un relato que reivindica el origen tehuelche sobre el territorio y expone las negaciones de la historia oficial.


Por Marvel Aguilera. Fotos: Dante Fernández.

Hay un mito tehuelche que cuenta que Elal voló por encima del océano y llegó a un territorio repleto de hielo y nieve, la Patagonia. Desde la parte más alta del cerro Chaltén corrió al frío y a la nieve para dar lugar al fuego; asimismo, ahuyentó al mar para extender la tierra. Y una vez hecho eso, creó a los hombres y mujeres que conformaron el pueblo tehuelche. A ellos les transmitió sus enseñanzas y les pidió un favor, que las hicieran perdurar a lo largo de la historia. Sin embargo, hay una parte que Elal no contempló, la mano del hombre blanco. La misma que los persiguió, ocupó sus territorios y construyó una historia distinta, una en la que las bellezas naturales de la Patagonia eran un desierto a conquistar, y en la que el pueblo tehuelche representó a un grupo de incivilizados que debían domesticarse o aceptar su exterminio. Más de ciento cincuenta años después, el pueblo sigue luchando por reconstruir su historia, revalidar sus identidades y hacer consciente al resto de la sociedad de la colonización cultural que hoy sigue rigiendo sus parámetros identitarios, sobre la base de muerte y negación.

En Los hombres más altos, Fabián Martínez Siccardi nos habla de Manuel, un mestizo tehuelche que crece entre la discriminación y el rechazo a sus orígenes, que lo llevan a sentirse un extranjero en su propia tierra. A pesar de ello, el descubrimiento de un bisonte unicornio en una figura rupestre, y las diversas investigaciones continentales, comienzan a motivarlo para desarrollar y defender una teoría: la del pueblo tehuelche como el elegido. En esa búsqueda obsesiva por una verdad que pudiera restituirle visibilidad a su pueblo, hay en Manuel una necesidad propia, la de trascender sus propios prejuicios construidos a la vera de una educación colonial.

A pocas cuadras de la estación Villa Ortúzar, en un barrio de casa bajas y árboles que en su deshojar amarillento pintan las veredas del derredor, Fabián nos recibe en su casa. Mientras prepara un capuchino en la cocina y dirimimos acerca del comercio de café en el país, recordamos la entrevista en la que hace años atrás se asomaba el resquicio de lo que sería hasta el día de hoy su novela más comprometida como autor.

Revista ruda


Hace varios años contabas que venías trabajando la idea de escribir sobre la Patagonia y particularmente de los tehuelches, ¿cuándo esa idea se transformó en obra y qué te motivo especialmente a definirte por la temática?

El camino que yo hago es primero escribir sobre la Patagonia. Por una cuestión de principios -así me lo planteaba originalmente- no podía escribir sin empezar por los pueblos originarios. Porque ellos habían estado antes de que llegaran los colonos, por lo tanto tenía que escribir, pero la mirada era una mirada de afuera. Yo no conocía tehuelches, porque ellos están. Entonces pensé en escribir la historia más desde ese lado. ¿Qué pasó? Yo hago una visita a la estancia de mis abuelos, por el Lago Cardiel, alrededor del año 2000. Y una de las cosas que me sucede es que cuando llego, estaba uno de los peones de la estancia. Está la casa de la familia, y los peones viven también en la estancia, a menos de 50 metros. La costumbre es ir a saludar, tomar un mate. Me encuentro con un hombre que, para empezar, tiene un pañuelo atado en la frente. Y, conversando, le pregunto “¿de dónde sos?” Y él me dice “yo soy de la reserva tehuelche del lote seis”, que es una reserva que se instauró por los años veinte, muy cerca de la estancia de mis abuelos. Le pregunté, ¿entonces sos tehuelche? “Sí”, me dijo. Ahí se me empezaron a generar una serie de conexiones mentales, y cuando voy a la casa le pregunto a una tía mía “¿Pochi es tehuelche?” Y me dice que sí. Allá yo pasaba veranos enteros, aislado de todo, siendo a veces el único chico que había. Entonces me metía en todas las tareas haciendo lo que se hacía en el campo. Y esos hombres habían sido muy importantes en mi vida. ¿Por qué? En mi familia murieron todos los hombres, primero mi hermano, luego mi padre y después mi abuelo en un término de poco tiempo. Había quedado yo y todas mujeres, más un tío medio lejano. Y las figuras masculinas que tenía en la estancia eran estos hombres, que eran peones de campo pero que me enseñaban cosas. Me enseñaban a andar a caballo, a carnear un capón; hablaban, jugábamos a las cartas, tomábamos mate. Eran gran parte de mi compañía cuando era chico. Con los cuales me sentí siempre muy a gusto. Gente que aparte trabajaba durante décadas en el mismo lugar, por lo tanto yo iba y siempre estaban los mismos. Después ellos, por no ser miembros de la familia -si bien uno de ellos murió y terminó en el panteón familiar por no tener otros parientes- se iban y no me avisaban. Pero para mí eran miembros de la familia. Ahí me di cuenta de que tenía una conexión emocional con el tema de los pueblos originarios, que yo había sido influenciado y criado a medias por gente con cosmogonías distintas, que tenían otra visión del mundo y de la historia argentina.

¿En algún momento tomaste conciencia de que parte de tus enseñanzas eran distintas a las de la cultura tradicional?

Lo que puedo decir es que sufría muchísimo bullying. Vivía en el norte de la Patagonia en esa época. Y lo más palpable es que iba a un colegio salesiano donde me hacían bullying porque no jugaba al fútbol. Como miles de hombres que quizá hoy lo dicen, pero en ese momento nadie lo hablaba, tenía que ver con el tema del cuestionamiento de las masculinidades, la masculinidad demostrada y la masculinidad esperada. Ni los curas ni los profesores de educación física ni nadie en el colegio siquiera se percató, siempre estuve absolutamente lejos del mundo de los hombres porque para ellos estaba en otra categoría. Y cuando llegaba a la estancia, eso no pasaba. No pasó nunca. Evidentemente, estos hombres tenían criterios distintos de lo que era ser hombre y quién tenía que estar incluido en el mundo de los hombres. Esos criterios no eran los mismos que se tenían en el norte de la Patagonia. Entonces, quizás en retrospectiva, lo más importante que me dieron en esos veranos es un sentido de mí mismo, una aceptación de mí mismo que me lo negaban permanentemente en el otro lado. Y es un agradecimiento enorme eso, porque lo hicieron sin pensarlo. No sabían lo que me pasaba en el colegio, yo no les contaba esas cosas. Lo hacían porque era la manera en que ellos eran. Y tampoco tenía que ver con que era el hijo de la patrona. En esas estancias pobres, que no son como las ricas, la gente trabaja toda junta. Las diferencias entre patrones y peones son bastante frágiles, tenues. Por eso estábamos todos juntos, trabajábamos. Y eso es la cosa más palpable, si bien, no dudo, de que haya vivido otras cosas que por la edad y demás las percibí de una manera sutil, pero que quedaron marcadas también.

Si bien esa parte personal y emotiva impulsó la idea, también tuviste que meterte de lleno en un área de investigación, ya que hay un basamento de realidad más allá de la ficcionalización de la historia.

Lo ficcional es el motor, la gasolina. Lo del libro es una construcción ficcional, pero lo gracioso que está pasando es que, incluso con muchos periodistas, están tomando el mito del unicornio como un mito tehuelche. Es algo que tengo que aclarar: no. No existe eso en la cosmogonía tehuelche, que es más monoteísta, muy particular y superinteresante. Es una construcción y un dispositivo literario. Él es un mestizo que de alguna manera se siente afuera del mundo de los blancos y también afuera del mundo tehuelche, y que casi en una cuestión narcisista trata de mostrarle al mundo que el mundo tehuelche también es un pueblo elegido y, a su vez, trata de salvarse a él mismo de esa situación de no ser de ningún lado, de ser olvidado. El narrador es el que genera ese dispositivo en el que se contacta. Son todos hechos reales, lo que está en el libro es “wikipediable”. Son pinturas rupestres que existen, que muestran un animal que se parece a un bisonte con un solo cuerno, que hay más de una. Después está toda la conexión con la Biblia que menciona al unicornio. Y todo lo demás son hechos concretos de la historia de Asia menor, Asia y América. Incluso el mapa que menciona el cartógrafo turco existe, y hay una figura de un unicornio a la altura de Catamarca, como si estuviera bajando para la Patagonia. Es un dispositivo literario que evidentemente funciona, y lo que está queriendo hacer el protagonista es mostrar que los tehuelches son también seres humanos, tan válidos como los cristianos, los judíos o los musulmanes que vienen de la religión judeo-cristiana. Porque en ese momento a los tehuelches se los consideraba subhumanos, como a todos los pueblos originarios de Argentina.

En la novela hay un acento importante en lo arqueológico, ¿puede esto relacionarse con la idea de la invisibilización de la cultura tehuelche por parte del relato histórico social?

La arqueología en términos históricos y culturales ha tenido un papel casi de cómplice. Porque se trabaja sobre los pueblos originarios de una manera museística, una existencia que ya no está. Y entonces el libro trata de revertir justamente eso. Porque empieza desde una plataforma muy arqueológica, pero después termina en una plataforma mucho más sociológica y antropológica, que busca mostrar, primero, que los tehuelches nunca desaparecieron. Que los tehuelches fueron invisibilizados. Que los hombres fueron a trabajar a los campos, las mujeres en algún momento se terminaron casando con blancos o trabajando para servicio doméstico. Algunos fueron enviados a la zafra en Tucumán, y nunca más volvieron. La idea es que el pueblo tehuelche sigue vivo, está re-emergiendo de una manera muy potente ahora. En el próximo censo vamos a ver qué porcentaje hay de auto-identificación, pero ya en el pasado había un cuatro por ciento. Eso es lo que plantea Manuel, el protagonista, cuando dice “que pasará en el siglo siguiente cuando los tehuelches salgan por las calles, en los pueblos que tal vez ya no sean pueblos o estancia que ya no sean estancias, a reclamar lo que les corresponde”. Por eso la idea del trabajo es que la arqueología, como cómplice o instrumental al tema de la invisibilización, termine siendo subvertida en un trabajo más sociológico y antropológico. Uno que diga, mirá, están los restos arqueológicos de hace tres mil o seis mil años, pero están los tehuelches de carne y hueso que trabajan, tienen celulares, y viven como nosotros.

“Yo escribo sobre la Patagonia como si fuera un país extranjero, porque la Patagonia era un territorio extranjero hasta hace 150 años atrás, cuando fue conquistado, avasallado, tomado por la fuerza por la Nación Argentina”.

Respecto a eso que decís sobre los tehuelches actuales, hay en el presente un imaginario que parece obligar a que los pueblos originarios sigan con las prácticas de hace 100 años, no se acepta que alguien puede pueda manejar un auto en vez de andar a caballo.

Es que a los pueblos originarios se les exige una ahistoricidad y una atemporalidad que no se le exige al blanco. Si nos vamos a cortar todos por la misma tijera, en mi caso yo soy de familia argentina de hace doscientos años. Y si alguien me pregunta, “¿vos bailás el pericón?” Le digo “no”. “¿Y la peineta donde está? ¿Y la levita?”. Si estamos pidiéndole al miembro del pueblo originario que tenga el aspecto del siglo XIX, entonces le tendríamos que estar pidiendo lo mismo al argentino, que sea ciento por ciento argentino. El blanco puede evolucionar, puede modernizarse, y el indio no puede. El indio para ser indio tiene que mantener hábitos de comportamiento y de tecnología de 150 años atrás. Es ridículo desde donde lo pienses, pero, sin embargo, es algo que está muy naturalizado. El que dice “mirá es un mapuche trucho, que anda en una camioneta y tiene celular con internet, ¿cómo va a decir que es indio?”. Es la asociación de ser miembro de un pueblo originario con ser primitivo, con ser atemporal, a-moderno, ahistórico.

Leyendo una devolución de Juan Carlos Kreimer sobre Los hombres más altos, él comentaba el valor que le dio la distancia a tu escritura en el texto, ¿qué dirías que te aportó esa perspectiva?

En literatura para mí la distancia es clave. Es muy difícil escribir desde la proximidad física y temporal. Con algo que pasó hace muy poco tiempo es difícil escribir, y algo que no lo veo a la distancia también. Al estar afuera, yo empecé a hablar y contar historias de la Patagonia a gente de Estados Unidos, de España, de todos lados; y estaban fascinados con esas historias que yo les contaba. Ahí empecé a tomar conciencia, no de mi propio exotismo (que podría ser también), sino del privilegio que había tenido, siendo un blanco de clase media que pudo estudiar, irme afuera y demás; pero además el privilegio de haber compartido momentos formativos de mi vida con gente de campo y de pueblos originarios. Y toda la vida de los colonos en la Patagonia y su relación con los habitantes anteriores. Entonces lo que me permitió la distancia es verme de lejos, a ese Fabián que estaba ahí y darle la perspectiva, la importancia y relevancia que había tenido en mi vida. Además, si uno habla con un australiano, que tiene una relación colonial más parecida a la nuestra, ellos hicieron todo un proceso con los aborígenes, a medias, pero hicieron cosas que nosotros no hicimos, entre esas los perdones públicos. Ese tipo de proceso vos lo entendés muy fácilmente en un país extranjero, y de repente te cuesta traspolarlo al tuyo. Cuando yo he hablado de esos procesos con argentinos, me decían “pero bueno, eso es Australia, acá no”. Quizás lo que me habilitó a decir a mí “En Australia, pero en Argentina también” es poder ver todos esos procesos desde afuera. Ver la Argentina desde afuera, sentirme extranjero, como muchas veces me siento, me permite ver la historia con mayor objetividad.

A diferencia de obras anteriores tuyas como Bestias Afuera, en este libro si bien el entorno natural no es tan determinante como la mano humana que lo manipula, hay una sensación de la Patagonia como territorio ajeno.

El territorio siempre está a merced de quienes lo habitan, más allá de que el territorio de la Patagonia sea particularmente hostil y que lleve a que vos tengas que desarrollar determinadas destrezas. A fin de cuentas, es la lucha del hombre para dominar un territorio. Yo escribo sobre la Patagonia como si fuera un país extranjero, porque la Patagonia era un territorio extranjero hasta hace ciento cincuenta años atrás, cuando fue conquistado, avasallado, tomado por la fuerza por la Nación Argentina. Ni siquiera por España, porque Argentina ya tenía su Constitución y parte de lo que pasó en otras repúblicas sudamericanas fue que cuando se dejaron de pelear y vieron cómo podían desarrollar el país, ahí dijeron “tenemos que resolver el problema del indio”. Y resolver el problema del indio era básicamente ocupar el territorio. Se hace una invasión a un país extranjero, bajo cualquier norma y regla internacional, ya habitado muy anteriormente por pueblos que estaban asentados ahí y que tenían sus fronteras, más allá de que fueran flexibles. Entonces, sí, por supuesto que es un territorio extranjero, lo que pasa es que la historia argentina fue contada de una manera muy distinta. Cuando se habla de la “conquista del desierto”, se habla como si hubiera sido un lugar vacío, cuando había miles y miles de personas viviendo. El desierto como si la gente hubiera estado y se fue, que no es cierto. Se vendió la operación de prensa de la derecha argentina de fines del siglo XIX, que fue vender esto como que estábamos avanzando en un territorio que era nuestro, un fondo de casa que no estábamos usando y con el que ahora vamos a hacer un jardín, porque es nuestro. ¿Y quién dijo que la Patagonia era Argentina? ¿La bula papal de 1496? Es decir, ¿eso le da el derecho a los argentinos quinientos años después para avanzar sobre la Patagonia? Si vamos al derecho internacional, las inflexiones son horrendas, y sin embargo, la operación de prensa funciona. Al punto que todavía puede salir un tipo como Lanata a decir “nos invaden los indios”. Es impresionante Argentina lo atrasada que está en su confrontación con el pasado colonial. Es un país que lo niega permanentemente, y eso le genera otros conflictos, porque los que nos consideramos “blancos” vamos a Europa y nos sentimos “sudacas”. Ahí nos hacen ver nuestra identidad colonial. Y volvemos a la Argentina, y ese odio que nos tiraron afuera lo tiramos hacia otros, a los negros, a los indios, a los cabecitas negras. Que es esa misma idea de las razas o grupos inferiores que hay que controlar, dominar y explotar. Y para mí ahí está el núcleo central del problema argentino. Porque se habla mucho de nuestro “problema”, y hay muchos, pero nadie puede vivir en ninguna familia de manera armoniosa y feliz si tenés diez cadáveres en el sótano y una persona encerrada en el altillo que está gritado. Es decir, si vos no confrontás el cómo se funda la Argentina y bajo qué parámetros, y de alguna manera hacés algo con respecto a eso, va a estar siempre ahí. Y surge ahora, no estoy hablando de hace cien años. Son los que definen las políticas que se aplican ahora, por ejemplo, con los sectores populares, que son una extensión también de esos sectores marginados por la colonia.

Hay una tendencia actual a escribir novelas sobre lo histórico, sagas, pero la gran mayoría desde una superficialidad y un efectismo que no ponen en discusión el relato oficial. En tu caso ponés sobre la mesa una problemática histórica que continúa hasta el día de hoy ¿Considerás que tu obra tiene ese matiz de denuncia?

Un autor literario gana su autoridad no por lo que escribe sino por cómo lo escribe. Lo primero que ve el lector, por lo cual te va a dar autoridad y respeto, es la manera en que vos escribís. Ser efectista es justamente escribir mal, es una de las tantas cosas que no hay que hacer en una buena literatura, y hay muchas otras formas de escribir mal. Entonces, mi objetivo como escritor es estilísticamente, en la manera que yo escribo, escribir a la altura máxima posible para que el lector no solamente disfrute lo que está leyendo sino que, a su vez, sienta que está leyendo algo escrito por una persona que tiene autoridad en lo literario. Bueno, una vez que la autoridad está asentada, que es como una buena reputación, lleva una vida poder ganarla y la podés perder en un párrafo; es una de las cosas en las que nunca podés bajar la guardia; una vez que se genera esa confianza, y esa idea de autoridad, el lector empieza a tomar lo que vos le estás diciendo de una manera distinta. Ese es el truco, es honesto, pero es un truco. Es decir, yo te voy a contar una historia, bien contada, la vas a pasar bien, la vas a disfrutar, te van a gustar los párrafos, te va a generar una intriga, y vas a sentir que estás en buenas manos. Y por detrás de eso, sin darte cuenta, te voy a estar metiendo en una historia que cuando termines el libro digas “wow, no lo sabía de esa manera”. Es como una cuestión de hipnosis, en ese estado hipnótico es donde el lector está abierto a que le digan una verdad distinta a la que siempre le han dicho. Y para que ese estado hipnótico exista, tenés que ser un buen hipnotizador, y eso es el escritor. Pero el primer compromiso de un escritor es con su estilo. Después viene lo otro. Que puede ser con el arte por el arte mismo o un compromiso histórico social, pero que si sacás como un panfleto no funciona. En todo caso escribís un ensayo, que va a llegar a menos personas y que son circuitos distintos. Pero yo hago esto, y soy consciente de que mientras más denuncia haya es cuando menos se tiene que notar.

“Un autor literario gana su autoridad no por lo que escribe sino por cómo lo escribe. Lo primero que ve el lector, por lo cual te va a dar autoridad y respeto, es la manera en que vos escribís. Ser efectista es justamente escribir mal, es uno de los tantas cosas que no hay que hacer en una buena literatura”.


Exacto, Los hombres más altos no es un texto panfletario, pero dejás en evidencia cuestiones que hacen mella en la realidad, como el hecho de que en los museos se muestren cadáveres tehuelches siguiendo con la lógica cultural colonial.

Sí, hay varios reclamos. Una de las fronteras importantes que tienen los pueblos originarios es la restitución de restos. El tema museístico en la novela se trata a través de Orsini, un personaje que yo le hago llevar a un extremo lo que en realidad sucede en todas partes. Le hago embalsamar a dos indígenas para su museo y eso te genera un rechazo y un escándalo. Pero el museo de La Plata tiene un sótano con diez mil esqueletos de indígenas y es un museo que visita toda la población argentina. Son las herramientas de la literatura, exagerar para resaltar y poner foco en una realidad. Y las demás cosas se dejan entrever, no hace falta decirlas así. Es una cuestión importante de la literatura, que no es decir sino mostrar. Mostrar una realidad distinta, entonces cuando terminás eso podés decir “yo pensaba una cosa, pero acá dice otra”. Lo importante es que eso suceda dentro de un verosímil, que el lector esté sintiendo que lo que lee es verdad, y eso tiene que ver con lo estilístico y también con los detalles. Una cosa que dice Coetzee -que me reseñó el libro, un hombre generosísimo- sobre Foe, un libro magnífico donde trata la idea de que Robinson Crusoe lo escribió una mujer; él dice que lo que hace verosímil la historia de una persona que estuvo en una isla durante tantos años y sobrevivió son los detalles: cómo consiguió una aguja, cómo hizo el agujero de la aguja en una espina de pescado, cómo sacó el hilo de una planta para coser. Eso hace que nosotros creamos la historia de Robinson Crusoe. Todo está en esos detalles. Eso es gran parte de lo que genera la autoridad literaria. Te lo dice un tipo indiscutible como Coetzee, que yo admiro profundamente, y eso es lo que sostiene el andamiaje. Y él escribe y está muy preocupado por las cuestiones históricas, y lo hace con un estilo en el que terminás hipnotizado. Por ejemplo, Desgracia, tiene una complejidad de la realidad sudafricana después de la caída del apartheid, que es una historia que te parece real todo el tiempo.

Teniendo en cuenta la relevancia que toca la obra, ¿qué lectura hacés del impacto de tu libro para con los otros?

A nivel personal quizás era más feliz cuando escribía sobre otros temas que no fueran los pueblos originarios. La verdad es que a veces me digo que el nivel de indignación que puedo sentir por momentos no es algo que se lo desee a nadie, pero es parte del camino que uno toma. Por otro lado, con los lectores siempre es un placer. Hay una imagen donde el protagonista se imagina a partir del lienzo que pintó Blanes sobre la fiebre amarilla, un lienzo sobre la conquista del desierto. Y una lectora hizo el cuadro y me lo mandó. Son mimos que vos decís “wow”, te conectás a ciertos niveles con personas a través de tu libro que son impensables. Pero con el resto de la sociedad… Recuerdo que cuando salió la nota donde dije que “las razas no existen”, las cosas que me dijeron en Twitter, por suerte el odio en Twitter dura poco porque rápidamente odian a otro. Pero yo no estoy acostumbrado a eso, y lo único que te hace ver es un entramado de ficciones y ficciones de hace ciento cincuenta años. Uno dice cuando se levanta “esto es indesmantelable”, y a la tarde se dice “no sé si lo quiero desmantelar”. Pero a la vez esta mujer que hizo el cuadro o esta otra persona, entendió un poquito más, y por eso vale la pena. Es esa cosa que te agarra de querer tirar todo, de estar podrido de algo que no arregla nadie, y después decís “che, no pasa por ahí”. Pasa por ahí a que le llegue a uno, dos o tres.

Es cierto, lo que sucede es que el camino para descolonizar culturalmente a la sociedad es muy largo, no es un velo que se corre de un día para otro.

No se puede porque las redes están tan extendidas y tan atadas que la deconstrucción de eso va a llevar décadas, pero todos los que podamos hacer una pequeña contribución, un granito de arena, suma. Yo lo he dicho varias veces, lo que más me gustaría que pasara con mi libro es que se volviera irrelevante, porque estos libros los tienen que escribir escritores de los pueblos originarios. Estaría genial que esto abriera un camino y que vinieran con potencia y a un espacio abierto los que tienen que contar la historia, que son ellos y no yo.

¿Las comunidades tehuelches te han comentado algo al respecto del libro?

He tenido un solo encuentro con un tehuelche mapuche en Puerto Madryn, que fue tenso al principio. Si bien él no había leído el libro, lo primero que me cuestionó es que yo usara la palabra “Tehuelche”, y yo le dije que en el libro también están las palabras “Aónikeink” y “Oneko” que son las distintas maneras de nombrarse. A partir de eso nos hicimos amigos. Ahora voy a ir a Río Gallegos el 18 de junio, y ahí están las comunidades. Algunas se comunicaron conmigo, pero no seguimos diálogo. Te miento si digo que no me da miedo. Porque por más que yo trabajara con una antropóloga que está ligada al pueblo tehuelche, por más que haya revisado todo y tenga la mayor buena onda posible, estoy hablando de una cosa que me pertenece muy de costado. Pero estoy dispuesto al desafío, porque también es un aprendizaje. Es ir y ver qué piensan del otro lado, incluso de alguien que está tratando de estar de su lado. Pero hay que ver si ellos quiere que estés de su lado, y que estés de su lado del modo en que vos querés estar. Estoy dispuesto a aprender. Y creo que si hubiera una confrontación interesante sería en el epicentro de todo esto que es Santa Cruz.



Fabián Martínez Siccardi
Los hombres más altos
Alfaguara
2021

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