Literaturas

Natalia Litvinova: “La poesía me da la posibilidad de retratar a los seres que amo”

La Nostalgia es un Sello Ardiente es el último poemario de Natalia Litvinova. En diálogo con RUDA, abordamos la composición de este libro a diez años de la publicación del primero de la poeta.

Foto: Marcos Zanger


Por Nicolás Igolnikov.

Este año se cumple una década de tu primer libro, Esteparia, publicado por Ediciones Del Dock. ¿Cómo se ve, a la distancia, ese momento? ¿Qué diferencias y encuentros tenés con la Natalia de aquella vez?

La llegada de Esteparia fue muy emotiva: tener el libro, ver los poemas impresos… fue un momento lleno de asombros. Lo trabajé en el taller de Javier Galarza, en Colegiales. Esteparia salió gracias a él y mis compañeros y compañeras de taller, sus devoluciones eran mi estímulo. Cada semana llevaba al taller un poema sobre mi infancia y mi padre. En esa época estaba fanatizada con la poesía hermética y simbolista, los poemas de Esteparia tienen esas marcas del primer asombro ante lo escrito y también condensación, minimalismo.

A lo largo de estos diez años de tránsito, ¿cómo fue tu relación con la propia voz?

Luego de la salida de Esteparia, quise extender el poema. Busqué lo concreto, lo cotidiano, la descripción de los hechos, las anécdotas. Tal vez eso se percibe mejor a partir de Siguiente vitalidad y con más fuerza en Cesto de trenzas. En Siguiente vitalidad hay poemas que denomino “poemas escombros”, fragmentos de recuerdos componen un poema trastocado por los tiempos. Creo que todos tenemos recuerdos que giran dentro de nosotros, como si fuéramos su infinita pista de patinaje. En Siguiente vitalidad muchos poemas son como un collage, acerco hechos que parecen distantes, la coherencia a simple vista parece rota, por ejemplo:

HUECO EN PIE

Huele a gasolina y hace frío.
Tengo miedo de encender el fósforo.
Va a llover nieve sucia.
Estoy en un pueblo abandonado de Europa del Este,
estiro el vestido para taparme.
Una anciana que lleva una gallina en los brazos
tropieza y cae de rodillas.
El ave que no sabe volar es arrojada al aire.

Hay días en los que río con mi risa triste.
Mi risa equilibrista que cae,
me río entonces con el fracaso,
risotada de tronco hueco que se mantiene
en pie por lo que alrededor florece.

Hoy soñé con mi abuelo, estábamos capturados.
Nos pedían concentración, que tocáramos música
y nos peináramos los unos a los otros.
Nos obligaban a construir pianos antiguos de madera.
Por las noches nos vendaban las manos
para que no crecieran,
porque pequeñas y delicadas sirven
para llegar hasta las cuerdas.

Mi madre decidía el lugar de las cosas.
El jarrón de acá para allá, el sillón,
los cuadros, mi padre.
Y cuando yo intentaba crecer, zas – zas,
cortaba los caminos de mi pelo.

“En Cesto de trenzas casi no hay hombres porque o volvieron locos o no volvieron. El escenario que tomo para este libro es el pueblo de mi abuela paterna, Elena”.


En la década de los ’90 viniste de Bielorrusia. En tus libros se habitan esas regiones donde lo rústico y lo natural se respiran, como por ejemplo en Cesto de trenzas: “Algunos / dejaron de hablar, / otros vagan / por la aldea / murmurando / o se sientan / al borde del camino / como si esperaran.”¿Cómo se relaciona la memoria de esta voz poética, y la tuya de este lugar que les es común?

Este poema de Cesto de trenzas tiene que ver con mi abuelo paterno, estuvo en la guerra y volvió mudo. Lo que vio y vivió como soldado lo había traumado. En Cesto de trenzas casi no hay hombres porque o volvieron locos o no volvieron. El escenario que tomo para este libro es el pueblo de mi abuela Elena, mi abuela paterna. Cuando era chica, me quedaba mucho en su casa, iba detrás de ella, observaba lo que hacía en el campo, Elena siempre con las manos llenas de tierra. Hay poemas sobre el trabajo, la comunidad, sobre lo que sucede cuando llega la noche: algunas mujeres van a ver a sus amantes, otras se reúnen y cuentan chismes, cantan, bordan, lloran.

Este registro del pasado –en estrecho diálogo con el presente, como en tu poema Tus ojos se han vuelto mi cenicero, del libro Siguiente vitalidad- nos lleva al título de tu último libro, publicado a principios de mayo: La nostalgia es un sello ardiente. En él la nostalgia y la amistad se conjugan en una combinación que alcanza momentos de sumo gozo y de profunda melancolía. ¿Cómo fue escribir este libro?

La poesía me da la posibilidad de retratar a los seres que amo, a mis amigos, a los que no están cerca. En el libro me interesaba trabajar con un realismo crudo (como el poema donde mi madre me cuenta que un general retirado perdió a su hijo, mientras yo le tiño el pelo) y también corromperlo con la imaginación que se exacerba (como cuando corro al campo y me abrazo a una oveja pensando que es Catalina, la protagonista del libro, y casi la asfixio). Por eso Catalina también es un caballo o una flor secreta, es un clima, es la que dirige mi nostalgia en este libro.

¿Cómo llegaste a Catalina? Amplianos un poco sobre esta intrigante y fundamental figura de tu libro.

Yo viví en Gómel, Bielorrusia, hasta los 10 años. En un edificio para nada pintoresco, en el sexto piso. Catalina, la protagonista de este libro, era una nena de mi edad, vivía en el octavo con sus abuelos. Desde que nos conocimos, nos volvimos inseparables. Sus abuelos también habían ido a la guerra. Recuerdo la tarde en que me dijo: “Mis abuelos se salvaron porque se amaban mucho, un nazi los iba a matar, pero se abrazaron tan fuerte que se apiadó”. Sus relatos me contenían y me enseñaban. La última vez que vi a Catalina fue en septiembre del ’96, nos despedimos afuera del edificio. Hace dos o tres años se me ocurrió buscarla en las redes. Y la encontré. En las fotos parecía muy alta, tenía una hija y un hijo, se había casado, era abogada. Lo que más me impactó fue ver una foto de su hija, era igual a la Catalina de mi infancia. Quise mandarle un mensaje, pero no pude. Entonces me puse a escribir estos poemas imaginando su vida y también como hubiera sido la mía si me hubiera quedado en Gómel. Abordar su adultez fue también indagar la mía.

Foto: Daniel Mordzinski

A lo largo de tus libros, particularmente en Siguiente vitalidad (Audisea, 2015), Cesto de trenzas (Llantén, 2018; Moinhos, 2020) en el último, La nostalgia… , estrechándose con la continuidad del pasado hacia el presente, están las madres, las antepasadas mujeres como eco y presencia. Contános de esta búsqueda.

Mi madre es una gran celadora de su pasado. Muy de a poco me fue compartiendo sus vivencias, que considero joyas, y su melancolía incurable. Eso me generaba tensión y alimentaba mi interés: una mujer que a los 45 años decidió irse de su país y vivió hasta los 15 en un pueblo que ya no existe porque estaba muy cerca de Chernóbil. Con mis abuelas tuve otra relación, las tomé para retratar la vida en el campo y se armó un contrapunto: si mi madre decidió dejarlo todo para irse al otro lado del mundo, mis abuelas juraron que se iban a morir junto a sus vacas y las verduras que sembraron.

Este último libro, al igual que Cesto de trenzas, salen por Llantén, editorial que llevás adelante junto a Tom Maver. Contanos un poco del trabajo de esta editorial “dedicada a la traducción y difusión de poesía”, en estos tres años que se cumplen sobre el final del 2020.

Hace dos años y medio que existe Llantén y ya editamos 14 libros. Arrancamos con traducciones, luego nos abrimos a la poesía argentina y colombiana cuando publicamos a Piedad Bonnett, Susana Villalba, Johanna Barraza Tafur, Carla Chinski, Martín Vázquez Grillé.

¿Cómo se proyecta Llantén en medio del contexto mundial que nos implica hoy en día?

Y ahora se vienen los nuevos títulos: otro libro de Westonia Murray, un poemario precioso de Diego Muzzio, la antología del poeta palestino Zakaria Mohammed con sus dibujos, un libro rupturista de Javier Galarza, uno fantástico y muy moderno de la joven holandesa Marieke Lucas Rijneveld, traducido por Micaela van Muylem.  Claro que el panorama es muy complicado, no pudimos hacer presentaciones y las librerías recién se están abriendo, estamos revisando el calendario y viendo qué podremos editar este año.

Tomando la pregunta inicial de esta entrevista, y para terminar, esperando atentamente a la publicación de La nostalgia es un sello ardiente ¿qué ves, desde hoy, hacia los próximos diez años?

Puedo hablarte de mi trabajo: me veo publicando una antología generosa con mis traducciones de los poemas de Anna Ajmátova, una de mis poetas preferidas. Y estoy escribiendo un poemario sobre una ladrona que nació a mediados del Siglo XIX y fue como una Robin Hood. Su historia me interesa desde hace mucho y siento que ahora di en el tono justo para retratar a esta mujer fascinante.

Natalia Litvinova
La nostalgia es un sello ardiente
Llantén

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