El Pregonero

¿Quién sabe de cuidados?

En los medios masivos se dan por sentado algunas ideas que, más que sentido común, indican un claro posicionamiento social y político que oculta la vida real y compleja. La artista, actriz y filósofa Carla Novak reflexiona sobre esta idea paternalista y estigmatizante: que no todxs saben de cuidados.

Foto: Cadena 3


Por Carla Novak.

En estos tiempos de COVID-19 se produjeron varias situaciones en las que algunxs ciudadanxs no respetaron las normas impuestas en la cuarentena. En muchos de los procedimientos policiales, a los que tuvimos acceso en los videos que circularon, vimos agresiones hacia la policía por parte de estas personas, incluso algunas nos parecieron graciosas, como la señora en los bosques de Palermo tomando sol en reposera. En estos videos lo que notamos fue cómo la policía les solicitó, muy amablemente, que respeten la norma, para luego sancionarlos de acuerdo a las disposiciones del decreto presidencial. 

En los barrios de las personas de los videos también hay contagiadxs, personas que circulan esparciendo el bicho. Pero las medidas son otras: se apela al sentido común, a que somos capaces de acatar la norma. Es impensable que se hubiese aislado los barrios de lxs primerxs contagiadxs en marzo, por ejemplo. 

Pareciera evidente que se espera que lxs que no vivimos en situación de vulnerabilidad social nos “portemos bien”, que nos cuidemos entre todxs. Sin embargo, a lxs pobres se les aísla y militariza, como sucedió en Villa Azul, ¿acaso no saben cuidarse? Por ejemplo, el chico contagiado que viajó en barco desde Uruguay, lxs que se fueron a la costa a pasar la cuarentena como si fueran vacaciones, las del baby shower en Necochea, ¿saben de cuidado? No intento aquí hacer un juicio sobre quién sabe o no cuidarse y cuidar a lxs demás, quién lo hace bien o quién es más responsable, porque el tema de qué es el cuidado y cómo se dan (o no) las políticas del cuidado a nivel personal y colectivo es muy amplio y debatido, y no entraré allí en esta oportunidad.

Lo que quiero visualizar, a modo de sospecha, es que no nos cuidan de igual forma a todxs y que ciertos sectores tienen más “permitido” transgredir la norma, al tiempo que aseguran que saben cuidarse.

“Encerrar y custodiar a lxs pobres con militares, además de ser una acción desproporcionada y terriblemente segregadora, es una medida que ignora cómo se dan las vidas que allí ocurren, sumado a que menosprecia la historia de organización colectiva y de ayuda mutua que se da en los sectores más vulnerables”


Encerrar y custodiar a lxs pobres con militares, además de ser una acción desproporcionada y terriblemente segregadora, es una medida que ignora cómo se dan las vidas que allí ocurren, sumado a que menosprecia la historia de organización colectiva y de ayuda mutua que se da en los sectores más vulnerables. Medida teñida de un discurso que pregona que el pobre no sabe lo que es mejor para él. De la misma forma, se escucha decir en los sectores más odiantes de nuestra sociedad que lxs pobres no saben gastar su dinero, que no saben distribuir la plata de las ayudas del estado, que la gastan en cosas innecesarias. El pobre es tonto, el pobre no sabe. Entonces, en la televisión aparecen fórmulas y consejos para ayudar a la gente pobre a aprender cómo gastar de manera más óptima los dos pesos que tienen en el bolsillo, porque no saben cómo hacerlo. Le tiene que durar la ayuda: no vaya al súper con hambre, y tome mucha agua antes de comer, así no tiene tan vacío el estómago.

La infantilización del pobre nos hace verlos como niños que no saben de la vida (idea errónea de todas formas porque lxs niñxs saben un montón), como humanxs incompletxs. Es un extranjero que no habla nuestro idioma, del cual no conocemos nada de cómo vive y piensa, al que le hablamos lento por si no está entendiendo. De allí el trato paternalista: a lxs pobres se les cuida como un padre aleccionador lo haría, a la fuerza, con tal de que no amenace nuestro cuidado.

Ante este tipo de escenarios, y porque tampoco quiero idealizar a lxs pobres, suelo decir que la gente es gente en todos lados, para evitar la generalización de características de ciertos grupos y homogeneización en las formas de habitar de estos, que precisamente son mucho más diversas de lo que se ve cuando observamos desde la lejanía. Hay algunxs que saben más de cuidado y otrxs no, algunxs son más responsables y menos individualistas y otrxs no. El problema es el acceso a las condiciones para el cuidado. Esa es la única diferencia. Nosotros tenemos agua, ellxs no (y lo vienen reclamando hace rato), tan simple como eso. Sabemos de sobra que no todxs estamos seguros y calientitxs en nuestros hogares. Aun así, tener los medios necesarios para el cuidado no nos asegura nada, ni que sepamos usarlos, ni que seamos responsables (en tanto respuesta a un llamado) del cuidado de lxs otrxs, con lxs que comparto una casa, un edificio, un barrio, una ciudad.

De más está decir que estas consideraciones sobre la figura del pobre habitan no solo en los sectores más acomodados, también pueden habitar en la clase media, en el progresismo y en la academia, sobre todo cuando nos “preocupa” el problema de la “población”. Una noción del estado biopolítico, que nos caracteriza en segmentos de clasificación y para cada uno de esos segmentos tendrá una política distinta (principalmente de control). Datos, cálculos. A veces sirve, porque permite ver necesidades específicas de ciertos sectores, sirve para saber si vamos mejor o peor con el virus, pero también sirve para generar estigmatizaciones, asociaciones de características llenas de prejuicio y generalizaciones que no permiten ver lo realmente complejo de ciertos fenómenos. Y, principalmente, no nos permite ver situaciones concretas, reales, las vidas que se dan allí: la pobreza y lxs pobres de pronto son nociones abstractas. Las “poblaciones socialmente vulnerables” no tienen rostro, ni cuerpo, ni mirada, ni voz: son un dato, un sesgo. Allí no hay nadie viviendo.

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