Literaturas

Las causas perdidas | Relatos que extraen belleza de la melancolía

El primer libro de cuentos de Nicolás Igolnikov, Las causas perdidas, editado por la nueva editorial Hexágono Editoras, remite a historias simples donde la vida sucede sin dejar de lado cierta condición existencial de melancolía.


Por Nico Pose. Fotos Juli Ortiz

Siempre que pienso en un cuento, en su forma, en lo que trasciende de esa breve y concisa lectura, concibo, a grandes rasgos, dos modelos generales. El estilo Chéjov (más tarde para algunos el cuento carveriano por nuestras pampas- en “Tres Rosas Amarillas” Carver homenajea al gran autor ruso-): cuentos realistas donde lo que más importa es leer la situación, la atmósfera de ese relato, cuyo final nunca sorprende, termina tal cual es la vida misma: llana, apremiante, sin sentido, marcado por la situación que se vivencia. También podríamos llamarlo “hemingwayiano” por su famosa “teoría del iceberg”. El otro modelo es el que nos conduce, tarde o temprano, hacia un final revelador, explosivo, como propone Poe en “El corazón delator”, o Quiroga en “El almohadón de plumas” o “La gallina degollada”. Cuentos vigentes, casi perfectos que, si los limpiáramos de las marcas y estilismos de su época, funcionarían mucho mejor ahora como un tipo de cuento que se haya escrito por estos días. Por supuesto que aparecen de vez en cuando rarezas extraordinarias, muy originales, a cuentagotas, que evitan los géneros y los contenidos en boga y exploran otras formas.

Pero más allá de modelos, está claro que, en la actualidad, no se escriben cuentos dentro de libros sino libros de cuentos. Con esto quiero decir que ya no se analizan relatos por separado como hacíamos hace un tiempo dentro de un disco con sus hits. Lo que se lee ahora, y se absorbe por completo dentro del cuerpo de ese texto, son las tonalidades y los matices, la/s atmósfera/s, el sentimiento o la idea que atraviesan todo el libro dividido en relatos y que nos marca una ideología, una característica, algo que el autor/a quiso prever o planeó para todo el libro. El sueño de cualquier hacedor de ficciones es que se use a futuro –en el caso de que exista – su apellido adjetivado para señalar un estilo, una estética determinada. “Es muy carveriano”, “un relato muy borgeano”, “tiene aires cortazarianos”.

El primer libro de cuentos de Nicolás Igolnikov, Las causas perdidas, editado por la nueva editorial Hexágono Editoras, nos remite más que nada a historias simples, donde la vida sucede, y los relatos tratan de eso justamente: momentos y fragmentos del tiempo vivido por algunas personas. Así, todos los personajes son personas comunes que habitan diferentes situaciones, muchas veces sin sentido o buscándolo, pero que justamente le hacen honor a lo que significa atravesar la existencia, el paso por este mundo que suele parecerles un poco inexplicable, como si trataran de aferrarse a cierta cuota de “normalidad”, así, entre comillas, por supuesto, para después darse vuelta y terminen de comprender que no existe ese orden que creían o añoraban. Por lo tanto, parecen sumidos en un silencio más cercano al hastío, al famoso spleen baudelariano del siglo XIX, algo que para muchos es depresión y, en realidad, no lo es, solamente de se trata de la melancolía, la angustia natural de existir, esa condición existencial que ya estaba desde el principio de los tiempos y Sartre describió en sus libros de filosofía, en sus novelas y sus obras de teatro.

Si bien hay un cansancio evidente en su forma de vivir, también extraen la belleza de pequeños momentos, una suerte de mini epifanías que suelen nacer e incluso puede llegar a transformarse en astucia o bronca como sucede en “El escritor, mi marido”. Allí, la narradora, ex pareja del autor que está presentando un libro en ese momento, narra la comodidad de su ex en el auditorio, analiza su pose estudiada de intelectual para la ocasión, pero finalmente terminará desconcertando al escritor cuando al final de la presentación se anime a levantar la mano y le haga una pregunta que lo retrotraiga a códigos íntimos y compartidos.

En “Coli”, la enfermedad de una perra termina por destruir el frágil equilibrio en el cual se debatía un matrimonio desde hacía años, y el cerco opresivo de ambos se rompe cuando el hombre abandona a la mujer dentro del auto y decide caminar, sólo caminar y nada más, alejándose del punto cero de la discusión. Este mismo agotamiento del matrimonio o la convivencia también se vislumbra en la conversación que mantiene una pareja en un restaurant en “Billetera”.

Foto: Juli Ortiz

En “Alagba” se nos presentan dos jóvenes en disponibilidad, jóvenes que no han arriesgado casi nada y pierden el tiempo en su casa porque pueden hacerlo, yendo en contra de los preceptos de sus padres o madres que arriesgaban sentimentalmente o del lado ideológico, y en muchas ocasiones a la par. Estos jóvenes tiñen la atmósfera de la conversación con el tono superficial que caracteriza toda charla por estos días de gente sin obligaciones reales o importantes. Por eso Alagba, el nombre de una tortuga que surge casualmente en ese momento de intimidad de estos dos jóvenes superficiales.

En “El maquinista”, Igolnikov propone un relato marcado de gestos, cuasi teatral, pero no sólo de gestualidad humana sino también ambiental. Mediante un lenguaje objetivo, como si fuera una cámara, el relato avanza: “Sus pechos se aprietan contra el corpiño mientras lo cierra por la espalda. Mira en dirección a la puerta. Sabe que la espera, a unos quince pasos, más allá de la cama. El velador, a su lado, permanece apagado. En las paredes se dibujan rectángulos de luz que pasan a través de las cortinas.” Mediante estos procedimientos, se puede decir que se termina dotando de manera artística la vida ocre de las dos mujeres y el empleado ferroviario infiel, aburrido, desganado por el hastío y la melancolía.

“Los personajes son personas comunes que habitan diferentes situaciones que justamente le hacen honor a lo que significa atravesar la existencia, el paso por este mundo que suele parecerles un poco inexplicable, como si trataran de aferrarse a cierta cuota de ‘normalidad’, así, entre comillas, para después darse vuelta y terminen de comprender que no existe ese orden que creían o añoraban”.


La emoción a flor de piel surge en “Lo que debas ser”, donde el vínculo distante entre un padre e hijo, sorprende al padre y se ve renovado luego de sufrir un ACV en un colectivo y comprobar el acompañamiento de su hijo al despertar en una sala del Hospital Naval.

En “El árbol”, el narrador recuerda su infancia, su mundo familiar, desde la mirada de la casa en venta de sus padres y el eterno árbol en la vereda, testigo involuntario del mundo que fue gestando esa familia en esa casa. Ante los empleados del gobierno de la ciudad que pretendían talarlo el padre siempre se oponía, aferrándose al árbol, pretexto de lo poco que le quedaba de ese mundo originario luego de separarse de su mujer. La infancia de su hijo, y también la suya, como fiel representación de un pasado que no quiere dejar que nadie modifique.

Finalmente, en Las causas perdidas, con narradores que delatan un tono nostálgico, melancólico y a través de diferentes situaciones y momentos, Nicolás Igolnikov busca estirar ciertos silencios que dicen más que las palabras. Son instantes que se producen en medio de situaciones que no parecen tener una respuesta, que hacen que los personajes sepan, aunque no quieran aceptarlo, aquello que puede leerse en las líneas finales del relato “Las estrellas” que, además, cierra el volumen: “Que todas las cosas siguen, necesariamente, su curso. Que el pasado, difuminado en este presente luminoso, ya no tiene importancia”.



Nicolás Igolnikov
Las causas perdidas
Hexágono Editoras
2021

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