El Pregonero

La memoria no está en cautiverio

Foto: Abuelas de Plaza de Mayo


Por Marvel Aguilera

“No es necesario decir que el pasado aclara el presente, o que el presente aclara el pasado (…) el tiempo pasado se encuentra con el ahora en un relámpago formando una constelación”
Walter Benjamin

El recuerdo trágico de nuestro pasado nos envuelve. Un pasado doliente que aún reflota cada 24 de marzo en una democracia sostenida pero flácida, anclada en instituciones truncas, cada vez más alejadas de los sectores populares. Somos transeúntes de este camino en búsqueda de verdades, que aparecen recortadas, como fragmentos que intentamos reconstruir, pegar como el kintsugi, para poder mirarnos al espejo, para entender los porqué, para recuperarnos. ¿Pero cuánto nos pensamos? ¿Lo suficiente? Los últimos cuatro años marcados por la mezquindad, la violencia social y la opresión de las libertades individuales hacen pensar que hay espacios de aturdimiento que necesitan ser recuperados. Nuestra identidad como Estado Nación está en juego, y eso implica una memoria económica, social y cultural que nos permita poder dar cuenta de nuestra historia, alcanzar un grado más de tanta verdad sustraída por los genocidas.

Georges Didi-Huberman decía que no hay ciencia del pasado, que no hay necesariamente uno exacto. Pensar en el golpe de 1976 debe ser un ejercicio constante. Uno que permita elevar la discusión por sobre la racionalización perpetrada por la “teoría de los dos demonios”; un discurso que, en su supervivencia, nos ha subyugado como sectores sociales, que ha roto los tejidos construidos durante los consensos alcanzados con la presidencia de Néstor Kirchner. La Argentina siempre fue una nación caracterizada por la riqueza de sus conflictos, por el ascenso social, por las construcciones colectivas. Las causas del golpe de las Fuerzas Armadas tienen que ver con eso. Con borrar de nuestro registro no solo a las personas que lucharon valerosamente por esas causas sino a las causas mismas; transformarlas en demonios, en huevos de serpientes que supieron envenenar las raíces profundas de la democracia.

La crisis cultural sufrida en estos años de macrismo fue enorme. El flagelo hacia las organizaciones de los derechos humanos fue un golpe perverso del que todavía cuesta salir. La noción de “curro” aún sigue alimentando la boca de los parásitos capitalistas de turno. Nos han hecho sentir, a veces, que hablar de los setenta es meterse en un quilombo. Hemos optado por relatos esquemáticos, digeribles. Que nos permitieran esquivar la reflexión sobre las complicidades civiles durante la sangrienta dictadura. Nicolás Casullo supo decir que es la crisis del movimiento y el pensamiento nacional el principal motivo de que todo aparezca como colgado en el aire, sin historia, sin credibilidad, sin sentidos.

Un país que boga por la patria no puede no tener memoria. Y es inevitable ver la cantidad de organizaciones, pensadores, testigos, víctimas, y familiares que han contribuido y siguen contribuyendo a la discusión sobre la tragicidad y la represión contra el orden constitucional que implicó más de 30 mil desaparecidos. La lucha continúa. Pero es necesario algo más amplio, un pensamiento comunitario sobre la historia. Tener una memoria histórica que entronque sobre un pensamiento nacional. Una memoria que implique contradicciones, que dé cuenta de las dificultades de los hechos políticos y que pueda saltar este presente que nos estrecha a lo mediato, a las comprensiones simplistas que limpian las huellas de cientos de huelgas, de movilizaciones, de proscripciones, de actos de amor por causas sociales, por ideales políticos.

Esta cuarentena puede servir no solo para contener la amenaza de una pandemia, sino para volver a pensarnos como sociedad, solidificar los lazos, encontrar la generosidad perdida en aras del individualismo y el “sálvese quien pueda”. Los actos de egoísmo aún son fuertes, por eso la memoria es clave para saber que la historia es un relato en construcción, que nos abre el camino para conocernos. Lo que entendemos por “justicia” no puede ser completo si no comprendemos la necesidad por recuperar los sentidos borrados por la última dictadura. En definitiva, lo que pone de relieve el rol comprometido del Estado ante la amenaza del coronavirus es la importancia de la democracia, como fenómeno representativo de las masas populares, por encima de las especulaciones de clase y los privilegios heredados con el neoliberalismo. Es este Estado el que nos vuelve a indicar el camino para reconstruirnos, como pueblo, para armonizar las relaciones sociales, aún en sus disidencias, sobre la base de un país más justo e igualitario que, no por eso, deja de tener memoria.

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