Piedra Libre

Oscar Masotta, yo mismo

En el día del natalicio del intelectual, psicoanalista y semiólogo, Oscar Masotta, el periodista y escritor Ariel Hendler decidió trazar esta merecida semblanza.


Por Ariel Hendler. Foto Cloe Masotta y Susana Lijtmaer

El miércoles 8 de enero de 2020 cumpliría 90 años Oscar Masotta (que falleció a los 49), personaje de cuya existencia me enteré en la facultad de Psicología, a principios de los ’80. Para nosotros, en principio era la persona que había cometido -verbo que quizás hubiese elegido él- la proeza de sembrar la teoría lacaniana en Argentina, con todo éxito por cierto. Al año siguiente me metí en el inframundo de los talleres literarios, y entonces me compré un libro de él, baratísimo, en una feria: Sexo y traición en Roberto Arlt. Ya por la contratapa empecé a enterarme del nivel de personaje que era (o había sido). Multifacético. Un tipo que se metía hasta el caracú en cada nuevo descubrimiento y con una tremenda capacidad de mutación de una etapa a otra.

Casi de casualidad, yo había leído algo de Merleau Ponty para alguna materia de la facu, y me di cuenta de lo obvio: Masotta quiso ser algo así como su émulo local cuando escribió ese libro sobre Arlt. De hecho, él mismo lo admitió; consta en actas.

(Hace cuatro años, en 2016, leí Diario del ladrón, de Jean Genet, y escribí lo siguiente en Facebook: “A este libro lo tenía desde hacía 30 años sin haber estado jamás en lista de espera o entre las prioridades. Si lo hubiese leído en esa época, seguramente me habría regodeado en los bares con sus posibilidades matemáticas: como sus temas excluyentes son el sexo y la traición entre la gente del “mal vivir”, hubiese podido decir, por ejemplo, que Arlt fue para Masotta lo que Genet fue para Sartre: regla de tres simple y a despejar la ‘x’. Por suerte, no tuve la oportunidad de incurrir en esas barbaridades”.)

Con Lecciones de introducción al psicoanálisis, libro obligado, me pasó algo parecido: daba la sensación de que se mimetizaba con Lacan hasta en la forma de hacer “chistes” antes de entrar en tema. Mecanismos de identificación que quizás necesitaba su “aparato psíquico”, porque acá no hay mala fe.

“Daba la sensación de que se mimetizaba con Lacan hasta en la forma de hacer ‘chistes’ antes de entrar en tema”.


Otro libro omnipresente era Happenings, del que Masotta es más personaje que autor, y que sobrevivió a varias limpiezas de biblioteca. En cambio, jamás tuve y casi ni llegué a hojear los libros sobre la historieta y el arte pop, y también debo admitir que sus conferencias de introducción a Lacan son ilegibles. Literalmente: nadie las lee.

Ya era evidente a esa altura que todos sus libros, salvo el muy corto sobre Arlt, consisten en conferencias desgrabadas: libros orales, no escritos; más otros dos (Conciencia y estructura y Ensayos lacanianos) de textos dispersos y agrupados: libros “no orgánicos”, como los definió Sebreli, que en su autobiografía le dedica un buen espacio a su antiguo amigo y a su imposibilidad -demostrada en los hechos- de sentarse a escribir un libro.

Más recientemente, cuando se publicó en libro toda la colección de la revista Contorno, comprobé que la presencia de Masotta en ella fue muy poco -o nada- prolífica ni trascendente; cosa bastante entendible porque era una revista política, telúrica, más bien amarga, sin espacio para ninguna modernidad. Pero es interesante lo que el significante “Masotta” genera retroactivamente, en Contorno o donde sea.

Ejemplo: durante tres años a principios de los ’90 concurrí a la Escuela Freudiana de la Argentina, fundada por él y separada no muy amistosamente de su siamesa, la “de Buenos Aires”. Allí, un rito obligado, transmitido por los pocos sobrevivientes, era ir a tomar ginebra al bar de la esquina porque corría la versión que Él siempre tenía su ginebrita al alcance. Mitomanías de las que no se salvan ni siquiera los más poronga.

Personalmente, me da por las pelotas el fetichismo (de la mercancía, por supuesto) creado alrededor de Masotta, igual que el chusmerío sobre su vida privada, aunque admito que hace poco me interesó chequear si aparece o no fugazmente en una película de culto: Tiro de gracia (Becher, 1969).

Prefiero homenajearlo con el que quizás sea el único pasaje suyo que realmente me conmovió, o me conmueve, cuando un evento de homenaje a Freud, en 1973, coincidió con el golpe de estado en Chile. Acá va un botón de muestra: “Contra una moral de lo mismo, siempre presta a reaparecer, no hay que dejar de responder que una silla no es una silla así como lo negro del texto no es lo negro del texto. Pero la historia es más que el relato del pasado y lo negro del texto se tiñe con la sangre de un presidente muerto. Se lo ve: hay aquí una convergencia de azares cuya necesidad pareciera medirse en términos de tiempo o de sangre”.

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