Literaturas

La fe secreta | Duelo frente a los paisajes del sur

En la novela de Alejandra Bruno, el drama personal de una mujer la lleva a un viaje por el sur en donde el ambiente natural y la introspección desatarán la tensión interna entre el sentido de la vida y la pulsión de muerte.


Por Nico Pose. Foto: Eva Coscia.

Un departamento sucio, desordenado, polvoriento, es el fiel reflejo del estado de Valeria, la protagonista de la novela. Los objetos, los papeles dispersos, huellas de los muebles que se han llevado, suman al descuido y abandono que se imponen en la escena de apertura de La fe secreta.

Valeria tiene poco más de 30 años, pero por su aspecto parece más vieja. “Había pasado los treinta y a pesar de no tener canas ni arrugas, sus mejillas chupadas, las profundas ojeras y la expresión impasible, levemente trastornada, le daban un aire, además de embrutecido, avejentado.” El teléfono suena, nunca lo atiende. Pila de mensajes se acumulan en el contestador: son de la productora donde trabaja. Pero el desgano y la apatía le impiden reaccionar, actitudes, modos que se suman para que el lector complete el cuadro depresivo de Valeria.

Más adelante, luego de una visita inesperada de su madre y su hermana Lila, será ésta quien revise sus emails en la computadora y descubra lo que pasa con Valeria. Hay mensajes de Eduardo, su ex, y de su mejor amiga, Jorgelina. Después Valeria irá hacia el departamento de Eduardo y se cruzará en la entrada a Jorgelina. Entonces, a la reciente separación, Valeria le agregará la traición, el fin del mundo.

Si al principio el trastorno venía por la ruptura con Eduardo, después de saber la verdad, la depresión es más honda y se la fagocita.

“Lo que parece al principio un intento por realizar un deporte de descarga, una posible terapia, en realidad es un instrumento para planificar el momento en que pondrá punto final a su vida de una vez por todas”.


Ya conocemos mejor su situación, las causas de su estado actual, la actitud que Valeria toma ante la situación que está atravesando, porque está en pleno proceso de elaboración de la pérdida, ni siquiera digestión del duelo, de ese “complot” entre su ex y su mujer amiga. Y lo único que tiene ganas de hacer es desconectarse de todo, del mundo, de la gente que la rodea, estar sola, vivir lo más aislada posible, incluso la interrupción del diálogo con su madre y su hermana.

No hay reacciones. Solo pasividad, abandono y resignación; estados descriptos por un narrador en tercera persona que va mostrando la vida de Valeria que quedó estancada.

Y también está Buenos Aires, que no la ayuda. La ciudad y su ambiente enrarecido no dan tregua. Gases contaminantes flotan en la atmósfera y la hacen más irrespirable de lo que ya es, hay huelga de la empresa recolectora de basura, y además llega el humo de los incendios forestales que ocurren en otras provincias. Entonces todo conspira para que Valeria no pueda ni siquiera pensar en una mejoría. A esa altura, le resulta imposible escapar y escaparse de sí misma.

Hasta que le viene la idea, el impulso. Comprar un arma, entrenar, sacar el permiso en el RENAR.

Lo que parece al principio un intento de realizar un deporte de descarga, una posible terapia, en realidad es un instrumento para planificar el momento en que pondrá punto final a su vida de una vez por todas.

Foto: Bariloche

Como tantas otras veces, aparece la figura del suicidio. Ya lo había escrito Camus en la primera línea de El Mito de Sísifo: no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

La pulsión suicida está. La actitud, también. Falta el acto.

Valeria lo intenta, pero fracasa.

Como lector me llevó a recordar los intentos frustrados de suicidio en la literatura argentina, y me vino rápidamente el del joven Silvio Astier en El Juguete Rabioso, y el del protagonista de esa estupenda novela de Di Benedetto que es Los suicidas, donde su narrador protagonista descubre que, Marcela, su pareja, quebrantó el pacto para hacerlo renacer.

Se abre la segunda parte de la novela: Valeria, sin ideas demasiado claras, después de ver en la calle una fotografía del cerro Laia detrás de la vidriera de un negocio que vende artículos, accesorios de camping y de esquí, toma la decisión de viajar al sur. “Se estremeció. Era como si el derrotero de sus pensamientos y no el de sus pasos la hubiera conducido allí. O como si los eventos fuesen parte de un guion trazado para ella, que ante la hoja en blanco veía materializarse contra todo pronóstico, como una señal, la locación donde interpretar su próxima escena”.

Su recorrido mental irá acompañado del físico, a través del paisaje y la naturaleza sureña argentina, con el objetivo de pegarse un tiro al pie del cerro Laia, un lugar que lo piensa poco turístico, desolado, apartado. Bajo diversos tipos de peripecias y la descripción certera del ambiente natural y salvaje, Valencia avanzará hacia su destino inexorable. Sin embargo, no ocurren grandes cambios en su actitud durante el trayecto.

La novela tensiona entre el adentro y el afuera, entre los pensamientos de Valeria y las descripciones atractivas del paisaje, pinturas vívidas de esa parte que está cerca de Bariloche. Ríos, quebradas, arroyos, valles, cerros, sitios desolados, la ruta y los campings, donde se cruza con gente, son los lugares que ella va transitando luego de haber abandonado la vida en la ciudad. Se enfrenta sola contra el ambiente hostil y los obstáculos que le va poniendo la naturaleza, en una caminata incesante para llegar a su destino final. Fiel a su desconexión, sigue manteniendo su postura solitaria y evita los posibles encuentros y formas de socialización con gente en el camino y en sus paradas en los campings u hoteles.

Valeria, en el fondo, cree que con un viaje podría olvidarse del dolor, de la angustia que la tiene tomada por completo, pero la naturaleza no la distrae, no deshace esa angustia. Y la idea de suicidarse permanece durante toda la novela, creando una tensión latente hasta el final.

No se trata de la velocidad que maneja dentro de su trabajo de editora. Aunque lo desee, sabe que no podrá editar su propia muerte. Aunque lo haya pensado al desistir de su primer intento de suicidio, porque no le gustaba el modo en que encontrarían su cadáver, no se puede pensar la vida de manera cinematográfica. Tampoco un cambio rotundo puede ayudarla a superar la traición de su ex y su mejor amiga. Pero en algún momento lo cree, y algo de eso hay para tratar de cambiar el estado de las cosas. Por eso el corte de pelo para ser otra, el viaje, la desconexión total con la ciudad y las personas. Pero la angustia no tiene un lapso planeado, no convive con los tiempos acelerados de la rutina capitalista; todo lo contrario, maneja otros tiempos: más lentos, caprichosos, y se mueve, podríamos decir, como el viento y los árboles en ese paisaje que no puede disfrutar por culpa de su ensimismamiento.

Novela casi de iniciación, que narra el arranque de lo que se pretende una nueva vida (esa fantasía que aspira a dejar el pasado atrás), La fe secreta, ganadora del 3.er premio del Fondo Nacional de las Artes (2018), es una novela que analiza y describe los pensamientos de una mujer depresiva, una mujer que, pese a todo, busca en su interior para tratar de seguir en medio de un mundo complicado, hostil, donde la idea del suicidio siempre ronda en la mente de cualquiera que sufra un resquebrajamiento interno debido a ciertas circunstancias.



Alejandra Bruno
La fe secreta
Indómita Luz
2022

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