Literaturas

Dolores Reyes: “Empecé a militar la legalización del aborto a los catorce años”

Dolores Reyes - Eloy Rodríguez Tale 1

Ruda entrevistó a Dolores Reyes, el fenómeno editorial que nadie vio venir. Maestra en el conurbano bonaerense, madre de siete hijas, militante por el aborto legal, fanática de los videojuegos, lectora apasionada de Saer, Sara Gallardo y Libertad Demitrópulos, aplasta el sopor de la escena literaria local con Cometierra -su primera novela- construida con una honestidad narrativa y brutalidad poética notables.


Por Mariano Cervini. Fotos Eloy Rodríguez Tale

¿Cómo vivís esa experiencia de que haya gente que empieza a interesarse en lo que hacés?

Es complicado. Al principio cuando vi las primeras gacetillas de prensa que hablaban de mí, me dije: uh pará, estamos hablando de mi vida, no hablamos de la novela, y eso me impactó bastante. Igual entendí. Yo también soy super lectora y entiendo que desde ese lado querés saber y llegar al escritor.

¿Cuando escribías la novela pensabas que iba a tener tanta repercusión?

No, para nada. Ninguno de nosotros -ni la gente de la editorial, ni yo- pensábamos que iba a explotar así. Lo que sí creía era que les iba a gustar a aquellos que la leyeran. Es difícil llegar a un público masivo en un mercado pequeño como el nuestro y más desde una editorial chica como Sigilo que venían trabajando muy bien, editando con amor, belleza y profesionalismo. Hemos explotado y vamos creciendo juntos. A 35 días de haber publicado la novela está vendida a mercados enormes como Estados Unidos, Francia, España e Italia. Un montón de gente me escribe por las redes sociales y por mail para felicitarme o hablarme de lo que les gustó de esta historia.

“Ahora que soy docente, con mis colegas planteamos la Educación Sexual Integral (ESI) como necesaria en todos los niveles educativos. Cuando yo era chica no tenía esa posibilidad.”


¿Cómo es ser la cara visible de esta explosión?

Trato de no pensarlo mucho (risas). Igual estoy muy contenta porque hicimos un trabajo en conjunto excelente. Ellos me propusieron una forma de trabajo minuciosa que la llevamos a cabo y resultó. Nos llevó mucho tiempo: fue un laburo de lecturas, correcciones y relecturas muy arduo; por eso ver el resultado es una maravilla.

Dolores Reyes - Eloy Rodríguez Tale

La novela habla -entre otros temas- del dolor, la pérdida y la búsqueda. Veo que tenés el pañuelo verde atado en una de tus muñecas…

Mirá, yo tengo cuarenta años y empecé a militar la legalización del aborto a los catorce. Recién empezaba el secundario en un colegio de La Matanza y éramos cuatro personas a favor de la legalización; nos señalaban con el dedo como unas locas, éramos las “mata bebés”. Era algo muy raro de lo que no se hablaba. Ahora que soy docente, con mis colegas planteamos la Educación Sexual Integral (ESI) como necesaria en todos los niveles educativos. Cuando yo era chica no tenía esa posibilidad. Lo más cercano a eso fue una campaña aberrante de Johnson&Johnson que vino al colegio a regalarnos toallitas a las chicas. Nos pasaron un video nefasto que intentaba explicarnos lo que era la menstruación. También te mostraba cómo usarlas y era pésimo porque sólo íbamos las nenas a verlo y los varones se quedaban en el curso. Después volvíamos con las toallitas escondidas entre la ropa -para que nadie las viera- muertas de miedo y con mucha vergüenza de lo que nos iba a pasar en el cuerpo. Hoy se vive de otra forma. En ese sentido hemos avanzado bastante.

¿En los barrios también se avanzó mucho en estos temas?

Sí. Al menos se habla un montón. Además lo hacen los chicos. Cuando le planteás estas problemáticas a los estudiantes tenés una respuesta enorme y ellos mismos se suman para armar y organizar las jornadas de ESI o contra la violencia de género. También es importante darles el espacio para que lo hagan; ofrecerles la palabra y escuchar lo que tienen para decir. Estos temas vinieron para quedarse. Es algo que está cambiando para bien y que va a seguir ese camino.

La novela está dedicada a dos víctimas de femicidio: Melina Romero y Araceli Ramos…

Tomé esos dos casos por una cuestión de proximidad e impacto personal. El primer femicidio que me marcó no tenía ese nombre: fue el caso María Soledad Morales. Me acuerdo que volvía de la escuela y prendía la tele a ver qué novedades había; quería saber qué había pasado y quiénes eran los culpables. Los casos de Melina y Araceli me tocaron de cerca. Yo trabajo en la Escuela N° 41 de Pablo Podestá y vivo en Caseros, en un trayecto que es muy directo a mi lugar de trabajo; es casi en línea recta. Los coches fúnebres de Melina y Araceli han pasado por la puerta de casa y del colegio y es inevitable sentir el impacto. En el caso de Araceli, el día que la mataron hizo un recorrido casi idéntico al que yo hago para ir de mi trabajo a casa. Muchas veces me preguntaron por qué lo dedico a ellas dos y creo que la pregunta no es esa, sino: cómo no centrarme en ellas y todo esto que está pasando.

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Desde el minuto cero la novela se mete con el cuerpo femenino violentado…

Sí. También la narradora descubre algo que le pasa en su propio cuerpo cuando trata de quedarse con algo de lo que fue su madre. En esa pérdida tan enorme, apoya las manos sobre la tierra y empieza a comer para incorporar algo de la madre en su cuerpo. Ahí descubre que tiene un don muy particular.

Leí que esta novela te surgió en medio de una visión…

Me pasó similar a lo que me pasa con la poesía. A veces cierro los ojos y puedo ver una imagen, algo que deviene de las palabras que leo o escucho. En este caso la anécdota refiere a un día en el taller de Marcelo Carnero, en Espacio Enjambre. Él es un gran narrador y aquel día estaba leyendo un texto suyo, corto y sumamente poético; lleno de imágenes muy potentes que terminaba con la oración tierra de cementerio. En ese instante cerré los ojos y ví una nena de espaldas, con el pelo largo, parada frente a una lápida en un cementerio, comiendo tierra. Ahí empecé a tratar de tomar el personaje y seguirlo a ver qué estaba haciendo y por qué.

“Muchas veces me preguntaron por qué lo dedico a Melina y Araceli y creo que la pregunta no es esa, sino: cómo no centrarme en ellas y todo esto que está pasando.”


Ese punto de partida es similar a cómo se construye el personaje…

También hubo una intención de escritura. Algo que yo me proponía para escribir era construirla bien desde lo sensorial. Entender cómo ella se relacionaba con las visiones, los sueños, con su casa y las poquitas personas que la rodeaban en ese entorno tan hostil.

El personaje es de Podestá, en el conurbano bonaerense, y su voz tiene que ver con su lugar de pertenencia…

Sí. Eso se relaciona conmigo porque yo trabajo ahí. Además lo hago con chicos de una edad parecida a la de la narradora. Tenía con qué construir la voz. Pero más allá de eso lo que yo pensaba es cómo habla una persona que sufrió muchísimo. Me imaginé una voz cerrada, que no llega a decir todo lo que le pasa; alguien muy enojada, dolida. Por eso sus oraciones son cortas y pulidas. Es una voz que está encerrada en un mundo hostil, que no sale hasta que empieza a ser solicitada por los otros. Ella es un chica que se cuida mucho del afuera.

Hay una violencia casi permanente en todo lo narrado…

Sí. Eso tiene que ver con algo contextual. Está latente en todo el relato y la protagonista siempre ve el momento en que esa violencia se manifiesta. Esa latencia vibra en las conversaciones y los movimientos. Siempre que van a buscar a la narradora es porque pasó algo muy violento. Desde ahí se ve el peligro del entorno. Es un tema que está presente porque ocurre en la realidad del conurbano. Esta semana en mi escuela mataron a un chico del secundario en menos de diez minutos. Tenía quince años. Salió a buscar dos pizzas a tres cuadras de su casa y tuvo un altercado con otra persona que estaba borracha. El pibe empujó al borracho al piso y el tipo se levantó, agarró el cuello de una botella rota de cerveza y se la clavó en la garganta. El coche fúnebre se paró veinte minutos en la puerta de la escuela. Lo despedimos en una situación tristísima y absurda como irrumpe muchas veces la violencia.

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¿Cómo se escribe esa realidad en una novela?

Con dolor. A veces terminaba de escribir un capítulo o un párrafo y lloraba mucho. Es una tristeza muy real, que ni yo misma podía aguantar. Cuando vi la tapa de Jazmín Varela me emocioné porque supe que ella había entendido todo ese dolor que yo quise transmitir.

¿Trabajaste mucho la novela?

Fueron cinco años trabajando una novela que es muy breve. El primer capítulo me llevó muchísimo tiempo: meses de volver a leer y cada vez que lo hacía acomodaba dos o tres palabras. Me acuerdo de estar corrigiendo con el editor y de decirle que el primer capítulo no lo quería tocar más porque estaba perfecto (risas). Lo leí tantas veces que me lo sé de memoria. También trabajé mucho en soledad. Me levanto a las cuatro de la mañana todos los días para escribir. Tengo muchos problemas para dormir. A veces me da sueño pero sigo de largo. Para esta novela fui muy constante y escribía de cuatro a seis. Después arrancaba el día normalmente. Me pasó que sufrí una huelga de un mes en la escuela y entonces me levantaba como todos los días como si fuera a trabajar y me iba a un café a organizar el material y corregir mucho. Ese tiempo me sirvió para estructurar el relato y llevarle algo armado al editor.

“A veces terminaba de escribir un capítulo o un párrafo y lloraba mucho. Es una tristeza muy real, que ni yo misma podía aguantar.”


¿Qué te gusta leer?

Mucha poesía. No soy poeta pero admiro el laburo de los poetas. La narrativa desde ese lugar se enriquece un montón. También leo Saer, Di Benedetto, Selva Almada, Sara Gallardo. Siempre fui una lectora enfermiza. Cuando era muy chica empecé con Cicatrices y me voló la cabeza. A Zama lo leí como tres veces y lo mismo con Glosa. Una de las poetas que más disfruto es Libertad Demitrópulos; Río de las Congojas es un antes y un después en mi vida.

Hay una mención a los videojuegos, en especial a un juego de peleas de los años noventa: el Mortal Kombat…

En casa somos fanáticas de los videojuegos. A mí me encanta jugar arcades. Cuando nos vamos de vacaciones en familia estamos horas jugando a los jueguitos en esas casas de videojuegos de la Costa. Hemos terminado el de Los Simpsons, que es muy largo y se puede jugar de a cuatro. Nos divertimos mucho. A mi hija más grande no le gustan tanto porque un poco lo padeció de chica; nos quedábamos cuatro o cinco horas ahí adentro (risas).

¿Puede haber una segunda parte de Cometierra?

Estoy trabajando en ello. Hay indicios en la novela de que esto va a pasar. Quedan abiertas varias líneas narrativas. Igual es un camino largo. Fueron cinco años de laburo con la primera, así que no pretendan que salga el año que viene porque no va a pasar.


Dolores Reyes - Cometierra - Sigilo


Dolores Reyes
Cometierra
Sigilo

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