Literaturas

Joaquín Areta: “Cuando escribo no me interesa plantear algo desde la estridencia”

El psicólogo y escritor publicó su primera novela, Enjambre, a comienzos del 2020. En esta entrevista recorre las ideas que atraviesan su escritura y duda de que hayamos aprendido algo de la pandemia.


Entrevista y fotos por Marvel Aguilera.

En tiempos donde las narrativas se engrosan de parafernalia y multiversos, Enjambre, el último libro de Joaquín Areta, parece manifestarse desde un lenguaje más franco, uno que pone al humano y sus vínculos sociales como preponderantes en el devenir de cada una de las acciones; uno que construye desde la más pura observación, en una suerte de lupa que deja en evidencia las angustias, violencias y temores invisibilizados dentro de una dinámica social frenética y, por momentos, sin lugar para reconocer nuestras limitaciones. Las historias de Carlos, Bairon e Iñigo que dividen el texto, nos hablan de historias no regidas por un tiempo lineal, sino uno que se presenta como tal a medida que los recuerdos se avivan, como el fuego blandiendo paulatinamente la leña. Recortes que se van juntando, consciente o inconscientemente, y que posibilitan volver a reconocer algo del verdadero rostro de nuestras identidades, las individuales sí, pero también las que nos conforman como sociedad en su conjunto.

Enjambre no es una novela política estrictamente, pero sí se mueve dentro de ideologías cruzadas, un barro de la historia marcado por huellas que aún perduran como heridas abiertas de una nación joven. Un texto que marca a las claras que, tal como las abejas, resistimos subsumidos en un presente mecánico, en un mundo desencantando y cada vez más incierto, un enjambre de verdades automatizadas y colonizaciones asimiladas para luego refugiarnos en las colmenas de la autocomplacencia, del néctar del algoritmo. Un mundo que solo es posible descomponer a medida que la memoria avance contra la violencia del olvido.

Cruzando el Dique de Tandil y caminando algunos kilómetros por la Avenida Don Bosco, ubicamos la entrada de casa de Joaquín Areta. Psicólogo clínico y escritor, nació en Neuquén, pero las vicisitudes lo llevaron a que adopte Tandil, no sólo como tierra de vida, sino también de floreciente escritura. Autor de los libros álbum La Tarea Imposible de Víctor y La Babirusa Atómica, en Enjambre (Adriana Hidalgo), dio paso a una narrativa novelística cuyos ecos parecen resonar más todavía en las ruinas sociales de esta pandemia.

Revista ruda

Una de las primeras impresiones de tu novela Enjambre es esta cuestión del realismo que retratás sobre los recuerdos o la forma de recordar, con personajes que están tratando de reconstruir su pasado para entender presentes. Pero, a su vez, también hay algo de reconstruir la identidad nacional, con sus avances y pausas. ¿Es posible que los personajes más allá de su identidad individual representen esa búsqueda de una memoria nacional?

En la novela no sé si hay una intencionalidad de mostrar una identidad nacional en sí, sino la manera particular en la cual los personajes están atravesados por una conflictividad circunstancial, coyuntural. Aunque, de una manera u otra, aparece la idea de que lo que se esconde por un lado retorna o vuelve y tiene algún tipo de manifestación que nos sobrepasa. Y eso sucede al interior de cada uno de los personajes, en relación a aspectos de su pasado que pueden haber sido sofocados o suprimidos y vuelven (quizás no en Bairon, que es un niño). En ese retorno, hay aspectos de la historia del país, más o menos recientes, que marcan un poco esto. No es una novela histórica, ni mucho menos, pero la historia aparece formando parte de un gran paisaje subjetivo que tiene repercusión en lo que cada uno de los personajes no hace pie en poder resolver. Es como más elíptica la presencia de la historia argentina.

Aparece en pequeños detalles, como las flechas de los pueblos originarios.

Claro. Aparece, por un lado, en quiénes fueron los marginados de esa historia en la cual quedaron flechas en el piso. Uno podría pensar: a quiénes se marginó o a quiénes se desapareció. En la historia de Bairon aparece la historia de la dictadura militar, en algún punto porque es parte constitutiva de ese barrio en el cual él vive, y a su vez forma parte de ese grupo de marginados (los pueblos originarios) pero él no lo puede ver. Él solamente vive su historia, lo que hace. Y tiene una idea muy vaga de qué es lo que pasó a partir de ir a visitar ese monumento de la mal llamada “conquista del desierto”. Pero, en realidad, él forma parte de la continuidad, de eso que él mismo le tira piedras o rompe, pero sin tener cabal conciencia. Hay una escena más violenta en el barrio donde a ellos los persiguen, donde quizás se reproduce en miniatura algo de esa historia de la cual él tiene una visión muy vaga.

“Cómo se subvierte el orden de lo natural a partir de la manipulación por parte del hombre. Cómo la cultura subvierte a la naturaleza y produce todo este tipo de descalabros. Después uno se sorprende: ‘uy, no se puede controlar esto, no se puede controlar aquello’. Y la pandemia un poco sucede a partir de allí”.


En relación al uso de la simbología que hacés, tanto de las hormigas como de las abejas, se ve una demarcación en esa necesidad de la supervivencia. ¿Crees que eso también atraviesa a la condición humana con este horizonte de expectativas tan incierto?

Esta novela fue publicada en marzo del 2020, fue ahí en la pandemia, y un poco cambió el mundo. Entonces la lectura que uno puede hacer, por ejemplo con las abejas africanizadas, en realidad es parte de lo mismo, es una continuidad, y un fenómeno que se produce a nivel global. En Argentina tenemos gorriones porque fueron introducidos: el gorrión común, cuanto más urbano estás, más gorriones hay; si te vas del espacio urbano, no hay gorriones. Ellos fueron introducidos en determinado momento y formaron una plaga, y así sucede con infinidad de especies vegetales y animales a lo largo y ancho del mundo. Cómo se subvierte el orden de lo natural a partir de la manipulación por parte del hombre. Cómo la cultura subvierte a la naturaleza y produce todo este tipo de descalabros. Después uno se sorprende: “uy, no se puede controlar esto, no se puede controlar aquello”. Y la pandemia un poco sucede a partir de allí: van avanzando las poblaciones humanas en fronteras geográficas en las que originariamente no estábamos, y entramos en contacto con especies animales, y muchos de ellos trasmiten determinados tipos de enfermedades. Después está toda la cuestión política económica de cómo transcurre una pandemia y el beneficio secundario para una cantidad acotada de grupos económicos en detrimento de la población.

Estamos en un mundo que ya no es el que conocíamos previo a esta pandemia también.

La verdad es que no sé si el ser humano aprendió algo a partir de la pandemia, porque sigue habiendo la misma cantidad de emisiones de gas efecto invernadero. Y mientras no se revisen algunas ideas desde el punto de vista de qué es el progreso o el crecimiento económico, es como la gran trampa del capitalismo. Y en el medio uno tiene que pensar qué otra alternativa hay, ser elocuente, porque uno no puede pensar que va a venir una revolución y cambiar todo. En la medida que el crecimiento de la economía se dé en determinados parámetros, en las mejorías de ellos; en teoría, porque también son ideas muy confusas y contradictorias. Pero lo cierto es que ahora se ha abierto mucho la posibilidad de trabajar, y una reunión tranquilamente se puede hacer por videollamada. Pero no es lo mismo, ahora nos estamos viendo cara a cara, cada uno con su mate, y hay una cuestión de mediatez que es muy distinta. Es medio irremplazable.

Claro, hay una adaptación por necesidad, como las abejas en la novela.

Permanentemente estamos jugando en el límite de qué es lo que nos invade. En el caso de las abejas, aparece eso que nos invade de afuera. Por un lado, qué es lo que gatilla desde las consecuencias reales y concretas, y por otro qué es lo que gatilla interiormente al personaje que trata de lidiar con las abejas, que es un experto vinculado a cuestiones genéticas de abejas. No solo lo que se puede producir en concreto como consecuencia de la presencia de algo extraño en un sitio donde no debiera estar, sino qué es lo que produce al interior de esa persona desde el punto de vista simbólico y respecto de la revisión de su historia; cómo nada es únicamente las consecuencias físicas que producen en el presente sino cómo las cosas nos repercuten al interior de manera inesperada y distinta en cada uno.

En Enjambre también está muy presente el trasfondo de Neuquén, ¿vos naciste y te criaste allá?

Nací en Neuquen y viví ahí hasta los diecisiete años, que fue cuando me fui a estudiar a La Plata. En ese momento no había tanto desarrollo universitario en Neuquén, estaba sí la Universidad Nacional del Comahue, pero yo quería estudiar medicina, por eso elegí La Plata. Entré, y al otro año empecé psicología. Ese fue un poco el puntapié de mi ida a La Plata, en la que estaban ya mis dos hermanos.

¿Y ese cambio fue muy importante en tu formación como escritor?

Fue importante. Ahí en La Plata empiezo a escribir. Antes no. Soy un lector y escritor relativamente tardío, al menos respecto de muchas personas que empiezan a leer muy prematuramente. Le dedicaba mucho tiempo a la guitarra y al deporte. Y no fui un lector prematuro, leía menos que mis hermanos, que hacen otras cosas. En La Plata empiezo a darle forma a eso que en su momento eran pseudo-cuentos. Y si bien estar ahí implicó un cambio de ritmo. Neuquén capital es una ciudad grande, en ese momento tendría unas 300 mil personas. Y había una movida cultural importante. Vos pensá que la única sede del Museo Nacional de Bellas Artes está en Neuquén capital, un museo enorme. Hay un historial de cuestiones culturales. Mi vieja siempre estuvo vinculada al ambiente de la cultura, sobre todo por el lado del canto. Era solista del coro universitario de Comahue, y siempre estuvimos rodeados de lo cultural en casa. Pero obviamente cuando te vas de la casa, eso empieza a circular de otra manera y conocés otras cosas. Y el clima cambia enormemente.

Enjambre no es una novela histórica, ni mucho menos, pero la historia aparece formando parte de un gran paisaje subjetivo que tiene repercusión en lo que cada uno de los personajes no hace pie en poder resolver. Es como más elíptica la presencia de la historia argentina”.


Y supongo que en ambos sentidos cambió el clima..

Sí, Neuquén es una ciudad plantada en una zona semi desértica. En Neuquén dejás una naranja en la mesa y al tiempo se transforma como en madera. No se pudren las cosas, se secan. Por eso el salto a vivir en la ciudad de La Plata implicó una transformación en la forma de vida, no solo por ese paso de estudiar medicina a psicología, sino que la cuestión climática marcó mucho la forma de vivir. Es muy distinto el invierno y el verano. En cuanto a la escritura, recuerdo que por momentos me cansaba de la psicología, y encontraba esos huecos donde por semanas no leía más cosas de psicología, leía literatura. Ahí empezó a marcarse muy fuerte mi interés por la literatura, que siempre tuvo sus oscilaciones. Hoy, por ejemplo, estoy en un momento de mucha más actividad desde el punto de vista de la escritura y de la lectura.

Decías que en Tandil se había reactivado mucho lo de la escritura, ¿por qué?

Tengo tres hijos. Cuando nació el primero, en 2006, dejé de escribir. Para ese año ya estaba recibido y hacía un tiempo que estaba en un taller con un escritor de allá, Esteban López Brusa. Había empezado a darle forma a algunas cosas, pero lo suspendí por completo debido a la vida cotidiana. Se diluyó. Y recién cuando me vine a vivir a Tandil, empecé a ir al taller de Patricia Ratto que estaba dando ese año uno de literatura infantil. Y ahí terminé de pulir esa tarea.

¿Por qué literatura infantil?

Fue lo que me atrajo. Me pareció que me forzaba a sintetizar una historia para contar. Era la manera de amigarme de nuevo con la idea de escribir. Obviamente que escribir un libro infantil… no es “infantil”, menos cuando es un libro álbum, que no se puede circunscribir a una edad particular porque la apertura del sentido está dada por la capacidad de interpelar, si está bien escrito y las ilustraciones son acordes. En ese momento mi esposa, que es psicóloga y artista plástica, estaba bastante metida con el tema de la ilustración. Así que ahí hicimos juntos La tarea imposible de Víctor, publicado por Abran Cancha. El segundo libro álbum fue La babirusa atómica (Pípala). Con ese me enrosqué un poco más. Yo ya tenía escritos varios cuentos para niñxs. Es un libro que habla sobre el poder mediático, la manipulación de la población a partir del poder mediático.

Bueno, hay libros para chicxs que incluyen perspectivas muy interesantes de la política, la filosofía, entre tantos temas.

La verdad es que cuando uno entra en el mundo de los libros álbum se encuentra con obras de arte impresionantes desde el punto de vista de las ideas, la escritura, las ilustraciones. Hay autores que son para sacarse el sombrero. Es un mundo totalmente distinto, por supuesto. Y la perspectiva de la editorial Pípala tiene que ver con eso. Fue un honor que me llamaran porque ellos publican muchas traducciones, autores extranjeros o consagrados y con un material súper cuidado. Tuvimos un proceso de dos años de intercambio con la ilustradora y la editora hasta que llegamos a eso.

¿Este fue el puntapié para cerrar lo de Enjambre?

Con la editora trabajé sobre dos cuentos, le dimos vuelta hasta que nos quedamos con La babirusa atómica. Y hay otro que tengo avanzado, que está ilustrado por mi esposa. En el medio encendí la máquina de la escritura de nuevo, ya con otra perspectiva. Iba más sistemáticamente al taller con Patricia, y ahí volví a desarrollar mi capacidad para escribir otras cosas por fuera de la literatura infantil. Muchos cuentos. Armé un libro de cuentos con una unidad temática bastante consolidada, que aún no está publicado. Luego me puse a trabajar con Enjambre. Fue un momento en que escribí bastante y construí o consolidé un criterio, que era algo vago, sobre cómo terminar un cuento. Corregí puntos cruciales sobre cómo otorgarle un sentido que fuera acorde al desarrollo del cuento.

Volviendo a Enjambre, hay muchos planteos que uno asocia con la ciertos patrones de la psicología, como el vínculo padre e hijo. ¿Eran intereses que vos tenías de esa disciplina y la literatura te permitió canalizar tu mirada?

Muchas veces contesto que no. Pero en realidad es demasiado pretencioso de mi parte decir qué me influye o qué no, porque a veces uno está demasiado condicionado por determinada perspectiva o visión de las cosas producto de su formación y lo despliega a veces sin darse cuenta. Aunque la escritura para mí no es automática, es un acto racional donde uno toma decisiones permanentemente. Pero la perspectiva psicológica de los personajes no creo que esté dada por mi formación como psicólogo. Creo que no. Hay personas que me dicen que sí, comentan “fijate cómo los personajes construyen el recuerdo”. Lo cierto es que observo y me llama la atención eso, incluso de antes de estudiar psicología. Por ejemplo, recuerdo que cuando estudiaba tenía a la titular de cátedra de Psicopatología I que para ilustrarnos la neurosis obsesiva nos trajo a colación El caballero inexistente de Italo Calvino. Yo lo había leído y me había gustado como novela, la historia. Pero no la idea de la carcaza y de cómo adentro no había nada y sarasa. Eso no me interesaba. Yo lo quería leer porque hablaba de una realidad humana o de esa idea fantástica que me interpelaba. Por eso soy cauto sobre esa influencia. No intento mostrar aspectos de una teoría psicológica. Igualmente, todo conflicto humano es psicológico. Todo es psicológico y a su vez nada lo es.

A veces una lectura rápida de ciertos temas, quizás en tu caso la psicología y la experiencia en la cárcel.

Obviamente que uno escribe a partir de experiencias, sin duda. La escena en donde van a visitar una persona a la cárcel no la puedo inventar de la nada. Hay cosas del orden de la experiencia propia que me permiten tomar distancia y poner una buena descripción.

En ese sentido, elegís no sobredimensionar las vicisitudes que se dan en ese ámbito carcelario, en un contexto en donde se ha transformado en un nicho de espectacularización.

En realidad creo que lo que me interesa plantear cuando escribo no es a partir de la estridencia. Me es mucho más interesante una historia que transcurre en la aparente calma y que va produciendo una revolución interior, que dos tipos que se agarran a los facazos adentro de una cárcel, que forma parte de algo que se podría ver en El marginal, en ese estereotipo que se construye de la cárcel violenta. De hecho, yo he entrevistado tipos que entran a la cárcel con una idea de lo que es: “yo pensaba que era… porque lo vi en la tele”. Obviamente que hay situaciones desagradables, pero muchas personas que ayudan a revisar partes de su historia y a reconfigurar algunas prioridades. Pero está muy extendido en el imaginario social lo que es una cárcel adentro. Y en otros aspectos es más patético o peor de lo que uno ve en la tele.

Hablando de estas narrativas del impacto que circulan en el mundo audiovisual, si pensamos en tu novela vemos algo muy contrapuesto: una escritura que va avanzando como si fuera un crochet y que arma una historia sin la necesidad de una resolución violenta y espectacular.

Me lo han marcado y es una lectura acertada. Aparece en el fondo, pero no en el fondo como lejos, sino en un trasfondo permanente. Me refiero a la cuestión de la violencia. Hay una violencia simbólica jugándose en todos los espacios. No se dice Bairon vive en un barrio que… Pero uno intenta mostrarlo. Hay una escena en que lo corren a los tiros, quizás sea la más estridente; sin embargo, tiene algún sentido anterior con la trama. Pero la violencia está más allá de esa escena. Aparece con las puntas de flechas enterradas, lo que pasó ahí. El hecho de que la mamá no lo lleve a la escuela y lo deje quedarse dormido para que vaya a vender tortas fritas. Hay una violencia permanente. Está naturalizada, forma parte. Y todo eso sumado al trasfondo de la violencia institucional histórica, como el bombardeo a la Plaza de Mayo en el 55, y la dictadura militar. Está todo rodeado de alguna manera. Por eso por ahí me es burdo escribir sobre violencias tan explícitas. Puede haber, no es inválido. No hay válidos o inválidos, lo importante es cómo uno lo desarrolla.



Joaquín Areta
Enjambre
Adriana Hidalgo
2020

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