Literaturas

Paul Morand | El devenir del mundo en los detalles

Escritor exiguo, diplomático, trotamundos. En su primera novela, traducida recientemente por Editorial Leteo, el discípulo de Marcel Proust traza en tres breves relatos los ánimos de una ciudad londinense atravesada por la Gran Guerra y la transformación cultural.


Por Marvel Aguilera.

Cuando el auge del Imperio Británico empezó a descender a principios del siglo XX, ante los primeros efectos de la Gran Guerra, Londres ya era una ciudad cosmopolita por excelencia, con dejos muy potentes de la aristocracia: de esa cultura supina flaqueada en grandes caserones y bacanales burgueses. Pero, ya en ese entonces, se empezaban a avizorar grietas de un suburbio que iba a ir creciendo paulatinamente, a través del deseo de ascenso social de los migrantes y el remolino panicoso que los bombardeos todavía provocaban, hasta derruir buena parte de esos cimientos de alcurnia para dar pie a un escenario distinto. Tendres Stocks, la primera obra en prosa de Paul Morand, aparece en ese contexto, y es un reflejo más que elocuente de ese horizonte de zozobra que atravesaba buena parte de la población británica. Sibarita y melómano, Morand construye su escritura con el lirismo de un poeta embelesado por los fragores del detalle, de las mismas pinceladas con las que su amigo [Marcel] Proust rescataba ese “tiempo perdido” parisino, pero con una sensibilidad un tanto menos conservadora, algo más silvestre, dejando danzar su pluma en cadencia con las tres mujeres que retrata su novela, que son, en cierta forma, los estados anímicos que tensionaban a la sociedad de la época: el desencanto, la depresión y el desapego.  

“Se vio a los navíos de guerra partir de Portsmouth, como cada año para las regatas, pero desarmados, en tanto los yates alemanes no se presentaron. El mar reaccionó primero. Luego se vio a los guardacostas de la reserva ascender a las cabinas de señales con sus bultos plegados en una bolsa de lona verde. Y la fiebre se extendió al fin desde los bordes hacia el centro. 

Todo esto ocurrió gradualmente. Inglaterra no lo supo hasta esa noche de insomnio de agosto en la que millones de hombres besaron a sus mujeres con labios secos y quemaron sus cartas. Inglaterra ignoró la conmoción, no cerró sus ojos de buey ni cortó sus amarras”.

Morand, como escritor trotamundos, acostumbrado a ver los matices de cada clima, a percibir en los accidentes la punta del ovillo de la esencia de lo que acontece, traza en los tres perfiles que conforman la novela, Clarisse, Delphine y Aurore, una suerte de muestrario de un Londres en proceso de reconfiguración. Pero el autor nacido en París juega con los alrededores, con los vértices de tres historias que, por momentos, parecen decir poco: una, a simple vista, alienada mujer que posa su obsesión en el disfrute de baratijas, mientras el fuego rodea a Europa; una viuda recluida en un velo que la guía por el camino del ostracismo; y una rebelde con aires anarquistas que se resiste al estereotipo que la burguesía insiste en construir sobre su identidad. Sin embargo, Morand, un veedor privilegiado de los círculos sociales, visualiza algo más por encima de esas historias, una cultura que parece comenzar a reverberar de las profundidades del conservadurismo del siglo XIX, una al calor de las guerras, de las resistencias a los hábitos, una guiada por el desencanto hacia ese ideal social de culto, que se empieza a resquebrajar.

“Morand construye su escritura con el lirismo de un poeta embelesado por los fragores del detalle, de las mismas pinceladas con las que su amigo Proust rescataba ese “tiempo perdido” parisino, pero con una sensibilidad un tanto menos conservadora, algo más silvestre”.


Si acaso es cierto que Morand enfila su pluma al ritmo del jazz, tal como hiciera Jack Kerouac en los sesenta, el autor de Tendres Stocks no se mueve por el beat de virtuosos como Charlie Parker o Dizzy Gillespie, sino por los tonos de la revuelta elegante de los veinte, de los tugurios de Nueva York, de la magistral y calma mano de Duke Ellington. Las historias, como ensoñaciones de deseo que bordean entre la pasión y el enfado del narrador, se acoplan a un lenguaje que por momentos parece ir hilvanando odas de comedia y tragedia, como páginas agridulces que reflejan el desencanto de un autor acostumbrado a las despedidas, a transformar lo contingente en eternidades poéticas que emanan un dejo de nostalgia apesadumbrante. Tomando la crítica de Proust del Prefacio, es cierto que Morand recurre a menudo a imágenes menores, adornos que estiran la trama, pero justamente es ese laberinto de colores en donde se hace fuerte su impronta, una estética que va tejiéndose de pequeñas minuciosidades, que entiende que, a veces, el diablo está en los detalles.

Paul Morand, en su época de viaje a las Antillas


Paul Morand
Tendres Stocks
Traducción, Introducción y Notas: Christian Kupchik
Leteo
2021

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