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Once upon a time in Hollywood: Somos las perras de Tarantino

La nueva película de Tarantino es sobre el crepúsculo de una época, el fin de una cultura y de estos géneros inmersos en un universo tradicionalista y patriarcal, que su director enarbola descaradamente porque se divierte y nos invita a divertirnos en este barro como las criaturas que deberíamos ser mirando películas.


Por Nuria Silva.

Jay Sebring ¿Están todos bien?

Rick Dalton Bueno… los malditos hippies no, eso seguro

Entrar (sí, no ver, entrar) a la nueva obra maestra de Quentin Tarantino es casi el equivalente cinéfilo a la apertura de la caja de Pandora, mito que aparece en forma de cartel al fondo de uno de los tantos planos que acompaña a Cliff Booth (Brad Pitt) conduciendo el auto de su jefe y amigo por defecto, Rick Dalton (Leonardo Di Caprio), estrella del western clásico en decadencia, por las calles de Los Ángeles, justo después de ver y coquetear -al mejor modo del cine mudo- con Pussycat (Margaret Qualley), una hippie integrante del clan Manson. Y así como la esperanza quedaba atrapada en el fondo de la caja, la nuestra quedará aferrada a un último plano que puede costar lágrimas, si acaso se comparte el sentido sagrado que el director le da a la cinefilia.

Ya no sé qué filmó Tarantino, o cómo logró filmarlo todo y con tanto amor. Un amor explícitamente incondicional a un cúmulo de ideales y paradigmas construidos por el cine y la televisión clásica estadounidense, cuya declaración resultó molesta para algunos colegas que acusaron al director de haber asumido una posición “facha” en relación a la coyuntura política, no sólo de aquellos años sino también del presente. Jonathan Rosenbaum, crítico de cine coterráneo, llegó a acusarlo de trumpista, y tal vez lo mismo termine sucediendo con muchos espectadores no críticos. Pero entonces el problema aquí no sería de la película ni de Tarantino, sino de la incapacidad para separar ficción de realidad. La mirada enfurecida de Rosenbaum no dista mucho del comentario que Pussycat le hace a Cliff en el auto, queriendo igualar los asesinatos en los westerns con lo sucedido en Vietnam; o de la excitación que siente Tex (Austin Butler) cuando su compañera Katie (Madisen Beaty) le señala que Rick Dalton es el protagonista de la serie que veían de pequeños, Bounty Killer, no pudiendo separarlo de su personaje durante el resto de la conversación; o incluso de la propuesta final de Sadie (Mikey Madison) de devolverle al cine y la televisión la violencia que supuestamente les enseñaron, asesinando de verdad a quienes lo hacen en la ficción.

Si se trata de responsabilizar a las ficciones de la violencia y la alienación del mundo fuera de la pantalla, yo me paro en la vereda de Tarantino y le banco todas las incorrecciones.


Cuando se estrenó Los 8 más odiados (2015) escribí “…la unica política que le interesa a Tarantino es la cinematográfica…”. No comprendo otra clase de exigencia cuando esto debería estar asumido a esta altura, sobre todo tras la ucrónica Bastardos sin gloria (2009), y su spaghetti blacksploitation Django sin cadenas (2012): reescrituras iconoclastas, violentas y festivas de la Historia, y en las que de todas formas sendas “reparaciones” tampoco son motivadas en pos de lo colectivo sino de lo individual. El goce mayor de estas películas está en relación a las formas con que las construye y no tanto a las enmiendas históricas, que tampoco ofrecen tranquilidad al público bienpensante. Especialmente teniendo en cuenta el final de Bastardos sin Gloria en el que el Teniente Aldo (Brad Pitt) talla una esvástica en la frente de Hans Landa (Christoph Waltz), que por el plano subjetivo se convierte en la nuestra, mientras dice: “Creo que ésta es mi obra maestra”.

Es a partir de Los 8 más odiados que el espíritu lúdico de Tarantino se ha ensombrecido significativamente. Uno ya no sale eufórico de la sala, sino más bien con una sensación pesada y terrible. Con Érase una vez en Hollywood esta alteración anímica se vuelve más tangible, incluso tratándose de una comedia, tal vez porque ésta es una Historia que nos toca más de cerca como colectivo cinéfilo.

En mi intento por describir este cuento, pienso en un ir y venir entre la fantasía y, no la realidad, que no es lo que interesa, sino la pérdida de aquella.

Marvin Scharwz Oh ¿ese es tu hijo?

Rick Dalton Mi hijo (se ríe). No, él es mi doble, Cliff Booth

Si algo sobrevuela en esta película es la sensación de orfandad o de niños a la deriva, lo que no implica únicamente a los adolescentes que se unieron al clan, sino a todos, incluidos nosotros, espectadores, gracias a ese portón que se abre al final para que nos reciba mamá con un abrazo y nos invite a pasar. Milagro que nos acerca al vacío y nos contagia la melancolía que Sharon Tate (Margot Robbie) padecía esa misma noche.

No es el milagroso salvataje de Tate, como persona, lo que importa a esa altura, aunque el homenaje sea explícito, sino el rescate de aquello que representa. Tate no es un personaje, con todo lo que necesitaría para serlo, en todo caso es sublimación, el corazón mismo del sueño, ella es la fantasía y al mismo tiempo quien sueña, es una nena que juega con nenes y también la madre que nos aloja en su casa. No es casualidad que la película esté plagada de hijos e hijas de otras estrellas, como sucede con Maya Hawke, Margaret Qualley y el propio Damon Herriman, o de la propia industria, como Dakota Fanning, el fallecido Luke Perry, Austin Butler, y la más reciente Julia Butters, hija de un animador de Disney, detalle no menor en virtud del personaje que intepreta.

La película trabaja sobre el tres, y no sobre el dos, porque si bien está el doble como reflejo de algo, la tercera parte es el espejo mismo. Así, el montaje en paralelo es en tres partes entre la situación de Cliff con Pussycat, que le ofrece sexo oral mientras maneja, y la del encuentro entre Dalton y Trudi Fraser (la mencionada Julia Butters), que deja a Sharon entre ambos (o ambas), viéndose a sí misma en el cine, ocupando el lugar de la inocencia que las otras niñas ya no tienen. Interesante es que quien pareciera tener la perversión mucho más asimilada e internalizada es Trudi, la más pequeña de la tríada, niña actriz precoz, que tiene ocho años pero parece de doce, fanática de Walt Disney y su obra, que se dejaría arrojar al piso sólo por diversión porque está acostumbrada. Nena que aparece en un espacio aislado del set de filmación, sola, frente a un Dalton que se detiene a fumar ante la escenografía de un Hotel. Todo a la luz o a la sombra del escándalo Roman Polanski y del escándalo, con menor injerencia en la ficción, de Harvey Weinstein.

Rick Dalton –Mierda. Ese era Polanski. Ese era Roman Polanski. Vive ahí desde hace un mes. Es la primera vez que lo veo. Mierda.

Criticarle y hasta adjudicarle intenciones machistas al hecho de que Tate esté construida a la distancia y cuente con escasos diálogos es no aceptar el hecho de que prácticamente todos los personajes que encarnan a quienes fueron estrellas en la vida real son retratados de esta forma, porque de eso también se trata la película, de un homenaje a la mirada. No únicamente en relación a las de los protagonistas, Rick Dalton, en tanto estrella en declive a punto de retirarse, y su doble de riesgo y amigo, Cliff Booth, quien corre la misma suerte quedando fuera de la pantalla para pasar a ser observador de los cambios culturales, estéticos y paradigmáticos de la época, sino, y más especialmente, en relación a la nuestra como espectadores.

Pienso que es imposible contar la Historia del Cine, ya sea en su totalidad o sólo una porción de ella, sin hacerlo desde esta posición, como ya lo había establecido Marco Ferreri en su Nitrato D’Argento (1997), docuficción que traza un recorrido anti academicista por el cine, desde sus inicios hasta los noventas, priorizando al público y comprendiendo el cine (en tanto espacio físico y virtual) como refugio, principio que escenifica en un cierre de película nostálgico que nos muestra a un grupo de mujeres, hombres y niños inmigrantes reunidos en un viejo cine entonando a la par de Carlos Gardel, brillante en la pantalla, El día que me quieras. Once Upon a Time in Hollywood también podría ser un tango plagado de machos llorones que quieren volver a la casita de sus viejos.

Tate no es personaje como tampoco lo es Charles Manson (Damon Herriman). Si ella encarna la fantasía, él va a aparecer como síntoma de lo que está latiendo por fuera de ese espacio de ensueño. La presentación o intromisión del hippismo, representado en principio por un grupo de chicas muy jóvenes y errantes, es lisa y llanamente siniestra, por los tipos de planos oblicuos que utiliza y el coro aniñado que entona, a capella, Always is always forever, de Manson Family. Todas las apariciones del clan están teñidas del tono sepia y la atmósfera perturbada, propios de las películas de terror setentosas, esa década en que el género se tornó solar y, por esto mismo, más terrible, porque así echaba luz sobre los restos de una serie de fracasos políticos, económicos y bélicos.

Todo lo que Manson no dice en la película pareciera estar diciéndolo en el monólogo que (encarnado por el mismo actor) pronuncia en el episodio 5 de la serie Mindhunter, producida por Fincher, y en el que, de forma muy hábil, se desliga de toda responsabilidad sobre lo sucedido, interpelando especialmente al personaje de Bill Tench (Holt McCallany) en tanto padre. De nuevo, la orfandad y estos chicos a la vera de un final de década violento y desencantado, y en manos de las peores guías.

Once Upon a Time in Hollywood también podría ser un tango plagado de machos llorones que quieren volver a la casita de sus viejos.


Rick Dalton –Mucho asesinato. Mucho asesinato.

El cuento termina siendo amargo porque ya ni la ucronía, ni el cine y todas sus posibilidades puede salvarnos. ¿De qué? Supongo que cuanto más piense, más respuestas iré encontrando, pero ahora arriesgo que de aquellas exigencias, particularmente morales, de las que hablo al comienzo. Si se trata de responsabilizar a las ficciones de la violencia y la alienación del mundo fuera de la pantalla, yo me paro en la vereda de Tarantino y le banco todas las molestias, incorrecciones y metidas de dedo en el culo que hay en esta película. Porque, como ya le respondió a una periodista indignadísima que le cuestionaba el (ab)uso de la violencia en su cine hace unos años: “¡es divertido!”.

Sin embargo, pienso que lo que impide que la violencia reparadora y celebratoria final de esta película no resulte del todo feliz es, a mi parecer, la naturaleza de los “villanos”. No digo que la carnicería no sea de un goce tremendo, sólo que, al pensarla, y quedando además salpicada por la nostalgia del último plano grúa, lo que permanece es un sabor amargo. Para dejarlo más claro: no es lo mismo reventarle la cabeza a Hitler en cámara que a un grupo de pibes alienados jugando a ser héroes de sus propias causas (o ni siquiera) en un campo que encima les es ajeno. El verdadero mal se mueve tan por el fuera de campo que ni ellos mismos parecieran verlo. La responsabilidad que Sadie y Pussycat (bueno, también Rosenbaum) le adjudican al espectáculo sobre los niveles de violencia reales, invisibilizan las verdaderas violencias institucionalizadas, en ese entonces por Nixon y la Guerra de Vietnam.

La causa de Tarantino (y la nuestra) es la del cine, lo que más importa salvar, qué carajo importa lo que allí dentro finalmente suceda.

Rick Dalton –Es oficial, amigo, pasé de moda

Tarantino da cuenta del fin de una cultura, no de la industria que siempre encontrará la forma de reinventar el consumo. Y esa cultura, que atraviesa su cine desde el minuto cero, encuentra su fundación en el western, género que marca una épica y un imaginario muy específico de héroe. El western clásico, en los años que atraviesa la película, ya se encontraba en declive, por lo tanto también en declive todo lo que representaba, sobre todo a nivel interno. Pero la avanzada del cine europeo, con sus modernidades y relecturas, no es tampoco un signo negativo para Tarantino. El spaghetti le da unos años más de carrera a Dalton y hasta termina casándose con una actriz italiana, literalizando este maridaje que Tarantino siempre emuló. Es que las operaciones formales y narrativas del director se rozan mucho más con éstas variantes que con el tradicionalismo estadounidense. El vuelco de héroe tradicional a villano que el cine italiano le pide a Dalton es uno de los recursos más habituales en Tarantino, que ha resucitado a varias estrellas olvidadas, reinsertándolas en la industria bajo este método.

Once Upon a Time in Hollywood es una película sobre el crepúsculo de una época, de estos géneros inmersos en un universo tradicionalista y patriarcal, que sí, Tarantino enarbola descaradamente porque se divierte y nos invita a divertirnos en ese ensuciarse las manos en el barro como las criaturas que deberíamos ser mirando películas. Esto no implica más que el amor de quien se crió con estas historias, admirando a estos héroes, sin confundir que el pistolero de su lunchera es un asesino que merece ser castigado. Y elije convertirse a sí mismo en héroe, ensayando el rescate de Tate (involuntario para Cliff, pero de un amor único por parte de Tarantino), como musa, como idealización, como niña, como madre, pero sobre todas las cosas como actriz en ascenso. Es que en este western que termina siendo la película, incluso más que Los 8 más odiados, los duelos son varios y uno de ellos atañe a los roles de géneros: Tate volviéndose famosa en contraposición a un Dalton despidiéndose de su fama; el viejo ciego George Spahn (Bruce Dern) domesticado por la violenta Lynette (Dakota Fanning); el travelling de las chicas Manson pasando frente al mural de un cowboy reposando frente a una casa enorme; Trudi haciendo llorar a Dalton, etc.

Tarantino no homenajea el western ni la época ni construye estos personajes porque sea un misógino ni un facho ni un xenófobo, lo hace porque ama esa épica en la pantalla, y porque otorgarles otros pensamientos, otros principios, otros dichos a cualquiera de sus personajes sería traicionar sus naturalezas, sería traicionar el género, para responder a lo que no tiene injerencia en este campo de juego, vale decir, la realidad y todas sus agendas ideológicas. Tarantino no sólo salva a Tate, salva al cine de la persecución moral. Es que hay consecuencias tras aniquilar la ilusión, tras “matar a Dios”, como lo plantea Robert Mitchell en Under The Silver Lake película que se roza con la de Tarantino, no sólo porque también transcurre en Hollywood, sino además porque comparte el espíritu huérfano que atraviesa a su protagonista y la ilusión tras la que va. Pero arriesgo que Tarantino quiere creer, mucho más que Mitchell que no presenta fórmula salvadora alguna, ni siquiera apelando a la facilidad que da la ficción. Como también escribí en su momento frente al estreno de Te Sigue: “(Mitchell) no sólo no nos devuelve el juguete perdido (…) sino que además nos asevera que está enterradísimo”. Tarantino pareciera negarse a aceptarlo, y no podemos más que agradecerle.

En definitiva, somos un poco la perra de Cliff Booth, moviendo la cola y relamiéndonos mientras esperamos lo que podrá parecer mierda a otros. Nosotros sabemos que es una muy buena comida para perros malos. Y esa lata, ícono de la cultura pop desde las Campbell de Warhol, portadora de alimento con apariencia desagradable, es el arma que termina utilizando Cliff contra Sadie, la manson girl que confunde espectáculo violento con violencia real.



Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood)
2019
2h 41min
Comedia, Drama

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